Prólogo: Día gris.
El aire frío y húmedo sobrevolaba sobre el río Támesis para chocar sobre las personas que se amontonaban en las calles al finalizar la jornada laboral. Eran las 5 menos 5 de la tarde de un viernes de cielos grises y encapotados, el viento parecía enfurecer mientras que encima de las nubes destellos de luz comenzaban a aparecer.
La multitud que caminaba a paso veloz por llegar a sus hogares, o por el simple hecho de escapar de sus trabajos, al ver la negrura del cielo no necesitó más incentivos para apresurar aún más su marcha.
Las bocinas de los autos sonaban con emoción mientras sus conductores giraban con fuerza sus volantes para ser los primeros en abandonar el caos de las calles de Londres.
Era una fórmula para el desastre, algo pasaría y la figura parada en las alturas lo sabía, más no dañaría, no podía involucrarse de esa manera; pero eso no evito que su ceño se frunciera mientras observaba la caótica secuencia en el suelo.
A sus espaldas las campanas del Big Ben tronaron anunciando las 5 en punto, pero la figura permaneció inmune ante el ensordecedor sonido, sus ojos jamás dejaron de vigilar, confiaba plenamente en sus instintos negándose a apartar la mirada.
Las palomas volaron a su alrededor huyendo del sonido.
Se sintió seguro, a pesar de su físico intimidante, sabía que no era visible para los ojos curiosos. Estaba a casi 100 metros de altura sobre el suelo, parado en sus zapatos lustrosos sobre un borde del palacio de Westminster, en su torre más alta, la torre Elizabeth.
Su cabello ondulado cayó sobre su frente, metió sus manos en su gabardina negra al sentir las primeras gotas de lluvia comenzar a caer y suspiró al ver el cuero de sus zapatos comenzar a mojarse.
El viento aulló con fiereza anunciando que la tormenta finalmente había llegado, su ropa se sacudió con violencia pero el clima pareció acariciar su cuerpo, sin moverlo un milímetro.
Y ahí fue cuando lo vio.
Lo que había estado esperando.
Fue una secuencia de acciones, pequeñas y dispersas, pero si era lo suficientemente atento, podías verlas.
Un auto se detuvo en la intersección de dos calles al ver una bicicleta ser arrojada delante de él a causa del viento. Una motocicleta giró intentando aprovechar ese momento para ganar tiempo y no quedarse en el medio del inminente atasco de tráfico.
El motociclista había visto pasar corriendo a la mujer en el medio de toda la situación, por supuesto. Pero no había contado con los papeles que se le resbalarían de las manos en un intento de protegerlos de la lluvia bajo su traje, y mucho menos que ella giraría a intentar recogerlos antes de que tocaran el suelo ya lleno de charcos de agua.
Intentó detenerse pero los frenos nunca respondieron tan rápido en cemento mojado.
El impacto fue directo y su cuerpo cayó a unos metros más adelante con un golpe seco, completamente inmóvil. Los papeles que había intentado salvar volaron en todas las direcciones a su alrededor.
Las personas gritaron y algunos se acercaron a intentar ayudar.
Pero el ya lo sabía, estaba a una distancia considerable pero no tenía dudas. Nunca se equivocó.
Ella estaba muerta. Ya no podría ser salvada.
La lluvia cayó con más fuerza y un escalofrío recorrió su columna. Su cuerpo estaba empapado por la tormenta pero sabía que esa no era la causa.
Dió un último vistazo, le fue inevitable no lamentarse, ella era joven, no podía tener más de 25 años y así, de repente, su vida se había acabado.
Giró sobre sus talones y camino con tranquilidad y perfecto equilibrio sobre el borde de la torre. Alejándose.
Aprovechando que la atención estaba puesta en otro lugar, y que la tormenta había empeorado aún más, tornando el cielo de un negro similar a la noche, supo que era momento de irse.
Empujando con sus pálidas manos su cabello mojado se quitó su gabardina y la dejó caer sobre el techo del Parlamento, de cualquier manera ya estaba mojada y si no se la quitaba la rompería en cientos de pedazos.
Tomo una pequeña carrera cuando llego al medio del techo y en completo silencio desplegó sus alas marrones confundiéndose rápidamente con el cielo.
La lluvia helada salpicó las plumas, convirtiendo aquel color característico chocolate en un negro oscuro; pero aquello no le importó, con fuertes aleteos subieron sobre las nubes, dejando debajo la tormenta para volar con más tranquilidad.
Quería alejarse de todo, estaba realmente cansado.