El Verdadero Sentido De La Intimidad

Intentaba prestar atención al libro que tenía entre sus manos, pero se le dificultaba con los constantes cuchicheos a su alrededor. Quizás había sido una mala idea salir a esa cafetería, pero ya no aguantaba más el encierro de su habitación, y de todas maneras se lo había prometido a su mamá.
Dirigió su mirada al lugar de las murmuraciones, y no le sorprendió ver a un grupo de estudiantes mirándolo coquetamente y secreteando entre ellos. Hace un año, se hubiera reído y se hubiera acercado. Luego saldría de ahí con todos sus números de teléfono, y por lo menos una cita lista para el fin de semana. Siempre fue así: era lindo, llamativo, sus bellos ojos azules derretían a cualquiera, y la forma delicada de su cuerpo era un imán para todos.
Era.
Tiempo pasado.
Suspiró e hizo un nuevo intento de leer, cuando fue interrumpido por una voz demasiado infantil.
—Hola, ¿me das tú número? —Le preguntó un chico de bonita piel morena, y pelo negro. No tenía más de 17 años.
—Hola, lo siento. No, no es buena idea, —le contestó, guardando el libro en su mochila.
Y como confirmación, se puso de pie, apoyándose en la mesa. Se puso la mochila y con dificultad alargó su brazo, y tomó sus muletas.
—Permiso, —le dijo al chico. Salió cojeando, ante el asombro y el silencio de todos en la mesa antes bulliciosa.
Caminó por las frías calles, con lentitud, sintiendo las miradas de lástima y muchas de rabia, por su aparente calma. Pero estaba apenas acostumbrándose, había empezado hace poco a salir con las muletas, fue un proceso difícil. El pavimento no ayudaba, había lugares irregulares, algunas piedras, muchas calles. En fin, nada amable con alguien con algún tipo de discapacidad.
Logró llegar a la parada del autobús, y afortunadamente venía desocupado y pudo sentarse. El dolor de espalda lo estaba matando. La distancia era corta, pero caminando se iba a demorar demasiado. Pudo llegar a su casa por fin, su mamá lo esperaba en la puerta.
—¿Cómo te fue mi gatito? —Le preguntó dulcemente, mientras le quitaba la mochila y lo ayudaba a entrar.
—Fue difícil, pero no estuvo tan mal, —contestó resignado.
—¿Estás listo para ir a la universidad?
—No mamá, no quiero hacerlo, —le dijo abrazándola. —Tengo miedo.
—Lo sé gatito bebé, esperemos que en este lugar sea distinto. ¿Quieres cenar?
—Sí mamá, tengo mucha hambre.
Esa noche en su cama, recordó muchas cosas. Últimamente siempre lo hacía, porque era su forma de recordarse todo lo que había superado.
Hace cuatro años, en sus felices quince, conoció al amor de su vida. O al que hasta hoy pensaba que era el amor de su vida. Fueron amigos y vecinos mientras vivieron en Doncaster, se llamaba Nicholas. Nunca pasó nada, porque Nich tenía novia, pero él siempre soñó con ser algo más. Cada vez que conoció a alguien, lo comparó con lo perfecto de su amigo, y nunca logró que alguien siquiera se acercara a su ídolo. Le gustaba que era tan alegre y divertido, y también que estaba profundamente enamorado de su novia desde el primer día, era detallista y preocupado. Pero jamás hubiera tenido una oportunidad, lo sabía, y eso alimentaba su ilusión.
Debido a eso, se demoró dos años más en dar su primer beso. Cuando entendió y aceptó que jamás tendría una oportunidad con Nich, se dedicó a aprovechar cada ocasión que se le presentó. Y fueron muchas. Porque era lindo, atractivo, gracioso, simpático. Jugaba bien al fútbol, tenía muchos amigos, era el típico adolescente popular. Tenía citas todos los fines de semana y salía para todos lados. Conocía a casi todo en la escuela y había tenido algunos encuentros bastante candentes y otros muy decepcionantes, pero nada lo detuvo.
Su única familia era su mamá. Su papá desapareció a sus diez años, y nunca más supieron de él. Lo odió unos años, después lo olvidó. El amor de Yani le bastaba y sobraba, y su relación era hermosa, sana, respetuosa e íntima.
Todo cambió una noche, cuando tomó de más junto a los que se supone eran sus mejores amigos y pensaron que era una buena idea manejar hasta la línea del tren y hacer retos. Todo se descontroló cuando, ya estando totalmente borrachos, se acostaron en las vías y el tren a los lejos hacía su aparición. Cuatro de ellos pudieron salir a tiempo, y él, tratando de ayudar a uno que quedó atrapado, los lanzó con fuerza, cayendo con violencia en un barranco de poca profundidad. Hubieran salvado casi ilesos, sino hubiese sido porque cayó con su pie completamente torcido.
Prácticamente quedó con su pie colgando. Tuvo fracturas y cortes de músculos, ligamentos, tendones y nervios. Los médicos intentaron reconstruirlo, pero era inviable devolverle la funcionalidad. Llevaba un par de meses en terapia, pero era imposible que volviera a tener sensibilidad y la idea de amputar, aún estaba presente. No quería pensar en eso, pero le habían dicho que, con una prótesis, su vida mejoraría en calidad, pero le daba terror. Evitaba pensar en eso, era su pesadilla más recurrente.
El alcohol había logrado sedarlo en los primeros momentos, pero cuando tuvo conciencia de lo que había pasado, quiso morirse. No le importaba que hubiera cosas peores, él quería morirse. Se alejó de todo, no quiso volver a la escuela. Pasó meses encerrado en la oscuridad de su habitación. Terminó con exámenes libres, y postuló a una universidad en Londres, lejos de su pasado. Ninguno de sus amigos fue a preguntar por él al hospital ni intentaron buscarlo después.
El tiempo y el amor de su mamá habían logrado darle un poco de resignación. Tuvo que cambiar sus planes, su futuro. Su sueño era estudiar algo relacionado con deportes o acondicionamiento físico, ahora eso no podía ser. Su segunda opción eran carreras ligadas al área de la salud, pero se dio cuenta de que tampoco era una buena idea, no moviéndose tan despacio. Se resignó a estudiar una Licenciatura en Pedagogía, aunque sabía que podía ser difícil encontrar trabajo si se dedicaba a los más pequeños, sentía que era una manera de reconciliarse con la vida. Le gustaban mucho los niños, y esperaba ser un buen profesor.
Estaba muy asustado y nervioso. Estaba en una ciudad nueva, en una universidad nueva, un clima nuevo, una casa nueva. No tenía amigos ni conocidos, y mostrarse frente a todos así, con sus muletas, con su pie inútil, con sus miedos, su vergüenza, era una prueba que no quería dar, pero que no podía seguir dilatando.
El primer día de clases llegó irremediablemente, y el sonido de la alarma sonando sólo hizo que quisiera lanzarla lejos. Tenía sueño, frío, no quería ir. Pero su mamá llegó irradiando energía, abriendo las cortinas, aunque afuera aún estaba oscuro, y anunciando que ya el desayuno estaba listo. Tenía que apurarse para bañarse, vestirse, comer y salir a tiempo. Pero lo hizo, y eso bastó para que pudiera sonreír.
—¿Quieres que te acompañe a la parada? —Preguntó su mamá, más nerviosa que él, pero no podía demostrarlo.
—No mamá, gracias, estaré bien, —contestó con convicción.
Y tomó el bus sin problemas y caminó lento pero seguro, hasta llegar a la entrada de la universidad. Tenía que llegar al salón número 8, y al parecer, estaba al fondo del pasillo. Era innegable que era el primer día, mucho bullicio, muchos perdidos, preguntas en el aire, confusiones, risas, malas caras.
Iba tranquilamente llegando a la puerta indicada, cuando alguien pasó corriendo muy rápido y lo empujó sin querer. Sin embargo, no se detuvo a ayudar, y sólo lanzó un“ lo siento” al aire. Una de sus muletas voló un par de metros, y cayó pesadamente sobre su pie inservible. Suspiró de la frustración, y comenzó a arrastrarse hasta su apoyo, cuando alguien se acercó a ayudarlo. Un chico de hermosas facciones, y larguísimas y tupidas pestañas.
—No faltan los idiotas que corren por todas partes. ¿Te encuentras bien? —Preguntó, sonriendo.
—Sí, gracias. Sólo me falta mi muleta, —dijo un poco perturbado.
—Acá tienes, soy Zayn, voy a estudiar pedagogía, ¿y tú?
—Soy Louis, y también estoy en pedagogía.
—Eso es genial, vamos entonces.
Y sí, se sentaron juntos, conversaron de lo humano y lo divino y Louis se sintió feliz de haber conocido a alguien como Zayn en su primer día.
—Vamos a almorzar con mis amigos, —le dijo Zayn, al sonar el timbre que indicaba la hora de comer.
—¿Estás seguro?
—Te van a encantar, aunque a veces hablan demasiadas estupideces. Y entre ellos, está mi amor platónico, por favor no lo mires demasiado. Es el chico más lindo, perfecto, simpático, agradable y dulce de todo el mundo, —continuó, suspirando como un enamorado.
Eso le pareció muy tierno a Louis, quien pensaba que era bastante tonto de parte de su nuevo amigo imaginar que él podría tener siquiera una oportunidad de coquetear con alguien. Caminaron al paso de Louis, algo que parecía no incomodar a Zayn; Al contrario, se adecuaba a su forma un poco relajada de andar por la vida.
Los amigos ya estaban sentados alrededor de las redondas mesas, cuando ellos llegaron. No miraron a Louis de ninguna manera que lo hiciera sentir incómodo, al contrario. Zayn los presentó:
—Miren. Él es Louis, somos compañeros. Y ellos son Niall, Harry y Liam.
Y Louis pudo entender a su amigo, cuando después de fijar su mirada por unos segundos en cada uno, que estuviera tan caído por ese ser tan, tan, tan divino. Su corazón de solo verlo había reclamado, provocándole un sonrojo muy bonito. Intentó con todas sus fuerzas no mirar los ondulados rizos castaños, ni los preciosos hoyuelos o la linda sonrisa de Harry, pero era imposible. Más aún cuando al parecer, era correspondido.
—Zayn tenía miedo de no conocer a alguien simpático en su primer día, me alegro que se haya equivocado, —dijo Niall, que estudiaba una Licenciatura en actuación.
—Yo estudio finanzas y Harry estudia Psicología. “¿Eres de Londres? —Preguntó Liam.
—No, soy de Doncaster. Llegué hace poco más de dos meses, —contestó algo tímido.
—¿Y por qué te viniste? ¿Con quién vives? ¿Por qué usas muletas? —Siguió Niall, mientras devoraba una hamburguesa doble de queso.
—Niall, no seas impertinente, —habló por fin Harry, quien se sentía intimidado por este nuevo amigo.
—¿Lo fui? Lo siento, —dijo Niall arrepentido.
—No lo fuiste, —contestó riendo suavemente. —Vivo con mi mamá, y nos vinimos porque necesitaba un cambio después del accidente que tuve. Básicamente mi pie derecho no tiene sensibilidad, por eso necesito ayuda para caminar. —Terminó de hablar con un poco de pesar.
Esperaba como siempre, el mismo silencio incómodo que aparecía después de contar su historia, pero no pasó.
—Eso es bueno, buscar cambios, — opinó Niall, comiendo ahora unas papas fritas. —Yo soy irlandés, pero me vine porque me aburrí de mi abuela, quería casarme a los 18 años con la nieta de su mejor amiga.
—¡No le creas! —Gritó Zayn riendo a carcajadas. —Siempre inventa una nueva excusa para encubrir que no lo aceptaron en ninguna universidad de su país. —Casi se cae de la silla de tantas carcajadas que daba y eso los contagió a todos.
Terminaron de almorzar, y se volvieron a separar. Tenían clases hasta las cuatro ese primer día y quedaron de juntarse a la salida.
—Dime, ¿qué te pareció? ¿Es o no el chico más lindo de este mundo? —Preguntó Zayn.
—Lo es, —contestó sonrojándose violentamente.
—¿Te gustó? No lo puedo creer. —Estaba molesto y muy celoso. —Te pedí que no lo miraras y ahora parece que te gustó.
—Lo siento, te juro que no fue mi intención, pero es demasiado perfecto. Harry es perfecto... —murmuró en un hilo de voz. Lo que menos imaginó era tener esta discusión en su primer día.
—¿Harry? ¿Qué tiene qué ver Harry aquí?
—¿No es él quien te gusta? —Preguntó ahora Louis, perplejo.
—No, jamás podría ver a Harry como hombre, él es como mi hermano. Yo hablaba de Liam.
Y se miraron y entendieron, y se rieron otra vez a carcajadas.
—Solo puedo decirte, que no te vayas a enamorar de Harry, —habló recuperando el aliento. —Nos conocemos hace diez años y he visto a hombres y mujeres llorar por él, pero está enamorado desde hace años de un idiota que vive cerca de su casa, y aunque pase el tiempo, él jamás ha estado con alguien. Siempre espera a que el otro imbécil le dé una oportunidad.
Y eso dolió, quemó en el pecho de Louis, y se sentía tonto. Primero, por ilusionarse tan rápido con un desconocido. Segundo, porque ese desconocido era demasiado perfecto. Tercero, era imposible competir con alguien completo y cuarto, jamás tendría la bendición de ser mirado por esos bellos ojos verdes. Decidió en ese momento, que Harry era un lindo chico, pero no era para él. Así de simple, así de sencillo.
Comenzaron a pasar los días y las semanas. Llegaron las pruebas y exámenes, los proyectos, los trabajos, los días en que apenas alcanzaba a ver a su mamá, las noches sin dormir, las primeras ojeras y el mal humor porque el día era muy corto. Agradecía que tenía a Zayn, se habían vuelto confidentes y se apoyaban mucho, porque tenían las mismas ganas de ser buenos alumnos y mejores profesionales. Y a la hora de salida, siempre que podía, se iba con Harry, porque vivían a dos paradas de diferencia y eso, sin quererlo, los acercó bastante. Incluso, cuando Louis estaba muy cansado, o estaba cargando muchos libros y apuntes, Harry lo acompañaba hasta su casa. En una de esas ocasiones, conoció a Yani, pero, la verdad, no fue bien recibido.
Cuando se fue, Louis interrogó a su mamá.
—¿Qué fue eso mamá? —Preguntó sin entender.
—No quiero que sufras gatito. Ese tal Harry tiene toda la pinta de ser un donjuán, —contestó molesta.
—Mamá, somos amigos, nada más. Y ¿sabes qué? Feliz dejaría que me rompiera el corazón.
Y se fue a su habitación, y desahogó su frustración a través de amargas lágrimas en su almohada. Sintió la puerta abrirse, y juntando todo su dolor, habló:
—Él jamás me miraría con otros ojos que no sean de lástima. Y me duele, porque, aunque intenté no hacerlo, parece que me enamoré.
Y sintió los brazos de su mamá calmándolo.
—Lo siento hijo, creo que estoy asustada de verte con alguien. Porque, aunque digas que Harry te ve con lástima, mi corazón de madre me dice que no es así.
Pero eso a Louis no le importaba, sólo veía una y otra vez, la mirada triste de Harry cuando alguien murmuraba a su paso, o abiertamente le gritaban cojo al pasar por algún pasillo de la universidad. Y eso, en la mente de Louis, sólo tenía un nombre: lástima.
No tenía mucho tiempo para lamentarse, las vacaciones de Navidad estaban a la vuelta de la esquina, y cuatro exámenes lo esperaban. Estudió con disciplina y junto a Zayn lograron excelentes calificaciones.
No había visto a Harry, y sabía por qué. Las últimas semanas lo vio muy cerca de un chico precioso, de cabello rubio, con el que pasaba mucho tiempo, e incluso compartían algunos almuerzos. Después supo que era el famoso amor platónico, el imbécil que nunca le dio una oportunidad. ¿Y cómo lo supo? Porque para su mala suerte, los presentó el mismo Harry, una tarde, en la parada del autobús.
—Mira Louis, él es Fred, un amigo. Fred, él es Lou... Louis, —dijo sonriendo.
—Ah, tú eres el famoso Louis, —habló el atractivo imbécil. —El cojo, —continuó con una mirada de suficiencia altanera e inflando su trabajado pecho, mientras abrazaba a Harry.
—¿Qué dijiste? —Harry no lo podía creer.
—No te preocupes. —Fue el turno de Louis. —Sí, soy el cojo, el lento, el fallado, ¿algún problema?
Se fue, lo más rápido que pudo, aguantando sus lágrimas y el ardor en su garganta. Después de eso, había evitado ver a Harry. Prefería no entrometerse en la que creía, era su nueva relación. La verdad es que ni siquiera lo había visto por los pasillos de la universidad, y Zayn estaba muy callado al respecto.
No podía creer que Harry era otro imbécil, otro idiota superficial que lo miraba en menos. Tenía razón, lo veía con lástima.
Las vacaciones llegaron demasiado rápido, y aprovechó el primer día de dormir hasta que ya no pudo más. Después ordenó los apuntes y buscó la información de las nuevas clases, para darles una mirada y no llegar tan perdido. Se enviaba mensajes al chat grupal con los chicos y Harry lo sorprendió ese día al preguntarle si podía ir a verlo a su casa.
Al llegar, Louis lo esperaba en la puerta. No quería dejarlo pasar, quería evitar cualquier situación que dañara aún más a su adolorido corazón.
—Hola Lou... Louis, —dijo Harry, un poco incómodo. —Sé que te estás preguntando qué hago aquí, y la verdad, es que te traje un regalo de navidad. Espero que te guste. —Habló mientras le ofrecía un bonito paquete con un hermoso papel envolviéndolo.
—No era necesario, no quiero nada de ti, —contestó más frío de lo que él mismo esperaba. —Si no tienes nada más para decir, es mejor que te vayas.
Y cerró la puerta. Se dejó caer hasta el piso, pero ya no iba a lamentarse más, tenía que enfocarse en sus estudios. Iba a devolverse a su habitación, cuando volvieron a tocar la puerta. Abrió, pero la silueta de Harry ya se perdía en la esquina de la calle. El regalo estaba ahí, esperándolo.
Aún con dudas lo tomó, y ahí mismo lo abrió. Era una esfera de cristal, con dos chicos en una pista de nieve, muy bonita. Sonrió y la sacudió, y se quedó unos minutos perdido en los copos que caían desordenados sobre las figuras. Fue ahí que se dio cuenta, de que uno de ellos, tenía un par de muletas.
¿Qué significaba eso? ¿Por qué no le dio la oportunidad de hablar? ¿Por qué no se atrevió a preguntarle por el idiota ese que lo había humillado?
En menos de un minuto, decidió que era tiempo de hablar. Tomó sus muletas, y comenzó a caminar hacia algún lado, porque no tenía idea de dónde vivía Harry, pero llegaría a como diera lugar. Llevaba cerca de diez minutos caminando, cuando llegó a una plaza y lo vio, sentado, mirando a la nada. Se acercó, y se sentó a su lado, ante la mirada extrañada del chico.
—Perdón por no dejarte hablar, —comenzó Louis, —y gracias por el regalo, es muy bonito.
—Está bien, supongo que también estaría molesto si pensara que eres un idiota, —contestó Harry.
—Lo siento, pero no puedo imaginar que seas de otra forma.
—¿Sólo a eso viniste?
—Quiero escucharte, saber qué tenías para decirme. —Lo miró fijamente, y pudo ver los tonos azulados sobre todo en las mejillas tan primorosas. —Santo Dios, ¿Qué te pasó? —Preguntó preocupado.
—Me agarré a golpes con Fred, ese día que los presenté. No iba a permitir que te hablara así, —respondió muy tranquilo.
—No debiste, mira cómo te dejó. —Y cediendo a sus deseos, acarició suavemente uno de los pómulos, con la yema de sus dedos.
—No lo viste a él. —Sonrió. —Mostró su verdadera idiotez, y me alegra haberme dado cuenta... Zayn siempre tuvo razón, cuando me decía que merecía un amor de verdad, no migajas de un estúpido. —Cerró los ojos, y apoyó su espalda en el respaldo del asiento.
—¿Estabas enamorado?
—Pensé que sí, hasta que supe que no. Es raro, no sé explicarlo, sólo sé que ahora me siento mucho mejor, y que sólo lamento no haberme dado cuenta antes de cómo era. Desperdicié mi tiempo y el haber conocido a otras personas, pero ya fue. Siento que me saqué un peso de encima.
—Gracias por defenderme entonces, —dijo Louis, conmovido. —Pero no vuelvas a hacerlo, da lo mismo lo que me digan.
—Claro que no, no da lo mismo. Lo haré siempre que alguien se atreva a hablar mal de ti.
—Gracias por eso. —Sonrió. —Debo irme, se me hizo tarde.
—¿Te puedo acompañar? —Preguntó Harry, haciendo que Louis se sintiera mejor.
—Me encantaría...
Y la vuelta a casa nuca había sido tan hermosa. Caminaron muy lentamente, como si no quisieran llegar, tratando de demorarse, hablando y riendo, contándose cosas, preguntándose otras, ansiosos por conocerse un poquito más en esos minutos, como si no hubiera más tiempo. Cualquier mal entendido quedó borrado, y lo sentían y lo agradecían. Al llegar a casa de Louis, se encontraron con Yani, quien los miró y algo debió notar, que se relajó y suavizó la mirada.
—Hola chicos. Harry, ¿cómo estás? Quiero disculparme por mi reacción la otra vez, ¿quieres quedarte a cenar? —Preguntó.
—Me encantaría, pero no puedo. No avisé en mi casa, no traje mi teléfono y no me sé el número de mi mamá, —contestó muy desilusionado.
—Eso se arregla en un minuto, dame tu dirección.
Y así de fácil llamaron a un servicio de taxis, y fueron a pedir permiso a la casa de Harry. Su mamá estaba sorprendida, pero le pareció un gesto muy tierno de parte de Yani, y no dudó en dar el permiso, logrando que los dos chicos sonrieran muy felices.
La cena fue muy divertida, entre los tres se hicieron chistes y bromas, y la comida estaba deliciosa. Lamentablemente pasó demasiado rápido, y cuando se dieron cuenta, ya estaban llevando a Harry a su casa. Yani y Ann aprovecharon de tomar un café mientras sus hijos intentaban despedirse.
—¿Tienes planes para mañana? —Preguntó Harry, casi al pasar.
—Sólo estudiar un poco, ¿por qué? ¿Me vas a invitar a salir? —Contestó Louis, arrepintiéndose al ver las mejillas encarnadas de su amigo. —¿De verdad?
—Si no quieres está bien... Sólo quería que me acompañaras a caminar cerca del lago después de almuerzo, porque hay una vista hermosa, —dijo muy avergonzado.
—Me encantaría, —respondió finalmente, haciendo que los dos sonrieran.
Esa noche durmieron muy bien, y también muy nerviosos. Pero no pudieron juntarse, porque Louis despertó, extrañamente, con una fiebre muy alta y afortunadamente Yani decidió llevarlo de manera urgente al hospital. Tenía un mal presentimiento.
Le hicieron exámenes de rutina, pero no encontraban el origen del problema. Fue cuando llegaron Harry, Liam, Zayn y Niall a acompañar a la mamá de Louis.
—Aún no saben qué es lo que pasa, —les contaba Yani. —Mi gatito no me ha contado de ninguna caída ni nada que le haya pasado.
—El primer día de universidad, —dijo Zayn. —Así lo conocí, alguien lo empujó y cayó sobre su pierna.
—Por Dios, voy a avisar a las enfermeras, —habló la mujer, yendo rápidamente hacia un pasillo interior.
—Voy a ir a la cafetería, ¿les traigo algo? —ofreció Niall.
—Puedes traer un té para Yani, ¿por favor? —Pidió Harry, sumamente preocupado.
Los tres amigos lo miraron con un poco de pena, nunca lo habían visto así. Estaban acostumbrados a verlo feliz, sin preocuparse mucho de nada, pero desde que había conocido a Louis todo cambió en él. Sólo ellos sabían la lucha que estaba dando en la universidad, para que los baños y los accesos fueran más amables con quien los necesitara, no sólo para alguien con muletas. También para quien usaba silla de ruedas, o una mamá y su coche, o alguien de la tercera edad.
Esas mismas iniciativas, fueron las que lo unieron un poco a Fred, porque supuestamente, él también estaba interesado en ayudar. Pero había sido una trampa del rubio, que, por un capricho, no quería ceder espacio a alguien más en la vida de Harry. Cuando le presentaron a Louis, no puedo evitar escupir con desprecio lo pobre y desgraciado que era el “cojo” y estaba orgulloso de restregarle en su cara, que era alguien sano y completo. No esperaba la reacción de Harry, que apenas dejó de ver la silueta de Louis, y después de mucho esfuerzo por no perder el control, le había dado un golpe tan enérgico en la mandíbula, que le sacó un diente. Y tuvieron una pelea tan fuerte, que terminaron los dos en el hospital, sacando Fred la peor parte. Los padres de ambos estaban totalmente perdidos de lo que había pasado, pero apenas supieron, se pusieron del lado de Harry. No abalaban la violencia, pero Fred se había mostrado como un ser despreciable.
Harry cuidó de sus golpes, y evitó encontrarse con Louis, porque no se sentía preparado para verlo y enfrentarlo. Fue su mamá quien casi lo obligó a comprarle un regalo y lo impulsó para que se atreviera a buscarlo, porque se daba cuenta de lo especial que era ese chico nuevo para su hijo.
—No te preocupes, lo traeré, —contestó Niall.
Aunque no querían, Liam y Zayn tenían que irse porque tenían entregas pendientes en la universidad, por lo que se despidieron, prometiendo llamar para preguntar por Louis.
Casi dos horas pasaron en esa fría sala de hospital, cuando apareció el médico a cargo.
1Lamento mucho la situación, pero el golpe que sufrió su hijo fue bastante fuerte, —dijo mirando a Yani. —Al no tener sensibilidad, empeoró todo porque perdimos tiempo valioso, y se ha formado un coágulo cerca del dedo medio del pie. Según los estudios podría empeorar rápidamente. Mi sugerencia como médico, es amputar el pie lo antes posible.
—Hágalo, —respondió Yani, sin dudarlo. —Mi hijo sabía que este momento llegaría, y no hay opción.
—Así se hará entonces. Permiso.
Yani y Harry se abrazaron, por largos, muy largos minutos. Tenían miedo de la reacción de Louis al despertar y no tener su pie. Si lo pensaban, sería algo tremendamente chocante para cualquier persona no verse completa, incluso si se tratara de un solo dedo.
Unos minutos después, llegaba Ann al hospital. Llevaba una mochila y el computador de Harry, que tenía clases porque estaba tomando un curso extra programático del que sólo sabía su mamá. Aprovecharon ese tiempo las nuevas amigas, para acompañarse, consolarse, y comer ricos bocadillos que había preparado la mamá de Harry. Eso le hizo muy bien a Yani, porque desde que el papá de Louis los había abandonado, estaba muy sola, y encontrar a esta mujer maravillosa era una bendición.
Tres horas después, aparecía nuevamente el médico, para avisar que la operación había sido un éxito y que ya Louis estaba en la sala de recuperación, y pronto podría recibir visitas.
Yani tomó mucho aire, y entró a ver a su hijo.
—Hola gatito, ¿Cómo te sientes? —Preguntó, acariciando su pelo.
—Tengo sueño, pero me siento bien. ¿Qué pasó? —Dijo mirándola con dulzura.
—Zayn dijo que el primer día de universidad te caíste, y eso provocó que se formara un coágulo. Comenzaste con fiebre muy alta, y te traje hasta acá. Lamentablemente...
—No... —Interrumpió, con sus ojos cargados de lágrimas. —Dime que no lo autorizaste...
—Hijo, no había otra opción y ...
—Vete, sal de aquí. ¡Qué te vayas! —Gritó desesperado, mientras las sábanas se humedecían y una vez más, quería solo morir.
Lloró sin parar por minutos que solo alargaban su agonía, no quería ser un amputado, no quería vivir con ese estigma, no quería contar su historia cada vez que alguien le preguntara y debiera fingir que ya lo superó.
No quiere tener que pedir ayuda para bañarse, ni para ponerse las zapatillas. Tampoco puede imaginar la intimidad con una pareja, donde siempre haya que ser cuidadoso, donde se sienta tan inseguro que no pueda entregarse completamente. Y le duele, le duele mucho su vida incompleta, su no poder hacer nada por mejorar, no ser normal ni llegar a ser alguien que deje una huella en los demás.
Odiaba al mundo, a Dios, a su madre y sobre todo a él mismo. Odiaba respirar, estar en ese hospital, ver como todos seguían con su vida mientras él estaba agonizando en soledad. Miraba la ventana, mientras poco a poco el cielo se tiñe de naranjos y rojos, mientras el sol comienza a esconderse, para dar paso a las estrellas y la luna, que esta noche será llena, redonda, grande y completa. Completa.
Estaba tan perdido, tan triste observando las tímidas estrellas aparecer, que no se dio cuenta de que había alguien a su lado, hasta que una mano grande y cálida tomó la suya. Sentía como se ponía encarnado de la vergüenza.
—¿Qué haces aquí? —Preguntó molesto.
—Quería saludarte antes de irme, —contestó Harry, sonriéndole tan hermosamente, que Louis tuvo unos segundos de visión del paraíso.
—No quiero que vuelvas, ¿lo entiendes? No necesito de tu lástima ni de tu pena. —Habló molesto, aún muy avergonzado.
No podía decirle que estaba muriendo de miedo, que sólo necesitaba un abrazo, silencio, y caricias en el pelo. No podía confesarle que no se sentía capaz de volver a levantarse, que tenerlo ahí, a su lado, le quemaba en el pecho, porque Harry era la perfección y parecía una burla del destino ponerlo en su camino.
No podía abrir su corazón y decirle que lo amaba, que por primera vez sabía cómo se sentía amar... Y lo supo cuando le torturaba la agonía en cada una de sus células, al verlo tan inalcanzable, tan lejos de su toque, tan distante de su mirada que clamaba porque lo viera, una vez. Sólo una.
—Debería respetar tu decisión, —dijo Harry. —Pero no lo voy a hacer, porque me importas, porque no mereces y no debes pasar por esto solo. Déjame intentarlo.
Y Louis lo miró sin entender. ¿Intentar qué? ¿Consolarlo?
Muy despacio, sus manos se fueron aferrando con más fuerza, y sus corazones a latir con un poco más de rapidez. Deseaban y anhelaban poder llegar hasta ese lugar, recorrer con sus bocas los labios del otro, descubrirse nerviosos y con ganas de arriesgarse, de tirarse al vacío. Tímidamente, comenzaron a acercarse. Louis mordía su labio, Harry no podía respirar. Pero una enfermera entró avisando que ya se había acabado la hora de visita.
—Por favor, dile a mi mamá que lo siento, —dijo Louis, más tranquilo y totalmente sonrojado.
—Lo haré, pero no te preocupes. Ella te entiende, —contestó sonriendo y acariciando sus mejillas todavía húmedas.
En esa primera noche en solitario, Louis pudo pensar en muchas cosas. Una vez más revivió el día del accidente, pero no fue como las otras veces. En medio de la oscuridad y del silencio, dolió un poco menos.
Su mente lo llevó a la universidad, y a estos meses que han pasado demasiado rápido, y que le han mostrado una cara desconocida de su carrera. Sus expectativas quedaron pequeñas, había elegido bien y ahora sabía que podría ser un excelente profesor, y que se dedicaría a los más pequeños. Inevitable fue no incluir a ese precioso ser que se le aparecía sonriendo cada vez que cerraba los ojos y que le provocaba una dulce sensación en su corazón.
Estaba enamorado, completamente, y a ratos pensaba que era correspondido. Sin embargo, sus miedos eran más fuertes que su amor. No podía pensar en un futuro con Harry, porque él no tenía nada que ofrecer, más que complejos e inseguridades. Ahora su pie se vería grotesco, feo, desagradable. Porque ya no era un pie, era apenas un muñón, con una horrible cicatriz, deforme, que, por si fuera poco, necesitaría cuidados especiales para siempre.
Había dilatado por mucho tiempo la investigación sobre las prótesis que existen. Dudaba de que usar una, mejorara en algo su calidad de vida. Después de todo, se estaba acostumbrado a sus dos muletas, y cuando menos lo pensaba, tendría que acostumbrarse a usar una prótesis.
Si él no podía pensar en su vida así, ¿Cómo podría alguien sano y completo, verlo como un hombre? Recién se daba cuenta, de que el rechazo era el terror que lo mantenía en agonía. Era tiempo de entender, que el abandono de su papá, había calado profundamente en su ser y que tenía temor de un nuevo abandono.
También fue un momento, en el que se dio cuenta lo fuerte que era su mamá, y lo mucho que lo amaba. Nunca permitió que se sintiera solo, hizo malabares para poder darle una vida tranquila, siempre ha estado a su lado y es amorosa y realmente perfecta. Lo hará por ella, va a hacerla sentir orgullosa, aunque le cueste cada día, saldrá adelante y hará lo que tenga que hacer.
Una semana pasó, y la vuelta a clases era dentro de dos días. Le dieron el alta, y le enseñaron a cuidar su muñón. Tendría que usar una silla de ruedas por mientras le fabricaban la prótesis, y mientras se acostumbraba a usarla. Sólo esperaba no tener que subir al segundo piso para algunas de sus clases, no quería molestar a alguno de sus amigos, y menos, a algún desconocido.
Ese primer día, de vuelta de las siempre cortas vacaciones, estaba muy preocupado. ¿Cómo se supone que iba a llegar a la universidad? ¿En bus? Moría de la vergüenza. Ni siquiera sabía manejar bien la silla y ya le dolían las manos. En el hospital se la arrendaron, y obviamente era una silla básica, no eléctrica ni algo parecido.
Suspiró sentado en su cama, mientras empezaba a vestirse con dificultad. Puso un calcetín sobre el muñón que estaba vendado, después de haberlo limpiado y secado muy bien. Los puntos aún podían verse, y debían desaparecer solos, porque el mismo cuerpo los absorbía. Le molestaba ligeramente, pero no le dio importancia. Antes de salir debía tomar su medicina y seguramente después de eso se sentiría mejor.
Suspiró con fuerza, mientras miraba la silla de ruedas. Tomó un impulso y haciendo fuerza con sus brazos y su pierna sana, logró acomodarse. Luego puso una manta, que le tapaba hasta los pies, impidiendo que se viera su única zapatilla y el espacio vacío al final de su otra pierna.
Se sintió satisfecho, hasta que encontró el primer obstáculo. La silla no pasaba por el espacio de la puerta de su habitación. No lo habían notado, porque cuando la llevaron, lo hicieron con la silla doblada. Tuvo que llegar hasta sus muletas y dejarlas apoyadas en la cama, mientras plegaba la silla. Intentó con una sola muleta bajo un brazo, y la silla en la otra mano, sacarla de la habitación. Se pegó en el hombro, casi se cae, pero lo logró.
Pequeñas gotas de sudor aparecieron en su frente, y su respiración se agitó levemente. Pero estaba feliz. Le había pedido a su mamá que hiciera lo menos posible por él, porque necesitaba empezar a ser cada vez más funcional. Y Yani no podía estar más orgullosa. Desayunaron juntos, y cuando ya estaban a punto de salir al paradero, llamaron a la puerta.
—Buenos días, vengo por Lou... por Louis, —dijo un ansioso Harry.
—¿Qué haces aquí? —Preguntó Louis, sin poder ocultar su vergüenza y a la vez, su emoción por verlo.
—Eehhh, bueno, yo, le... —Tomó una gran bocanada de aire. —Lo siento, le pedí a Niall que nos llevara mientras te acostumbras a esta nueva etapa. —Habló muy rápido, pero se hizo entender.
Y Yani supo que ese chico, amaba al suyo. Cuando estuvieron en el hospital, y conoció a estos nuevos amigos de su hijo, se enteró que Niall vivía a quince minutos de la universidad, pero hacia el lado opuesto que ellos. Eso significaba que lo hizo manejar 30 minutos hacia su casa y después 15 minutos más hasta la universidad. Estaba muerta de ganas de saber cómo lo consiguió.
—Gracias. —Louis estaba perplejo, no sabía cómo reaccionar.
Estaba seguro de que esto iba a ser muy incómodo. ¿Y si mejor se hacía el enfermo?
—Bien, los acompaño. —Casi grita de la emoción Yani, no dándole tiempo a su hijo de arrepentirse.
Salieron, hasta llegar al auto de color gris, donde estaba Niall comiendo algo de una gran bolsa de papel.
Harry, como un experto, llevó la silla, abrió la puerta de atrás, y sin pensarlo mucho (porque si lo hacía se notarían sus nervios) quitó la manta de las piernas de Louis, la dejó a un lado, y pasó unos de sus brazos, por debajo de las rodillas. El otro, rodeando su espalda y lo alzó. Fueron breves segundos, en que se miraron, y en que todo alrededor desapareció, haciendo que sonrieran tiernamente. Lo sentó con cuidado, y luego puso de vuelta la manta sobre sus piernas. Cerró la puerta, y dobló la silla para guardarla en el maletero. Antes de subir al auto, fue abrazado por Yani, quien, con lágrimas en sus bellos ojos, le agradeció en silencio.
—Yo lo cuido, —le dijo, cerrándole un ojo.
Una vez arriba, el auto arrancó. Fue un viaje para nada silencioso, porque Niall hablaba por los tres, incluso con la boca llena de migas de galletas. Fue así que Louis supo lo que su mamá necesitaba conocer.
—Harry me dijo que, si venía por ti, me daría galletas todos los días. No sé cuándo aprendió, pero están increíbles. Podría ofrecerles, pero no quiero, porque sólo me quedan 10.
Harry estaba rojo con un hermoso tomate maduro, y Louis pensó que era increíblemente dulce. Si seguía así, pronto se empezaría a escapar tanto amor de su cuerpo, y no podría recogerlo, porque pensaba que ya no podía soportar tanto dentro de sí mismo.
Llegaron muy rápido, y Harry hizo lo propio ayudando a Louis. No se sentía incómodo, al contrario, era natural, sencillo, sincero.
Ese primer día pasó sin contratiempos. Si no estaba Harry cerca, estaba Zayn o Liam para ayudarlo, por lo que sus preocupaciones se habían esfumado. Su prótesis estaría lista en un par de semanas, y sería temporal, ya que se debía esperar hasta cerca de un año después de la cirugía, para poder usar una definitiva. Esto, porque al momento de tomar el molde, el muñón estaba inflamado, y aún había riesgo de que tuviera que volver a operarse, si es que se complicaba la cicatriz.
Sin embargo, el segundo día no fue tan bueno. A la hora del almuerzo, Harry estaba en la oficina del director, Zayn en la biblioteca, Liam estaba enfermo, Niall no tenía clases hasta la tarde, y Louis estaba con un malestar horrible, Sentía su muñón acalorado, le picaba, y por sí solo no podía revisarse. Pensó en ir a la enfermería, pero la estaban reparando porque había una fuga de agua y estaría funcionando en un par de horas.
Estaba a punto de llamar a su mamá, pero ese día tenía una entrevista de trabajo. Parecía que el mundo lo quería ver solo y desvalido en ese momento. Todo empeoró cuando escuchó una voz desagradable a sus espaldas.
—¿No te cansas de dar lástima? —Era Fred, de pie, con los brazos cruzados, mirándolo hacia abajo con desprecio.
—Déjame en paz, —pidió Louis.
Acto seguido, intentó dirigirse hacia algún lugar tranquilo, pero el idiota que lo molestaba, tomó la silla y lo evitó.
—Por favor Fred, esto es innecesario, —dijo Louis, con mucho miedo.
—Eres un maldito bueno para nada que cree que porque es un lisiado puede hacer lo que quiere. —Escupió con furia. —Aléjate de Harry y de este lugar, aquí no sirves, eres un inútil deforme, —amenazó mientras empujaba la silla con todas sus fuerzas para que chocara contra la pared.
La sonrisa en su rostro se desvaneció cuando se dio cuenta de que era observado, no solo por algunos estudiantes, si no que, por el mismo director y su propio padre, que había pedido una cita para disculparse por el comportamiento de su hijo. Vio pasar los rizos de Harry enfrente de sus ojos, justo a tiempo para evitar que Louis se golpeara.
El director se llevó a Fred y a su padre a la oficina, mientras Harry llevaba a Louis a una de las salas vacías y cerraba la puerta con seguro.
—¿Te lastimaste? —Preguntó asustado.
Y no tuvo respuesta. Sólo la negación, moviendo la cabeza de Louis.
—No te preocupes si no puedes hablar. Toma, —dijo alcanzándole una botella de agua.
Se bebió la mitad del agua, y por fin pudo sentirse más calmado. Sin embargo, la molestia en su muñón era más fuerte.
—Gracias, pensé que iba a quedar estampado en ese muro. Necesito ir a mi casa, pero no sé cómo hacerlo. Mi mamá está ocupada, Niall llega más tarde y no quiero molestarte, —habló tímidamente.
—Ya terminé por hoy, te puedo acompañar. Voy a pedir un auto de aplicación, no te preocupes, —dijo sonriendo.
Veinte minutos después, ya estaban en la habitación de Louis, quien suspiró de alivio de poder acostarse en su cama. Tantas horas sentado en la silla lo estaban matando. Debería intentar caminar con sus muletas, pero no ha tenido tiempo y se siente muy cansado con tantas obligaciones.
—¿En qué más te puedo colaborar? —Preguntó Harry, sentándose a la orilla de la cama.
—Yo... Necesito que... pero, no. Mejor no, no te preocupes.
—Lou... Louis, dime, lo que sea, puedes confiar en mí.
—Lo sé, pero no es fácil.
—Inténtalo.
—Me duele el muñón, creo que necesito un masaje o algo así dijo el médico.
—¿Puedo?
—¿Estás seguro? ¿No te da... cosa?
—Para nada. Si no quisiera no me ofrecería, no tendría sentido.
Y con mucho cuidado, sacó el calcetín y luego las vendas. Pudo ver el muñón bastante rojo, y sentía la tensión en Louis, que tenía los ojos cerrados, y mordía su mejilla obsesivamente.
Harry sabía que la paciencia era lo primordial en esto. Y él tenía de sobra cuando se trataba de este chico hermoso, especial y tan valiente, por el que su corazón latía desbocado cada vez que lo tenía cerca.
Sacó de su mochila algunas cosas, como una sabanilla, guantes, un rociador, jabón, papel absorbente, una toalla y vendas nuevas.
Colocó el muñón sobre la sabanilla, que era impermeable, y roció agua limpia y un poco de jabón. Limpió con sumo cuidado, poniendo atención a los detalles. Luego enjuagó, y secó con pequeños toques del papel. Quitó todo lo que había usado, y puso ahora la toalla, muy suave, sobre la que empezó a vendar.
Louis suspiró de alivio, se sentía mucho más descansado.
—¿Por qué tienes todo eso en tu mochila? Y quiero la verdad, —exigió.
—Mmm, yo tomé un curso de primeros auxilios hace tiempo, porque mi primo más querido sufrió la amputación de su pierna debido a la diabetes, y yo lo cuidaba algunos días, —contestó bajando la mirada. —Pensé que tal vez necesitarías ayuda.
—Lo siento. Fue muy dulce de tu parte aprender a cuidar este tipo de lesiones y lo haces increíble. Me aliviaste por completo.
Y Harry lo miró, con esa intensidad que no te deja dudas, que te devuelve la fe, que recupera tus pasos, que ilumina tu obscuridad, que te da calor y que te reinicia la vida.
—Tengo que irme, ¿sabes si Yani llegará pronto? ¿Necesitas algo más?
—No estoy seguro, pero voy a estar bien. Creo que voy a intentar dormir un poco.
—Bien, nos vemos mañana. Descansa.
Caminó hacia la puerta, pero la hermosa voz de Louis lo detuvo.
—¿Podrías darme un abrazo? No sé cómo agradecerte todo lo que haces por mi, —dijo emocionado, intentando no mostrarse vulnerable.
—Claro.
Y Harry se sentó en la cama, y sin dudar, se abrazó a la cintura de Louis, quien envolvió sus brazos en su cuello. Sus mejillas juntas, cálidas, suaves. Sus manos acariciando arriba y abajo todo lo que podían, logrando sentir el cuerpo del otro, llevándolos al cielo de esa manera tan pura, sincera e ingenua.
Harry no podía imaginar cómo sería experimentar llegar más allá. Debido a todo el tiempo que perdió esperando al idiota de Fred, ni siquiera había dado su primer beso y eso lo avergonzaba horriblemente. Pensar en caricias o en sexo, le revolucionaba todo su ser, como nunca antes. Ese chico en esa cama, le estaba mostrando sin querer, todo lo que no sabía que necesita en su vida.
Y Louis, extrañaba una figura, un amante, lo tenía más que claro. Pero Harry era mucho más que eso, era quien le estaba enseñando, que la intimidad podía ser más profunda solo con un gesto, con una conversación, con una mirada.
Se separaron abruptamente, cuando la ruidosa voz de Yani apareció en la entrada de la casa, haciendo que Harry casi saliera despavorido, como si alguna travesura o algo muy malo estuviera haciendo.
Louis se quedó esperando que su mamá fuera a la habitación, pero al parecer estaba conversando con su amigo especial. Y sí, Harry le contó lo que había pasado en la universidad y que ya estaba bien.
—Llamé al director y mañana voy a ir a una reunión con él y el padre de Fred, —dijo sentándose, y ofreciéndole un plato de frutas picadas. —¿Cómo te sientes?
—Estoy bien mamá. Tuve mucho miedo, pero Harry estaba ahí y evitó que me lastimara con la pared. Después pidió un taxi y me trajo, limpió mi muñón y lo vendó. Estaba rojo y me picaba mucho, —contó con la boca llena de uvas.
—¿Y cómo sabe cuidar un muñón? —Preguntó muy curiosa.
—Su primo con diabetes fue amputado y él lo cuidaba a veces, —explicó muy seguro.
—Ya veo. Bueno, te dejo descansar. Voy a ordenar un poco y me voy a acostar temprano. Buenas noches gatito.
—Buenas noches mamá.
Al día siguiente, temprano sonó el timbre y el característico sonido de la bocina del auto de Niall. Louis abrió, pero no estaba Harry ahí, era Liam.
—¿Y Harry? —Preguntó casi haciendo un puchero.
—Buenos días Louis, también me alegro de verte, —contestó riendo.
—Perdón, fui mal educado, —dijo sonrojándose.
—Era broma. Harry tenía que entregar un informe muy importante, y tuvo que llegar antes a la universidad, pero soy su emisario, y más me vale que te lleve feliz y en buenas condiciones si no quiero morir esta misma noche, —terminó de decir con solemnidad y haciendo que Yani se riera a carcajadas.
—Ese Harry es realmente impresionante, —dijo guiñándole un ojo a su hijo.
—¡Lo es! —Gritó Niall, que otra vez estaba comiendo galletas.
Los fríos días avanzaban sin que pudieran detenerlos y hacían doler el muñón de Louis, pese a que estaba usando dos pares de calcetines gruesos. A ratos le costaba concentrarse en clases, porque sentía su cicatriz helada y tirante. Había empezado con pequeñas pruebas de su prótesis, pero tenía demasiado que estudiar y estaba, otra vez, dilatando la situación.
A la hora de almuerzo, de un jueves cualquiera, se juntaron los cinco a comer algo. Estaban hechos unos verdaderos zombies, durmiendo poco y malhumorados.
—Ya no doy más, —empezó Liam. —No quiero volver a ver otro número y eso que aún no llegamos a los exámenes.
—Yo ya no puedo leer ni una sola línea. Llevo casi un libro diario y creo que estoy a punto de olvidar cómo se lee, —siguió Harry.
—Y yo, ya no tengo voz, —susurró Niall. —Llevamos practicando tres semanas un guion espantoso lleno de gritos y peleas.
—Nosotros tenemos mínimo tres trabajos diarios que presentar antes de los exámenes. No quiero más guerra, —dijo Zayn, apoyando su cabeza en el hombro de Liam, que quedó sin respiración.
—El frío me mata de dolor. Me cuesta entender todo, sólo quiero una estufa. —Se quejó tan tiernamente Louis, que Harry estuvo a punto de desmayarse.
Se acercó más de lo humanamente posible, y le preguntó al oído si necesitaba un masaje. Al tener la respuesta afirmativa, pidieron permiso a sus amigos y buscaron una sala vacía.
Harry se sentó en el suelo y sacó de su mochila una crema de canela. Había leído que daba calor y servía para regenerar, por lo que levantó la manta y le sacó los calcetines a Louis. Miró el muñón, revisó la cicatriz, y sí, esa piel estaba demasiado fría.
Con cuidado colocó un poco de crema en sus manos y luego las frotó, hasta sentirlas calientes. Comenzó a acariciar el muñón con tanta delicadeza, que Louis pensó que eso se sentía mejor que cualquier cita que haya tenido en su vida. El tiempo que le dedicó Harry, la suavidad en sus caricias, la concentración y la preocupación por hacerlo sentir bien, lo tenía sin palabras. Eran estos momentos los que más amaba y también los que más le dolían.
Ya no sabía si podría aguantar más, no quería perder su amistad con Harry y los demás chicos. Muchas veces pensaba que podría tener una oportunidad, y luego sus fantasmas volvían a aparecer, dejándolo triste y desolado.
Suspiró sin darse cuenta, hasta que la voz de Harry lo trajo de vuelta al planeta tierra.
—¿Estás bien? ¿Fui muy brusco? —Preguntó muy preocupado.
—No, —sonrío. —Al contrario, tus manos tienen magia, me aliviaste una vez más.
—¿Te puedo pedir algo? Si necesitas un masaje, a cualquier hora, por favor avísame. No es bueno que esté tan fría la cicatriz, y tienes que cuidarte mucho, ¿me lo prometes?
Y no tuvo respuesta. Louis lo miraba embelesado, pero es que hablaba tan bonito y cada palabra que salía de su boca parecía una promesa y sus ojos brillaban más que cualquier estrella en el firmamento.
Harry no estaba mejor. Quedó perdido en esos azules tan cálidos y cambiantes, en la suavidad que emanaba su rostro, de la perfección de sus pómulos y su tan, tan preciosa nariz que quiere morder desde que lo conoció.
Y una vez más, fueron interrumpidos por el ruido de golpes en la puerta y la voz que apenas se oía de Niall.
Harry se levantó rápidamente, colocó los calcetines y acomodó la manta sobre las piernas de Louis, y abrió.
—Ustedes no pueden estar haciendo cochinadas aquí, —dijo acusador, logrando que los dos involucrados de sonrojaran y dándole pie a su amigo de seguir. —¿De verdad estaban haciendo cosas... sucias? —Preguntó ahora, nervioso.
—No Niall, solo le estaba dando un masaje a Louis, —contestó Harry intentando parecer tranquilo.
—Un masaje erótico en la sala de física, eso es nuevo. —Habló perplejo, haciéndolos reír. —Voy a decirle a Zayn que invite aquí a Liam.
—Deja de hablar, tienes que reposar las cuerdas vocales. Vamos, llevemos a Louis a su sala que ya van a tocar el timbre, —dijo un feliz Harry de salir de esa situación tan embarazosa.
Dos días pasaron sin grandes cambios, y la hora de almuerzo se volvía el momento íntimo entre Harry y Louis encerrados en ese salón, y la verdad, es que los masajes de Harry habían ayudado muchísimo a la rápida recuperación del muñón.
El día sábado, por fin, Louis tendría la primera prueba oficial con su prótesis. Su mamá quería acompañarlo, pero decidió que era mejor cederle su lugar a Harry, mientras ella y Ann les preparaban un delicioso almuerzo.
—¿Estás nervioso? —Preguntó Harry, intentando sonreír.
Él estaba más nervioso de lo que podía explicar.
—No, al contrario. Sólo espero acostumbrarme, —contestó Louis.
—Ya verás que sí, vas a estar bien, —dijo ahora, tomando la mano de Louis y acariciándola suavemente.
Los dos miraban sus manos juntas, y un calor intenso los abrazó. Se sentía maravilloso. Pudieron darse cuenta de que el otro estaba igual de sorprendido con ese gesto y con esa respuesta de sus cuerpos. Si todo seguía así, las cosas podrían descontrolarse en cualquier momento.
Harry se atrevió a ir un poco más lejos, y movió sus dedos por la mano de Louis, y los hizo caminar por su muñeca, su antebrazo, su codo, hasta llegar hasta su hombro y seguir trepando por su cuello, hasta terminar muy cerca de su boca.
Y fue ahí que se miraron, ruborizados, anhelantes, deseando un poco más de contacto.
—Louis, puedes pasar, —dijo la secretaria, interrumpiéndolos.
Harry se levantó como si tuviera un resorte y llevó la silla hasta el interior de la sala de rehabilitación, y tomó asiento cerca de la entrada, mientras la terapeuta de nombre Mila, colocaba la prótesis en el muñón.
Luego de eso, Louis se levantó con ayuda de las muletas, y dando saltitos con un pie llegó hasta donde estaban las guías para caminar. Una hora estuvo practicando cómo poner el pie, cómo mantener el equilibrio, cómo volver a proporcionar el peso en ambas piernas. Quedó agotado, y completamente sudado de tanto esfuerzo.
Harry, que como siempre iba preparado, sufrió lo indecible cuando vio el torso desnudo frente a él, para cambiarse la polera que le había llevado. No pudo evitar morderse el labio, y desear dejar sus uñas marcadas en esa piel dorada.
—Te gusta lo que ves? —Preguntó Louis sin poderlo evitar.
Se arrepintió cuando se dio cuenta de que estaba actuando igual que cuando era un chico normal y popular e intentaba coquetear. La cara de Harry le dijo que se había equivocado, y estaba a punto de disculparse, cuando:
—Me gusta mucho.
Le sostuvo la mirada, intensa, con deseo, hasta que Louis tuvo que cerrar los ojos, porque era demasiado para él. ¿Esto de verdad estaba pasando?
—Cuando salgan dejen cerrado y entréguenle las llaves a la secretaria. Tengo una urgencia, —avisó Mila saliendo rápidamente.
En la soledad de esa habitación, completamente nerviosos, se quedaron por un minuto completo sin saber qué hacer.
—Voy a sacarme la prótesis, —dijo Louis, intentando sonar muy normal.
—Te ayudo y la llevo a su lugar, ¿puedes llegar solo a la silla de ruedas?
—Sí, tranquilo.
Harry estaba acomodando la prótesis en la caja correspondiente a Louis, para que la usara al día siguiente, cuando de reojo y con espanto, pudo ver como Louis, al intentar sentarse en la silla, caía al piso. Había olvidado ponerle el seguro para que no se moviera, y la silla cayó encima de su cara.
En un segundo se encontraba de rodillas al lado de Louis, después de dejar la silla bien puesta cerca de una pared.
—Por Dios Lou, ¿te golpeaste muy fuerte?
Pero Louis estaba haciendo un gran esfuerzo por no llorar, el golpe fue realmente fuerte, sacando incluso, un poco de sangre de su b.
Harry fue por agua, e intentó consolarlo mientras presionaba delicadamente una gasa en el golpe. Louis no se perdía ni un solo movimiento y eso lo ayudó a sentirse mejor.
—¿Te duele aún? ¿Necesitas un analgésico?
—Creo que sí, pero no traje mis medicinas.
—Puedo intentar de otra manera? —Preguntó casual.
—Claro, lo que quieras. —Sonrió.
Pero no imaginaba que el método que quería probar Harry era tan especial.
Louis sentado en el piso, y Harry acomodándose sobre sus piernas, dejándole la boca seca de repente. Poco a poco fue dejando pequeños besos, en la línea de su mandíbula, en sus mejillas, en su nariz, mientras sus manos estaban quietas. Hasta que después de mirarlo con un poco de temor, se acercó peligrosamente a su boca. Sus alientos chocando y mezclándose, sus ojos cerrados, sus pechos palpitando de emoción. Las manos de Harry en los hombros de Louis y las manos de Louis en la cintura de Harry.
Y de pronto, por fin, la calidez, la suavidad, la humedad del otro en sus labios, el sabor dulce del primer beso atontándolos, llevándolos a ese cielo que tantas veces estuvieron a punto de tocar, haciéndolos volar, dejándolos con ganas de seguir descubriendo qué traerán las próximas horas a sus vidas.
Un momento en el que Harry descubrió cómo se sentía el verdadero amor y lo distinto que era a todo lo que alguna vez imaginó. Que la belleza era un adorno, que lo importante eran esas pequeñas historias que ibas juntando con el otro y que formaban un mar de aventuras que, cuando mirabas hacia atrás, te hacían sonreír.
Un momento en el que Louis descubrió que aún podía ser feliz, y mucho, perdido en la certeza de que su camino ya no sería solitario, porque había encontrado a su compañero, a ese ser perfecto que le enseñó como nadie, que la luna menguante es hermosa, aunque no esté completa. Siempre será luna, y en eso consiste su encanto y nadie, jamás, le quitará su luz.
