Capítulo 1
— Ay, Laura, pareciera que disfrutas haciéndome estresar- dijo María, su madre-, ¿en serio irás a meterte en ese triste pueblucho? Yo sé que la muerte de tu padre te ha afectado…
— No se trata sólo de él- replicó Laura, interrumpiéndola-; toda mi vida está patas para arriba: me despidieron de la empresa, Juan me dejó por una mujer más joven, mi padre se murió… y sé que no lo vi en los últimos diez años, pero… siento que se lo debo: poner sus cosas en orden. El hotel, algo de potencial tiene, y estoy sin trabajo así que podría llegar a ganar algo con eso. Al menos hasta que vuelva a encontrar otro empleo.
María la miró con esa inconfundible expresión de “sé que harás lo que te dé la gana sin importar lo que yo diga” y soltó un suspiro.
— Si es lo que tú deseas- dijo resignada, intentar controlar a su hija era una batalla que había perdido hacía años, una que incluso nunca había ganado.
Laura siempre había sido una niña inquieta; le fascinaba explorar y conocer las cosas. O al menos esa fue la razón que Maria utilizó siempre para excusarse por abandonar Werwood y a su marido. Es probable que fuera ella a la que el pueblo le había quedado chico y arrastró a su hija consigo para ser feliz. Laura jamás se lo había reclamado; sabía que no le agradaba la idea de dejar su hogar, pero poco a poco la ciudad fue metiéndose en ella hasta sacar todo resquicio que quedaba del pueblo.
— Verás a tu ex seguramente…- dijo María tras un largo silencio por parte de ambas-, dudo que haya dejado el pueblo, era su otra mitad.
Laura supo inmediatamente que el comentario de su madre tenía el objetivo de desanimarla, y sí que lo había hecho; no había pensado en Diego Fores en años y la simple mención de volver a verlo había hecho que su corazón fuera a toda prisa. ¿Era posible no haber superado un amor después de diez años? Diego había sido su primer amor, su primer beso, su primera vez. Era el chico que ella había considerado el amor de su vida; idea rechazada cuando vio el amplio mundo que había fuera de Worwood, sin embargo… sin embargo ningún citadino había logrado que su corazón latiera desbocado en su pecho como lo había hecho la mención de Diego. Y menos después de todo lo que había hecho, no, nunca nadie la hizo sentir igual.
Laura caminaba por los pasillos del colegio apresurada porque otra vez se le había hecho tarde. Parecía como si le fuera imposible despertarse más temprano.
— Ya verás que te gustará este colegio, Diego- decía una mujer que había visto algunas veces en el pueblo, pero Laura no tenía idea de cómo se llamaba. Sin embargo, su atención fue captada por el guapo muchacho que había a su lado.
— Ah, señorita López- dijo el director para su mala suerte cuando le pasó por al lado; tenía la esperanza de que no la hubiera visto-, veo que estaba llegando tarde.
— Lo siento- dijo Laura con una sonrisa, aquella sonrisa con la que solía salirse con la suya siempre que lo necesitaba.
— Voy a dejarlo pasar si ayuda a nuestro nuevo alumno a llegar a su clase.
— Sí, claro- dijo Laura rápidamente; no sólo se iba a saltar el castigo sino que iba a poder pasar más tiempo con el guapetón.
— No es necesario- dijo Diego de mala manera.
— Claro que sí- intercedió Laura antes de que la madre de él dijera algo-, este colegio es muy grande y te puedes perder sin nadie que te acompañe. Vamos, déjame acompañarte a clase y saltarme el castigo- dijo susurrándole lo último sólo para que él lo escuchara.
— De acuerdo- dijo Diego sin poder evitar una sonrisa, debía admitir que esa chica rubia le había gustado desde que la conoció.
— Me puedes decir Laura- le dijo ella extendiendo una mano.
— Diego- dijo él estrechándosela.
— Bueno, ahora dejen de perder tiempo y vayan a clase- dijo el director instándolos a irse.
— Dime a qué clase tienes que ir- le dijo Laura mientras empezaron a caminar.
— Biología 03- le dijo él volviendo a adoptar una actitud aburrida.
— Agh, qué asco de materia- se quejó Laura-, yo también tengo que ir allí. Dime, ¿eres nuevo por aquí? Jamás te había visto.
— Nací aquí pero me mudé cuando era pequeño a la ciudad; mis padres se separaron.
— ¿Y por qué has vuelto?- preguntó Laura interesada.
— Pues porque mis padres han tenido la increíble idea de volver a estar juntos 13 años después de su separación, así que tuve que dejar mi vida entera para ello.
— Mmm, comprendo, ¿has dejado alguna novia?
— Tú sí que no te muerdes la lengua.
— ¿Estás diciendo que hablo mucho?- preguntó un tanto indignada.
— Estoy diciendo que eres una chismosa.
— Estoy gravemente ofendida,
— No lo estés, te estaba halagando- dijo él riendo mientras entraban a la clase.
— Es probable- aceptó Laura, intentando mostrarle a su madre que no le había afectado su comentario-, no lo había pensado siquiera. Diego… ¿Qué habrá sido de su vida? Qué loco.
Resignada, María replicó — Realmente no hay nada que pueda hacer para convencerte de no ir, ¿verdad?
— No, mami- dijo Laura levantándose de su silla para abrazar a su madre-, pero sí puedo prometerte que te extrañaré y que volveré lo más pronto posible. Son sólo nueve semanas hasta el 15 de noviembre que tengo esa entrevista de trabajo, no es mucho tiempo, ¿verdad?
María asintió levemente, sabiendo que podían pasar muchas, demasiadas cosas en nueve semanas.
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El uber que la buscó en el aeropuerto se detuvo frente a un edificio maltrecho; estaba tentada de preguntarle si no se había equivocado la dirección, pero sabía que no era así. Ese edificio que estaba a punto de caerse abajo era todo lo que le quedaba de su padre.
— Ya pagué por la aplicación- le informó al conductor-, ¿podría ayudarme con mi equipaje?
El señor se bajó del auto maldiciendo por lo bajo, Laura salió y el olor a mar inundó sus fosas nasales inmediatamente, y fue como si de golpe miles y miles recuerdos de su infancia y su adolescencia volvieran a su cabeza. El uber arrancó sin que ella se diera cuenta y sin darle la oportunidad de preguntarle si podía ayudarla a entrar sus pesadas valijas al hotel.
Dirigió finalmente la vista al hotel de su padre; desde afuera podía ver lo desarreglado del lugar y no quería ni siquiera imaginarse cómo estaría adentro. Le dio la sensación de que, desde su partida, su padre no había vuelto a hacer ninguna modificación. Ni siquiera las cortinas.
— Señorita- la llamó un hombre, provocando que se diera vuelta-, ¿está perdida?
Y ahí estaba; no había estado ni dos minutos en el pueblo y él tenía que ser la primera persona que se encontraba. Tenía que ser una mala broma del destino, sólo a ella le podía suceder algo así.
— ¿Diego?- preguntó como si no supiera exactamente de quién se trataba. Si bien ya no era el mismo chico de diecisiete años que había dejado, todo seguía igual; sus ojos celestes, su cabello negro, su boca tan deseable como siempre y esos lunares que adornaban su rostro y que a ella siempre tanto le habían fascinado. Lo que sí había cambiado era su cuerpo: ya no era un muchacho flacucho, frente a ella se imponía un hombre fuerte, de espalda ancha, alto, de brazos fuertes.
— Sí- respondió él con una mueca de confusión-, disculpa, ¿nos conocemos?
Laura sonrió; él siempre tan caballeroso— Bueno, pasaron muchos años, es normal que no me recuerdes, yo…
— Laura- soltó él antes de que pudiera terminar la frase-. No puedo creer que seas tú, creí… creí que jamás volvería a verte- agregó visiblemente afectado por su presencia.
Es que Laura tampoco era la niña que solía ser: su cabello naturalmente rojo finalmente estaba de ese color y no de otros como había empezado a teñirlo desde los 15 años, y su cuerpo… digamos que Diego sintió que una fuerza sobrenatural lo tentaba a acariciar cada parte de él hasta sabérselo por completo, hasta que no quedara nada por explorar. Lo que seguía igual eran sus ojos verdes, aquellos ojos que Diego no había podido olvidar, ni siquiera en sus sueños.
— Sí- aceptó ella-, tampoco lo creí, pero mi padre falleció hace tres semanas y he venido a poner sus cosas en orden.
— Claro, lo siento- dijo terriblemente apenado de haberse perdido ese detalle-, lamento mucho tu pérdida. Bueno, todos aquí lamentamos su muerte.
— Supongo que después de tantos años todo el mundo se olvidó que tenía una hija, ya que ni siquiera me enviaron una invitación para el velorio- dijo un tanto enojada, era un detalle mínimo que no lograba entender por qué, tres semanas después, le seguía molestando-. Pero no es culpa de ustedes- dijo al ver la expresión de Diego-, ni siquiera él se acordaba de mí.
— Es que jamás volviste a visitarlo y, eventualmente, dejó de tener contacto contigo- dijo ofendido, haciendo lo posible por defender el honor de su ex suegro, el hombre que siempre lo había tratado como su hijo-. Quizás si hubieras vuelto…
“Quizás si hubieras vuelto como habías prometido que harías” tenía ganas de decirle Diego porque ahora, al verla de frente nuevamente, todas aquellas cosas que había tenido ganas de decirle en los últimos ocho años venían a su cabeza una tras otra. Sin embargo, al ver la expresión de incomodidad en su bello rostro, se dio cuenta que se había pasado, que Laura había seguido con su vida al igual que él y que no podía juzgarla por ello. Después de todo, Laura se fue a los 17 años de Werwood y Ricardo, su padre, jamás había ido a visitarla a la ciudad. No podía echarle la culpa a ella por haberse olvidado de él… de ambos.
— Lo siento- le dijo Diego entonces-, no era mi intención decirte eso, es sólo que…- soltó un suspiro- queríamos mucho a tu padre y nos dolió mucho su partida.
— Ya- dijo Laura con un tono seco-, no te preocupes, lo entiendo- su expresión cambió a una sonrisa, pero Diego pudo notar que no le llegaba a los ojos-. ¿Podrías ayudarme con mi equipaje? El conductor de uber huyó antes de que pudiera pedírselo.
— Sí, por supuesto- le dijo Diego de inmediato, agradecido internamente de que hubiera cambiado de tema-, pero ¿dónde te hospedarás?
Laura lo miró con confusión en su rostro— Pues aquí- respondió como si la respuesta fuese obvia-, ¿dónde más?
— Laura- le dijo él con voz suave-, hace años que nadie se hospeda aquí y, considerando los últimos años de tu padre, dudo que sea habitable. Especialmente para una chica como tú.
Diego quiso decirle que para alguien como ella que debía estar acostumbrada a lujos y comodidades, especialmente viendo la ropa que tenía puesta: un vestido que se adhería a sus curvas, pantis y tacones. Sin embargo, supo instantáneamente que a ella le había molestado y a su mente llegaron miles de recuerdos de cuando eran jóvenes; él molestado a Laura diciéndole que era una malcriada mientras ella se enojaba con él. Esa había sido su broma interna cuando se conocieron, hasta que empezaron a salir y entonces buscaba otras cosas de ella que no implicaban hacerla enojar. Decidió que la mejor forma de salir airoso de esa situación era quitarle importancia a su comentario.
— ¿Sabes qué?- preguntó antes de darle la oportunidad de que replicara algo- Iré a buscar las llaves al bar y entraré tus maletas, tú no te preocupes.
Laura lo miró con el ceño fruncido sin poder entender a la perfección qué era lo que acababa de sucederle: primero la había insultado y después había sido de lo más servicial. Lo que sí sintió fue que, por unos segundos, parecía que los años entre ellos no habían pasado, como si todavía fueran esos niños de 16 años enamorados. Pero la realidad era otra, y Laura debía recordárselo aunque le pesara.
Lo vio marchar hacia el bar que estaba frente a “su” hotel; era un edificio de madera con aire rústico con un cartel que rezaba “Sirenas” y Laura supo exactamente que Diego y su mejor amigo, Gonzalo, habían cumplido su sueño de tener su propio bar. Sueño que ella había juzgado de ridículo, pero que ahora, al verlo, sentía cómo su pecho se hinchaba de orgullo al saberlo logrado.
Subió los tres escalones del hotel y se dirigió a la puerta, recordaba que su padre siempre guardaba una copia de la llave en la base del farol junto a la puerta y, al encontrarla, un acceso de llanto se hizo presente en su cuerpo. No quería llorar, no todavía. Entró al lugar y se sorprendió de que las luces funcionaran, considerando cómo estaba el resto del lugar. Al verlo, entendió por qué Diego le había preguntado si iba a quedarse allí: había por lo menos un centímetro de polvo en cada esquina, telas de araña, olor a humedad. Las ventanas parecían no haberse limpiado en años porque los vidrios estaban opacos y apenas se veía el exterior.
La nostalgia se hizo presente: ese había sido su hogar, tenía un recuerdo en cada esquina de esa recepción y verla tan arruinada hizo que las primeras lágrimas cayeran por su rostro; las primeras que dejaba salir desde la muerte de su padre, desde que la despidieron, desde que Juan la había dejado. ¿Qué le había sucedido a su padre para dejar ese hermoso lugar en tan deplorables condiciones? Aunque, quizás, la pregunta que realmente quería hacerse era aquella que durante tantos años se había preguntado y que, sin embargo, nunca pudo pronunciar en voz alta, ni siquiera después de su muerte: ¿Qué le había sucedido a su padre para olvidarse de ella? Para no llamarla nunca, para no visitarla…
Mientras tanto en el bar, Diego buscaba la llave en el cajón que guardaba las copias de llaves que demasiados vecinos le habían confiado.
— ¿Quién era la forastera?- le preguntó Gonzalo, su mejor amigo y socio- Estaba buena por lo que se podía ver.
— Era Laura- dijo con un suspiro, abandonando su búsqueda. Gonzalo abrió los ojos de forma exorbitante; Diego no necesitaba explicarle quién era Laura y lo que había significado para él, Gonzalo lo había acompañado en cada momento: cuando se dio cuenta que estaba enamorado de ella, cuando empezaron a salir, cuando se enteraron que Laura y su madre se mudarían a la ciudad, cuando se fueron, cuando Laura no volvió cada verano como había prometido. Cuando Laura no volvió nunca, al menos hasta ahora.
— Lo siento, Lau, creo que ahora ya no te quiero más- dijo Gonzalo que venía riendo con Diego, ¿acaso ya estaban borrachos?
— ¿Robándote a mis amigos, Diego?- preguntó Laura mientras tomaba un sorbo de cerveza con elegancia.
— Te dije que no lo tenías que traer- le dijo Connie, la mejor amiga de Laura.
— Ahora somos impares, necesitamos más amigos- se quejó Julián-. Estoy bromeando, Diego, eres bienvenido cuando quieras- dijo al ver la cara de espanto del nuevo integrante.
Hacía dos días que Diego había empezado el colegio y Laura lo había llevado para todos lados con ella, se había tomado bastante en serio el trabajo de guiarlo tanto por el colegio como por el pueblo. Siendo viernes a la noche estaban haciendo su actividad favorita: tomar cerveza en la playa a escondidas de sus padres.
— ¿La estás pasando bien?- le preguntó Laura tiritando. Los demás se habían alejado mientras hacían tonterías a la orilla del mar, así que se habían quedado solos de alguna manera.
— Sí, gracias por obligarme a venir- le dijo Diego mientras le pasaba el brazo por la espalda para que no tuviera tanto frío.
— Un placer- dijo ella riendo-, cuando quieras. Pero tienes que dejar de robarte a Gonzalo, se supone que es mí mejor amigo.
— Ya te ha dicho que me quiere más a mí.








