EXTRAÑOS (LIBRO 1)

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Summary

Darlin Renigan nunca ha cruzado los límites del bosque. Apartada del mundo exterior, tendrá que romper las reglas de su abuela al intentar buscar respuestas de su desaparición arriesgándose a ir al lugar que nunca debía pisar, la ciudad. Anna Benson comenzó a sobrevivir cuando la unión le arrebato todo. Arriesgando su vida, se interna en la ciudad con la esperanza de encontrar el tan anhelado suero que les dará un poco de tiempo al pedazo de familia que formó. Sin esperanzas de un mejor futuro, tendrá que luchar contra las esperanzas que una ingenua chica le ofrece. Oliver siempre supo que no pertenecía. Usado por la unión para ser un inmune, dejó de intentar ser algo más, pero cuando el destino le pone en frente a una obstinada chica, la duda se presenta y empieza a creer que quizás hay más para él que lo dicho. En un mundo devastado por una enfermedad mortal, lleno de secretos y sociedades marginadas, Darlin se abrirá camino, forjando alianzas y enfrentando verdades que, sin saberlo, comenzarán a quebrarla.

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Complete
Chapters
31
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n/a
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16+

CAPÍTULO 1 (DARLIN) 🌻

Tres reglas.

La abuela tenía tres reglas que bajo ninguna circunstancia debía romper.

Primero.“No atravesar la barrera sin mí”.

Segundo.“No hables con extraños”

Y tercero, la que no paraba de repetir cada vez que preguntaba si podía ir con ella.“Nunca vayas a la ciudad”. La que estoy a punto de romper.

Desde que tengo memoria la abuela ha sido fanática de las reglas, en especial con estas tres, mismas que una y otra vez recalcaba la importancia de obedecer.

La mayoría de aquellas pláticas han quedado en el olvido, pero ese trío son algo que se encargó de repetirme lo suficiente para que ni siquiera yo pueda olvidar.

Armada solo con una mochila, Aby y el cuchillo colgando en mi cintura es como junto a mi única, terca y escurridiza amiga de cuatro patas, Koko, pase por la barrera por segunda vez en tiempo record. Encontrarle sentido al montón de mapas fue la tarea más complicada, pero cuando crucé el pequeño río, que, según mis cálculos, dictan la mitad del camino, me sentí confiada para seguir. Quizás me perdí un poco, pero logré encontrar el camino de vuelta y aunque hubo más de una vez en donde me detuve a pensar en mis próximos pasos, siempre me obligue a continuar.

Cuando los muros de la ciudad fueron visibles guardé el mapa y procedí a buscar las señales. Pequeñas instrucciones que estaban escondidas en un cajón del cuarto de la abuela donde, supuse, se trataba de una manera discreta de entrar a la ciudad.

Oculta entre los árboles, me detengo y contemplo la gran roca que escala hasta los cielos.

“Recuerda Darlin, si entras, ya no sales”

«No puedo rendirme, no ahora»

Apretando a Aby, la guardo dentro de mi mochila y sigo.

Camino del lado contrario a donde la puerta principal se plasmaba en uno de los mapas.

Encuentro los hoyos grabados en el muro y continuo.

Veo el árbol desnudo y sé que estoy cerca.

Toco la piedra partida, pero no hay rastro de ninguna puerta.

Se supone que, si encontraba la piedra, encontraba la puerta, pero todo lo que veo es la misma pared aburrida.

Bufo, me siento en la roca y, deteniendo el tamborileo de mi pie, decido, es hora de un descanso.

No nos hemos detenido en todo el día y Koko se lo merece.

Se supone que debería estar a mi lado, por lo que cuando volteo y no la encuentro, el tamborileo regresa. Busco en todos lados susurrando su nombre al que, después de caminar por algunos minutos sin resultado, estoy tentada a gritarlo.

«No puede estar muy lejos»

Las probabilidades de que nos hayan descubierto tan pronto son bajas, pero ahora parecen una realidad. Moviéndome con mayor rapidez, me detengo al escuchar un ruido irritante, siguiéndolo, no tardó en encontrarla rasgando el concreto en la pared.

Me apresuro a llegar a ella y, tranquilizándola, le indico que debe estar callada. Intentando hacerla regresar, Koko se resiste volviendo al mismo punto.

El chirrido que causan sus garras vuelve a retumbar, obligándome a abrazarla para alejarla y evitar que alguien nos escuche. Sacudiéndose, está enfocada en regresar a aquella pared.

La pared de concreto que no debería emitir sonido.

Koko no suele hacer las cosas sin motivo y esta vez no parece ser la excepción, así que, soltándola, dejo que me guíe hasta donde, con mi atención ganada, acaricia la pared.

Siguiendo su ejemplo, llevó mi mano al concreto que se siente más frío de lo normal y de una textura diferente. Usando mis nudillos tocó un par de veces para escuchar como un eco susurra desde el interior.

Busco a Koko y la abrazo.

— No sé qué haría sin ti— reconozco, recibiendo lamidas por toda mi cara como respuesta.

Riendo, la tengo que parar y enfocarme en la puerta que de algún modo está camuflada con la pared. La tecnología es similar a la que mantiene la cabaña oculta, pero mejor, la ilusión no desaparece incluso cuando mi mano la cruza.

Un problema visual que me lleva a usar las manos, esperando encontrar una cerradura o manija que me indique una forma de entrar.

Mi mano siente un pequeño círculo sobresaliente en el medio, el cual según mis manos no tiene cerradura alguna. Haciendo un dibujo en mi cabeza lo imagino como el timón que los barcos tenían siglos atrás, y como tal, la única opción que se me ocurre es girarlo.

Dos vueltas a la derecha y la puerta se abre.

Quedando frente a la pared me quedo parada sin dar el paso que me falta para cruzar. Volteo y me agacho tomando a Koko por la cara.

— Sabes que no puedes entrar— chillando me ve con sus pupilas cafés brillosas— ya hiciste mucho y lo único que necesito de ti ahora es que estés a salvo— dejo mi tono dulce y lo endurezco — así que vas a volver a casa y esperaras hasta que vuelva.

Las orejas caídas es algo con lo que no puedo tratar sin sucumbir, por lo que juntando la punta de mi nariz con la suya le prometo.

— Volveré.

En mi vida solo había hecho una promesa real, una que conllevaba algo importante, ahora tendré que agregar otra, ambas incompletas, ninguna con una idea clara de cómo voy a cumplirlas, pero lo haré, de una u otra forma encontraré a la abuela y regresaré con Koko.

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Resultó que no soy la primera y quizás la última en pasar por aquella puerta.

Después de cruzar y encender la lámpara vi como un gran pasillo me recibía, las paredes estaban rayadas de diversos dibujos y palabras que presumían, no era un camino conocido por LA UNIÓN.

La república líder de aquella ciudad y para los cuales mi abuela y yo seríamos intrusas.

«Sin duda esta era la entrada de la abuela». Aseguró rozando las paredes.

Al final del pasillo, después de recorrer lo que se sintió como el ancho del muro, otra puerta corta el camino, lista para forcejear la cerradura, tomó el par de ganchos en mi cabello y me hinco para estudiar el pestillo que encima de la manija se ilumina chamuscada.

Alguien fue más inteligente.

No lo culpo, tampoco creo que mi apenas entrenamiento para abrir cerraduras hubiera funcionado.

Con un empujón, la puerta se abre, revelando una especie de almacén de cosas de limpieza.

Pequeño e incómodo me muevo para alcanzar otra puerta que al igual que las últimas necesita de poco esfuerzo para abrirse.

Iluminada por mi linterna, camino entre ollas, platos y cubiertos tirados. Pasando mi dedo por una de las mesas, recojo polvo. Sacudiéndolo, desenfundó el cuchillo, lista para el peligro que podría encontrar más adelante.

Una luz amarilla alumbra el salón llevándome a guardar mi lámpara. Mis pies crujen ante restos de comida y utensilios mientras me acerco a los ventanales que entre tablas y grandes pliegos cubren la vista al exterior.

Volteando, quedo frente al gran comedor que al igual que el cuarto anterior indica que aquí pasó algo, algo que huele a LA UNIÓN.

La alarma se enciende al pensar en la abuela y su relación con este lugar, porque si ella estaba cuando entró o descubrieron era una de sus visitantes, esto es más grave de lo que imagine.

Sin bajar el cuchillo busco una salida, pero todas las puertas están bloqueadas y, después de intentar abrirlas, comprendo que la práctica no fue suficiente, haciendo mis escasas habilidades inútiles.

Descartando las ventanas tapadas, encuentro encima de una puerta escondida, una pequeña pero posible salida. Arrastrando una silla verificó si puedo pasar entre la abertura. Una vez que tengo a la vista un callejón vacío, regreso para tomar mi mochila y lanzarla; apretujada me deslizó cayendo en una dolorosa posición que, sé, dejará algunos moretones.

Los sonidos que causé pudieron haber alertado a alguien, así que sosteniendo el cuchillo acomodo mi mochila sobre los hombros y asomo mi cabeza moviéndola de un lado a otro.

La última vez que revisé mi tableta eran apenas las 6 de la tarde y sé que no pudo haber transcurrido más de una hora, pero las calles están apenas ocupadas y en su mayoría son guardias.

Busco dentro de las clases de la abuela y comienzo a poner como prioridad las cosas que necesito saber.

“LA UNIÓN consta de 5 ciudades las cuales se dividen por su ubicación cartesiana, esta es la Ciudad Norte. Todas las ciudades están regidas por un comité que rinde cuentas a la Ciudad Central, por lo que las reglas de una son las reglas de todas y entre esas reglas está el toque de queda, que desde hace dos años se redujo a las 8 de la noche donde ningún civil puede estar afuera sin un permiso especial”.

Reviso mi tableta y veo que son las 7:25 pm.

Tengo un poco más de media hora para encontrar el almacén.

Perfecto.

«Se ve que planeaste muy bien Renigan».

Moviendo mis pies dejó a un lado cualquier duda que me haga perder tiempo y salgo del callejón.

Lo primero que hago es ver la parte frontal del edificio del que acabo de salir donde figura como“CAFETERIA 21 DE LA CIUDAD NORTE”

El nombre poco original queda atrás cuando leo los pliegos amarillos pegados en las ventanas.

“CLAUSURADO POR ACTOS FUERA DE LAS REGULACIONES”

Las ventanas rotas y los hoyos en las paredes me dan una idea de lo que sucedió al mismo tiempo que hacen a mis pies alejarme.

No tengo la más mínima idea de donde puede estar el almacén, la abuela nunca me lo dijo y yo nunca insistí, ahora no tengo más que la intuición y la urgencia de un refugio para encontrarlo.

Intentó acallar la necesidad por detenerme ante cualquier cosa nueva que veo para concentrarme en buscar mi destino.

Logró ignorar muchas cosas, pero cuando hay un holograma flotando con las mismas frases cada dos pasos es difícil hacerlo.

“UNA REPÚBLICA SEGURA ES UNA REPÚBLICA UNIDA”

“TU DENUNCIA PUEDE HACER LA DIFERENCIA”

“CIUDADANOS UNIDOS POR UNA MEJOR REPÚBLICA”

Tentada a darme la vuelta y regresar por donde vine sigo caminando tratando de aparentar total normalidad con cada persona que me topo la cual, entiendo, no reciben muy bien las sonrisas.

Incómoda, escondo mis manos mojadas dentro de las bolsas de mi suéter con cada nuevo atisbo de uniforme azul oscuro que veo y esquivó cualquier comunicación visual temiendo que pidan alguna clase de identificación que terminaría con mi búsqueda antes de que pueda conseguir algo.

Una tarea complicada cuando hay al menos un guardia en cada esquina y aunque todos parecen absortos en sus asuntos, al llegar al final de una calle hago lo que nunca debí hacer, conectar mis ojos con una guardia que cruza hacia donde estoy caminando.

Es inevitable, lo sé, mi cara no ayuda a esconder mis emociones y ella ya ha visto lo suficiente para no dejarme ir.

Puedo correr, aunque eso alentaría a más de los suyos.

Puedo golpearla, aunque ella me pondrá en el suelo antes de conectar mi golpe.

Puedo apuñalarla. No. Eso solo es para casos muy extremos.

No sé qué haré, pero mis pies no corren y mi mano no se aprieta en un puño, solo sigo caminando.

La guardia ya ha cruzado emparejándose del lado en donde yo me estoy moviendo y solo le queda cruzar para encontrarme. Sin detenerme, pongo un pie sobre el camino, pero nunca llegó a tocarlo, un jalón me hace regresar a donde estaba y cruzando su brazo en el mío, volteo creyendo que otro guardia ya me ha apresado, pero mis pensamientos se remueven cuando un chico de ojos grises me ve y con un simple asentimiento regresa su mirada y sonríe.

Mis ojos estudian cada parte de su cara y mis manos acarician mentalmente su cabello negro revuelto.

— Buenas noches, oficial— escuchó saludar con voz animada despertándome de mi imaginación.

— Necesito ver sus identificaciones— exige la guardia con sospecha en sus ojos.

Mentir era mi único plan seguro.

Dispuesta a llevarlo a cabo, cierro mi boca al ver como el chico saca dos cuadros y se los extiende. Alternando su mirada entre nosotros, la guardia revisa los cuadros por largos minutos hasta que se los entrega al chico y recuerda.

— El toque de queda es en 10 minutos.

Sin abandonar su animada voz, el chico responde a modo de disculpa.

— Un pequeño inconveniente, pero llegaremos a tiempo.

Con un quejido la guardia sigue su camino dejando que la saliva contenida pase por mi garganta.

— Gracias por…— tapándome la boca, el chico me conduce hasta un callejón donde, sin rastro de aquella voz, regaña.

— Ya es bastante difícil entrar a la ciudad como para que por tu culpa dupliquen la seguridad.

Tardó en comprender y mientras lo hago él vuelve su mirada entre las calles para después exigir.

— Vas a salir por donde viniste o te esconderás lo suficiente para esperar a mañana, irte y nunca volver.

Quito mi brazo de su agarre y rodando los ojos terminó lo que él interrumpió.

— Gracias por ayudarme.

Su boca comienza a abrirse, así que levanto mi mano para detenerlo.

— Gracias por ayudarme, pero no vine aquí por diversión y si eso te molesta, entonces lo siento, pero no me iré hasta que consiga lo que quiero.

Cruzada de brazos, hago mi mejor interpretación de chica ruda, ganándome una mirada analizadora que me lleva a deshacer mis brazos y sacudirlos en su cara.

— No soy una cosa para que estudies— regaño aumentando el volumen de mi voz— deja de verme así y dime donde está el almacén— reclamo, aprovechando el momento.

Espero cualquier reacción menos la sonrisa que se levanta de un lado de su cara.

— ¿Por qué te lo diría?, creo que ya fui suficientemente bueno por hoy.

La abuela tenía razón en algo. Los hombres son tan estresantes.

— Porque soy buena con las descripciones, y si no lo encuentro antes del toque de queda y me atrapan también te atraparán a ti— presumida, le regreso la sonrisa.

Nunca había visto una pistola real, pero conozco su forma y cuando él saca la suya para acariciarla mi sonrisa tiembla.

— Eso se puede arreglar muy fácil.

Mi cuerpo no reacciona, pero mi boca encuentra el camino para amenazar.

— Gritaré lo suficiente para, al menos, alertar a un guardia.

Alzando una ceja conserva su sonrisa burlona y guarda su pistola.

— Dos calles más abajo, dobla a la izquierda y lo encontrarás— explica tocando su muñeca repetidas veces— si corres podrás llegar antes del toque de queda.

El toque de queda.

No pierdo el tiempo y, pasando delante de él, me detengo antes de salir del callejón para, de mala gana, agradecerle.

Podrá haber sido un engreído, pero me ayudó.

«O te está llevando directo a una trampa».

Entrar en un debate ahora es inservible, así que decido confiar y correr. Siguiendo sus indicaciones dobló a la izquierda, topándome con una calle que no promete ser diferente a las demás.

Busco indicio alguno del almacén, pero al recorrer la mitad de la calle y no encontrar nada, comienzo a arrepentirme de haber confiado en el chico, del cual me percato ni siquiera sé su nombre.

Sé que pronto seré un blanco fácil entre las cámaras y guardias, por lo que, sin más opción, decido continuar atenta a cualquier escondite potencial.

Viendo el cruce entre calles comienzo a buscar a Aby la cual aprieto tentada a sacarla para ayudarme a aclarar mi mente y pensar en algo que no sea terminar encarcelada.

Con el pequeño peluche en mis manos recorro por segunda vez mi entorno, terminando en el edificio a lado de mí. Un simple cuadro de concreto blanco y negro con ventanas que hace llamar mi atención, subiendo mi mirada me topo con un letrero que mueve mis labios hacia arriba.

El chico no mintió.

Dejando colgar de mi mochila, suelto a Aby. Perdí la noción del tiempo, de manera que, cuando los anuncios cambian a una alarma roja resplandeciente, doy un pequeño brinco.

Ni siquiera lo intentó con la puerta principal y, recordando la cafetería, escaneo sus costados convencida de que debe haber una entrada opcional y más discreta. Descubro en la parte trasera un espacio abierto donde varios automóviles descansan, quiero tocarlos y ver en su interior, pero el toque de queda amenaza.

Escalando en las rejas que lo cubren, llegó a la cima donde uso mi suéter para evitar el contacto con los pinchos.

Con un salto dejó salir un pequeño grito que cubro con mis manos. Suerte o desgracia un par de guardias aparecen en la esquina dándome el tiempo justo para agacharme y esconderme detrás de uno de los automóviles.

Ocasionalmente, veo hacia la calle donde una conversación los mantiene en su posición y poco dispuestos a irse pronto.

Sentándome, respiro y me tranquilizo, diciéndome que ya he llegado bastante lejos como para que todo termine. Teniendo buena vista de la pared trasera, noto una gran puerta de metal cerrada acompañada de una pequeña abertura.

Del mismo modo que mi última salida, la ventana encima de la puerta parece mi única entrada, pero con los guardias ahí se convierte en una opción difícil de ejecutar.

Conozco mis fortalezas y esperar mientras tengo la respuesta a un problema no es una de ellas.

Enrollando un hilo de mi suéter, subo mi mirada donde las luces ya iluminan los edificios más altos, dándole pelea a la oscuridad que ya se ha instalado.

Subiendo un poco más noto el domo que cubre la ciudad, el cual crea estrellas artificiales que se difuminan entre las reales pintando el gran lienzo negro de la noche.

Como siempre digo, nada puede ser tan malo, al menos tengo una buena vista.

Centrada en aquel escenario, creo, es parte de mi ilusión escuchar un pequeño golpe, como cuando algo choca contra el metal. Lo ignoro y sigo con la mirada puesta en lo alto.

Otro golpe llega.

El viento corre tranquilo, pero lo suficiente para sacudir lentamente la puerta.

Forzando mis ojos, fijo mi mirada en la superficie hasta que la sacudida vuelve a ocurrir.

Suelto el comienzo de una risa que extingo al instante. Saco mi cabeza lo suficiente para revisar la posición de los guardias, quienes no se han movido y ya acepté, no lo harán.

Con la oscuridad de mi lado decido arriesgarme; hincada doy una última mirada, cerciorándome, sigan envueltos en su conversación y corro.

La distancia que me separa son unos cuantos metros que se sienten como kilómetros. Llegando al auto junto a la puerta me recargo en este, tomando algunos segundos para recuperar el aliento, aprovechó la aún palpitante valentía que tengo para accionar mis piernas.

Estoy a un brazo para pasar a través de la puerta cuando una luz aparece acercándose peligrosamente hacia mí, actuó por impulso y sin medir mi fuerza aviento la puerta logrando entrar en el almacén y con un movimiento rápido detengo el ruidoso golpe que seguro daría alerta a los guardias, terminando de cerrarla con gentileza.

Veo la luz pasar debajo de la puerta y esperó. Tres veces me da un pequeño ataque al corazón que no es alejado hasta que la oscuridad y el silencio vuelven a instalarse.

Ajusto mi mochila y abotono mi suéter, refugiándome del repentino bajo de temperatura. Encendiendo mi linterna dejó al descubierto un gran espacio lleno de cajas acomodadas en grandes cuadros puestas una sobre otra.

Paso entre los cuadros leyendo las etiquetas que las clasifican conforme voy pasando. Al dejar atrás secciones como semillas, tubérculos y empaquetados, entiendo la razón del ambiente gélido. Dejo de leer cuando en medio del edificio se abre un espacio mostrando grandes máquinas dormidas.

«Verlas trabajar debe ser un espectáculo». Me detengo tocando una de ellas.

Si las circunstancias fueran otras, pasaría toda la noche estudiándolas, pero no estoy aquí de visita, estoy aquí por respuestas.

Hay tantas cajas que si me despisto podría terminar atrapada en lo que fácilmente es un laberinto. Seguir derecho es lo más seguro que tengo y eso hago, siempre viendo a los costados y buscando en el fondo algo diferente al usual escenario.

No es hasta que a lo lejos veo la puerta principal y, por lo tanto, el final.

«Ahí tiene que haber algo».

Continuando apresuro mi paso y, estando en la última línea de paquetes, mi oído alcanza a escuchar un mugido, apenas perceptible, me hago creer que no ha sido más que una obra de mi mente, sin embargo, saco el cuchillo y lo pongo sobre mi mano.

Llegó a la entrada donde, de un lado, pequeños vehículos con brazos alargados posan y del otro una especie de cuarto se aparta del resto del lugar, fijándome en eso voy directo hacia allí donde, sin luz que lo ilumine, pego mi cara en el cristal intentando ver del otro lado, mi vista no capta demasiado por lo que me muevo buscando la puerta. La encuentro cerca y guiada por mi suerte de puertas abiertas intento girar el pomo dando con un espacio vacío.

Sin forma de forzar la puerta, un pequeño panel con una pantalla en el frente impide mi paso.

No es una combinación lo que necesito, tampoco es como si la tuviera, pero trabajar con lo desconocido es frustrante, en especial cuando te das cuenta de que estás en el mismo lugar en donde empezaste.

En la nada.

Agachada, suspiro sin dejar de ver el panel mientras pienso en mis opciones.

Romperlo es lo primero que cruza mi mente, sé que sería fácil, pero no me garantiza nada.

Se me ocurren otro par de formas de entrar, pero todas llevan a una clase de violencia y las descarto hasta que triture mi cerebro por una forma civilizada de abrirla.

Jugando con el mango de mi cuchillo, una idea cruza mi mente, lo veo y sonrió.

Me quito mi mochila y rebuscó hasta encontrar el par de guantes que, aunque no serán adecuados, me darán la protección suficiente por si algo sale mal.

Poniéndome sobre mis rodillas veo una abertura que uso y con ayuda del cuchillo lo recargo y tiro, intento otras dos veces antes de que la tapa se desprenda, dejando a la vista la tableta de control y los cables que se conectan a esta.

Los aparatos que hay en la cabaña son en su mayoría pertenecientes a generaciones anteriores, esto se ve muy actualizado y no sé si pueda descifrarlo, pero lo intentaré.

Adivinando la función de cada cable trazó un mapa mental del cual me apoyo cuando decido, es tiempo de probar.

Un pitido marca mi primer error.

La segunda luz desaparece dentro de la tableta de control enviándome que, si vuelvo a fallar, no tendré más oportunidades.

Dudando, aplico mi última teoría. Cruzando tres pares distintos de cables y cambiándolos de lugar, desvió mi mirada hacia la pared y cuento los segundos.

Quince inhalaciones después me armo de valor para voltear y ver la última luz iluminada en verde y la puerta abierta.

Con un movimiento me levanto dando saltos de un lado a otro, detenida por un dolor en la espalda.

No tengo la condición para esto.

Orgullosa, guardó el cuchillo y los guantes y entró a la habitación. Acariciando la pared, enciendo la luz, despejando una sala llena de botones, palancas y pantallas. Tomando una silla para sentarme me concentro en las pantallas, estas se encienden después de apretar el único botón encendido en la esquina de los controles.

El emblema de LA UNIÓN es lo primero que aparece para así cambiar a una pantalla azul oscuro con una sola palabra y un espacio para escribir.

“CONTRASEÑA.”

Esto no se arreglará moviendo algunos cables.

Pero quizás si uso mi cabeza para golpear lo suficientemente fuerte sobre el teclado se resolvería.

Sí, me gusta ese plan.

Tomando impulso, levanto mi cabeza y...

Clic.

Lentamente, volteo hasta llegar a saludar a una pistola frente a mí.

Sin dejar de verla, mi mano viaja por mi cuerpo y después por la habitación en busca del cuchillo.

— Ni siquiera lo pienses— una voz femenina amenaza.

Dejó de buscar para concentrarme en la chica quien apunta. Con esferas negras en los ojos no deja de verme y, sin controlar mis labios, le doy una sonrisa nerviosa.

— ¿De casualidad no sabrás la contraseña?— señalando la pantalla pregunto.

Acercándose, un segundo clic es mi respuesta. Enfocada en la pistola, un rastro rojo me lleva a notar sus manos manchadas que son suficientes para suponer de dónde vienen. La leve mueca que esconde confirma que está herida y que, como yo, no está aquí por gusto.

«Creo que no soy la única turista en la ciudad»