La Marca del Desertor

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Summary

En el fin del mundo, un semidios debe encontrar la última ciudad habitada, pero su pasado lo persigue. SINOPSIS. «En un mundo devastado, un semidios busca encontrar la última ciudad que sobrevivió al apocalipsis» Will Carver un día fue el dueño del mundo. Al menos era un conocido Inquisidor que tomaba lo que quería; sin embargo, por culpa de la Última Titanomaquia la Tierra fue devastada. Su mundo se destruyó, el amor de su vida murió, los dioses también. Ahora, quince años después, junto a su fiel amigo Samuel, viaja a través de ciudades destruidas y debe encontrar una con sobrevivientes. Sin embargo, un grupo de semidioses y monstruos de la mitología griega se unen para atraparlo. DEDICADO A: todos los participantes del grupo de rol. Si no fuera por ustedes, esta historia (y por consecuente las siguientes) no vería la luz. Gracias miles.

Status
Complete
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

La Ruta del Tonto

La Ruta del Tonto

EL día estaba caluroso, el ambiente sombrío. Había nubarrones en el cielo que amenazaban con llover. El golpe de pezuñas sonaba sobre el asfaltado. Cada uno montaba una yegua, esquivando escombros de una ciudad abandonada y autos destrozados donde el tiempo no tuvo piedad alguna.

—Vamos a morir —expresó Samuel. Era un hijo de Hefesto y llevaba un brazo mecánico de oro, el otro brazo desnudo, una camisa ligera color castaño y un sombrero de vaquero que disimulaba su calvicie. Con sus ya treinta y dos años había pasado casi la mitad de su vida siguiendo a su compañero. Sin embargo, a pesar de que casi tenían la misma edad, el negro y calvo semidiós se veía menos demacrado. Y más joven.

—¿Lo preguntas o lo afirmas? —preguntó Will, seco y frío, tirando el cigarro al suelo―. No puedo oírte bien si susurras.

Su yegua trotaba lento unos palmos al frente de Samuel, siguiendo un sendero de cadáveres y destrucción. Llevaba una camisa abierta, mostrando su torso desnudo y sudado por el calor, y debajo una bandolera con dos fundas de pistolas. Llevaba una sola arma, la otra la había perdido luchando contra arpías en el camino. Su barba era de chivo con una trenza en el centro y el pelo rubio largo hasta los hombros.

—Obviamente me estás llevando a la muerte, Will —refunfuñó Samuel, adelantándose para estar al lado de Will—. Lo llaman La Ruta del Tonto, porque solo un grandísimo tonto la cruzaría. Ciudad de Muertos me genera escalofríos de solo imaginármelo y tú quieres que la atravesemos. La última vez que estuve por allí juré no volver.

—No la llames así. —Will encendió otro cigarro, colocándose en una posición favorable para que el viento lo ayude. En sus ojos melancólicos se reflejaba un hostil paisaje citadino. La gran manzana, la ciudad que nunca duerme—. Se llama New York.

—Así se llamaba hace quince años, flacucho. Ahora es un pueblo fantasma —replicó Samuel. Se le había quedado el notable acento sureño, quizá por vivir los últimos años tratando de pasar desapercibido entre texanos—. Ya comprendo por qué vamos vestidos así: crees que es un juego de vaqueros. Pero tienes razón, esto se volvió tan inhumano como el viejo oeste.

Will no contestó. No, para él esto no era un juego. Perdió amigos, familiares y mucha gente murió. Mucha gente mató. En el fondo se sentía culpable por elegir el bando equivocado aquella vez en el que abandonó a su madre. Esa decisión no lo dejó dormir por una década. Para ser un hijo de Atenea no era muy inteligente: el mundo se tuvo que ir a la mierda para darse cuenta de que la vida no es un juego.

Hace años que no pasaban por La Ruta del Tonto. Luego de que la guerra contra los Titanes acabó en una crisis mundial, Will decidió esconderse pero Samuel lo convenció de que podía redimir sus pecados. Sam hablaba como cristiano siendo uno de los hijos de un dios. Aún después de que la humanidad descubriera que los dioses griegos eran los únicos, muchos preferían aferrarse al ideal del cristianismo, y, por ello, fueron asesinados en la inquisición Helenista.

Will era uno de los Inquisidores en ese entonces. Tenía un ejército de vromikos, una mansión en cada país que conquistaba. Tenía poder. Tenía a Corinna.

—A todo esto, Will —dijo Samuel, acomodándose en la montura—. ¿Por qué no me cuentas a dónde vamos?, ¿cuál es esa ansia por cruzar Ciudad de Muertos de día?

William Carver giró la cabeza y regaló una amarillenta sonrisa a su compañero. Le alegraba saber que, a pesar de todas sus pérdidas, Samuel siempre estuvo con él.

—En Washington un hombre neoyorquino me contó que existe una ciudad entera de sobrevivientes —contestó—, quizá por Long Island, protegida por varios semidioses. Me habló sobre que quizá había cien o más protegiendo cientos de miles de personas. Este es el único sendero que nos lleva hacia allá.

—Sería un buen comienzo —afirmó Samuel, con alegría. Tenía miedo de que sea otra búsqueda del tesoro infructífera a causa de las locuras de su compañero. Sin embargo, nunca lo abandonaría—. Estoy harto de ser solo un nómada cazamonstruos..., sin ofender.

—Alto —ordenó William. Esta vez sonaba muy serio. Los hijos de Atenea tenían un sexto sentido que le avisaba cuando un ataque vendría.

Las yeguas se detuvieron. De pronto, reinó el silencio.

Will levantó la cabeza, el sombrero vaquero cubriendo sus ojos claros de la luz solar. Un enorme bus de pasajeros cayó de la cima de un edificio, precipitándose hacia los semidioses. Samuel miró a Will y asintió, dejando todo a sus manos. El hijo de atenea ni siquiera pestañeó cuando el bus reventó al chocar contra un campo de fuerza. En realidad era el poder de telequinesis, pero después de tantos años, Will pudo controlar ese poder de tantas formas que creó hasta variaciones del mismo. Pudo haber desviado el bus y que caiga a metros de distancia, pero no le dio tiempo y solo cubrió cierto rango, envolviendo a Samuel y a sí mismo. No le generaba tanta fatiga como cuando era un adolecente.

—¿Crees que es una manada de gigantes o de ogros? —preguntó Samuel cuando el impacto fue disipado, mirando el lugar de donde vino el ataque con cierta tensión. Quizá eran muchos y estaban cuidando su territorio. Las manadas solían ser muy territoriales.

—Ninguna manada, Sam —afirmó Will, pensativo— Si fuera una manada no harían algo tan creativo: atacarían de frente y sin razonar. Se creen superiores por su fuerza bruta. Esto parece obra de algo un poco más inteligente que un ogro o un gigante.

Entonces, de una de las ventanas rotas del edificio, saltó una figura humana y aterrizó frente a ambos semidioses. El suelo bajo sus pies se agrietó luego de su caída, como si pesara lo mismo que un gigante. Estaba vestida de negro, con un sobretodo que la abrigaba hasta los pies y un pasamontañas que cubría su rostro. Solo sus ojos claros se veían. Era una semidiosa con una fuerza superior a la de cualquiera, pero Will no pudo adivinar si era una hija de Hefesto, como Sam, o una hija de Ares.

O si era una simple humana con una Bendición.