Bajo el reflejo de la Luna – El Destierro del Alfa

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Summary

Bajo el reflejo de la Luna, El Destierro del Alfa. Autor: Agustina Marial •Sinopsis: La vida no da segundas oportunidades, por lo que cuando Elsie West pudo cambiar el tinte gris de su vida, ni lo dudó... Pero, para su sorpresa, la familia de su padre, la cual no conoció hasta sus 22 años esconde oscuros secretos que pronto saldran a la luz... a la Luz de la Luna...

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo uno : "Tres Deseos."

Bajo el reflejo de la Luna – El Destierro del Alfa – Agustina Marial.

Capítulo uno: “Tres Deseos.”

Si el mundo se acabaría ahora mismo, sabría que mi vida no sería la misma sin dolor.

Me acostumbré a sufrir, tanto que el amor ya no me sabe.

Pero el mundo tal y como yo lo conocía, se acabó una noche fría en la que un Ángel con campera de cuero me pasó a buscar.

Debo confesar que mi mayor temor no es la muerte. Más grande aún lo son las noches de tormenta.

Les temo desde pequeña. Mi corazón empieza a latir tan, pero tan fuerte, que mis manos tiemblan, y un sudor frío me recorre la espalda. Todavía tengo el inocente impulso de querer taparme la cabeza con las sábanas. Entrelazo mis manos fuertemente, porque eso hace que no me sienta sola. “Va a estar bien, va a estar bien” me repito, pero por más que intente calmarme las lágrimas igual se escapan.

Siempre les temí, y en la actualidad las tormentas se hacen cada vez más fuertes… Y no, no hablo de intensos fenómenos climáticos, hablo de aquellas tormentas qué suceden dentro de mí.

De pequeña, me encantaba soñar despierta. Lo hacía seguido para evitar oír los gritos de mi madre y mi abuela. Se peleaban mucho, siempre, y por más que estuviera lejos podía entender que el problema era yo.

Tania, mi madre, nunca estaba en casa. Por lo que en un momento llegué a pensar que mi abuela era mi madre. Lo cierto es que, esa ruda mujer, nunca perdió la oportunidad para dejarme en claro que mi madre era “Tania, la tonta que se había dejado embarazar a los 17 años.”

Siempre podían encontrarme en el marco de la ventana, creando historias en mi cabeza e imaginando hadas y dragones, pidiendo con fuerzas el mismo deseo, hacerlas realidad. Para así poder ir a esas tierras mágicas y, como en mis historias, ser feliz. Siempre a un lado de la vieja ventana, sola y en silencio, para no molestar…

Una de esas tantas veces, me contaba los propios cuentos que me inventaba antes de dormir. Porque mamá otra vez no estuvo en todo el día, y de igual manera nunca hubiera tenido ganas.

Aún después de tanto podría jurar que esa noche vi unos grandes ojos, marrones y brillantes, que me observaban fijamente a través de la ventana. Corrí a contarle a mi abuela y ella, aún me río, me dijo que era Dios juzgándome por haber sido una niña qué nació del pecado.

Mis padres nunca se casaron, asumo que fueron un amorío fugaz. Y ese fue el eterno pesar de mi abuela.

Preguntar por mi padre causaba la misma reacción que decir una grosería en la iglesia. Por lo que crecer sin él no me hubiera afectado de no ser porque Tania era muy repetitiva al recordarme qué ese infeliz le había arruinado la vida. Y sí, se refería a mí.

Debo admitir que se me esta haciendo muy difícil porque las tormentas son más frecuentes cada vez.

De todas las “noches de tormenta”, nunca fue tan real el sentimiento de morir como aquella vez cuando tuve el ataque de pánico más fuerte de mi vida. Como siempre, estaba sola en mi departamento, y creo que si algún día muero, espero que así sea, en soledad. Porque siempre que sea así me siento en casa.

Lentamente se me cerraban los ojos llorosos y las palpitaciones que eran aceleradas comenzaban a disminuir. Mi alma estaba dejando mi cuerpo, hasta podía sentir la separación, pero estaba en paz.

Estaba muriendo como siempre planee, pero nunca creí que sería a los veintidós años. Así que como último deseo pedí, que si realmente iba a pasar, que sea rápido.

Inmersa en mi ofuscación casi por completo venían a mí las imágenes de aquellos ojos grandes, marrones y brillantes, que vi de niña. Me observaban con intensidad, como pidiéndome a gritos que aún no me vaya.

Desperté con la respiración agitada y empapada de sudor. Ahí mismo, y como buscando que me vuelva a morir de un susto, vi parada al pie de mi cama una joven con cara de piedra, seria pero preocupada, con el cabello casi tan blanco como su piel, esperando paciente por que vuelva a despertar.

Mi vista estaba nublada, pero me esforzaba para sentarme al menos. La desconocida me extendió la mano, pero yo solo quería que se fuera.

En medio de la noche, una joven se aparece en mi cuarto, me observa y me llama por mi nombre. Lo menos que quiero es su ayuda. Pero más rara aún fue la conversación que mantuvimos una vez que el desconcierto me dejó hablar.

—¿Elsie? — Ella habló primero.

—¿Quién eres y por dónde entraste?– respondí desesperada.

—Soy Gania.—Aún recuerdo su voz. Me pregunto ¿qué será ahora de ella? Pero recuerdo aún más que era muy lenta, como si viviera a una velocidad distinta al resto. —Todas las ventanas están abiertas, me decidí por la que tenía que trepar menos.—Me estaba confesando que irrumpió a medianoche con una neutralidad y las manos en los bolsillos, como si hubiera sido cosa de nada.

Aún consternada y sin saber si esto se trataba de un robo o un secuestro, atiné a pararme y llamar a la policía. Pero cuando me dirigí en dirección a la puerta Gania sacó la llave del bolsillo de su campera y de nuevo, con total naturalidad, la volvió a guardar. Quise ver por la ventana y me di cuenta de dos cosas, tirarme sería una locura, y que Gania haya tenido que trepar todo eso, parecía ilógico. En ese entonces vivía en el noveno piso.

—Si no estás tranquila no podremos hablar.

—¿Cómo quieres que esté tranquila?— Para ese entonces mi paciencia se había colmando. Tenía frío, estaba cansada. Parecía un sueño, o mas bien pesadilla, pero todo se veía demasiado real para que lo fuera. Y aún después de tanto sigo creyendo que lo es.

—Mi nombre es Gania. Ambas somos hijas de Aram West.—De nuevo mi vista se nublaba y ya no tenía control sobre mis rodillas. La taquicardia estaba volviendo y Gania, una vez más, con su cara de piedra solo me observaba. No podía decir “como si me conociese”, porque nunca vi antes a esta persona en mi vida. Pero, era como si de alguna forma se esperaba mi reacción.

Caí de rodillas pidiendo en voz alta que todo esto se acabe. Era demasiado. Soy muy frágil para las situaciones que me desbordan.

Gania me ayudó a levantarme y quedé sentada en el borde de la cama analizando a mi hermana de pies a cabeza, tratando de unir las piezas de toda esta rara situación de medianoche.

De pronto tenía una hermana. La realidad me acuchilló la garganta y se robó todas mis palabras. Pero, ¿qué debía hacer ahora? ¿Abrazarla? ¿Llorar juntas por el reencuentro? Veintidós años no son pocos, y caer en cuenta que la triste vida que llevaba sí tiene retorno, fue el peor sentimiento que viví jamás.

Gania guardó distancia, vuelve a poner las manos en los bolsillos, y continuó.

—Lamento haber tenido que aparecer así. Pero vengo a cumplir el último deseo de mi padre. —Qué bueno que Gania habla lento, porque se me estaba dificultando procesar más información.—Antes de morir, me pidió que te buscara. Que hablara directamente contigo, porque tu madre nunca le contestó ni cartas ni llamadas. Nuestro padre murió Elsie, y lo último que quiso es que estuvieras presente para el entierro.

—Por qué alguien del que nunca supe nada querría que vaya a su funeral.— Pregunté insegura.

—Quizás tú no sabías nada de él. Pero él sabía todo de ti. Te vio crecer, te protegía, y su eterno y más profundo dolor fue tener que cumplir aquello que le pidió tu madre. Que nunca se acercara a ti. Pero hoy se rompe al fin esa promesa.

—¿Por qué mi madre le pediría algo así?— Nada parecía tener sentido.

—Sí me acompañas al pueblo esta noche, tendrás las respuestas a ésta y a todas las preguntas que tuviste todo este tiempo.

—No se si quiera descubrir ese lado de mi vida.— Le confesé.

—Está bien. Si crees que estás mejor aquí, lo entenderé. Pero muy dentro de ti sabes qué si quieres.

Hoy en día enterarme que mi madre estuvo detrás de todo eso, no me extraña. Pero esa noche, o hasta ese momento, creía que a pesar de tanta frialdad un poco me quería. Pero no, es incapaz de sentir amor.

Que mi padre sí haya querido tener contacto conmigo y ella nunca se lo permitió, solo me confirma una cosa. Nunca se lo voy a perdonar…

—¿Entonces?—De un tirón me sacó de mis pensamientos. —¿Cuál es tu decisión?—Aún no estaba segura de la veracidad de la situación. Para mí seguía siendo una paranoia del Ataque de pánico. Pero lo que si sabía es que no era una respuesta que obtendría en una noche. —Lo último que diré es que tengo órdenes de no insistir. —Qué podría haber dicho, si me estaba enterando que me condujeron a tener una vida miserable. Y tenía solo una oportunidad de cambiarla. Solo que nadie me aseguraba que esta sería mejor…

—De acuerdo. Iré. —Me arrepentí al instante. Pero me dio un toque de esperanza lo que sucedió después.

—Perfecto. Bajaremos tú maleta cuando estés lista, iré a avisar que saldremos en unos minutos. —Dijo Gania, girando el picaporte sin poner la llave que había guardado en su bolsillo. La puerta nunca estuvo cerrada, y algo dentro de mi hizo que no intentara probar si sí lo estaba. Quizás mi destino era oír lo que Gania me quería decir, e ir al pueblo, o quizás mi deseo de niña al fin se estaba cumpliendo… Lo averiguaremos.