Esa mañana

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En una época antigua dos amigos se demuestran el amor que tienen escondido.

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1
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n/a
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16+

Esa mañana


¡Ah! Pero que revoltosas mañanas hay en estas regiones. Estos trajines molestos de los asuntos laborales a resolver me han mantenido apartado y ocupado. Aquí mientras le pongo alto a mi interés por los documentos que me olvidé de revisar y que ya me causan estrés a pesar de ni siquiera saber de qué tratan, digo que mis momentos se me han vuelto nuevamente disponibles y me procuro en ir a verlo. Usted es un hombre bastante capitalino y sagazmente enterado de las novedades botánicas. Un diplomático de la provincia, un estimado funcionario y alguien con la vida madurada. De visita ha venido y bien recibido ya se ha de entender.

Soy sabido de que gusta levantarse temprano y como el sol ya se nos ha parado por este lar, entonces yo voy dichosamente encaminado a pasar el día a su lado. Ya me reconoce cómo alguien contento por tenerlo aquí. ¡Ay, señor! Si yo pudiera compartirle mi hogar para que viva cómodamente en esta región y así tenerlo en cercanía, hoy mismo me vería en el estudio jurídico firmando alguna escritura, pero sus quehaceres y vida están en la capital. Y eso yo entiendo y está bien, así que mientras nos podamos visitar de vez en cuando y escribirnos intimas cartas, yo ya me siento satisfecho. Ah, mi estimado, acabo de recordar que usted no terminó de contarme sobre sus compañeros de oficina y la fiesta que le hicieron por el ascenso… Ah, pero espere, también tenemos que hablar sobre nuestro viaje a la costa para el verano que viene.

Recordando diversos temas que deben atenderse, el anfitrión va por los anchos pasillos de su casa hasta llegar hacia donde su visita se está quedando. La puerta es tocada y el nombre del funcionario llamado, pero al no ser obtenida respuesta, el anfitrión se va pensando que él debe seguir durmiendo. En el camino de regreso unos agradables sonidos de regueros parten fuera de uno de los aposentos en los que el joven diplomático ha sido hospedado. El agua que lentamente parece alborotarse y derramarse, hacen que el anfitrión se meta distraídamente hacia una sala. Al preguntar otra vez por su amigo y dar unos cuantos pasos por el lugar, recae en cuenta de dónde provienen los acuosos sonidos. De pie frente al cuarto de baño, la mirada se le queda detenida por cierta largura en la abertura que la semi abierta puerta ha dejado, antes de retirarla.

Ahí en ese cuarto de baño, que cálidamente es alumbrado por la luz natural que los amplios ventanales dejan pasar y rodeado por las floreadas vistas de los jardines de la propiedad, el diplomático reposa relajadamente el cuerpo en una tina crema. Debido a que el funcionario está concentrado en ver hacia el patio, no nota quien está en la puerta. El anfitrión mira el bronceado cuerpo de su estimado amigo. Lo recorre con lentitud; parando en la abundancia de sus erizados cabellos que ya se le han ido secando, descendiéndole la mirada por su suave espalda hasta que llegando a su cadera ya no puede distinguir más su cuerpo por la espuma que lo abraza. El hombre respira hondo, sintiendo una gran calma e insistente queda con la mirada sobre él, queriendo que se gire para poder verle el rostro. El diplomático se remueve en la tina y al estirarse, se gira y nota a su amigo. Debido a la década que llevan siendo amigos y la confianza que se les ha forjado, el funcionario se sorprende un momento, pero no se incomoda. Después de que el funcionario le sonría y le hable, el anfitrión entra desprevenido al baño y se sienta sobre una silla. El diplomático, aunque aparente alguna seriedad y mucha inaccesibilidad con ciertos gentíos, es quizá tan hablador y divertido como él. Pronto su amigo empieza a decirle que le gustan los jabones que tiene porque huelen bien, que el jardín se ve lindo, y que, si ya ha terminado de trabajar y no tiene planes, ellos pueden hacer algo juntos. Conversando brevemente, el anfitrión acerca la silla hacia la tina y viendo de frente a su amigo, agarra un pequeño envase y lo rellena de agua para regárselo despacio y gustosamente por el pecho. Dejando que la espuma del jabón se acaricie y baje por su piel, vuelve a hundir el envase. Y mientras lo va estimando con sinceridad, el anfitrión riega cariñosamente las aguas aromáticas por su cabello. Pronto, desprendidos de las entibiadas aguas, los aromas del romero y los pétalos florales se agarran a los rizos y cuerpo del funcionario. El diplomático da una mueca contenta al ser atendido mientras el anfitrión se levanta para buscarle una toalla. Cuando la toma y se voltea, descubre a su amigo fuera de la tina. Acercándosele lentamente, le dedica largas miradas a esa desnudez suya. Al funcionario le da curiosidad porque, aunque en alguna que otra ocasión se han visto desnudos, nunca habían estado en tanta cercanía. El anfitrión le transcurre la mirada por el entero cuerpo; pasándosela por las gruesas piernas de las que van bajando goteros y por sus pies que se paran sobre un poco de agua y que repentinamente la estrujan con los dedos. Paseándosela por su miembro que le ocasiona algún ronco quejido y enredándosela gustosamente por sus vellos púbicos antes de subírsela por su abdomen. Y cuando llega a su rostro, apoya la toalla sobre el borde de la tina y alza las manos para con delicadeza acariciarle las mejillas. El hombre se conmueve al pensar que la vida lo parió hermosamente. Ese momento en el que está junto a él, no es sacado de ningún pensamiento, eso él sabe. ¡Qué gran entusiasmo siente por simplemente reconocer que su amigo está ahí, frente a él! Con esa alegría tan vasta trata de entender su compañía y el hecho de que sus manos puedan tocarlo. De que viva y de que hoy esté tranquilamente pasando su mañana en su hogar. El funcionario frunce levemente el ceño y termina soltado una pequeña risa por sentir la ternura con la que el hombre palpa su rostro. El anfitrión desciende las manos y lo abraza, disfrutando de la compañía de su amigo.

El diplomático queda pensativo y se acomoda para verlo, queriendo entender qué está pasando. —¿Por qué suspiras así? —le pregunta encariñado y con voz baja.

El anfitrión deja que su mejilla repose un momento más en su hombro antes de separarse. —Simplemente me alegras.

—Entonces, si estamos contentos por tenernos al otro ¿deberíamos seguir compartiéndonos la vida? — Dejando que su desnudo cuerpo sea estrechado, una corta risa se le entrevera y amortigua en el cabello del hombre.