La Distancia Entre Nosotros by Creador_de_Mundos at Inkitt
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La Distancia entre Nosotros

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Summary

Víctor tiene un trabajo tranquilo en las oficinas del centro. Laura está recuperándose de una operación en casa. Juntos llevan una vida tranquila mientras buscan ser padres. Sin embargo, el brote de Rabia Loca arrasará con su ciudad, separándolos irremediablemente. Cada uno vivirá su propia odisea, distanciados por los enfermos, en busca el uno del otro. ¿Qué harías por la persona qué más quieres?

Status
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Chapters
12
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18+

Brote

—El primer caso de la Rabia Loca en nuestras fronteras se detectó hace una semana, meses meses después del primer contacto en Australia. Las autoridades aseguran que es un caso aislado y que, al contrario que lo sucedido en aquel país, la situación aquí está bajo control. El Centro de Epidemias está preparado para actuar en caso de ser necesario. En otras noticias, los recientes apagones parecen estar relacionados con las intensas heladas...

Las noticias sonaban de fondo en el salón mientras Laura y yo tomábamos el desayuno tranquilamente. La voz de la presentadora no era más que un murmullo al que apenas prestábamos atención entre bocado y bocado. Habíamos preparado unas tortitas aquella misma mañana, pues el dolor de la operación de Laura la había despertado pronto, y a mí con ella. La herida estaba bien cerrada y, tras unas curas rutinarias, habíamos aprovechado el tiempo en hacer algo diferente a lo habitual: un desayuno que no fuera un café y tres galletas para cada uno. Con la baja médica, Laura podía quedarse en casa aquella semana, pero yo seguía teniendo que ir a trabajar.

—¿Por qué no te coges unos días de asuntos propios, Víctor? Podríamos ir a casa de mis padres y alejarnos un tiempo. Con todo el tema de la Rabia...

Aunque no sonaba preocupada, sí que tenía un tono intranquilo. Dejé los cubiertos a un lado, tomando su mano con suavidad.

—Hablaré con mi jefe esta tarde y veré si puedo pedirlos, ¿vale?

Mis palabras hicieron que se calmara bastante, sonriendo aliviada. Sin duda, la idea de pasar unos días con sus padres le hacía muy feliz. Al contrario que yo, tenía una muy buena relación con toda su familia, desde sus tíos hasta su hermano pequeño, Miguel. Había sido este último quien nos había presentado 10 años atrás, en la universidad, y desde entonces no habíamos sido capaces de separarnos. Las alianzas en nuestros dedos eran el símbolo firme de nuestro amor y nuestro reciente matrimonio.

Su trabajo como directora de una sucursal nos había permitido mudarnos juntos a una casa en una buena urbanización a las afueras, lejos de los grandes edificios de apartamentos. Allí se respiraba calma día y noche, lo que nos había hecho plantearnos la posibilidad de traer algo de caos al mundo. Primero había llegado Max, nuestro perro, pero tras su muerte, sentimos que no era suficiente, por lo que llevábamos un tiempo buscando un hijo. Sin duda, las noches de las últimas semanas habían sido ajetreadas hasta que le detectaron apendicitis a Laura y tuvieron que operarla. Sin embargo, hacía un par de días de aquello, y poco a poco parecía ir recuperándose.

Sumergido en mis pensamientos, me costó unos instantes regresar a la conversación cuando Laura volvió a hablarme.

—Vas a llegar tarde, cariño. Son casi las 8.

—¡Mierda!

Salí corriendo escaleras arriba, quitándome la camiseta del pijama según subía los escalones. Pasé por al lado del baño, donde lancé los pantalones al cesto de la ropa, y me adentré a la carrera a la habitación. Por suerte, Laura era bastante más planificadora que yo y me había dejado la ropa preparada. Me puse aquella blanca camisa y los pantalones negros, así como unos elegantes mocasines. Odiaba el código de vestimenta de la oficina, pero a Laura le encantaba verme elegante y, sinceramente, pagaban muy bien como para protestar. Tras anudarme la corbata, me dirigí al baño, donde traté de peinar mi pelo oscuro y revuelto, lavándome los dientes justo antes de correr escaleras abajo.

—¡El abrigo!

Laura sostenía el grueso anorak frente a mí. Estando a mediados de noviembre, salir sin él era una condena a pasar el camino a la oficina tiritando. Lo cogí, dándole un beso en la frente como despedida.

—Nos vemos esta tarde. ¡Te quiero! -grité mientras salía por la puerta.

—Conduce con cuidado.

Apenas oí su voz, metido casi por completo ya en mi coche. Era un sedán antiguo al que había cogido mucho cariño como para abandonar. La ventanilla derecha no bajaba y el motor hacía un pequeño ruido de vez en cuando, pero me negaba a comprarme uno nuevo, y ni siquiera Miguel, mecánico, era capaz de entender qué le pasaba. A diferencia de lo habitual, el motor arrancó a la primera, encendiendo de paso la radio, que comenzó a reproducir algunas canciones en mi emisora favorita.

El trayecto al trabajo fue tranquilo. El tráfico a esas horas de la mañana solía ser terrible, pero parecía que no mucha gente tenía ganas de trabajar aquel día. Quizá se hubieran tomado un par de días libres, como Laura me había sugerido, o quizá habían aprovechado aquel lunes para hacer puente e irse de viaje. Encontré sitio justo al lado del edificio de oficinas gracias a algún milagro, lo que me ahorró los 15 minutos que solía tardar en aparcar por la zona. Incluso Fran, mi compañero, se sorprendió de verme allí tan pronto. Aguantó la puerta del ascensor hasta que estuve dentro, dándome una palmadita en la espalda a modo de saludo.

—¿Cómo sientan los 30 añitos, Víctor?

No pude evitar soltar una corta carcajada.

—Es el mes que viene, Fran. Todos los años te pasa lo mismo. Quizá deberías considerar ponerte una alarma.

—Otro año más. Quizá deberías considerar cambiar tú de fecha.

Ambos reímos al unísono justo cuando el ascensor señaló la parada en la tercera planta. Era un modelo antiguo, de estos en los que solo caben un par de personas, pero hacía su trabajo. Tres pisos de escaleras no eran muchos, pero suponían una buena fuente de ejercicio para aquellos que sufrieran de claustrofobia. Me despedí de mi compañero, que acudía a una reunión, y comencé a organizar algunos papeles que tenía pendientes de la semana anterior.

El tiempo pasó rápidamente en la oficina. Los papeles se amontonaban a los lados del escritorio mientras pasaba la información al ordenador. Era un trabajo de lo más aburrido, completamente mecánico, lo que me dejaba mucho tiempo para divagar. Sin embargo, aquel día, había algo en el ambiente. A pesar de la buena suerte que había tenido aquella mañana, tenía la sensación de que las cosas no podían ser tan bonitas. Mi jefe había tenido ya 6 reuniones con empleados, tras las cuáles estos se habían marchado a casa, mientras que en la calle, el sonido de las sirenas de ambulancias se había convertido casi en una sinfonía atronadora.

Justo cuando un compañero recogía sus cosas para marcharse a casa, algo le asustó lo suficiente como para soltar un alarido. Aquello llamó la atención de todos, quienes nos acercamos al ventanal junto a su escritorio.

—¿Qué es eso? -murmuró una chica, tapándose la boca en un intento por no vomitar.

En la calle, tres personas devoraban el cuerpo inerte de una anciana. Comían directamente con la boca, arrancando jirones de carne de su vientre y pecho, dejando los órganos al descubierto. Un charco de sangre les rodeaba, manchando sus manos y rodillas, sobre las cuáles se apoyaban como animales sangrientos.

Al igual que la chica, traté de aguantar el vómito, pero sin mucho éxito. Acabé echando las tortitas de aquella mañana dentro de una papelera que había cerca mientras la gente seguía mirando. Los murmullos fueron en aumento mientras la gente trataba de entender lo que estaba pasando.

Un coche se había salido de la carretera, chocándose contra una farola y bloqueando el tráfico en la calle principal, donde la gente trataba de salir de sus coches para buscar un lugar seguro, lejos de los enfermos que devoraban el cadáver. Los gritos habían atraído a más de aquellas personas, las cuáles perseguían a duras penas a los supervivientes. Algunos entraron en nuestro edificio, lo que provocó que el pánico corriera como la pólvora. Los murmullos se convirtieron en gritos. El jefe salió, tratando de mandarnos callar sin mucho éxito.

Fran se acercó tan rápido como pudo hasta donde yo estaba, ayudándome a separarme de la papelera.

—Tenemos que irnos, Víctor. Han entrado al edificio.

—¿Por dónde quieres salir? —Suprimí tan bien como pude una arcada-. Si ya están dentro, la salida principal estará bloqueada.

Alguien abrió la puerta de incendios justo cuando Fran la señaló. Aquello hizo sonar una atronadora alarma, lo que provocó que me tapara los oídos. A pesar de haber parecido una buena ruta de huida en un principio, pronto descubrimos que no era más que nuestra perdición. Escuchamos los gritos de algunos enfermos que, atraídos por el estridente sonido, habían comenzado a subir las escaleras de incendios. Estábamos asediados. La separación entre los cubículos de oficinas no eran más que placas de plástico del malo, y las oficinas de los superiores estaban separadas de las nuestras por nada más que grandes paneles de cristal, lo que nos dejaba sin muchas opciones para escondernos.

A la melodía de aullidos de los enfermos se sumaron los primeros gritos humanos. Cargados de dolor, resonaban desde el exterior del edificio y la planta baja del mismo, poniéndome los pelos de punta y activando instintos que no sabía que tuviera. Alguien se apresuró a cerrar la puerta de emergencias como pudo, colocando un escritorio delante, mientras que Fran y yo tratábamos de bloquear el acceso de la escalera lanzando tantas partes del mobiliario como éramos capaces. Un par de grandes mesas y media docena de sillas después, escuchamos como algunos supervivientes trataban de desmontar la empalizada desde abajo, queriendo subir.

—¡Usad el ascensor! —La voz de Fran temblaba, reduciendo su grito de advertencia a una llamada de socorro-. Lo bloquearemos cuando estéis arriba.

Escuchamos una voz que nos lo agradeció desde abajo antes de desaparecer camino al ascensor. En nuestra planta, la gente trataba de llamar a sus familiares y avisarles de lo que estaba pasando. Muchos teléfonos habían perdido la línea, mientras que algunas llamadas simplemente no recibían respuesta desde el otro lado. Saqué mi teléfono, pulsando sobre el contacto de Laura tan rápido como pude.

Uno... Dos... Tres... Los pitidos se repetían. A pesar de tener cobertura, nadie parecía poder coger la llamada al otro lado. Cuatro... Cinco... Crucé los dedos, deseando poder oír su voz una última vez. Seis... Siete... Lo único que oí fue la voz de un hombre que no conocía.

—¡Llama más tarde, joder!

—¡Laura!

Acto seguido, el sonido de un disparo y la llamada cortándose. Probé a llamar otras dos veces, pero nadie contestó. El hecho de que alguien hubiera usado un arma de fuego me asustaba y tranquilizaba a partes iguales. Por un lado, un arma podía significar que la policía había ido a casa, pero el disparo era una señal de que las cosas no estaban yendo bien. Antes de que la preocupación arrasara conmigo, Fran me agarró del brazo, trayéndome de vuelta al mundo real.

—¿Dónde tienes el coche?

—Aquí al lado. He aparcado justo en el lateral.

Salió corriendo en dirección a la ventana que daba a ese lateral. Yo le seguí, curioso por saber qué maquinaba. Si estaba nervioso, no lo mostraba más allá del ceño fruncido y una mirada rápida que trataba de calcular más opciones de las que teníamos a mano. Siempre había sido un chico avispado, pero no esperaba que fuera también un hábil superviviente.

—Podríamos bajar hasta el coche desde la oficina del jefe. Atamos algunos abrigos al escritorio, nos descolgamos y salimos por patas antes de que... los locos lleguen hasta este piso.

Era una idea descabellada, propia de una película de Hollywood, pero también lo era la situación.

—Hagámoslo.

Corrimos en direcciones opuestas, cogiendo cualquier prenda que pudiera servirnos para aquella cuerda improvisada. Por suerte para nosotros, había una sala de objetos perdidos donde la gente dejaba prendas que se habían ido olvidando con los años. Repleta de trastos de todo tipo, encontré un par de chaquetas de cuero en muy buen estado, así como un par de pantalones vaqueros que no entendía cómo podían habérsele olvidado a alguien. De vuelta en la oficina, y con Fran anudando todo, empezamos a oír los gritos de los enfermos cada vez más cerca. Sonaban como quejidos, como si estuvieran sufriendo un dolor insoportable que solo podía controlarse devorando a los demás. Cada alarido era peor que el anterior y los supervivientes, nerviosa, se gritaban unos a otros en busca de ideas.

Por suerte para mí, yo tenía a Fran.

—Bajaré yo primero. Dame las llaves.

Le lancé las llaves, tal y como había pedido, y él lanzó la cuerda improvisada ventana abajo. No llegaba a nivel del suelo, pero quedaba a una altura viable para saltar sin matarnos. Cogió la cuerda y, poco a poco, comenzó a bajar. Sorprendentemente, los nudos se mantuvieron, y una vez abajo, se metió a la carrera en el coche, tratando de arrancarlo.

Era mi turno. No me di cuenta hasta que coloqué la cuerda entre mis dedos, pero estaba temblando. Poco a poco, sin ninguna prisa, me deslicé hasta quedar a dos metros del suelo, desde donde salté, cayendo casi sobre un contenedor de basura cercano. Salté dentro del recién arrancado sedán y, tan rápido como pudo, Fran condujo por las calles. Estaban abarrotadas de ambulancias, coches de policía y algún que otro camión de bomberos, pero eso no paró a mi compañero, quien conducía como si nunca hubiera aprobado el examen de conducir, saltándose tantas señales como le era posible.

Gritó, eufórico, levantando un brazo en el aire. Yo hubiera hecho lo mismo, de no ser porque otro coche nos embistió en un cruce, lanzándonos por los aires.

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Strong Dialog

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