El Lienzo de la Esperanza

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La extraña le llaman por allí. Ha pasado tanto tiempo encerrada en su burbuja que hasta su nombre ha perdido, es posible resurgir de las cenizas del olvido y la tristeza? Puede que la respuesta esté dentro de nosotros mismos

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El lienzo de la esperanza

El Lienzo de la Esperanza

Por: Nilena A. Zisópulos

Por aquellos días me llamaban extraña, aunque con el tiempo volví a ser Sybilla E. Rocher. ¿Porque la extraña? Se preguntaría cualquier forastero y la respuesta cambiaría según la edad e intelecto de a quién se le hiciese la pregunta. Los más jóvenes dirían que estoy loca, que no soy capaz de entablar una conversación o que no hablo el idioma porque padezco de alguna extraña enfermedad, cualquier caso lejos de la realidad. No padezco de ninguna patología que me impida tener una vida social ni ignoro el lenguaje. Entre las muchas cosas se podrán decir de mí siempre preferiré la respuesta de la Sra. Thorne, al fin y al cabo, Los rumores son como pájaros en el cielo, volando libremente. No puedo controlar su vuelo, pero puedo elegir cuál es el ave que me canta al oído.

Se ha embriagado con el vino de la soledad — decía la anciana Sra. Thorne a quién preguntase por la joven de cabellos negros que solo se dejaba ver unas dos veces al año y sólo para pasar sus dedos por las tranquilas aguas del río del pueblo — Luego de que esa horrible enfermedad azotase el pueblo, la joven Sybilla nunca salió verdaderamente de la reclusión. Es como si se hubiese olvidado el alma allí dentro

Algo de verdad había en las palabras de la anciana Thorne, hacía años de esa maldita peste que azotó nuestro pueblo. Nuestro hermoso y alegre valle donde todos los veranos la lavanda teñía los campos de violeta y el río se convertía en la meca de la risa, los niños y la música se había visto obligado a esconderse y condenarse al silencio.

Yo, Sybilla E. Rocher, quién pasaba los días cargando un maletín de cuadernos, pinturas y pinceles en caso de que me atacara un caso de inspiración fortuita, bebí del cáliz de la soledad durante la reclusión, una bebida que me embriagó despiadadamente y me sumió en las garras de la depresión, dejándome sedienta de alegría y sin un rastro de esperanza hacia la vida.

Ese día, el día que volvieron a florecer las lavandas y que volví a escuchar una risa, un piano tocar ‘La Marsellesa’ y a los vecinos corear con alegría, había salido una vez más a petición de mi padre, quien puedo jurar que oí decir: ’Ma chérie, si no sales de esta casa ahora, yo mismo te llevaré a la plaza y te dejaré allí, ¡atada! La peste se ha ido, querida, sal a contemplar el sol’

Les mentiría si les dijera que en realidad me apetecía salir. Para entonces la depresión tejía sus telarañas de melancolía en cada rincón de mi ser, pero si algo sabía bien es que mi padre no era de andarse con juegos. Podía salir por mis propios pies y darme un pequeño paseo o terminar atada al obelisco de la plaza central.

Me senté en el pasto, junto a la ribera del río, a contemplar los colores de los árboles, en medio de su transición otoñal, los tonos cobrizos y anaranjados más vivos que recordase haber visto. Dejé caer mis manos al agua y acaricié la superficie, lo sentí. Un cosquilleo que recorrió mis dedos, como si anhelaran el contacto de un pincel, como si esa chispa de inspiración, dormida durante mucho tiempo, despertara de su letargo invernal. Escudriñé a mi alrededor en busca de un lienzo, consciente de que no encontraría ninguno. Sin embargo, para mi sorpresa, me equivoqué. Allí estaba, bajita y sonriente, sosteniendo mi maletín de pinturas y un lienzo, la Sra. Thorne

¿Se le ha perdido algo madeimoselle?

¿Madame Thorne? ¿Qué hace usted aquí? ¿Quién cuida su tienda? — pregunté rápidamente poniéndome de pie y sacudiendo la hierba de mi vestido — ¿De dónde ha sacado mis materiales?

El viento me ha traído un pequeño rumor — dijo sonriendo mientras ponía en mis manos el lienzo y el maletín — Has dado batalla Sybilla, te he observado y tu padre también. Te ha atacado la más cruel de los adversarios, tu propia mente y me parece que ya es tiempo de declarar la victoria

Mi mente…mi mejor amiga, mi peor enemiga. No creí que usted lo entendiera

¿Alguna vez te conté de mi Charles? Mi pequeño Charles. Era el niño más brillante de Inglaterra o bueno, de mi Inglaterra. Lo amé como cualquier madre ama a su hijo. Pero desgraciadamente no pude con todo, murió en un accidente mientras estaba en la escuela. Durante años estuve encerrada, dejando que mi mente carcomiera el resto de mi ser. Dejé Inglaterra cuando por fin estuve lista para dejarlo todo atrás— dijo mirándome fijamente y con una expresión calmada — Mon trésor, la depresión es como enfrentar un Coup d’état orquestado por tu propio cerebro, una lucha interna que pretende extinguir tu vida. Pero tú eres el protagonista de tu historia y debes encontrar la manera de frenar ese Coup d’état sin autodestruirte.

Lamento el accidente de Charles madame Thorne, no sabía que tenía un hijo — fue lo único que alcancé a decir

Fue hace muchos años chérie, no me culpo más por ello. Peleé mi batalla y he salido victoriosa, ahora soy feliz cultivando lavandas en este pequeño pueblo

Supongo que le gustaría que pintase a su hijo, si tiene una foto…

No mon trésor. Pinta lo que tu alma te pida que pintes, lo que llene tu alma de felicidad otra vez, pinta el color de las lavandas, los niños que se bañan en el río, a los recién casados que se toman de la mano en aquel café. Pinta tu felicidad

Guardé silencio unos segundos y miré a mi alrededor. Felicidad es lo que abundaba. Los niños corrían por los callejones riendo a carcajadas, vi a mi padre tomarse un café mientras leía el periódico, una pareja lanzaba flores al río, unos chicos hacían carreras en bicicleta. El mundo una vez más tenía color, sentido y alegría o más bien yo era una vez más capaz de absorber la belleza que me rodeaba.

Volví a tomar asiento, saqué las pinturas, los pinceles y comencé a esparcir color sobre el lienzo.

—Entonces extraña, dejarás que la alegría fluya una vez más por tus venas? — preguntó la sra Thorne

No soy una extraña madame Thorne. Solo me aliené temporalmente, pero he vuelto. Sybilla Eleanor Rocher ha vuelto y pronto hasta las más grandes galerías de París lo sabrán

Así es mon chérie, ahora diviértete y recuerda que en cada obra de arte hay un trozo del alma del artista, una ventana a su mundo interior y a su proceso de curación.

Y así lo hice. Tiempo después mis obras habían abarrotado la pequeña galería de nuestro pueblo con gente del lugar y también de pueblos vecinos. Ahora mi única preocupación es de donde sacaré mas material para completar la colección que presentaré en París en unos meses.

Al final En medio de la oscuridad, encontré la paleta de colores que iluminó mi camino hacia la superación. El arte sanó mi alma, en cada obra encontré la fuerza para enfrentar mis demonios internos y recuperar mi alegría hace tiempo perdida.

En los momentos más oscuros, recuerda que siempre hay una puerta abierta hacia la luz, no olvides que dentro de ti reside una fuerza inquebrantable, una brújula que te guiará hacia la salida. Sigue buscando, nunca te rindas y confía en que encontrarás el camino hacia la felicidad.