Después de la tormenta viene la calma

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Summary

Han pasado cinco años desde que Luke y Grace tomaron caminos separados tras el cese de aquella interminable tormenta que asoló el estado de Maryland en 1849. Mientras que uno puso un océano de por medio para intentar sanar a su corazón, la otra tuvo que regresar junto a su familia para arreglar el desastre que su hermano había ocasionado. Cinco largos años han hecho falta para que Luke decida rehacer su vida con una joven francesa de lo más peculiar y junto a la cual se ve obligado a huir de París. Por otro lado, Grace conoce a un misterioso caballero mientras lidia con el amargo sentimiento de haber perdido al verdadero amor de su vida: Luke. Un baile en honor al sobrino retornado de una de las familias más importantes de Baltimore volverá a unir a esta desdichada pareja y los sentimientos que ambos creían olvidados volverán a florecer. ¿Se pondrá, esta vez, el destino de su parte?

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

I. Élodie

Las gotas de lluvia golpeaban el empedrado suelo de uno de los callejones más concurridos de la ciudad de París, donde hombres y mujeres por igual se reunían en tabernas y burdeles para evadir por un tiempo la monotonía de sus vidas los unos, y para sobrevivir las otras. La noche aún no había caído, pero las lluviosas nubes cubrían el cielo, impidiendo la filtración de cualquier posible rayo de luz, y la oscuridad se cernía sobre el lugar.

Frené mi marcha y miré hacia el cielo, dejando que el agua recorriera mi rostro; curioso que el tiempo se encontrara igual de afligido que yo, era realmente curioso que las nubes expresaran con su llanto lo que mi corazón sentía: dolor. Algo apuñaló mi pecho cuando los recuerdos abordaron mi mente.

Otra vez no, otra vez no.

Sacudí mi cabeza para apartarla de mis pensamientos y le di un enorme trago a la botella de whiskey que sostenía con mi mano izquierda, mi fiel compañera en los últimos años. Los párpados amenazaron con cerrárseme y retomé mi camino para llegar a mi destino de los viernes. Los edificios y la carretera que percibía con mis ojos no paraban quietos, iban de izquierda a derecha nublando mi visión y dificultando mi caminar.

Pasé mi mano libre por mi pelo para apartarlo de la cara y tener una mejor perspectiva del entorno, y entonces la vi. Estaba allí, frente a mí, dándome la espalda. Su dorada melena caía en una trenza por su dorso casi llegando a la pomposa falda de su vestido, que era casualmente del mismo color que sus hermosos ojos. Se encontraba observando un escaparate, con la frente apoyada en el cristal y la mano ejerciéndole de visera. El vaho y las gotas de lluvia dificultaban la visión del interior de la tienda y ella intentaba por todos los medios distinguir el precio de uno de los sombreros allí expuestos.

Los latidos de mi corazón aumentaron su ritmo y me acerqué, apresurado, hacia ella. La tomé del brazo y tiré con suavidad de él para que quedásemos cara a cara.

—¡Grace! —exclamé con alegría—. ¡Has venido a buscarme!

Mon Dieu!Qu’est-ce que vous faites? Libérez-moi! —contestó tirando de su brazo para librarse de mi agarre.

Grace, c’est moi, c’est Luke, Luke Clifford —insistí, tambaleándome por el alcohol que recorría mis venas—. Tu ne te souviens pas de moi?

Excusez-moi, monsieur, mais je crois que vous m’avez confondu avec une autre.

Caminé marcha atrás unos pasos, confundido, y pude verle mejor. No era Grace, ni siquiera se parecían más que por el pelo. Mis ansias por volver a verla junto con la ebriedad que me embargaba habían difuminado mi realidad, enloqueciéndome por momentos. Giré sobre mis talones, con la ira invadiendo mi cuerpo, y me marché sin decir palabra alguna. La oí dirigirse a mí con preocupación, pero la ignoré, odiaba dar lástima.

Me detuve frente a la taberna, al final del callejón sin salida, y de un trago terminé la botella de whiskey. Acto seguido, la hice estallar contra el suelo, intentando apaciguar mi mal genio. Sin éxito, por supuesto. Así el pomo de la puerta y tiré con fuerza de ella para darme paso al local. El estrepitoso gesto hizo que los allí presentes giraran en mi dirección, estudiándome y observándome de arriba abajo.

—¿Qué demonios miráis, patanes? —escupí, enfurecido, abriendo mis brazos en busca de pelea.

Vi que muchos negaban con la cabeza por vergüenza ajena, otros apretaban sus puños listos para la que se venía y otros, más calmados, reían por lo ridículo que debía verme. Un caballero de entre estos últimos se acercó hasta mí con sus manos sobre los tirantes que sujetaban sus pantalones y un puro entre sus dientes.

—Empiezas pronto hoy, compañero —soltó en un perfecto inglés a pesar de ser claramente francés—. Venga, la partida está a punto de comenzar, te estábamos esperando —añadió, empujándome por el hombro.

—Suéltame, Clément —dije, apartándome de su contacto.

Caminé con aires de superioridad hasta la mesa donde estaban todos sentados y tomé mi habitual asiento, el que quedaba pegado a la pared. La partida de póker de los viernes noche era ya costumbre en mi nueva vida parisina; lo que no entendía era que aquellos hombres no se rindieran a pesar de que, semana tras semana, les ganase y me llevase todo su dinero.

Por supuesto, no todo el mérito era mío. Saludé a los presentes y levanté mi cabeza para cerciorarme de que mi cómplice estuviese en posición. Si algo estaba claro era que absolutamente ningún francés podría jamás ganarme en inteligencia. Era un tramposo, lo sabía, pero no tenía remordimientos de conciencia. ¡Cuán divertido era reírme de sus incrédulas caras cada vez que salía victorioso! ¡Qué satisfacción saberme el mandamás del lugar!

La muchacha a la que más tarde pagaría en carnes, además de con una buena suma de francos franceses, había tomado asiento a dos mesas de nosotros. Le dediqué una sutil sonrisa, que la hizo sonrojar, como señal de que todo estaba en orden. Cada semana era una joven diferente, pues no podía arriesgarme a que las relacionaran conmigo; tampoco estaba dispuesto a repetir, era frecuente que cayesen enfermas de amor hacia mí sin saber que mi corazón jamás podría pertenecerles.

No sentía lástima alguna por sus rotos corazones, apenas eran unas chiquillas veinteañeras sin idea alguna de la vida o el amor, lo que creían sentir por mí no era más que un encaprichamiento estúpido. ¡Ay de ellas cuando conocieran la verdadera desolación por amor! Intentaba dejárselo claro desde el principio, les repetía una y mil veces que lo nuestro era tan solo diversión y que a la más mínima muestra de afecto quedarían para siempre fuera de mi vida. Algunas lo entendían y lo cumplían y otras terminaban llorando sobre alguna acera perdida de la ciudad.

La partida comenzó no sin que antes me pidiera un vaso de whiskey. Clément intentó impedir que siguiera bebiendo, pero no hizo falta más que una mirada de advertencia por mi parte para que cerrara la boca y me dejara trabajar. Al contrario de lo que pudiera parecer, el alcohol me ayudaba a concentrarme en las cartas, pues era la única manera de apartar a cierta jovencita de Maryland de mi cabeza. Clément siempre se preocupaba por mí, sabía de mis engaños y temía que el whiskey pudiese tirarme de la lengua frente a aquellos caballeros, ganándome así una paliza que seguramente me dejaría muerto en algún callejón de París.

Como siempre, utilicé los dos primeros juegos para pasar desapercibido, ganando y perdiendo en rondas al azar. La confianza comenzaba a instalarse en el resto de los presentes, creyendo que tenían posibilidad de llevarse una buena cantidad de dinero a casa esa noche. ¡Cuán confundidos estaban!

Cuarta ronda del tercer y último juego de los viernes: Sarah Betancourt, la cómplice elegida para aquella velada, sacó su espejo de mano y lo puso frente a su rostro. Sin llamar mucho la atención, posé mis ojos en su reflejo y sonreí. Ella me devolvió la sonrisa junto con un guiño de sus verdosos ojos y comenzó a repasar el carmín de sus labios. Se movió un poco hacia su izquierda y, ¡voilà!, allí estaban las cartas de mis adversarios.

Dejé que subieran sus apuestas lo máximo posible y, lógicamente, terminaron por perder cada céntimo apostado. La sonrisa satisfecha que decoraba mi rostro enfurecía a esos hombres que, sin saberlo, habían sido engañados. Clément, secando sus palmas sudorosas sobre sus pantalones, me felicitaba y me instaba a abandonar el lugar lo más rápido posible, pero, entonces, sucedió algo que no había tenido previsto.

Una hermosa joven entró a la taberna, con seguridad y convicción en su andar, y se acercó a nuestra mesa. Quería sonarme aquel rostro angelical, pero no conseguía ubicarlo. Tampoco estaba en mis cabales, así que seguramente fuese de nuevo mi mente intentando engañarme; pero nada más lejos de la realidad.

—Buenas noches, caballeros —saludó en un inglés afrancesado con una reverencia y haciendo caso omiso a las miradas desaprobatorias de algunos y a las atrevidas de otros—. Seguramente no me conozcan, pero yo sí les conozco a ustedes.

Tenía absolutamente toda mi atención. Por una parte, hablaba mi idioma y, por otra, era la mujer más bella que jamás había visto, a excepción de Grace. Clément me dio una patada en el pie, como queriendo que reaccionara, pero lo ignoré. Me crucé de brazos y me apoyé sobre el respaldo de mi asiento para contestarle:

—Yo sí creo conocerla, madame, me parece haberla visto por mis sueños en varias ocasiones. —Le guiñé un ojo y me llevé una cara de desagrado que no hizo sino acrecentar mi interés por ella.

Clément tiró de la manga de mi camisa, llamando mi atención, y borré mi sonrisa para enfrentarlo.

—¿Se puede saber qué diantres quieres, Clément?

Su respuesta fue un leve murmullo entre dientes mientras señalaba a la misteriosa mujer con la cabeza.

—¿Qué? —pregunté sin entenderle.

—Ella —repitió algo más alto—, es ella.

—¿Ella? —Mi cara de desconcierto no se hizo esperar.

Intenté hacer memoria para averiguar de qué creía conocer a aquella mujer y mis ojos se abrieron como platos al recordarla. Se trataba de Élodie, una de las conquistas que más dolores de cabeza me había dado nada más llegar a Francia dos años y medio atrás, pero estaba completamente cambiada. Su pelo anteriormente rubio era ahora de un oscuro negro azabache y lo había cortado a la altura de sus hombros, sin recogido alguno, dándole un toque atrevido y juvenil. También había perdido algo de peso, o eso parecía bajo el vestido que realzaba su admirable figura.

Élodie había conseguido hacerme olvidar a Grace por una temporada cuando estuvimos juntos, pero, incapaz de corresponder enteramente a sus sentimientos, me vi obligado a deshacerme de ella. Para mí había sido más fácil desaparecer de la noche a la mañana que tener que explicar lo que mi adolorido y pobre corazón anhelaba. Tal vez hubiesen sido las formas egoístas, mas no el motivo; aun así, entendía que estuviese tan molesta como parecía estar. Lo único que esperaba era que no me delatara ante aquellos caballeros, pues ella había sido la primera de mis cómplices y era de sobra conocedora de mis artimañas.

Clément me urgía por una huida rápida, pero no podía separar mis maravillados ojos de aquella mujer que tan embelesado me tenía. Tal vez hubiese cambiado físicamente, pero no había perdido su toque divertido y alocado. Eso fue lo que en su día me hizo fijarme en ella y también lo que me hizo separarme; tras el dolor que Grace me había causado, no podía ni quería permitirme volver a sentir algo parecido por ninguna otra mujer.

La vi caminar hasta Sarah y no pude evitar sonreír, iba a hacerlo, iba a hacerme pagar por abandonarla. Los caballeros la siguieron con su mirada, pero no entendían por dónde iban los tiros.

—Luke, vámonos, ¡ya! —Me zarandeó Clément para devolverme al mundo real.

Me levanté con sigilo de la mesa y recogí la bolsa con el dinero mientras los hombres escuchaban a Élodie, la cual estaba poniendo demasiado empeño en contar con pelos y señales cómo los engañaba cada semana. Sarah estaba pálida por haberse visto envuelta y sorprendida, no podía moverse ni reaccionar, así que decidí dejarla en la estacada y salí por la puerta de atrás junto con mi amigo.

Nuestro plan había sido salir corriendo, pero no pudimos llevarlo a cabo, pues aquellos seis caballeros salieron hechos una furia del local y nos pillaron con las manos en la masa. Élodie venía tras ellos con una sonrisa triunfal y la mandíbula en alto.

Tricheur! —gritaron al unísono antes de abalanzarse sobre mí.

Tiré la bolsa del dinero a un lado y solté golpes a diestro y siniestro acertando en alguna que otra nariz. De reojo pude ver cómo Clément tumbaba a uno de ellos y se disponía a pelear contra otro, pero no estábamos en las mismas condiciones; el alcohol seguía en mi sistema como si de sangre se tratara, además de que, en mi caso, éramos cuatro contra uno.

Consiguieron tirarme al suelo, donde recibí patadas en las costillas y en la cara. Intenté cubrirme como pude, pero aun así acertaron algún que otro golpe haciéndome ahogar gritos de dolor. No les daría la satisfacción de verme sufrir, había aguantado peores peleas en la época oscura de Matthew y esto no era nada en comparación.

Ça suffit, messieurs! —bramó Élodie, asustada por lo que veían sus ojos. Si bien había sido ella quien lo había provocado, no se esperaba tremenda paliza.

Ferme ta gueule, salope! —contestó uno de los hombres que me había golpeado con rabia.

—¡Esas no son formas de hablarle a una dama! —intervine incorporándome y empujándolo.

Clément derribó a su contrincante y se puso a mi lado para enfrentarnos a los cuatro restantes. No tardamos mucho en hacernos con dos de ellos; y cuando quedaban solo dos, vi que Élodie intentaba huir de la escena, posiblemente para buscar ayuda, pero uno de los hombres la agarró del pelo arrastrándola hasta nosotros. Me abalancé sobre él sin pensarlo y Élodie me ayudó arañando su cara y haciéndole gritar de dolor. Se consiguió zafar de nuestro agarre y salió corriendo como un cobarde.

—¿Estás bien? —le pregunté a Élodie posando mi mano sobre uno de sus hombros.

Ella levantó la mirada del suelo y me enfocó con sus preciosos y asustados ojos azules del color del cielo. Se quedó mirándome unos segundos antes de asentir. Oímos unos cuantos golpes más antes de que Clément se nos uniera, victorioso en su batalla.

—No me gustan las peleas, no sé cuántas veces tengo que repetírtelo —soltó sacudiéndose el polvo de sus ropas.

—Puede que no te gusten, pero no me vas a negar que no hay persona mejor que tú asestando golpes certeros. —Me reí.

Clément fue a unirse a mi risa, pero algo lo detuvo: una bala directa a su corazón. Élodie pegó un grito y cubrió su boca, sin poder creer lo que estaba viendo. Yo me quedé paralizado, viendo a mi amigo morir. Jamás olvidaría la escena. Clément me dedicaba una medio sonrisa con el dolor y el miedo reflejados en su mirada, de su boca empezó a brotar la sangre y comencé a gritar su nombre. Clément perdió la fuerza en sus piernas y fue a caer al suelo, pero me adelanté y lo sostuve entre mis brazos, taponando con mi chaqueta la herida de su pecho.

Élodie corrió hacia el hombre que había disparado moribundo desde el suelo y le dio una patada al revólver, lanzándolo bien lejos, antes de unírseme junto a Clément.

—¡Clément! ¡Clément! ¿Me escuchas? Aguanta, amigo, aguanta —le dije zarandeándolo para que no cerrara sus ojos—. ¡Élodie, rápido, ve a buscar ayuda!

La mujer, que estaba arrodillada junto a mí, me dedicó una mirada triste haciéndome saber que no había nada que pudiésemos hacer para salvarlo. Clément se iba a ir y eran escasos los segundos que me quedaban junto a él. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.

Clément, écoute-moi, tu ne vas pas mourir, d’accord? —le dije con la respiración agitada—. Estoy contigo, amigo, todo va a estar bien.

—Luke… —me llamó Élodie.

—¡No! —grité, acallándola—. No pienso despedirme, no puede irse. —Lloré.

Luke, tu es —tosió— le meilleur ami que j’ai jamais eu et c’est pour ça que je dois te dire une chose: vis, mon ami —habló Clément a duras penas y con gran esfuerzo.

—Viviré, amigo, lo haré. Si no es por mí, ten por seguro que lo haré por ti. —Asentí con la cabeza, sonriéndole. Clément me devolvió la sonrisa y se mantuvo así hasta su último suspiro de vida—. À bientôt, mon ami —me despedí, cerrando sus ojos.

Me quedé en la misma posición durante varios segundos hasta que Élodie se levantó y comenzó a gritarme:

—Deberías haber muerto tú, Clément était une bonne personne, mais tu… ¡tú eres un traidor, un traicionero! Je te déteste!

La furia emergió desde lo más profundo de mi ser, haciéndome levantar del suelo y agarrar con brusquedad a Élodie por las muñecas. Dejé mi rostro a escasos centímetros del suyo, enfrentándola, con el fin de desquitarme con ella, pero unos pasos acercándose a toda prisa a nuestra dirección me hicieron cambiar de idea.

—Mira, me da absolutamente igual lo que pienses de mí y lo mucho que desees verme muerto, pero vas a venir conmigo —solté apartándome y tirando de su brazo.

Tu es fou! No pienso ir contigo a ninguna parte —contestó soltándose de mi agarre.

—Ya lo creo que sí.

No le di tiempo a contestar, pues la tomé por las piernas y la eché a mi hombro, cargando con ella. Me agaché y recogí la bolsa de dinero del suelo antes de salir corriendo en dirección contraria a las voces. No podían vernos en la escena del crimen o estaríamos en problemas, así que no me quedó más remedio que huir. Élodie hizo amago de gritar, pero calló en cuanto le expliqué lo que sucedía. Ella, al igual que yo, no tenía ninguna gana de ir presa.

A pesar de haber entrado en razón, no confiaba lo suficiente en ella como para soltarla. Cargaría con ella hasta mi desastroso apartamento y, juntos, urdiríamos un plan para salir impunes.