Chapte
Durante la calma que antecede a la tormenta (en este caso, la gloriosa calma antes de que los preparativos de la boda arrasen la suite nupcial) mi hermana gemela se mira fijamente la mano, analiza una uña recién pintada de rosa coral y dice:
—Me imagino que estarás aliviado de que no sea una novia Godzilla. —Contempla la habitación, gira hacia mí y sonríe—. Apuesto a que pensabas que sería insoportable.
Sus palabras encajan tan bien en el momento que quiero fotografiarlas y enmarcarlas. Julieta, nuestra prima, me mira cómplice mientras barniza por segunda vez las uñas de los pies de Rose (“Deberían ser más rosa pétalo que rosa bebé, ¿no lo creen?”) y hace un gesto hacia mí, que me encuentro abocado a la tarea de asegurarme minuciosamente que cada una de las lentejuelas del vestido de Rose esté orientada en la dirección correcta.
—Define “novia Godzilla”.
Rose vuelve a mirarme, esta vez con menos entusiasmo. Viste un conjunto de ropa interior elegante pero diminuto que estoy seguro (con cierto grado de náusea fraternal) de que su prometido, Dane, destruirá más tarde. Lleva un maquillaje delicado, el pelo oscuro peinado hacia arriba y un abultado velo enganchado de la coronilla. Es desconcertante. Quiero decir, si bien estamos acostumbrados a vernos iguales en el exterior y ser muy diferentes en el interior, esto es algo totalmente nuevo: Rose es el vivo retrato de una novia. De repente, su vida no tiene ninguna similitud con la mía.
—No soy una novia Godzilla —se queja—. Soy perfeccionista.
Encuentro mi lista y la sacudo en alto para llamar su atención. Es una hoja de papel rosado con bordes decorados en la que, con una caligrafía perfecta, escribió Lista de tareas de Jimin - Día de la boda e incluye setenta y cuatro (setenta y cuatro) entradas que van desde Chequear que las lentejuelas del vestido estén simétricamente orientadas hasta Quitar todos los pétalos marchitos de los centros de mesa.
Cada dama de honor tiene su lista. Aunque puede que no todas sean tan largas como la mía, todas están igual de decoradas y escritas con esmero. Rose incluso se tomó el trabajo de dibujar los casilleros para que pudiéramos llevar registro de las tareas completadas.
—Algunos dirían que tus listas son algo exageradas —digo.
—Los mismos que pagarían un ojo de la cara por una boda la mitad de linda —responde.
—Exacto. Los que le pagarían a una organizadora de eventos para… —consulto mi lista— Secar la condensación de las sillas media hora antes de la ceremonia.
Rose se sopla las uñas para secar el esmalte y suelta una risa digna de una villana de película.
—Tontos.
Ya saben lo que se dice sobre las profecías autocumplidas. Cuando ganas, te sientes ganador y eso hace que, de alguna manera… sigas ganando. Tiene que ser verdad, porque Rose gana todo. Compró un boleto de rifa en una feria callejera, y volvió a casa con entradas para el teatro. Dejó su tarjeta personal en una taza de El Gnomo Feliz, y ganó cervezas a mitad de precio durante un año. Ganó maquillajes, libros, entradas al cine, una cortadora de césped, incontables camisetas y hasta un auto. Por supuesto, ganó también el kit de papeles y plumas que usó para escribir las listas de tareas.
Dicho esto, claro que cuando Jeon Dane le propuso matrimonio, Rose se aseguró de que nuestros padres no tuvieran que poner un solo dólar para la boda. Aunque mamá y papá podían contribuir (tienen muchos problemas, pero el dinero no es uno de ellos), para Rose, conseguir cosas gratis es su desafío favorito. Si antes de su compromiso pensaba que los sorteos eran deportes de alto rendimiento, la Rose comprometida vivía los preparativos de la boda como los Juegos Olímpicos.
Nadie en nuestra enorme familia se sorprendió cuando logró organizar una boda elegante con doscientos invitados, bufé de mariscos, fuente de chocolate y rosas de todos los colores en cada tazón, florero y copa, desembolsando, como mucho, mil dólares. Rose trabajó hasta el cansancio para encontrar las mejores promociones y concursos. Reposteó todos los sorteos que encontró en Twitter y Facebook, y hasta creó una casilla de correo electrónico con una dirección muy atinada: [email protected].
Luego de asegurarme por completo de que no quedara ninguna lentejuela rebelde, levanto la percha del gancho metálico del que colgaba el vestido para alcanzárselo, pero no llego a tocarlo que mi hermana y mi prima gritan al unísono; Rose se toma la cara con las manos y sus labios rosa mate forman una O de horror.
—Déjalo donde está, Jimin —dice—. Me acerco yo. Con tu suerte, tropezarás, caerás sobre la vela y mi vestido se trasformará en una bola aromatizada de lentejuelas y fuego.
No discuto: tiene razón.
Mientras que Rose es un trébol de cuatro hojas, yo siempre tuve pésima suerte. Cuando digo esto, no exagero ni me refiero a que tengo mala suerte en comparación con Rose; es una verdad objetiva. Si buscan “Park Jimin, Minnesota” en internet, encontrarán docenas de artículos y publicaciones sobre la vez que quedé atascado en una máquina atrapa peluches. Tenía seis años y, como el muñeco que había capturado no cayó del todo en la puerta de salida, decidí entrar y rescatarlo.
Pasé dos horas dentro de la máquina, rodeada de peluches con pelo áspero y un penetrante olor a químicos. Recuerdo mirar hacia afuera a través del vidrio lleno de dedos marcados y encontrarme con una multitud de caras desesperadas gritándose indicaciones que yo no llegaba a escuchar. Al parecer, cuando los dueños del local les explicaron a mis padres que la máquina no les pertenecía y, por lo tanto, no tenían las llaves para abrirla, tuvieron que llamar al departamento de bomberos de Edina, a quienes siguieron de inmediato los canales de noticias locales que documentaron mi extracción sin perder detalle.
Veintiséis años después (gracias, YouTube) el video sigue circulando. Hasta la fecha, casi quinientas mil personas lo vieron y comprobaron que soy tan testarudo como para meterme en la máquina y tengo tanta mala suerte como para enganchar la presilla de mis pantalones y perderlos entre los osos de peluche cuando me rescataron.
Esta solo es una de las tantas historias que podría contar. Así que, sí, Rose y yo somos gemelos (ambos medimos un metro sesenta, tenemos pelo oscuro que se descontrola ante el mínimo indicio de humedad, ojos profundos color café, narices respingadas y hasta las mismas constelaciones de pecas), pero ahí terminan los parecidos.
Nuestra madre siempre intentó destacar las diferencias para reforzar el sentimiento de que éramos individuos y no las partes de un todo. Sé que lo hizo con las mejores intenciones, pero nuestros roles siempre estuvieron bien definidos: Rose es una optimista que mira el vaso medio lleno; yo tiendo a pensar que es el fin del mundo. Cuando teníamos tres años, mamá nos disfrazó de Ositos Cariñositos para Halloween: ella era Gracioso y yo Gruñón.
Está claro que la profecía autocumplida funciona en ambas direcciones: desde el momento en que me encontré en el noticiero de las seis de la tarde con el rostro apoyado en ese vidrio lleno de dedos, mi suerte no mejoró. Nunca gané un concurso de dibujo ni una apuesta en la oficina; ni siquiera un bingo o el juego de ponerle la cola al burro. En su lugar, me rompí una pierna cuando alguien cayó rodando por las escaleras y me arrastró consigo (el caído salió ileso), en el sorteo de tareas de las vacaciones familiares me tocó limpiar el baño cinco años consecutivos, un perro hizo pipí sobre mí mientras tomaba sol en Florida, una infinidad de aves defecaron en mi pelo, y cuando tenía dieciséis me cayó un rayo (sí, de verdad) y viví para contarlo (pero tuve que ir a la escuela durante el verano porque perdí dos semanas de clases).
A Rose le gusta refutar estas pruebas con el recuerdo de que una vez adiviné cuántos shots quedaban en un vaso de tequila. Pero, después de tomarlos casi todos para festejar el triunfo y de vomitarlos a los pocos minutos, no conservo un recuerdo particularmente alegre.
Rose descuelga el vestido (por el que no pagó) del gancho y se lo pone justo en el momento en que nuestra madre entra desde la habitación adjunta (por la que tampoco pagó). Suspira de un modo tan dramático cuando la ve que estoy segura de que Rose y yo pensamos lo mismo: Jimin se las ingenió para manchar el vestido.
Tengo que mirarlo para asegurarme de que no es así.
Todo está en orden. Rose suspira aliviada y me pide que con cuidado le suba la cremallera.
—Mami, nos diste un susto de muerte.
Con la cabeza llena de ruleros y una copa de champagne (gratis, claro) a medio beber en la mano, mamá parece una buena imitadora de Joan Crawford. Si Joan Crawford hubiera nacido en Corea.
—¡Ay, hija, te ves hermosa!
Rose la mira, sonríe y recuerda (con un repentino rapto de ansiedad por separación) la lista que mamá dejó en la otra punta de la habitación.
—Ma, ¿le diste al DJ el pendrive con música?
Mamá vacía su copa antes de sentarse con delicadeza en el sillón de terciopelo.
—Sí, Roseanne, le di tu cosito de plástico al hombre del horrible traje con estampado de mazorcas.
A mamá ese vestido magenta le queda impecable. Cruza las piernas bronceadas y acepta la copa de champagne que le ofrecen.
—Tiene un diente de oro —agrega mamá—, pero debe ser muy bueno en su trabajo.
Rose la ignora y marca la tarea como completada con tanta intensidad que el ruido del bolígrafo sobre el papel retumba en toda la habitación. Poco le importa si el DJ cumple las expectativas de nuestra madre (o las suyas propias). Acaba de mudarse a la ciudad y ganó sus servicios en una rifa que organizaron en el hospital en el que trabaja como enfermera de hematología. Gratis mata talentoso, siempre.
—Jimin —dice Rose sin despegar los ojos de la lista que sostiene frente a ella—, tú también debes vestirte. Tu traje está colgado detrás de la puerta del baño.
Me escabullo hacia el baño con un saludo burlón:
—De inmediato, su majestad.
La pregunta que más nos hacen es cuál de nosotros nació primero. La respuesta me parece bastante obvia porque, además de que Rosennació cuatro minutos antes, es, sin duda, la líder.
Cuando éramos pequeños, jugábamos a lo que ella quería jugar, íbamos a donde ella quería ir y, aunque algunas veces me quejaba, solía seguirla complacido.
Puede convencerme de casi cualquier cosa.
Por eso terminé con este traje.
—Rose… —llamo mientras abro la puerta del baño horrorizado por mi reflejo.
Quizá es la luz, pienso, y arrastro esta monstruosidad verde y brillante a uno de los espejos más grandes de la habitación.
Guau. Sin duda no es la luz.
—Jimin… —responde.
—Parezco una enorme lata de 7up.
—¡Sí, nene! —exclama Jules—. Ojalá alguien la abra de una vez por todas.
Mamá tose.
Fulmino a mi hermana con la mirada. Tenía mis dudas cuando accedí a ser su ¿caballero de honor? en una boda cuya temática era Paraíso Invernal, así que puse como condición para aceptar que mi atuendo no tuviera terciopelo rojo o piel sintética blanca. Ahora me doy cuenta de que debería haber sido más específico.
—¿Elegiste este traje? —Señalo el horrible color verde —. ¿Esto es intencional?
Rose gira la cabeza y me estudia.
—Si con intencional te refieres a que gané una rifa de la iglesia evangelista… ¡Conseguí todos los vestidos de las damas de honor! Luego me agradeces por el dinero que te ahorré.
—Somos católicos, Rose, no evangelistas. —Tiro de la tela del pantalón —. Me veo como un duende en el día de San Patricio.
Me doy cuenta de mi error (no haber visto antes el traje) pero, hasta hoy, el buen gusto de Rose había sido infalible y en el momento de la prueba yo estaba en la oficina de mi jefe rogando sin éxito no estar en la lista de los cuatrocientos científicos que la compañía despediría.
Reconozco que estaba distraído cuando Rose me mandó la foto del traje, pero no recuerdo que fuera ni tan satinado ni tan verde.
Giro para verlo desde otro ángulo y… ¡Dios mío! La espalda es todavía peor. No ayuda que las últimas semanas de estrés y repostería me dejaron, ¿cómo decirlo?… más relleneno.
—Si me pones atrás en las fotos, también puedo hacer de pantalla para efectos especiales.
—Te ves sexy, confía en mí. —Jules aparece por detrás, diminuta y enfundada en su nuevo envoltorio verde satinado.
—Mami —llama Rose—, ¿no crees que el traje le resalta a Jimin?
—Y su trasero. —Volvieron a llenar su copa y mamá toma un trago largo lentamente.
El resto de las damas de honor se amontonan en la suite y hay un escándalo colectivo por la emoción de ver a Rose tan hermosa en su vestido. Es una reacción normal en la familia Park.
Sé que mi siguiente comentario puede sonar a hermano celoso y resentido, pero prometo que no es así: Rose siempre amó ser el centro de atención y (tal como quedó demostrado con mi aparición en el noticiero de las seis) yo no. Mi hermana brilla bajo los reflectores y yo prefiero ser quien apunta las luces hacia ella.
Tenemos doce primos hermanos; y todos estamos metidos en la vida de los otros 24/7, pero como Rose solo ganó seis vestidos y un traje, se vio obligada a tomar decisiones difíciles. Así que ahora mismo algunas viven en el Monte Pasivo Agresivo y fueron a prepararse a otra habitación. Por un lado, mejor, esta suite es demasiado pequeña para que tantas personas puedan maniobrar sus cuerpos dentro de una faja modeladora sin correr peligro.
El aire está invadido por una nube de fijador en aerosol y hay suficientes rizadoras, planchas y productos de peluquería como para montar un salón de belleza respetable. Cada espacio libre queda pegoteado por algún producto o cubierto por un neceser a punto de explotar.
Golpean la puerta, Jules abre y encuentra a nuestro primo Dan del otro lado. Tiene veintiocho años, es doncel al igual que yo y está mejor arreglado de lo que yo podré estarlo jamás. Cuando Rose le dijo que no iba a poder estar en la habitación de la novia y que tendría que quedarse con el novio y sus amigos,(a pesar de que a mi si me dejó estar aquí) Dan la acusó de sexista. Si su expresión mientras procesa nuestra ropa es una pista, ahora se considera afortunado.
—Lo sé —digo, rendido, alejándome del espejo—. Es un poco…
—¿Apretado? —sugiere.
—No…
—¿De puta?
—Iba a decir verde.
Inclina la cabeza y camina a mi alrededor para poder apreciarlo desde todos los ángulos.
—Iba a ofrecerme para maquillarte, pero sería una pérdida de tiempo. —Sacude una mano—. Hoy nadie va a mirarte la cara.
—No lo avergüences, Dan—dice mi mamá, y me doy cuenta de que no está en desacuerdo con el juicio de mi primo, solo quiere que deje de molestarme.
Dejo de preocuparme por el traje (y por cuán apretado está mi trasero) y vuelvo al caos de la habitación.
Hay una docena de conversaciones sucediendo en simultáneo. Natalia se cambió el color de pelo de castaño a rubio y está segura de que le arruinó la cara. Dan coincide. El aro del sujetador de Stephanie se zafó y la tía María le está explicando cómo reemplazarlo por cinta adhesiva. Cami y Ximena discuten sobre qué faja es de quién y mamá vacía otra copa de champagne. En medio del ruido y los químicos,Rose vuelve a enfocar su atención en la lista.
—Jimin, ¿hablaste con papá? ¿Ya llegó?
—Estaba en el salón de recepción cuando llegué.
—Bien. —Otra tarea completada.
Puede parecer extraño que me toque controlar a papá a mí y no a su esposa (nuestra madre), que está sentada aquí, pero así funciona nuestra familia. Los padres no interactúan directamente desde que papá engañó a mamá y ella lo echó de la casa. Sin embargo, no quiso divorciarse. Claro que estuvimos del lado de mamá, pero pasaron diez años y el drama está tan vigente como el primer día. Desde que papá se fue, no se me ocurre una sola conversación que hayan tenido que no haya sido mediada por mí, por Rose o alguno de los siete hermanos que suman entre los dos. Nos dimos cuenta bastante rápido de que así sería más fácil para todos, pero el aprendizaje que me quedó de todo esto es que el amor es agotador.
Rose se estira para tomar mi lista, pero me apresuro para tomarla antes que ella; las pocas tareas completadas pueden desencadenar un ataque de pánico. La escaneo y me alegra descubrir que la próxima indicación requiere que abandone esta neblina de fijador.
—Voy a la cocina a asegurarme de que me hayan hecho un plato diferente...
El bufé (gratis) incluye una gran variedad de mariscos, pero, por mi alergia, de solo probar uno podría terminar en la morgue.
—Espero que Dane haya recordado ordenar pollo para Jungkook también. —Rose frunce el ceño—. Dios, espero que sí. ¿Puedes preguntar?
El bullicio de la habitación para en seco y once pares de ojos se clavan en mí. La sola mención del hermano mayor de Dane posa una nube negra sobre mi humor.
Aunque Dane es un poco “hombre promedio” para mi gusto (del tipo que le grita a la televisión mientras mira deportes, que presume los músculos y se esmera por usar todas las máquinas del gimnasio al mismo tiempo), hace feliz a Rose. Y con eso alcanza.
Jungkook, en cambio, es un idiota inmaduro y criticón.
Consciente de que soy el centro de atención, me cruzo de brazos visiblemente molesto.
—¿Por qué? ¿También es alérgico?
Por alguna razón, tener algo en común con Jeon Jungkook, el hombre más arisco del universo, despierta en mí una violencia irracional.
—No —dice Rose—. Pero es quisquilloso y no le gustan los bufés.
—Los bufés… Claro. —Me brota una carcajada.
Hasta donde sé, Jungkook es quisquilloso literalmente con todo.
Por ejemplo, en la barbacoa que organizaron Dane y Rose para el Cuatro de Julio, no probó un bocado de la comida que me había llevado todo el día preparar. En Acción de Gracias, le cambió el sitio a su padre para no tener que sentarse a mi lado. Y anoche, en la cena de ensayo, cada vez que comía un trozo de pastel o mis primos me hacían reír, se masajeaba las sienes para dejar en claro cuánto lo irrito. Al final dejé lo que quedaba de mi porción de pastel y fui a cantar karaoke con papá y el tío Omar. Puede que mi enojo se deba a haber resignado tres bocados de un gran pastel para no molestar a Jeon Jungkook.
Rose vuelve a fruncir el ceño. Jungkook tampoco es santo de su devoción, pero ya se cansó de tener esta discusión.
—Jimin, apenas lo conoces.
—Lo conozco lo suficiente. —La miro y digo solo tres palabras—: Bollos de queso.
—Por Dios, ¿nunca vas a olvidarlo? —Mi hermana suspira y sacude la cabeza.
—Si como, me río o respiro, ofendo su delicada sensibilidad. Sabes que lo vi al menos cincuenta veces y sigue haciendo esa cara de no saber bien de dónde me conoce. —Me acerco—. Somos gemelos.
Natalia se mete en la conversación mientras intenta disimular el decolorado de la nuca.
—Es tu oportunidad para amigarte, Jimin. Es tan lindo…
Le respondo con el Arco de Cejas Disgustadas de los Park.
—Sea como sea, tienes que buscarlo —dice Rose y vuelve a captar mi atención.
—Espera, ¿qué?
Ve mi expresión de desconcierto y apunta a mi lista:
—Número seten...
De solo pensar en que tengo que hablarle a Jungkook, me empieza a crecer el pánico. Levanto la mano para impedir que Rose siga hablando. Cuando mire mi lista, en el número setenta y tres (porque Rose sabía que no leería de antemano la lista completa) encontraré la peor tarea de todas: Hacer que Jungk te muestre su discurso. Evitar que diga algo terrible.
Esto no es culpa de mi suerte, esto es todo culpa de mi hermana.