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Como casi todo en la vida de Harry, le llegó de improviso y con un bofetón de regalo. La lechuza de mensajería del hospital San Mungo seguía en el alféizar de su ventana, aguardando entre picoteo y picoteo a sus plumas por una golosina lechucil que no le llegaría. Y es que el receptor de la carta se había quedado con la boca abierta y los ojos como platos. Ahora mismo estaba leyendo la escueta nota de caligrafía aguda, estilizada y firme de un muerto. Un muerto supuesto que le había mandado además una foto de él postrado en la cama con un enorme vendaje cubriendo su cuello. La magia tenía sus ventajas, pero no ahora que Harry podía apreciar en bucle cómo Severus Snape le sonreía a la cámara mientras levantaba su dedo medio de la mano. El gesto se repetía una y otra vez ante la mirada atónita de su destinatario. La nota simple rezaba;
“¡Estoy vivo! puto”
Obviando el insulto...
¿Severus vivo? ¿Cómo podía ser? Él lo vio morir, y el momento fue de lo más traumático y doloroso a decir verdad. Se sentó en el sofá con la carta entre las manos oscilando floja y parpadeó hacia la chimenea. Lo vio morir entre sus brazos, devastado por el sentimiento de injusticia y pérdida. Hubo de abandonarlo para seguir adelante y vencer a Voldemort, y ni aun un mes después dormía bien recordando aquél fatídico día... Y noche.
Estaba vivo, y ese sentimiento imprevisto le sacudió el pecho de alegría y optimismo, de un alivio tan grande que casi se marea de la impresión. Ahora bien; ¿El insulto a qué venía? ¿Era necesario decírselo de esas formas tan malas y vulgares? ¿Dónde quedó el profesor Snape rígido y estricto que él conoció? Pues seguramente en algún lugar de las tuberías del retrete que lleva al ministerio de Magia. Observó de nuevo la foto y sonrió dentro de un suspiro.
La curiosidad mató al gato, en este caso a Harry, que caminaba por los pasillos del hospital en dirección a la habitación de Snape. Reponerse del susto le había costado un día, o bueno, no, no se había repuesto aún de la impresión pero agonizaba literal por verlo en persona y comprobarlo. El ambiente olía a magia curativa, pociones y vendas dulzonas. Al llegar a la puerta la encontró cerrada y eso le extrañó, ya que en recepción le informaron de que era la hora de la merienda. Con ese detalle esperaba una puerta abierta por el personal sanitario y a Severus recostado entre cojines zampando galletas y té. Giró el pomo despacio con la misma cautela que cuando llegaba tarde a pociones y se asomó.
Las cortinas se movían gracias al aire templado de primeros de junio, la bandeja de té y puré de frutas se veía intacto a causa de un Severus recostado totalmente dormido y Harry, que no sabía si violar la privacidad del momento, acudió al llamado de la urgencia y decidió entrar sin hacer ruido cerrando de nuevo la puerta. Lo observó con atención, su delgadez destacaba entre tanto cojín blanco y sábana áspera. Mantenía la piel cetrina y marchita por el desgaste de tantos años de padecimientos y las ojeras pronunciadas, lo que le decía que rara vez conciliaba el sueño y este era un momento único para descansar. Caminó sigilosamente y se sentó en el sillón de acompañante. Nadie excepto Minerva le había visitado por lo que tenía entendido, tampoco estaba claro si retomaría la docencia o lo que haría a partir de ahora con su vida. Frunció el ceño al percatarse de que no le hicieron el funeral, por lo que hubo de deducir que sería extraño y por tanto sospechar de su supervivencia.
"Vivo en la inopia" rebufó avergonzado. Luego de observarlo por diez minutos controlando su escuálido pecho subir y bajar, otro recuerdo acudió peregrino.
"Pensó en mi madre antes de morir" le resultaba cuanto menos... Incómodo, pero bonito. Harry sonrió, a su madre la quisieron de por vida no uno sino dos hombres, menuda mujer tenía que ser. Luego la sonrisa fue desapareciendo al imaginarse a Severus como padre.
—Estoy atrapado con un demente.
La voz ronca de Snape lo sacó de golpe de su excéntrica ensoñación poniendo verdadera atención en el paciente.
—Hola profesor Snape —se reclinó en la silla rascándose la cicatriz debido a los nervios— ¿Cómo se encuentra?
Severus parpadeó lento, exhaló un suspiro sufrido y retorció el labio desdeñoso.
—Pues de vacaciones pagadas tomando vino de ribouardo ¿A usted qué le parece, señor Potter?
—Ehh —¿eso era una ironía? ¿Sarcasmo? Nunca supo la diferencia de su humor flemático.
—No es de buena educación entrar sin avisar y mirar a las musarañas haciendo muecas raras, me da repelús… —tal cual amonestó inclemente añadió— y es inquietante que me observen dormir.
—Vine a visitarlo. —repuso algo molesto. Ni una frase de concordia le permitió antes de sacar toda su artillería de reproches.
—Obvio.
—Está vivo...
—¿No me diga? —ironizó rodando los ojos.
—Pero-
—Gracias por la visita, un placer y hasta luego. —cortó mordaz.
Harry apretó la boca y los dedos retorciéndose de enfado, ese hombre no sería amable ni aun con su vida peligrando delante de una varita. Achinó los ojos hasta volverlos dos rendijas verdes y controló su respiración. Severus se veía desvaído y débil pese a su antipatía, el movimiento de su mano para acompañar a sus insultos apenas fue un gesto endeble que culminó su esfuerzo en el colchón. No caería en sus provocaciones, así que se levantó tras dos minutos de pausa silenciosa y se...
—Pues si no desea una visita no entiendo porqué me envió esto. —el intento de ser educado le duró un suspiro y menos al lanzarle la carta y la fotografía sobre el pecho.
—Le informé de mi envidiable estado de salud, es lo requerido en estos casos. —tomó la foto y sofocó una risilla maliciosa.
Harry se quedó patidifuso, ¿Severus riéndose flojito como un tonto? ¿Había perdido la chaveta por su experiencia cercana a la muerte?
—Debería estar muerto.
—¿Por qué usted lo diga? No concedo deseos y menos los suyos, Potter.
—Me refiero —chasqueó la lengua irritado, tanta contestación retorcida le estaba agotando la paciencia— a que murió, yo lo vi... Murió entre mis brazos. —terminó de decir en un susurro. Dolía revivir el trauma, recordar cómo sus ojos perdían la luz y el timbre lleno de gorgojos por la sangre mientras le suplicaba que le mirase.
Snape arqueó las cejas arrugando toda su frente y abrió los ojos estupefacto, el silencio se extendió por varios segundos hasta que por fin habló.
—Pues falsa alarma.
—¿Pero cómo? Yo sé lo que vi.
—Magia.
Las manos de Harry se apoyaron en la barandilla de los pies de la cama, miraba a su ex profesor buscando respuestas a un milagro que aunque bienvenido, le generaba mucha intriga.
—El mordisco de Nagini era letal y-
—Magia. —le cortó arrastrando el tono y las pocas ganas de mantener esa conversación.
—Fueron dos, creo, y el cuello es-
—¡Magia, Potter! —croó.
—Pero el veneno-
—¡Magia! —insistió Severus perdiendo los estribos.
—Pero para cuando llegase ayuda usted igualmente-
—¡MAAAAGIA, POTTER! —gritó pese a su convalecencia.
Ambos se miraron desconfiados y turbados por la extraña situación.
Harry se rascó la cicatriz frustrado, ese maldito hombre era como un forúnculo en el culo, capaz de exasperarlo hasta límites insospechados.
—¿No me lo quiere decir? No me lo diga, pero esa foto sobraba. Y si no quería una visita, pues no haberse molestado en enviarme una lechuza.
—La lechuza era mera cortesía informativa, adornada de cierta licencia prohibitiva de tinte humorístico destinado al entretenimiento personal.
—Vamos, que le apetecía reírse de mí.
Severus moldeó una sonrisa floja y se acomodó cansado reposando la espalda entre el mar de cojines.
—Solo un pequeño aliciente para este pobre viejo.
—No se haga el desvalido, usted es igual de peligroso incluso así.
—Gracias.
—No era un halago. —replicó Harry entre dientes.
—Me lo tomaré como tal.
Severus entrecerró la mirada vidriosa, observado pagado de sí mismo cómo su ex alumno se retorcía de la molestia, comprobando que aún poseía fuerzas para sacar de sus casillas a Potter.
—Bueno... En ese caso ya veo que está bien —lo repasó a conciencia deteniendo sus ojos en la herida del cuello—, así que me iré.
—Bien.
Pero Harry no se iba, sus manos quedaron fusionadas al borde de los pies de la cama sin moverse un milímetro. El incómodo silencio se extendió incluso después de que Severus arqueara las cejas, rumiara la boca y sacudiera un cojín para la cabeza.
—Sí, bien —dijo el muchacho pareciendo despertar de su ensimismamiento—. Ya nos veremos.
—Lo dudo. —farfulló.
—¿Cómo? —parpadeó sin terminar de girarse.
—Nada, que le vaya muy bien, Potter.
Snape observó sus andares torpes, la mirada perdida y la postura encorvada de Potter hasta que cerró la puerta tras de sí. Resopló ruidoso teniendo ahora que lidiar con el extraño sentimiento de gratitud y emoción; Excepto Minerva, el resto de personas a las que le había notificado su milagroso estado, no había siquiera respondido a la lechuza, o lo hicieron, pero ninguno le visitó. Descansó la cabeza de lado en los cojines y fijó la vista en la ventana, la panorámica le permitía ver la silla de refilón, esa en la que Harry se mantuvo sentado y callado por unos largos diez minutos.
Entre hermoso y perturbador fue la conmovedora escena.
Odiaba con todo su ser la visita de Potter, que hubiese tardado tan poco en reaccionar y su actitud mansa de sincera preocupación. Detestó su recelo para abandonar la habitación y ese caminar descuidado. Severus recordaba ser consciente de Potter entre la bruma del dolor, el frío y el mareo, pero no recordaba eso de "Morir entre sus brazos" expuesto con tanta vehemencia y pasión. Recuerda unos ojos verdes intensos, la vista nublada de lágrimas posiblemente propias y que se ahogaba.
Pensó que lo había imaginado debido a la falta de oxígeno en el cerebro, pero por lo visto, lo que hubo de ser los últimos momentos de su vida los pasó acompañado y de la mano de ese maldito muchacho que tanto le había hecho sufrir. Con Harry era difícil sentirse en paz, imposible resultarle indiferente. Harry era su piedra en el zapato y su talón de Aquiles, simplemente impensable no sacudirse por todo lo que le envolvía y cómo le miraba. Exhaló superficialmente, a dos centímetros de tocarse por inercia el vendaje y cerró los ojos con remordimiento. Sabía estar solo, gozar de ello, vivir solo y sentirse solo, y cuando saliera del hospital, simplemente sería lo mismo de siempre solo que en diferente lugar.
Severus sonrió a la foto que Potter le había mandado. En ella se apreciaba a toda la familia Weasley rodeando al cumpleañero con una tarta delante. La estampa sería perfecta de no ser por el dedito medio que Harry deslizó con disimulo entre la mesa y su pecho para que nadie lo viese. Un vulgar descarado y además sin imaginación para vengarse de manera original. En las tres veces que intentó visitarlo, Severus dejó en claro que Potter no sería bien recibido, demasiadas preguntas y mucha agitación para un alma cansada y herida. Un pequeño retortijón de insatisfacción y preocupación trepó hasta su pecho, debido a la breve nota adjunta que el muy inepto le había obsequiado.
"Esto te encantará, dejo los estudios por el momento para ayudar al Ministerio a atrapar a los mortifagos que se han escapado. Seguramente cumplo ya con todos tus requisitos para ser un completo imbécil de manual.
Att; Harry. James. Potter. "
"Eres un completo imbécil, con complejo trasnochado de héroe y un arrojado insensato"
Le hacía gracia la foto en movimiento, captando el brillo malicioso de esos hermosos ojos verdes a la luz de las velas de cumpleaños ocultando su fechoría, no le hizo tanta gracia que alguien como él se lanzara de cabeza a los problemas y el peligro de muerte. Negó pesaroso y descansó la carta en su regazo mirando por la ventana del hospital.
Un año después.
Minerva McGonagall presumía de ser una persona dominada y abarrotada de templanza como para no sucumbir a los arrebatos juveniles de sus miles de estudiantes cohabitando bajo su responsabilidad en Hogwarts.
Pese a ello y su notable experiencia, pestañeó aturdida ante los vocerios berrinchudos del señor Potter, que no contento con interrumpir en su despacho sin previa invitación al colegio, se dedicaba a deambular alrededor de la silla sin tomar asiento, agitando los brazos sulfurado y perdiendo los estribos.
—... ¡Ni que fuera un loco acosador capaz de hacerle daño! ¡Me tratan como si estuviera obsesionado con él y quisiera matarle! —La directora enarcó una ceja blanca y esquivó de puro milagro un perdigón de saliva que casi le roza la mejilla— ¡Parece secreto de sumario, como si hubiese muerto! —Otro perdigón casi cae en sus preciados pergaminos— ¡Es como si se lo hubiese tragado la tierra! —El tercer perdigón de saliva, debido a su verborrea desaforada de boca reseca, acabó por ensuciar en un acto sacrílego el retrato de un muy anonadado Albus Dumbledore, todo ello ante la ultrajada mirada del resto de directores de Hogwarts exhalando exabruptos de venganza— ¡Es injusto porque… —Minerva parpadeó más indignada que sorprendida y frunció la boca. Toda esta muestra innecesaria de efusividad juvenil se debía a la imposibilidad del señor Potter de hacerse en conocimiento del nuevo domicilio del señor Snape.
—¡¡Señor Potter!! —bramó por encima de su tono habitual— ¡Tenga un mínimo de contención cuando esté en mi presencia! —la advertencia tuvo su peso justo, pero lo que hizo replantearse a Harry la disminución de su temperamento, fue observar el peligroso nervioso de su ceja tiesa, los dedos estrangulando el mango de su varita y esos ojos penetrantes clavándole al suelo como un chiquillo regañado.
—Perdone.
Minerva asintió rígida, presto a proseguir.
—Estoy segura de que ese no es el caso —incidió tranquilamente repasando a su ex alumno con mirada evaluadora—, pero reconozca que su comportamiento impulsivo y sus gritos dan lugar a la confusión... El mismo error que su padrino cometió cuando entró en Azkaban alegando inocencia entre berridos de loco poseído.
—No es lo mismo —se defendió golpeándose el pecho con las gafas torcidas—. Yo he tratado de hacerlo de la manera correcta, pero nadie me da su nueva dirección.
Minerva suspiró armándose de paciencia mientras se acicalaba el moño bajo, apuntó por segunda vez a la tetera e invitó a Harry a sentarse. Hubo un duelo de miradas tenso y silencioso, hasta que Potter por fin cedió ante el reto y tomó asiento dejándose caer como un fardo.
—Señor Potter, los datos personales son privados y están amparados por la ley ministerial mágica —le recordó en tono severo mientras le servía té—. Por muy salvador del mundo mágico que sea, nadie puede facilitarle esa información sin arriesgarse a ser multado ¿Un terrón o dos?
—Dos, gracias.
—En tal caso-
—Pero —sorbió el té y sopló ante la mirada de reproche de su antigua profesora— ¡soy yo! No un extraño.
—Eso es irrelevante —Minerva dejó caer tres terrones de azúcar en su taza y removió el líquido con la cucharilla—. El señor Snape no desea ser importunado, no dejó reseñas de su domicilio ni de su lugar de residencia.
—Usted lo sabe. —acotó entre sorbo y sorbo manteniéndole la mirada.
Nadie se atrevía a juzgarla y mucho menos a recriminarle, ese muchacho se estaba propasando.
—Sí —afirmó elevando el mentón, enderezó la espalda y tomó en silencio su té—. Esa información me pertenece por derecho, y no estoy en la obligación legal ni moral de traicionar la confianza del señor Snape para satisfacer sus más que cuestionables deseos de verle.
Potter el Auror se desinfló hasta volverse un alumno regañado. Pese a sus cambios físicos de crecimiento y madurez, los hombros gachos y la mirada abatida le recordaban con añoranza al adolescente perdido bajo su cuidado.
—Nunca pude volver a verlo, él negó categóricamente mis visitas —habló en tono quejumbroso y apagado—. Luego ya no recibió mis cartas porque le habían dado el alta y yo estaba lejos sin poder ponerme en contacto ni buscarle, en San Mungo no me dicen nada y nadie sabe nada de él... Un año preocupado y sin noticias...
Minerva se maldijo por dentro en un carraspeo agudo de derrota, debió ser la edad en donde hasta las más grandes empiezan a chochear, o su debilidad por Potter, o sus ojillos verdes de huérfano desamparado mirándole a través de esas lentes modernas, o su desgana al masticar las galletas mientras las remoja en el té, o simplemente porque absolutamente nadie se preocupaba por Severus exceptuándose a ella misma y eso le dolía.
—No voy a traicionar la confianza de Snape —comenzó reticente, Harry bufó como pecador camino al cadalso— no obstante... —Y revivió su postura y mirada prestando verdadera atención al silencio perpetrado— le recomiendo que pasee por el callejón Knockturn un día de estos. —Deslizó misteriosa removiendo su té con insistencia.
Los ojos repletos de arrugas zumbaron avergonzados debido a la fragante derrota ante el berrinche de un pre adulto exigente y quejumbroso. Potter sonrió sorbiendo ruidoso, y en los cinco minutos restantes representó el modelo supremo de persona civilizada y taimada.
Bueno gente, aquí está el primer capítulo con el que ir abriendo boca. Mi idea es que la historia sea cortita, aunque conociéndome... mejor no aventurarse a hipótesis que luego se desmonten. Ni idea de a dónde me llevarán los personajes ni la trama, tengo varias cosas inamovibles eso sí, pero fuera de eso, soy tan desconocedora como vosotros. Yo siempre escribo desde la ignorancia de un lector, descubriendo al momento y sin tener control sobre lo que ocurre. Ojalá que la tensión y los nervios no me den dolor de cabeza, ojalá y que este experimento salga bien. No habrá días de publicación establecida, iré subiendo los capítulos según los vaya escribiendo y corrigiendo, eso significa que muy posiblemente algunos salgan rápido y otros más lentos... en realidad tampoco lo sé XD.
Bueno @kanojo_san siento en el alma este regalo envenenado, muchos besitos.