Un poco de todo…
Capítulo 1
Era cuestión de rutina. Abría los ojos y fijaba la vista en los manchados plafones del techo de la habitación mientras percibía el dulce olor a yerba que emanaba de la pipa que mi hermana Lu usaba para fumar.
Hubo un tiempo en que el liviano y dulzón humo de la marihuana solía molestarme, ya he ido acostumbrándome a el.
Solía restregarme los párpados repetidas veces antes de volver a acomodarme sobre uno de mis lados, usualmente era mi lado derecho mientras sacudía con mis pies la deslucida sábana para apartarla de mi.
No tenía que incorporarme sobre la desvencijada cama para ubicar a Lu fumando su primer cigarro de yerba, tirada sin ningún cuidado o pudor sobre la maltrecha y hedionda butaca que formaba parte del escaso mobiliario del cuarto de hotel que ocupábamos por esos días.
Aun así, miraba oculta tras una de las raídas almohadas y me preguntaba si sería el momento propicio para decirle a mi hermana mayor que tenía hambre.
Esa mañana la abundante cena de la noche anterior, viernes, había sido digerida hacia mucho y mis tripas no dejaban de protestar de hambre desde hacia horas.
Los viernes eran días de cobro para Lu. También de darnos el lujo de hartarnos de pollo frito o grasosas hamburguesas con queso acompañadas de papas fritas y refrescos de soda.
Además, eran según Lu, una de mis recompensas por acompañarla en aquella desordenada aventura. Y es que yo adoraba la comida chatarra.
La otra retribución era estar lejos de mi odiosa tía y tutora que vivía en Nueva Jersey. Y es que yo sentía real aversión por la hermana de mi padre y tutora.
Y la malquerencia era mutua.
La tía Patricia no quería saber nada de la hija de Jen Nguyen, ósea yo, aún antes de mi nacimiento. Aquella verdad era algo que Patricia gustaba decirme a la menor provocación.
Mi tía jamás tolero a mamá, una mujer asiática, madre soltera de una niña de cuatro años que, según Patricia, engatuso a su querido hermano mayor Peter y después de sacarle todo lo que pudo, lo abandono con dos niñas pequeñas, una que ni siquiera era su hija biológica.
Papá se hizo cargo de Lu y de mi mientras nuestra madre desaparecía por meses. Ella después solía regresar al hogar que antaño compartió con el buen hombre, pero solo por temporadas.
La pareja intentó en varias ocasiones retomar su convivencia, pero Jen siempre se marchaba, la última vez llevándose con ella a Lu que por aquel entonces tenía nueve años.
La tía Patricia vivía cerca y fue testigo del sufrimiento que Jen le provocaba a su hermano. Peter la amaba y esta solo se burlaba de él.
Cuando Patricia hablaba sobre aquello no vacilaba en mencionar sus deseos de que Jen también me llevara con ella. Según mi tía así su hermano podría rehacer su vida sin la responsabilidad de una niña pequeña.
Sin embargo, yo sabía que papá me adoraba y su principal miedo era precisamente ese, ser separado de mí, su única hija. Papá a menudo mencionaba lo mucho que sufrió con la partida de Lu y que ser separado de mí no podría tolerarlo.
Así, durante algunas vueltas al sol, Papá y yo vivimos felices y tranquilos sin la presencia de Jen. Mamá no regresó y solo teníamos noticias de ella y Lu a través del teléfono.
Fueron seis años antes de que una nueva desdicha tocara las puertas de la familia Miller.
Hacia un mes que Lu y yo andábamos por nuestra cuenta. Compartiendo una rutina donde Lu trabajaba limpiando cuartos de motel y yo deambulaba por la playa cercana a la hospedería durante casi todo el día.
Mientras Lu fregaba pisos y baños, yo correteaba curiosas gaviotas a la orilla del mar después de regalarles algunas migajas del pan mañanero.
Tenía dieciséis años, mi hermana Lu acababa de cumplir veinte.
Estaba feliz en compañía de mi hermana a la que no veía hacia años. Lu llegó por mi cuando las oscuras y dolorosas emociones después de la muerte de papá amenazaban con sepultarme, por eso no me importaban las carencias a su lado.
Desayunar café negro sin leche, pasar de largo el día sin almorzar y terminar en la tienda conveniente comprando burritos congelados para calentar en el microondas y comerlos en la cena eran aspectos de mi día a día que atesoraba.
Agradecía tener a Lu a mi lado y rogaba a Dios todas las noches para que mi hermana me llevara con ella en su próximo viaje. Y en silencio temía al día en que tuviese que volver con Patricia y sus maltratos. Ese día que se encontraba cada día mas cerca a menos que no convenciera a Lu de que me llevara con ella a Texas.
Soñaba con esa posibilidad, aunque estaba consciente que probablemente Lu no estaba preparada para hacerse cargo permanentemente de otra persona que no fuera ella misma.
Además, temía que Patricia no renunciaría a los beneficios del gobierno que recibía por ser mi tutora.
Y aunque no era justo que además de sufrir el dolor y la soledad por la muerte de papá también sufriera maltratos de parte de mi tía, si de algo estaba segura era que la vida no siempre era justa.
****************
Me costaba controlar mis pensamientos, no ceder ante la frustración y no desesperarme con facilidad. Y en ocasiones era muy impulsiva.
No siempre fue así. Lo es desde aquella tarde en que el miedo me dominó impidiéndome lanzarme al agua al rescate de papá.
La psicóloga decía que estoy traumatizada y que debo poner todo de mi parte para superar ese evento en mi vida. Que no debía culparme y siempre prometía que me ayudaría a superar ese desafortunado accidente.
Sé que ese miedo seguramente salvo mi vida, aun así es duro tratar de medio entenderlo, porque no lo hago a cabalidad y la frustración se apodera de mi siempre que los recuerdos del accidente me alcanzan.
La tarde en que conocí a Gabriela me dirigía a la playa después de una frugal merienda.
Había bajado a la playa a despejar mi mente. Uno de mis pasatiempos era dibujar y las personas que habían visto mis trabajos decían que tenía talento. Dibujaba pendiente a los detalles, a las sombras y a las luces. Jugaba con los colores, trazaba, rellenaba y pulía.
Me senté cerca de la orilla sobre un montículo de compacta arena con la vista abarcando el horizonte. Recuerdo que los rayos del sol acariciaban mi piel ocultos tras un cúmulo de nubes en el cielo.
No lejos las bravas olas rompían en la orilla dejando un hilo de espuma que mi lápiz trazaba a detalle sobre el papel del cuaderno. Entonces recuerdo que sin previo aviso perdí el ritmo, la punta del lápiz se deslizó sin control sobre el grueso papel.
No era la primera vez que me sucedía. No había aviso, solo era como si el presente se mezclase con el pasado en mi mente provocando confusión. Y llegaba a sentirme atada, obligada a experimentar nuevamente aquel fantasmal y terrible miedo que paralizaba mis extremidades.
En esos momentos no podía quedarme tranquila y me puse de pie de un salto, buscando moverme, el cuaderno y el lápiz olvidados al viento.
Frente a mis ojos el recuerdo de papá, mi amado padre hundiéndose en las oscuras aguas de ese mar que en sueños se convertía en una hambrienta quimera.
Papá intentando no sucumbir, agitando sobre su cabeza los brazos, desesperado, perdiéndose bajo la agitada superficie. Y yo sin poder moverme mientras gruesas lágrimas abandonaban mis oscuros ojos.
Seguía siendo la estúpida niña que no sabia nadar. Que sólo fue capaz de mirar lo inevitable, la muerte de su padre una cálida tarde de verano.