Capítulo I
Capitulo I
Ramiel
Mi nombre es Astaroth, y soy el Príncipe del Infierno. No, no hablo en metáforas ni en alegorías de lo que los mortales denominan maldad. Hablo del Infierno real: ese abismo cruel donde las almas de los condenados son atormentadas por la eternidad. Un lugar donde los gritos jamás cesan, donde el sufrimiento es incesante y la oscuridad pesa como una losa sobre cada rincón. Muchos me conocen como el mismísimo Diablo, pero jamás he aceptado tal título. Ese honor le corresponde a Lucifer, el ángel caído que, en su orgullo, se rebeló contra su creador y fundó el abismo que, junto a mis hermanos, gobierno.
Sin embargo, en la Tierra, llevo otro nombre: Ramiel Nightstar. Una ironía, lo sé. ¿Quién imaginaría que un nombre tan mundano podría ocultar al príncipe de las sombras? Pero es necesario. Como dueño y señor de Nightstar Industries, el conglomerado más vasto y poderoso del mundo, debo mantener una fachada, una identidad, un disfraz que me permita moverme entre los mortales. A través de mi imperio, arrastro a aquellos cuyas almas son demasiado tentadoras para dejarlas escapar. Mis tentáculos se extienden por todos los sectores: tecnología, farmacéutica, entretenimiento, moda, medicina, construcción, transporte, finanzas, e incluso la lucha contra el cambio climático. Cada una de estas empresas, cada una de estas inversiones, tiene un propósito mucho más oscuro: la recolección de almas. Pero esa es una historia para otro momento, uno que ni siquiera mis colaboradores más cercanos conocen.
Hace más de seis mil millones de años que existo, mucho antes de que la Tierra fuera siquiera una idea, mucho antes de que este universo naciera. He sido testigo de innumerables mundos arder y desvanecerse en el vasto caos del tiempo. Y, sin embargo, la Tierra sigue siendo mi hogar y mi campo de caza. La constante oscuridad del Infierno ya no me atrae como antes. Los lamentos de las almas torturadas, que en otro tiempo eran música para mis oídos, ahora resuenan como una sinfonía desentonada que ya no me conmueve. Lo único que me obliga a regresar es la necesidad de las reuniones trimestrales con mis hermanos, aquellos con los que comparto la corona de los condenados. Son la única razón por la que bajo de nuevo a ese lugar que, en algún momento, consideré mi hogar.
—¡Astaroth, hermano!— La voz de Lilith me recibe con el entusiasmo característico de quien no necesita decoros, a pesar de las sombrías circunstancias que nos rodean. Se acerca rápidamente y me envuelve en un abrazo efusivo, casi infantil. No me molesta; la quiero, aunque rara vez lo demuestro.
—Hola, pequeña.— Mi tono es suave, pero cargado de cariño mientras me acerco al gran asiento vacío junto al trono de Lucifer, donde todos se reúnen.
—¡No me llames así! Ya no soy una niña, ¿recuerdas?— Lilith cruza los brazos, aunque una sonrisa juguetona juega en sus labios. La ironía es que, para mí, sigue siendo la niña que creé y entrené desde su primera chispa de existencia.
Azazel, con su eterno sarcasmo, interviene antes de que pueda responder.
—No te pongas celosa, Lilith. En realidad, te ha llamado "pequeña" por cariño. No porque crea que sigues siendo una niña.
—Y además, ¿quién ha tenido más éxito que tú con tus creaciones, hermana?— Asmodeus se une al juego, esbozando esa sonrisa siniestra que lo caracteriza. Es mi manera de reconocer el esfuerzo de Lilith. Ha trabajado arduamente, manipulando los hilos del destino para atraer más almas al Infierno.
—Estoy muy orgulloso de ti, pequeña. Pero tendrás que esperar un poco más antes de que te vea como alguien fuera de la niñez.— Lilith resopla, pero antes de que pueda replicar, la solemne entrada de los nueve miembros del Consejo interrumpe la conversación. De inmediato, adoptamos una postura más imponente, más majestuosa, dejando que nuestra presencia se expanda por el salón. Los miembros del *Círculo de la Noche*, los regentes de los Nueve Círculos del Infierno, se inclinan con respeto, conscientes de quiénes somos.
La reunión comienza. Durante una hora interminable, escuchamos los informes sobre la tormentosa situación de cada Círculo. Los cazadores se multiplican, las almas recolectadas son innumerables, pero lo que realmente flota en el aire es un tema que me incomoda profundamente: la sucesión del trono de Lucifer. Este debate ha resurgido una y otra vez desde que Lucifer fue encarcelado. Según la jerarquía, mi lugar es el que debería ocupar. Y aunque mis hermanos y yo gestionamos el Infierno a la perfección, sin necesidad de un nuevo soberano, el Consejo insiste. Cada vez que lo mencionan, les doy la misma respuesta: una negativa tajante, acompañada de una mirada que dice más que mil palabras, forzándolos a cambiar de tema rápidamente.
—Volviendo a los cazadores... ¿Qué medidas están tomando los poseedores para evitar ser enviados de regreso?— pregunto, interrumpiendo la discusión.
—Es difícil tomar medidas, señor. Los cazadores siguen los augurios, y cada día son más. Este trimestre tuvimos a más de 300 poseedores que fueron regresados— la respuesta me incomoda, pero es Asmodeus quien interviene.
—Entonces busquen la manera de manipular los augurios. Esas 300 almas representan al menos 30,000 menos en nuestras cuentas, y eso no es admisible— la incomodidad en su voz hace que los presentes tiemblen ligeramente. No por nada, Asmodeus es quien entrena nuestro ejército. Su carácter explosivo le cuesta cada vez más controlarse, y yo, como siempre, he sido su apoyo para mantenerlo a raya. Pero con los años, se está volviendo más difícil.
—Sí, señor, haremos todo lo posible para reducir las bajas en el próximo encuentro— afirma el consejero más antiguo.
—De igual manera, debemos reducir el número de cazadores, pero hay que hacerlo de manera sutil, sin que nadie sospeche y sin afectar a nuestros iblisler arriba. Busquen alternativas, algo que reduzca sus filas, tal vez una plaga— ordena Lilith, y todos asienten, reconociendo la autoridad que emana de ella. Aunque es la más joven de todos, su poder es innegable, y nadie desea enfrentarse a una Lilith enfadada.
—Si no hay más que discutir, pueden retirarse— ordeno. Todos se levantan, hacen una reverencia y se marchan en silencio.
Cuando quedamos solos, Azazel me observa, pero levanto la mano para detenerle.
—No, acordamos que los cuatro asumiríamos la responsabilidad, y hasta ahora nos ha funcionado. No voy a colocar la corona sobre mi cabeza. Esa es una carga que he decidido compartir con ustedes, así que, ¡no, gracias! Siguiente cuestión— él rueda los ojos, pero no es mentira. Gobernar nunca ha sido algo que desee. No quiero ese puesto ahora, y espero nunca tener que asumirlo.
—Eres un terco, lo sabes bien, eres el más indicado para ocupar el lugar de Lucifer. Lo hemos hablado desde siempre— responde Azazel, relajado, pero con una chispa peligrosa en sus ojos. Él es el más calmado, pero su mente es una bomba de ideas retorcidas.
—Y siempre han recibido la misma respuesta: ¡No quiero el puesto!— respondo, levantándome de mi asiento. Lilith, rápida como siempre, se acerca.
—Está bien, todos estamos de acuerdo con que digas "sí" si alguna vez lo consideras necesario— susurra, mientras se acerca y me abraza. No puedo evitar suspirar. Es mi hermana pequeña, la que siempre he cuidado y entrenado desde su creación. Es poderosa e impulsiva, y me he asegurado de no dejar de instruirla.
—Gracias, lo tendré en cuenta. Ahora me voy, tengo demasiadas cosas que atender arriba— le digo, separándome de ella.
—Deberías bajar más a menudo— murmura en mi oído.
—O tú puedes subir y divertirte conmigo un poco allá arriba— le respondo, con una sonrisa.
—Quizá tome tu palabra uno de estos días. Estar aquí con el cascarrabias de Asmodeus resulta algo agobiante últimamente— me dice, y no puedo evitar arquear una ceja.
—¿Qué pasa con Asmodeus?— le pregunto, adivinando algo en su tono.
—Está más molesto que nunca. Incluso le pidió a Azazel que le dejara torturar algunas de las peores almas que han llegado, algunas de las más antiguas. Como si el entrenamiento con los iblisler no fuera suficiente— frunce el ceño, y su preocupación me inquieta. Tener a Asmodeus fuera de control nunca es una buena idea.
Su declaración me hace mirar a Asmodeus, que está cerca, pensativo. No puedo evitar preocuparme. Si pierde el control, las consecuencias podrían ser catastróficas, y no solo para los humanos. La última vez que Asmodeus se descontroló, los ángeles aparecieron, y eso nunca termina bien para nosotros.
—Hablaré con él, tal vez quiera un paseo por el Purgatorio— respondo, y ella asiente, alejándose para reunirse con Azazel. Yo me acerco a Asmodeus, quien me observa en silencio.
—Supongo que ya sabes— dice, su tono grave.
—Sí, y quiero saber qué tan malo es— le respondo, cruzando los brazos. Nadie en este salón intenta mentirme, pero siempre estoy atento.
—Aún está bajo control, pero creo que pronto iré a divertirme un poco en el Purgatorio— me dice con un suspiro. Asiento, entendiendo perfectamente.
—Si necesitas ayuda, no dudes en llamar. Estaré al pendiente— le palmeo el hombro y me doy la vuelta para salir del gran salón, transportándome de inmediato a mis oficinas en Nueva York, donde Alondra me espera.
—Señor, tiene una junta con los accionistas de Nightstar House en media hora. Y esta noche tiene una invitación a la Met para una presentación del American Ballet Theatre. Puede llevar un acompañante. Aquí tengo una lista de las damas disponibles que podrían acompañarle— dice mientras me entrega una tablet.
—Confirma mi asistencia en solitario, Alondra. Y tráeme los informes para la reunión— le indico. Ella asiente, tecleando rápidamente.
—Los informes están sobre su escritorio y en su tablet también, señor— me informa. Agradezco a las profundidades del Infierno por haberla puesto en mi camino. Es humana, pero sabe exactamente quién soy, y ha sido una aliada invaluable.
Alondra es un buen trato: ella hizo un pacto por su alma con uno de los Biletçi de mi empresa, pero yo decidí no enviarla al Infierno. En lugar de eso, ella trabaja para mí, manejando mis informes terrenales e infernales, y le devolví su alma. Nunca me ha fallado, y, por supuesto, su hija Sophie está sana, como era parte del trato.
Reviso los informes y descubro algunas fugas económicas de los accionistas. Aunque no me afecten demasiado, sé que debo hacer un ejemplo de uno de ellos. Aquí en la Tierra soy un empresario, y debo cuidar bien mi fachada. Mis enemigos no tienen idea de quién soy realmente. No sospechan que soy el que destruye sus planes, observándolos desde mi trono terrenal. Y así debe permanecer.
— La Junta
La sala de juntas de Nightstar House está ubicada en el piso 99 del rascacielos principal. Cristales oscuros, mármol negro, y una mesa larga de obsidiana pulida reflejan las luces tenues del atardecer neoyorquino. Los accionistas ya están sentados, nerviosos, aunque intentan disimularlo. Saben que algo no está bien. Lo sienten.
Yo entro sin prisa. Alondra me sigue, tablet en mano, con la serenidad de quien ha visto cosas que harían temblar a cualquier alma. Me siento en la cabecera. Nadie habla hasta que yo lo hago.
—Gracias por venir. Hoy revisaremos los informes del último trimestre. Algunos de ustedes han sido... creativos con los números. —mi voz es suave, pero cada palabra cae como plomo.
Un murmullo recorre la mesa. Alondra proyecta los datos en la pantalla. Las cifras no mienten. Hay una fuga. Y sé exactamente de dónde viene.
—Señor Whitmore. —digo, sin levantar la voz. El hombre, de unos cincuenta años, traje gris, mirada calculadora, se tensa.
—Sí, señor Nightstar. —responde, intentando mantener la compostura.
—¿Podría explicarnos por qué su división reportó pérdidas mientras sus cuentas personales crecieron un 300%? —pregunto, cruzando los dedos sobre la mesa.
—Debe haber un error. Estoy seguro de que... —comienza, pero lo interrumpo con una sonrisa.
—No hay errores, señor Whitmore. Solo decisiones. Y las suyas han sido... desafortunadas.
El silencio se vuelve espeso. Los demás accionistas evitan mirarlo. Alondra se mantiene firme, como una sombra leal.
—Aquí en Nightstar, valoramos la lealtad. Y castigamos la traición. —me levanto, caminando lentamente hacia él.
Whitmore comienza a sudar. Su respiración se acelera. Sabe que algo está por ocurrir, pero no sabe qué.
—No se preocupe. No lo despediré. Eso sería demasiado... humano. —me inclino, susurrándole al oído—. Pero esta noche, cuando intente dormir, descubrirá que el sueño lo ha abandonado. Y cuando cierre los ojos, verá cosas que no pertenecen a este mundo. Y cuando despierte, su alma ya no estará donde la dejó.
Me alejo. Él tiembla. No dice nada. No puede.
—La junta ha terminado. Alondra les enviará los ajustes. Y recuerden: en Nightstar, todo tiene un precio. Incluso el silencio.
Los accionistas se levantan, uno por uno, sin mirar atrás. Whitmore se queda sentado, pálido, con los ojos perdidos en la pantalla. Su castigo ha comenzado. No necesita gritos ni fuego. Solo la certeza de que algo lo acecha, desde dentro.
Ramiel/Astaroth