Tres de la Madrugada
— ¿Qué ocurrió?
Una, dos, tres cucharadas de azúcar.
—Basta. —Nancy puso la mano sobre la taza. El calor que emanaba el café le acaricio la palma. —Dos eran suficientes. Sabes que trato de dejar el azúcar.
— ¿Me llamaste a las tres de la madrugada para venir a charlar de tu dieta? Eres caderona por naturaleza. Nada le gana a la genética. Acéptalo.
Miriam sonrió. Nancy no.
—No te llame por eso. — Nancy tenía la cabeza envuelta en una toalla rosada. Por su rostro redondo todavía se deslizaban un par de diminutas gotas.
—Lo sé. —Miriam se apoyó contra el respaldar de la silla, metió las dos manos en los bolsillos de su chaleco ámbar y vio a su amiga con una expresión de picardía. — ¿Y bien?
—Mate a Santino.
La sonrisa de Miriam fue perdiendo su brillo mientras digería la información.
—No… No lo entiendo. ¿Qué ocurrió? Digo, diez años. —La invitada hablaba con un tono de incredulidad. —Parecía un romance de telenovela. Se siente como si hubieran cancelado el show y la última temporada quedó incompleta.
—Mi vida no es una puta serie de Netflix.
—Por ahora. —Nancy vio a su amiga con una mirada que decía peligro. —Lo siento. ¿Me cuentas?
—Descubrí que era un Van Helsing.
—¿No se llamaba Escobar?—Miriam se llevó una mano al pecho. Sus cortos cabellos dorados dieron un salto mientras ella se acomodaba en su asiento.—Santino Van Helsing. Lo que habrá soportado en la escuela.
—Concéntrate.
—Lo siento. ¿Cómo lo descubriste?
—Encontré un portafolio enterrado en el patio. El perro de los vecinos lo hizo. Sabes que a veces puede abrir las rejas.
—Son tan lindos y listos. Mi Roxy sabe dar la patita.
— ¿Cuántas horas dormiste?— Preguntó Nancy con tono acusador.
Miriam enseñó dos dedos y se encogió de hombros.
—Está bien. —Miriam largó un suspiro.—Resulta que en ese portafolio se encontraban las muchas identidades de mi marido. Identificaciones gringas, británicas, pasaportes chinos, coreanos, isleños. Lo que se llevó el premio fue un sobre con el sello del Vaticano. Su licencia de cazador. — Se tomó un momento para ordenar sus pensamientos. Se veían líneas alrededor de su pequeña nariz y tenía los ojos rojos.
— ¿Dónde está Santino?
Nancy fue la primera en dejar su asiento. Casi ni tocó su café. Mientras, Miriam se sirvió una tercera taza antes de seguirla.
Dejaron la pequeña cocina, con la puerta trasera por donde entró Miriam, para pasar a la sala de estar. La única luz que bañaba la habitación provenía de la televisión. Daban un maratón de Hechizada.
En medio de la estancia, donde usualmente estaba una mesa de madera que Santino compró hace años, se encontraban los restos de un hombre.
Las piezas del cadáver formaban una grotesca efigie. El torso, desollado a manera de quedar rodeado por sus propios intestinos, hacía de base. Los brazos y piernas, atados con mucha cinta adhesiva, hacían de soporte. La cereza en el postre era la cabeza de Van Helsing. Tanto sus cuencas como su boca estaban llenas de diminutas piezas de cobre.
—Nunca pensé que usaría un rito de ocultamiento con alguien que conozco. Menos mi propio marido.
Las risas del show aparecieron justo al finalizar sus palabras. Ambas mujeres sintieron escalofríos.
—Hiciste lo debido. Pero solo es temporal. ¿Me llamaste para que te ayude a empacar?
Nancy asintió.
—Tengo que mostrarte algo más. —Nancy se dirigió hacia las escaleras con los brazos cruzados. Su amiga le siguió y juntas subieron los escalones rojos.
— ¿Qué sucede?—preguntó Miriam.
—No lo mate enseguida al encontrar su tesoro escondido. Nosotros ya veníamos teniendo peleas. Yo pensaba pasar el fin de semana con mis padres para pensar bien las cosas.
—Pero…
—Pero la curiosidad mató al gato.
Nancy abrió la puerta del dormitorio principal. Adentro había otro cadáver.
—Mierda. —Murmuró Miriam. Sobre la cama se hallaba una mujer. Vestido rojo que haría sonrojar a una monja y cuerpo de supermodelo que daba indicaciones de visitas seguidas al Señor Bisturí. Decorado con una estaca de madera hundida en el valle de sus pechos. Colmillos igual de largos que un fósforo se escapaban de los labios carmesíes.
—Esas siliconas no parecen reales.
—Concen…—Nancy se detuvo. —Sí, parecen caras. —Largó un suspiro.—Llegue en medio de la noche para hablar de una buena vez con él. Sobre todo. Cuando subí las escaleras… Santino ya había terminado su trabajo.
—Entonces tenemos que apurarnos. Los chupasangres olerán su rastro en cualquier momento.
Miriam hizo ademán de entrar a la habitación. Su amiga la detuvo, agarrando la capucha de su chaleco.
—Todavía no he terminado. —En su voz nacía algo parecido al odio. —Santino llevaba consigo su teléfono. No el que usaba enfrente de mí. ¿Quieres saber que encontré? Un número guardado como “Mi brujita.” No era el mío.
— ¡Espera! Puedo explicarlo. Lo sien…
Cabellos rubios, huesos blancos como la nieve, cachos rojos de cartílago y una horrenda cantidad de materia gris estallaron en todas direcciones.
—Puta rompe hogares.