Prólogo
Su nombre significaba guerrera.
O eso era lo que decían, porque la chiquilla desgarbada que estaba sentada frente al escritorio de la rectora del orfanato “La maison des petits” No se consideraba a sí misma una guerrera.
Tal vez una sobreviviente...
—¡Presta atención, niña tonta! —el grito de la mujer mayor no espanto a la jovencita, pero si la saco del trance en el que estaba.
Unos ojos grises se posaron sobre la señora, sin miedo, sin respeto, sin alguna emoción en particular.
—Vendrá un representante del prestigioso internado de... —hizo una mueca de asco— tú que has de saber si no levantas la cabeza de los libros.
—Si lo hago, cuando cocino, barro, plancho o lavo el baño, también cuando llevo a los niños más chicos a la escuela —mencionó en un tono plano, aunque sabiendo que aquello fue osado.
La señora Moreau apretó la quijada conteniéndose todo lo posible por no pararse y abofetear a la insolente escuincla que poco hablaba pero que cuando lo hacía, jodia.
—Ni saques tu discurso de niña explotada que no estás en la esquina bajo la lluvia pidiendo limosna, ni molida a golpes —habló fuerte, buscando imponerse—. Escucha, conseguí que una de esas señoras de abolengo, pusiera su caridad en esta institución...
Louise pensó que tendría que dar un agradecimiento público para que esa señora fuera reconocida por su generosidad ante sus amistades y la que tenía delante suyo pudiera cobrar cierta cantidad en el banco, dinero que poco o nada verían los niños que vivían ahí.
—De milagro tienes buenas notas —seguía parloteando ya sin verla a la cara— así que debes aceptar para que nos dé una pensión mensual —concluyó con una sonrisa.
Lou se levantó pensando que esa reunión había terminado.
—Llegara en 20 minutos así que quédate cerca —ordenó.
Salió de la oficina. Ese orfanato no era tan grande como los otros en los que había estado.
Contaba solo con una habitación para chicas y otra para chicos. Todos mayores de 7, ella era de las más grandes, contando con poco más de 15 años.
Y si, en ese lugar no la maltrataban, tenía que hacer algunos trabajos del hogar, lo normal, pero no sentía un especial cariño por la señora Moreau que ponía una cara a la sociedad, sin embargo, con ellos, era la vieja bruja que gritaba y de vez en cuando castigaba con severidad a algún “indisciplinado” como categorizaba ella.
Veía a lo lejos el patio de juego para los más chicos, el césped ya estaba alto, el columpio roto y la resbaladilla oxidada.
—Louise, entra.
Se movió como un autómata.
Obediente.
Callada.
Siempre con cautela. Nunca confiada.
Porque solo tenía seguridad en ella misma.
La oficina era lo más cuidado del orfanato, con su escritorio de madera, silla de cuero, piso de madera y repisas con fotos de patrocinadores.
La señora Inés le señaló la única silla disponible para que se sentará, ella se encontraba detrás del escritorio atendiendo a un señor en traje.
—Saluda a nuestro invitado o pensara que no te enseñamos nada aquí.
—Buenas tardes.
Él se giró hacia la chica y sonrió, levantándose y extendiendo su mano para presentarse.
—Buenas tardes, mi nombre es Alphonse Leroy y represento a la familia Bonnet. Usted debe ser Louise Leroux ¿Estoy en lo correcto?
Asintió, a la vez que tomaba asiento y se sorprendía por tanto formalismo con una simple chica.
—La señora Inés me mostró sus calificaciones y la señora Bonnet cree correcto brindarle la oportunidad de estudiar en el “Institut De La Couronne”.
No hizo preguntas, pero su rostro mostró lo desubicada que se encontraba ante tal información.
—Ella cubriría la matrícula hasta que se gradué, además de proporcionar una pensión para el orfanato. Es el internado mixto más prestigioso de Francia, calificado entre los mejores de Europa, te da la certeza de que las universidades se pelearán por ti, incluso con beca. Estoy aquí para saber qué opinas y explicarte cualquier duda.
Con cada palabra que salía de la boca de ese señor, Lou sentía que le estaban jugando una broma, pero a la vez la seriedad con la que se manejaba Leroy, no le permitió reírse en su cara.
«¿Internado?»
—Entonces no podría salir de allí… ¿En cuánto tiempo?
—No es una cárcel, los alumnos pueden salir los fines de semana siempre y cuando un adulto responsable firme el permiso, y durante las festividades de navidad y verano dan un par de semanas. La señora Bonnet es consciente de la situación, por lo tanto, el uniforme y los libros correrían también por su cuenta.
¿La señora Bonnet había cometido tantos pecados en su vida que quería compensarlos todos con ella o se había ganado la lotería y apenas le avisaron?
No era como que tuviera opción de negarse, aunque de tenerla, no lo habría hecho. Era un pase directo al futuro seguro que nunca se había permitido soñar.
Era esa seguridad financiera que varias noches le quitó el sueño.
Era esa garantía de que podría tener un empleo bien remunerado para no padecer hambre.
—¿Comenzaría el otro ciclo o...
—No, apenas van a reanudar las clases, así que te puedo llevar el lunes. Tiempo suficiente para hacer las maletas.
«¿En dos días?»