Inmemoriales dias veraniegos
Las brisas sacuden las espesuras de las floras y enredadas por los altos pastizales van alzando los gustosos olores de los feraces campos. Por sus terrosos caminos, un arquitecto citadino se pasea y asolea tranquilamente. Metiendo la mirada por los árboles, se fija en la gran casa empedrada de esos lares semi rurales, y convenciéndose, deja las gordas vías y se adentra hacia el patio. Parado frente a la puerta, toca y espera con abundando pensamiento.
Un muchacho de largos y alborotados cabellos café mira somnoliento al citadino hombre que con sonrisa preocupada está parado en su pórtico.
—Buenos días —menciona perezoso y dudoso el muchacho. —Mi muy señor mío, ¿qué hace por aquí?
—Buenos días con usted. He escuchado que sus jardines botánicos han sido reabiertos y quisiera visitarlos. Disculpe si lo he despertado, solo que desconozco por donde se ingresa.
El muchacho mira detrás de él, hacia ese mediodía que se ha alzado bastante álgido y acomodándose las flojas prendas de descanso se traga el gran bostezo.
—Mis jardines quedan en otros terrenos.
—Oh, no lo sabía. Qué pena con usted al venir a interrumpirle así el día.
—No se preocupe porque lo que yo estaba haciendo solo era revolcarme en la cama, mi buen señor.
Al arquitecto la sonrisa se le pone más alegre porque entre ellos no hay mucho trato cercano, pero como tal joven hombre es más vivaz, no se sorprende de cómo le habla.
—¿Quisiera que lo acompañara hasta allá? No es muy lejos.
—No quisiera sacarlo de su casa solo por esto. Si me dice cómo llegar será más que suficiente y yo estaré más que agradecido.
—No pasa nada, déjeme acompañarlo. Me visto y nos vamos caminando.
El arquitecto asiente y agradece mientras es dejado entrar a la residencia para incómodamente esperar en la sala.
Durante el trayecto hacia los jardines, dos hombres salen de un camino secundario y en alta conversación van acercándose por el otro lado de la vía. El arquitecto se da cuenta que el botánico y esas personas se recorren con la mirada enteramente los cuerpos y sonriéndose, no se despistan los unos de los otros por largo rato. El arquitecto frunce levemente el ceño mientras que sin ser en rigor alguno piensa que: esos hombres son un poco desvergonzados.
Paseando por los extensos y exuberantes jardines, los conocidos cruzan puentes de roca que crecen por los bordes de las anchas lagunas, se entreveran por lomas florales cuyos tonos son fuertemente lamidos por el medio día, suben hacia las plataformas artificiales de gruesa arena sobre los que las diversas plantas costeras se erigen, caminan cerca de un riachuelo vigoroso, atraviesan campos de mariposarios, andan por vistosas arboledas que han sido acomodadas en zigzagueantes tramos terrosos …
Regocijándose por las espléndidas hectáreas de un sin número de especies conservadas, los hombres se van a descansar en una primorosa pérgola cubierta por coloridas plantas, cuyas gordas flores han ido abrazándose a las columnas de piedra. Alumbrados por las cálidas luces de la tarde y refrescados por las brisas rurales, conversan.
—Que gustoso es estar por aquí, este es un muy bello lugar—comenta el arquitecto. —Usted y su institución han trabajado tenazmente en pro de la investigación y educación.
—Gracias, así es y estoy orgulloso de cómo ha ido resultando—el botánico pasa la mirada por los riachuelos de más adelante y luego la recae en su invitado que detenidamente lo observa. —¿Algo sucede, mi buen señor?
—Oh, no. Solo pensaba en algo.
—¿Y qué es eso que pensaba? —pregunta amable el joven.
—Sepa, por favor, que yo no pretendo ofenderlo de ninguna manera—se gira levemente hacia él. —Durante estos últimos meses en los que he pasado en esta región he escuchado varias cosas, en las reuniones a las que asisto las he notado y en los eventos que se organizan, me he percatado también.
—¿Y qué es eso que se ha enterado? —El botánico frunce ligeramente el ceño, curioso de lo que le habla.
—Que los hombres viven enamorados de usted—responde sincero.
El joven se desacomoda mientras un resoplo de risa se le va. —¿Por qué parece que eso le da malestar? ¿Y por qué piensa que seré ofendido? Es lo contrario, yo me siento encantado por eso, pero no me vea soberbio tampoco.
—…oh, no, yo no lo veo así y tampoco es que tenga malestar alguno, solo quería saber la razón de eso que le comenté—le dice respetuoso.
—Señor mío, la vida me parió gozoso, es por eso —se divierte el botánico. —Allá de donde viene, ¿usted no es enterado de que los varones son muy gustosos de otros? ¿Qué estamos muy metidos en sus ojos?
—Yo eso lo sé muy bien.
—Entonces, ¿cuál es esa preocupación que tiene?
El arquitecto suspira y lo ve. —Es que ahora después de haber vivido tantos años, recién recaigo en el entendimiento de que yo también puedo vivir enamorado de un hombre. Eso a mí me preocupa porque, ¿cómo pasé mis días sin ningún varón? Admito que eso me desconsuela —vuelve a suspirar pesado. —Me ha fascinado uno que otro allá en la capital, pero al venir a trabajar aquí, comprendí que no era mero respeto de colegas, si no que yo estaba muy encariñado y parece qué al ir sabiendo cómo me siento, me he procurado en saber más del querer de los hombres hacia usted.
—Pero mi muy señor mío, ¿por qué habría de procurarse en eso? —responde relajad el botánico.
El arquitecto alza las cejas y le estruja suavemente la mano. —Discúlpeme por toda esta honestidad, pero es que como los tantos otros de esta región, yo también vivo enamorado de usted.
El botánico se sienta más cerca mientras deja que su mano siga siendo sostenida delicadamente.
—Mi estimadísimo, permítame decirle que su sinceridad no me falta el respeto. Que me haya dicho es un muy bien hacer de su parte. —Se da una palmada en la rodilla.
—¿Un buen hacer? ¿Eso es lo que usted cree? —Le acaricia los nudillos y menciona suave. —Hay muchos que a usted lo pretenden.
—¿Y eso lo cohíbe? —cuestiona el botánico.
—…es que yo no sé si entre todos los de ésta región, a usted le surja algún interés hacia mí siendo que aquí yo solo vengo a trabajar brevemente, paso ocupado y no es que sea muy llamativo.
—Sinceramente desconoce cómo me siento cuando me hablan de usted o cuando me lo encuentro. Usted no busca ni pasa enzarzado en cualquiera de los asuntos densos que hay por aquí, vino a esta región y seriamente se empeñó en lo suyo. Usted es tan recto, tan dedicado y tan buen hombre, que me hace pensarlo mucho. Usted es divertido, con la vida bastante formada y alguien que me provoca curiosidad. Sé que hay otros que me tienen cierta estima, pero que eso no lo cohíba porque usted a mí me interesa. Y mientras esté aquí, al menos quiero procurarme en poder ser su amigo.
—Mi respetado —el varón capitalino se acomoda las mangas de la camisa, muestra una corta sonrisa y suspirando se fija en los graderíos—yo de intención no carezco para compartirme con alguien, pero soy un despistado para tener cualquier amor con los hombres, para los encuentros ocasionales y para los haceres buenamente obscenos.
—Todavía le quedan un par de meses en esta región, usted puede ser muy sabido.
El licenciado capitalino le aprieta con ternura la punta de los dedos antes de soltarle las manos. —Sepa que a mí la vida también me parió muy dichoso para que un hombre pueda quererme.
El botánico le alarga la mirada mientras recuesta relajadamente la espalda sobre una viga. — A mí me parece que hemos estado atendiéndonos discretamente, ¿verdad, mi señor? Pero ahora, yo le digo claramente, ¿el cariño se nos va a quedar de esta manera? ¿así como si no quisiéramos ser más que unos ajenos al otro?
—Le confieso que quisiera que hubiera más estima que con la que nos hemos tratado ya, pero no digo que debamos.
El botánico se entrelaza tranquilamente las manos sobre el vientre mientras apoya la cabeza en la viga.
—Mi señor, no sea un tímido que usted ya está siendo bien recibido.
El licenciado solo le muestra una mueca contenta. Un sencillo beso se da, al separarse y mirarse, las caricias se alargan por los cuerpos.
—Mi distinguido, —el arquitecto abre más las piernas al sentirlas siendo recorridas por unas fuertes manos—pero mire el pleno día en el que estamos.
—Mi señor, ¿no lo quiere? Sépame usted como alguien vivaz.
El arquitecto vuelve a acomodarse, pero al percatarse parte de sus ropas íntimas sobresaliéndosele del pantalón desabrochado y habiéndosele sido mencionado que nadie más pasea por los jardines botánicos porque están cerrados, se fija en el director.
—Jácteme como los hombres de esta región, hágame saber que es esa falta de varón que he tenido.
Al botánico se le va una pequeña risa mientras se arrodilla frente al licenciado capitalino. Al agarrar lo que se para por sus piernas, levanta la alegre mirada para decirle en ronco murmuro. —Señor mío, que hoy la estima hacia el otro sea muy sincera. Vea y sepa lo que no es estar desconsolado por querer a un hombre.
En aquella pérgola el gemido se entrevera por el aire libre de los jardines botánicos. En los álgidos momentos vespertinos, el resplandor naranja va recayéndose por los pastos hasta que lamiéndose por las aguas del inquieto riachuelo se transcurre hasta alumbrar a donde un hombre mete placer en otro.
Allá en tales tierras rurales se disfruta buenamente de la vida.