Lo que la luz dejó

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Summary

Milagros Silva es una graduada del bachillerato que, tras un año sabático, aún no sabe qué hacer con su vida. Siendo una emigrante, ocupa su tiempo solo en trabajar. Una noche tras ser despedida, termina envuelta en un accidente automovilista. Del que, al despertar, descubre perturbada que ha perdido la memoria. ¿Qué le queda entre el desespero y la confusión? Regresar al pasado con la única pista que tiene para retomarlo: sus sueños. Vuelve a su país natal, solo parar investigar qué fue lo que la luz dejó esa noche después de un encuentro cercano, un cielo estrellado, filosofías, trivialidades, y el cálido beso que guardó de un desconocido: el chico sin nombre.

Status
Complete
Chapters
21
Rating
n/a
Age Rating
16+

Cap. 1: Una noche fugaz

Hay tantas historias raras como amores fugaces, y luego está la mía, la que viví aquella noche.

Alguna vez tuve el privilegio de apreciar una de muchas maravillas que la naturaleza nos regala. De esas como el atardecer en una playa, la vista desde una montaña, nubes esponjosas formándose en el cielo, un cálido día, una fría noche, entre muchas otras; podían llegar a ser un sencillo e increíble obsequio digno de tener guardado en mis memorias.

Ese día tuve mucha suerte, la mañana había amanecido con señales de que llovería, el sol no pasaba de la oscuridad. Primero fue un suave diluvio, le siguió una llovizna y, cuando nos dimos cuenta, truenos y luces destellaron. El chaparrón se intensificó tanto que para las tres de la tarde ya no había transporte o persona alguna transitando.

Creí que eso sería lo peor y me relajé viendo la televisión con mi familia. ¿Qué pasó? Las luces empezaron a tintinear y en un dos por tres todo cayó en penumbras. Yo vivía en una parte del estado en el que la tormenta ocasionó muchos problemas; fuera de la inundación y algunos árboles caídos, el sistema eléctrico sufrió una falla y duraron alrededor de treces horas para repararlo.

Trece horas sin luz, sin electrodomésticos, a base de velas y lámparas recargables, haciendo la comida antes de que anocheciera y jugando hasta que el teléfono se muriera.

Trece horas que no olvidaré, al menos siete de ellas.

¿Razón? Se limitaba a una cosa: cuando las luces se apagan y la noche manda, lo mejor que pude hacer fue salir de casa y recostarme en el capo de lo que quedaba de una camioneta, en la casa abandonada del frente.

Nunca olvidaré ese cielo, es impresionante cuando las luces artificiales no que la obstruían, tintineaba con mucha intensidad. Pero yo todavía no conocía su valor, no al menos hasta que él apareció. Un chico silenciosamente apasionado que en una noche cambió mi visión con su manera de pensar.

Lo curioso es que no lo conozco. Tan loco como suena, conviví con él a ciegas. No pude grabarme más que su voz, sus palabras, el sonido de su risa, el fresco olor a jabón azul y, lo más bonito y extraño, su repentino beso antes de marcharse.

—Eres una flor que fue iluminada por una estrella fugaz. No lo olvides porque yo no lo haré.

Esos fueron sus últimos susurros antes de desaparecer. ¿Acaso tiene sentido? De ser así, todavía no lo encuentro, es todo un misterio. No me dio explicaciones de ningún tipo, parece el poema del fin de un encuentro cercano. Sin ni siquiera su nombre, solo puedo repetir lo que alguna vez me dijo.

Tal como ahora. Un suspiro se escapó de mis labios y bajé mi cabeza de las nubes. De repente ya no estaba viendo ese hermoso cielo ni escuchaba sus palabras. Solo estaba la acusativa mirada de mi jefa que, de lejos, no se encontraba contenta y solo podía haber una explicación: la había cagado otra vez.

“Aquí vamos…“, pensé.

—Milagros, ¿de nuevo soñando despierta?

—No, no, jefa, no es lo que pa...

—Parece —Me interrumpió dándole fuerza a su voz— que tenías la mirada perdida y acabas de poner las latas de atún encima de mi cabeza —Me cortó, dejándome casi muda.

—Es que... —No sabía que decir, me había atrapado con las manos sobre su cabeza.

Literalmente.

Y siendo que todavía no las quitaba, tomé las latas y las recogí lentamente para colocarlas en su sitio.

—Es que nada, Milagros —Extendió su palma hacia mí—. Entrega tu camisa y gorra, estás despedida.

Bajé la cabeza y cerré mis ojos soltando otro suspiro, uno de decepción propia. Me deshice de la gorra y me quitó la camisa del trabajo, quedándome con la que traía abajo. Puse ambos sobre las manos de otra exjefa, la cual me dio una mirada de compasión.

—Lo siento, Mili, pero necesito a gente con los pies en tierra y concentrados en este minimarket. Ya perdí la cuenta de cuantas veces te despistas y pones las cosas donde no van; por ejemplo —Se señaló—, latas en mi cabeza.

—Perdóneme...

Pero no se retractó, me dio un sobre y luego se hizo a un lado, dándome la señal de que tomara mis cosas y me fuera para no volver.

. . .

De regreso a casa —un departamento que compartía con mi hermana—, caminé por la ruta larga para mentalizarme el siguiente regaño que me darían en cuanto supieran que me despidieron, otra vez.

Sí, no era la primera vez que sucedía. Soy, ¿cómo decirlo? Una frecuente desempleada sin ocupación en la vida, más que intentar mantener un trabajo por más de una semana. Semana y media o cuando mucho tres, si estaban de buen humor los jefes.

Auch, sonó hasta más triste de lo que pensé.

—¿¡Otra vez!?

—Sí.

—Y lo dice tan calmada la caraja —Pensó en voz baja mi hermana—. Mili, por el amor a Dios, ya es el segundo en el mes y el no sé qué tanto en el año.

—Lo sé.

—¿Y seguirás así?

—No lo sé —Bufé.

—¿Cómo es que no intentas excusarte?

—Es mi maldición, May. Estar siendo despedida con tanta frecuencia se ha vuelto… ¿Natural? —Encogí mis hombros—. Pero la buena noticia es que si sigo así puedo comprarte medias nuevas para navidad.

—Que navidad y que ocho cuartos. Te amo, pero cambia esa mentalidad del coño y baja del espacio infinito y más allá para que empieces a buscar otro trabajo —Y como sentencia me lanzó el periódico, de ese día y otros, cerca de la cara.

Bufé resignándome y me dirigí de una a los clasificados. La mayoría iba tachándolos, puesto a que ya los había tomado antes y acabé igual. He hecho trabajos desde mesera hasta en el minimarket; en todas fui despedida o en su raro momento renuncié.

¿Por qué tantos trabajos? Mi hermana y yo emigramos hace ya más de un año; ella con veinte y un años estaba formándose como una próxima psicóloga en la universidad. En tanto yo, con diecinueve años, aun no sabía qué hacer con mi vida.

Me había tomado un año sabático por eso, luego de irnos de nuestro país a Florida y dejar a nuestros padres y hermanos menores en Venezuela. Nuestra madre antes vivía aquí, así que tuvimos bastante ayuda. Mi hermana continuó estudiando mientras hacía su trabajo como niñera —en una buena guardería— y yo me dediqué a reflexionar e intentar buscar a lo que me quería dedicar; pero fue en vano, pronto serían de nuevo las inscripciones y seguía en las mismas.

En serio, me sentía una total inútil en estos momentos mientras marcaba mi próximo trabajo: repartidora de pizza. Al menos aprovecharía las lecciones de moto que Mayriol, mi hermana, me había dado en cuanto saqué mi licencia; algo de lo que siempre se aprovechaba y me mandaba a comprar algo a última hora.

Claro, hoy no le daría ese gusto, ya había comprado lo que necesitaba para la cena.

—¡Mili, ve y compra…!

—Leche, jugo, pan, jamón y queso —La corté alzando la bolsa con lo que siempre me pedía. Ella la tomó y rió.

—¿Y las galletas y el pudin que te pedí temprano para la torta fría?

—No jodas, May —Gruñí viendo el techo.

Me levanté a eso del tercer bufido. Tomé mi casco, salí a las afueras, bajé al estacionamiento del hotel y me monté en la moto con rumbo directo al minimarket donde me habían despedido esa tarde. Mi exjefa justo estaba en el mostrador y me vio extrañada.

—¿Olvidaste algo?

—Vine a comprar—Le informé y me adentré entre los estantes, saludé a algunas de mis antiguas compañeras de trabajo y fui por las galletas y el pudin.

De paso, tomé una caja de mis cereales favoritos y fui al mostrador a pagar. Minutos después estaba afuera de nuevo montándome en la moto. Miré a mis espaldas, mi pasado lugar de trabajo, y de un suspiro volví a hacerme la pregunta del millón que me repetía en cada ocasión en que me despedían:

¿Por qué? ¿Por qué siempre me echaban? ¿Por qué no podía mantener el mismo empleo por lo mínimo un par de meses? ¿Por qué siempre tenía que irme al espacio infinito y tiempo, y regresarme en el momento menos indicado con ese recuerdo en la cabeza?

Es decir, ¡por favor! Me enamoré de un chico a quien ni le vi el rostro, no sabía su nombre y que antes de desaparecerse, después de decirme tremenda frase de película, tuvo el atrevimiento de besarme.

No lo niego, me fascinó, pero ese no es el punto.

Me mordí el labio pensando aquello y me puse el casco, prendí el vehículo y arranqué de vuelta a casa. Aun conduciendo, en mi mente bailaba cada escena que viví esa noche y me aceleraba con la misma emoción de la primera vez.

A veces deseaba olvidarlo, que desapareciera; otras veces que el tiempo retrocediera y me dejara ver lo que no noté en la velada, lo que su voz distrajo de reconocer, lo que esa noche sin luz dejó en suspenso. Nada fija tan intensamente un recuerdo como el deseo de olvidarlo, si queremos deshacernos de un pensamiento, lo más probable es que no lo consigamos nunca; recuerdo que leí una vez y esa, para bien o para mal, se convirtió en una maldición para alguien como yo, que nunca olvidaba lo que le pasaba.

—Podría ser que... necesito saber quién era... —susurré después de un rato detenida en un semáforo.

Me pitaron para que avanzara.

No tuve tiempo de reaccionar.

De un susto arranqué y, cruzando a la derecha en una curva, mientras mis ridículas dudas me consumían, unas luces me escandalizaron de pronto.

Fue demasiado tarde. Sentí mi cuerpo salir volando y después chocar.

«¿Últimas palabras para recordarlas antes de desaparecer?».

«Sí… unas…».

“No lo olvidaré…”. Sentí que dije, pero no estoy segura.

Primero, todo me dio vueltas. Segundo, se tornó negro. Una pequeña luz intentaba mantenerme consciente, luego una incluso más diminuta se repitió a su lado, seguido de otra y otra, hasta tintinar todas al ritmo del mismo latido.

¿Qué significaba ese cielo? Que nostálgico.

Lo conocía, ¿no es verdad?