Como una solitaria estrella fugaz

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Summary

Hana no tiene demasiadas razones para vivir, solo una promesa hecha a alguien que ya no está. Sus únicas esperanzas se sostienen en la idea de que, en algún momento, la vida vuelva a cobrar sentido… aunque no espera que ese sentido llegue de la mano de nadie. No quiere vínculos, ni raices que la aten. Lo que no sabe es que el corazón no entiende de pactos ni de promesas. Late cuando quiere y elige sin pedirle permiso a la razón. Y a veces, sin previo aviso, decide quedarse con alguien que jamás estuvo en los planes.

Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

La vida empuja hasta encontrarte

con quien no buscabas”.

—Anonimo

Capítulo I

La fría brisa de invierno acaricia mi piel mientras me mantengo de pie, frente a la lápida donde se encuentra tallado el nombre de mi abuelo. Ya han pasado dos años desde que falleció, pero aún me resisto a aceptar que este es el final: que su voz nunca volverá a llenar mis días.

La emoción me desborda en silencio. Las lágrimas caen sin ruido y enfrían mi rostro, como si el cuerpo entendiera antes que yo la ausencia que aún me niego a aceptar. Con mis manos temblorosas y heladas seco mis mejillas, preparándome para marcharme del solitario cementerio. Es veinticuatro de diciembre; mientras las casas se llenan de luces, risas y mesas compartidas, este lugar permanece vacío, envuelto en frío y silencio. Nadie suele venir aquí en días tan alegres y coloridos como este. Prefieren la calidez de los abrazos antes que la helada quietud del recuerdo de la muerte.

Sin embargo, la razón por la que estoy aquí es la misma que los ha hecho reunirse; deseo compartir este día con quién amo.

Frunzo el ceño al ponerme de pie. No estoy sola. A unas pocas lápidas de distancia, alguien permanece sentado frente a una vieja pieza de mármol.

Creo que es un chico, pese a que el cabello oscuro que asoma bajo la gorra le cae más allá de los hombros. Su abrigo negro, gastado por el uso, y la forma tan quieta en la que permanece sentado me hacen preguntarme si se parece a mí.

Como si quisiera darme una respuesta negativa, su celular suena informándole sobre una llamada. No lo veo, pero lo escucho reír. Presiono mis labios, conteniendo el dolor al darme cuenta que incluso si está aquí, a él sí lo esperan en casa. Aunque quizas no haya un gran banquete sobre la mesa, o no sea una gran cantidad de personas, hay alguien que espera su llegada. Si decide quedarse fuera, su ausencia será notada. Mi ausencia, en cambio, pasa desapercibida.

Releo el nombre de mi abuelo en la lápida. Suspiro dejando escapar la nostalgia y me doy la vuelta. Avanzo, permitiendo que la figura de mi único acompañante se pierda en la neblina nocturna que absorbe el lugar.

Mis desgastadas zapatillas negras crujen al avanzar por el camino de piedra, con paso lento. Levanto la mirada al percibir pisadas ajenas. Me detengo abruptamente intentando evitar el choque con la mujer que se disponía a entrar. Aun así, mi brazo termina rozando su abrigo acolchonado.

Sus afilados ojos negros me dan una dura mirada, delatando su disgusto por el inoportuno encuentro. Me disculpo, pero no hago más que ganarme una mirada despectiva. Su figura se aleja con una elegancia fría, dejando como único rastro el aroma de su colonia refinada. El impulso de seguirla con la mirada aparece de inmediato, pero hace mucho que he dejado de ceder ante mis deseos impulsivos. Trago mi molestia y continuo con mi camino.

No tardó en llegar a mi próximo destino.

—¿Qué tipo de corte le gustaría? —pregunta.

Las desgastadas paredes del lugar están cubiertas de carteles: modelos con distintos cortes, tan sedosos y brillantes que podrían hacer creer a cualquiera que lucirán igual de bien en ellos. Sin embargo, no soy ese tipo de persona. Sé perfectamente que no van a lucir bien en mí.

—Deseo cortarlo a la altura de mis codos y rehacer mi flequillo.

No necesito más detalles para que él entienda lo que quiero. Siempre me hago el mismo corte, en el mismo lugar y día. Una vez al año. Antes solía traerme mi abuelo, era su regalo navideño. Ahora vengo para recordarlo.

El estilista comienza a trabajar mientras conversa con sus compañeros. Me mantengo en silencio, observando como mi cabello cae con cada movimiento preciso de la tijera.

—¿Le gusta?

Asiento en un movimiento lento, sin prestarle demasiada atención al corte; sé que duele. Me marcho sintiendo el cabello más ligero. Ha sido bastante lo que ha recortado. Pasando de caer más allá de mi cintura, a quedar a la altura de mis codos.

Este ha sido mi autorregalo de navidad. El único que voy a recibir.

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Marzo, el glorioso mes en que los centros educativos retoman las clases y, con ellas, regresan los bulliciosos estudiantes a las aulas, llenándolas de comentarios sobre las vacaciones y sus nuevas rutinas.

Los ruidos rencuentros y los repetitivos discursos de bienvenida por parte de los profesores hacen que este mes me desagrade. Y aunque eso no tiene importancia, cuando el último profesor del cuarto día cruza el marco de la puerta, solo puedo rogar para que su bienvenida sea breve. Sin embargo, esta se retrasa ya que viene acompañado por dos chicos; uno castaño y el otro pelirrojo.

No hay muchos sitios disponibles, por lo que se ven obligados a separarse cuando su charla con el profesor finaliza. Quedando uno sentado en alguna parte del aula y otro atrás de mí, obligándome a respirar el refinado aroma de su colonia masculina.

El profesor repite un diálogo parecido a los anteriores, antes de pedir que alguien le colabore. Nadie se ofrece, por lo que termina pidiéndole ayuda al chico que se sentó detrás de mí. Apenas empieza a dirigirse a la pizarra, las chicas de los pupitres del frente comienzan a murmurar.

—Es él.

—¿Quién?

—El chico que consiguió una pasantía en el hospital Valverde.

El nombre me obliga a escuchar. He soñado durante años llegar a trabajar en ese lugar, formar parte de su personal. De tener la más mínima oportunidad.

—Ah, el hijo de los doctores famosos.

La pelinegra asiente.

—Es realmente dichoso. Viene de un país extranjero y sus padres ya le consiguieron una pasantía en uno de los mejores hospitales del país. El dinero es un verdadero privilegio.

Su cuerpo se posiciona frente a la pizarra, sirviendo como ejemplo de la explicación del profesor sobre el cuerpo humano. Mientras permanece de pie, me permito por primera vez en años, prestarle verdadera atención a alguien.

Su colonia refinada, sumada a la pulcra ropa que adorna su cuerpo delgado, lo delata como una persona de alto alcance económico. Su cabello castaño y sedoso; junto a su piel blanca, labios carnosos y rosados: así como sus ojos negros, adornados por cejas tupidas, pero enmarcadas, podrían convertirlo fácilmente en un mujeriego.

Un chico atractivo, que consigue las cosas fácilmente y ha logrado en días lo que yo llevo años soñando. Él es el tipo de chico con el que no deseo coincidir dos veces, mucho menos intercambiar palabras.

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Mayo, el mes en que los lugares preferidos de los estudiantes se vacían y la biblioteca, que suele ser solitaria, se llena. Han llegado las primeras evaluaciones y, con ellas, los lamentos por no haber prestado la suficiente atención en clase.

Sentada en el pupitre donde rendiré mi próximo examen, un rumor me alcanza. Lo he escuchado antes y, aunque intento ignorarlo, se ha repetido tantas veces que no necesito esforzarme para conocer sus distintas versiones.

«El hijo del doctor famoso está saliendo con la heredera de una reconocida empresa de modas, pero ella lo engaña con el hijo de uno de los socios».

Así podría resumirse, aunque hay quienes cuentan una versión distinta y aseguran que es él quien la engaña con una modelo. Que yo este enterada de algo como esto, solo significa que el rumor realmente ha cobrado fuerza.

—¡¿Estás feliz?!

La exclamación, proveniente del chico cerca de la entrada del aula, se gana la atención de todos. Incluso la mía.

—La chica que me gusta prefirió al hombre con dinero antes que al pobretón. Dime, Bruno, ¿eso te hace feliz?

Silencio.

Regreso la atención al libro sobre la mesa. Intento perderme en el escrito, pero los tonos altos de sus voces son difíciles de ignorar.

—¿Cómo pudiste hacerme esto?

—¿Hacerte qué? ¿Qué te hice exactamente?

—¿No es obvio? Me quitaste a mi novia.

—Hace poco dijiste que solo era la chica que te gustaba.

—¿No es eso suficiente para que un “amigo” no intente salir con ella? —interviene una nueva voz.

—Bruno, ¿tan siquiera te gusta?

—No, no me gusta.

Su voz fría llama mi atención. A pesar de que hay alguien sufriendo por sus acciones, a él no parece importarle. El deseo de mirar el espectáculo que sucede a unos cuantos pasos de mí me invade, pero no sedo. Mantengo mi atención en lo que debo memorizar.

—Entonces, ¿por qué la alejaste de mí?

—No quería que estuviera a tu lado.

—Eres una porquería de persona —sentencia alguien más—. Puede que tengas a muchas personas a tu alrededor por tu maldito dinero, pero tarde o temprano vas a quedarte solo.

—Ustedes solo se tienen el uno al otro. Me pregunto por qué será.

—Porque odiamos a las personas como tú.

—¿Las personas como yo? ¿Cómo soy exactamente?

—Eres el tipo de persona que cualquiera odiaría tener a su lado. Eso es lo que eres: una mala persona.

El ruido de pasos se va perdiendo en la lejanía hasta que solo queda el silencio. No levanto la mirada, pero puedo percibir que uno de los involucrados aún permanece en el aula. No averiguo quien. Lo único medio relevante de lo que acabo de presenciar es que mi primera impresión sobre el castaño no era errónea.

¿Lo más sorprendente de todo?

Aunque al inicio algunos se pusieron en su contra, tras una semana la mayoría parece estar de su lado. Por eso, cuando escucho a alguien decirle a su amigo que el dinero de ese chico es lo único que le permite conseguir cosas, no puedo estar más de acuerdo.

Sin embargo, es estar de acuerdo con ellos, lo que me obliga a descubrir que aun que estoy convencida de poder controlar mis impulsos y no interesarme en nadie, él no ha pasado desapercibido.