Represalias por el pesar

All Rights Reserved ©

Summary

No hay peor dolor para una madre que perder a su hijo. Y la Reina Morie se enfrenta al duelo de su recién nacido. Se siente sola e incomprendida, lejos de su hogar, gobernando junto con el Rey Nathiel en una realidad distinta a la que Morie estaba acostumbrada. Incapaz de adaptarse a su nueva vida, enfrenta problemas con la madre de Nathiel, la Reina Moffett. Los conflictos internos y los conflictos con la Corona llevan a Morie a descubrir una verdad escalofriante que la llevan a huir del Castillo y ejercer represalias en contra de los que tanto daño han hecho, sin importar que rueden cabezas.

Genre
Fantasy/Mystery
Author
Lin
Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1: PRÍNCIPE SIN NOMBRE

Siempre pensé que el dolor de perder un hijo era una situación que yo, como futura progenitora, debía pasar. No era algo extraño de ver, la mortalidad infantil era similar a una historia de terror para las mujeres que deseaban tener hijos: el temer a morir trayendo una vida al mundo, o sentirte una criminal al recibir la noticia de la criatura fallecida. Lo sé desde que vi a mi propia madre cargando con la angustia de haber perdido a su segundo hijo, llorando de manera desconsolada donde sus alaridos se podían oír a la perfección desde el otro lado del castillo. El segundo bebé después de mí. A la corta edad de siete años vi cómo apartaban a mi difunto hermano de mi sufrida mamá luego de largas horas de sufrimiento por el parto, todo para acabar por dejar un pesado trauma. Fue un trabajo que no resultó y que se llevó la vida de un pobre inocente, marcando así el miedo a que algún día a mí me pase lo mismo.

No me creía capaz de soportar tal pérdida. Era un temor picando en mi subconsciente con finas agujas que dolían desde el día donde fui bendecida por la fertilidad de mi esposo de treinta años, el actual Rey Nathiel. Rezaba a los dioses todas las noches, angustiada por la posible pérdida que aún no había ocurrido. Y tras nueve meses llevando fruto de nuestro amor dentro de mi vientre, di a luz a un hermoso niño que me hizo amar más la vida, a mis veintiún años de edad. Una edad que se considera bastante tardía para ser madre, sobre todo en Crezia. Todo en mi vida se dio en edades más avanzadas a lo e costumbre: casada a los dieciocho, coronada Reina a los diecinueve y madre a los veintiuno.

Lo único que podía hacer era sonreír. Sonreír y llorar de la alegría al tener a mi primogénito en brazos. Lo besé en su frente, sin importar ciertos fluidos que estaban impregnados en su piel. Estaba agradecida con los dioses por haber respondido a mis plegarias hechas durante mucho tiempo, enviándome un varón sano a quien amar y proteger hasta que tenga la edad suficiente para ser el sucesor de su padre. Con mis miedos ya superados, me sentía la mujer más feliz en todo el reino. Invencible, capaz de comerme el mundo si así lo quisiera. Miraba a mi hijo como la única luz en la oscuridad y sin alejarlo por un solo segundo de mí. Sentía como si me hubiera enamorado por primera vez en mi vida. Esa hermosa criatura había salido de mí, existe gracias a mí y la persona en la que se convierta depende de mí.

—Reina Morie, el Padre está aquí.

Desde el reflejo del espejo donde sólo conseguía observar desdicha en mi rostro y vestimenta tan lúgubre, oscura, veo al sirviente Gilbert entrar a la habitación matrimonial. Un hombre que ya ha superado su etapa de la juventud, su joroba como consecuencia de sus años mostrando sumisión y servidumbre. Volteo a verlo directo a sus oscuros ojos carentes de brillo, ya sabiendo que debo bajar hacia el salón principal.

Puedo ver en él el arrepentimiento que carga por haber irrumpido en mi privacidad. Llevo cierto tiempo aquí, sin ver a nadie más que Gilbert en lo que va del día.

—Bajaré enseguida—digo en voz baja, forzando una sonrisa.

Gilbert no dice nada. Sólo hace una reverencia antes de marcharse de la habitación y dejarme sola.

El gran pórtico se cierra, justo en el momento donde una lágrima resbala por mis mejillas. Sintiéndome incapaz de superar el dolor tan reciente por una inesperada pérdida que azotó su llegada como el más fuerte grito de guerra. La viva imagen de lo imprevisto y horroroso reproduciéndose dentro de mi cabeza. Me genera más desolación, más vacío.

Me encontraba aliviada al saber que los riesgos ya habían sido superados, con mi preciado bebé amamantando de mi pecho. Seguro, con su tranquila respiración y algún que otro llanto cada tanto, señales de vida que sólo me llenaban aún más de orgullo. Lo miraba, ya asumiendo que el día de su muerte llegará después del mío. Estaba preparada para partir, a pesar de conservar muchos años por delante, no me importaba si contraía una fiebre que acabara por arrebatarme los latidos del corazón. Mi propósito estaba hecho, había traído un niño al mundo. Todo lo que necesitaba estaba a mi lado.

Al volverme madre entendí que una comienza a prepararse para su muerte una vez su hijo estuviera listo para salir del nido, sin la necesidad de que él dependa de ti, un hombre hecho y derecho, fuerte, o una mujer poderosa ante quienes intenten desafiarla. Estaba tranquila por haber superado lo que yo consideré la peor etapa de mi maternidad, sin tener en cuenta que Mor, la Señora de los Muertos, nos estaba esperando aún, paciente al momento de su llegada. Pues me esperaba llorar tras el duelo luego del parto, pero no un mes después de su nacimiento. En donde lo encontraría yaciendo en su cuna en la mañana de ayer, su cuna manchada con la misma sangre que brotaba de su pequeño cuerpo y una almohada sobre su cabeza para ahogar el ruido. Una soleada mañana de un día precioso que acabó por tornarse en tragedia y lágrimas. Donde sentí fallar en mi deber, en proteger de mi hijo.

Ahora tengo su cajón de madera en frente, el cual se encuentra cerrado y adornados con flores coloridas. Tulipanes, amapolas, rosas. Una imagen inesperada de llegar a presenciar luego de verme aliviada al superar lo que en verdad me daba miedo. El Gran Testigo habla, yo sólo mantengo la mirada baja mientras mi esposo sostiene mi mano. Acaricia mi piel pálida con su pulgar y lo oigo murmurar algunas palabras. Ora por nuestro niño, con tal de estar en un lugar mejor entre las manos de nuestros dioses. De Mor, en el caso de Crezia. En busca de resguardarlo y evitar que el Príncipe caiga en el olvido.

Jamás hubiera imaginado despedir a mi bebé de esta manera, donde su asesinato nos había tomado con la guardia baja y sin dejar rastros sobre el posible culpable. Por mucho que los guardias y la Justicia jueguen su papel aquí, para encontrar al criminal y hacerle pagar con el más cruel de todas las condenas, nada traería al pequeño Príncipe de regreso. Eso me tiene devastada, sin sanar el calvario por el que estoy pasando y apuesto mi puesto como Reina a que será un sentimiento acompañándome hasta mi último día de respiro.

—Nosotros decimos adiós, pero allá arriba reciben al Príncipe de brazos abiertos. Que nuestra señora Mor guarde y proteja a esta pobre alma, y sus vasallos lo guíen hacia el eterno recuerdo—concluye el Padre luego de citar algunos de los versículos del Libro de Después de la Muerte y rezar por el bienestar de mi bebé—. Que así sea.

—Que así sea—repetimos todos los presentes. La familia Real, desde mis padres hasta los padres de mi esposo, caballeros, nobles y algunas doncellas. Hasta los reyes de reinos vecinos han asistido, o con quienes mantenemos relaciones políticas. Varios están aquí para despedir al Príncipe que no han conseguido conocer y por respeto a nosotros.

Veo a dos caballeros llegar, luciendo el escudo del Reino de Crezia: una harpía cuyos colores blanco y negro tienen tanto significado positivo como negativo. Desde la virtud y la protección, hasta la frialdad y la opresión. La perfecta definición de lo que este reino representa. Con gobernantes bondadosos y protectores con su pueblo, hasta el momento de presentar castigo frente a sus traidores. La harpía del escudo observa a quienes se encuentran con los caballeros, amenazante ante el recordatorio de donde fallen a la Ley, serán devorados por su propia protectora.

Me pongo de pie, en la espera de avanzar hasta el cementerio Real en donde descansan todos los miembros de la Realeza y así poder acabar esta dolorosa despedida. Mi esposo, Nathiel, toma mi mano y volteo a verlo, encontrándome con él quieto en su lugar. Al igual que la anterior reina, la madre de mi Rey. Nadie se movió de su lugar a excepción de mí y el sonido chispeante de las llamas captan mi atención.

Una antorcha, eso es lo que lleva uno de los hombres con armadura de plata. Y, entonces, se abre el paso de otros tres caballeros que cargan con un barril lleno de agua. Quien sostiene la antorcha, la acerca al cajón. El fuego no tarda en prenderse de la madera.

—No. ¡No! —grito yo, dando un paso hacia delante para poder impedir la cremación, pero mi esposo me agarra del brazo con fuerza, apresándome con sus extremidades con tal de prohibirme acercarme a los hombres— ¡Les ordeno que apaguen eso! Hay que enterrarlo.

—Mi señora, lo siento mucho—el Rey Nathiel murmura a mi oído, pegado a mí dentro de esa intención de contenerme—. Pero es nuestra tradición. No puedo cambiarlo.

—Por favor, mi señor. Le suplico que no lo hagan—imploro, con mi voz comenzándose a quebrar en el dolor de despedir al príncipe de esta manera.

Nadie me hace caso. Ni siquiera mi esposo, quien me juró lealtad el día de nuestra unión, consideró mi dolor. Dolor producido por una pérdida que ambos compartimos, puesto a que también es su hijo a quien se está llevando el fuego con furia. Hambriento por devorarse todo a su paso, sin dejar rastro hasta que los caballeros decidan que es momento de apagar la ardiente luminiscencia para darle un cierre a esta espantosa reunión. Dudo que alguien está feliz de presenciar la despedida a un pobre bebé de un mes, quien apenas estaba abriendo sus ojos al mundo.

Ver cómo esa feroz candela me arrebata la oportunidad de llevarle flores cada semana me destroza y la manera en la que fui ignorada por mis propios subordinados debilitan mis ganas de resistirme a mi propio marido.

Tener, al menos, la opción de afrontar la pérdida con el paso de los días en la creencia de aún tenerlo a mi lado no podrá hacerse. Aun así, no lucho, ni siquiera doy el intento. Prefiero mantener mi postura sumisa ante mi señor, relajando mi cuerpo y guardo el sufrimiento para mí misma. Sólo veo cómo el cajón se incinera frente a mí dentro del propio castillo. Lo único que se oye es el chispeo, en un profundo silencio incómodo dentro de esta inmensa sala donde estamos todos reunidos por un propósito en común. Pero, dentro de mi cabeza, se escucha el llanto de un bebé con un mes de nacido que busca la protección de su preciada madre. De mí. Pidiendo ser rescatado. Y sólo fallo a la propia ilusión creada en mi propia mente para llenarme de culpa y arrepentimiento.

Sé que todos lamentan mi pérdida, así como sé que nadie comprende el dolor por el que estoy pasando. Ni siquiera el hombre elegido para pasar el resto de mis días a su lado es capaz de entender el por qué quiero negarme a dejar ir de esa forma a una inocente criatura.

¿De qué tradición se me está hablando? Sabía sobre muertos que habían sido incinerados, pero los príncipes y reyes del pasado enterrados en un cementerio cercano al castillo, con tal de mantener a los ancestros cerca de su familia y de todo lo que ellos mismos han creado en su tiempo en vida. Conocía sobre ese respeto y honor guardado ante la ausencia de los seres queridos que descansan en el más allá. Lo cual hace sentirme traicionada ante la misma Realeza, quien me prometió tratarme como a un igual, cuando, en realidad, no entiendo por qué volver a un cuerpo sin vida en cenizas. De los temores más grandes de Crezia es ser olvidados por quienes más aman, el olvido de un monarca sólo habla del desastre y lo inepto que ha sido su tiempo en vida. Las cenizas sólo es borrar su existencia, su memoria.

Quieren borrar impedir el paso al eterno recuerdo de mi bebé.

¿Por qué él? ¿Por qué él y no el Rey Hannor, el segundo Rey de esta región luego de la Conquista que sólo trajo caos y miseria ante sus súbitos? Su historia es contada entre la tristeza; en ocasiones hasta la madre de mi señor habla con rencor, pero el aniversario de su muerte se conmemora y la gente, sobre todo sus descendientes, van a dejarle flores en su memoria al cementerio. Alguien tan despreciable como esa bestia inhumana, y que mis dioses lamenten lo que estoy pensando, tiene un espacio en un sitio donde se supone que es para rendir luto, respeto y recordar a quienes ya no están. Mientras mi hijo, un dulce inocente sin sentido de maldad, será olvidado en cuanto el viento sople sus cenizas. ¿Alguien más, a parte de mí, llorará en su nombre?

Nathiel no parece afligido por esta muerte. Me abraza, mira con desolación el ardor frente a nosotros. Frente a todos nosotros para presenciar esta ceremonia. Yo sola me escucho llorar, no hay nadie más acompañándome. Tampoco las niñeras encargadas de su cuidado me acompañan en el propio quebranto de todas mis emociones. Tenía esperanzas en sobrellevar a esta familia, acompañar en la crianza y en la felicidad de un dulce niño capaz de gobernar a una región en su adultez. Todas esas ilusiones, mi propio orgullo, me los han arrancado. Sin dejarme, al menos, las migajas de afrontar la pérdida pasando un momento al lado de una lápida.

—Oh, Reina Morie. Lamento mucho la pérdida—una voz femenina y grave por la vejez capta mi atención. Los invitados comienzan a acercarse a nosotros una vez el fuego estuvo controlado por los caballeros, mis padres, con la intención de brindarnos sus condolencias.

La ceremonia del duelo había llegado a su fin, los nobles y caballeros nos dieron su pésame antes de marcharse no sin antes darnos una cordial despedida. A mí, con un beso en la mano. A mi señor con una reverencia. Quienes están aquí, ahora mismo, son el Rey Rifrid y la Reina Minerva del Reino de Norea. El lugar donde nací y pasé mi vida hasta mis diecisiete años, edad en la que me casé y vine a acompañar en el reinado de mi esposo luego de la muerte de su padre por una fuerte fiebre.

Es extraña la distancia, no sólo física, sino emocional, que nos separa a mí y a mi familia. Veo a mi hermano menor, el Príncipe Baco, el tercero que dio a luz Minerva un año después del parto fallido. Un muchachito de trece años, de ojos verdes igual a nuestra progenitora y de piel morena como nuestro padre. Es él quien heredará el trono una vez su actual dueño se marche para siempre. No luce contento de verme, pero tampoco triste por la muerte de su sobrino. Se mantiene detrás de los dos adultos que aún lo respaldan. Esos mismos que me tratan a mí, su propia hija, como una Reina más.

Nuestros lazos sanguíneos parecen haberse roto luego de haber bebido del vino otorgado en el altar. Lo cual duele. Duele porque no hay otra cosa que necesite en este mundo a excepción de un abrazo y el apoyo de Minerva. Que Rifrid bese la coronilla de mi cabeza mientras yo lloro en su pecho, expresando el insufrible dolor guardado en mi corazón. Eso no puede ser así. Soy de otra familia ahora. La única relación que debería tener con mis padres no va más allá de intereses por un bien en común entre nuestros reinos.

Respiro profundo. Contengo el llanto. Hago una reverencia ante los mayores en señal de una cordial bienvenida.

—Gracias por venir—podría haber dicho otra cosa, sé que sí. Sin embargo, no pude.

—Era sólo un bebé—a través de los ojos de la Reina Minerva, consigo ver que ella también sufre. Lo veo a través de las lágrimas que quieren salir de sus ojos. Tanto ella como yo odiamos no poder volver a ser madre e hija. No consiguió conocer a su nieto. Sólo lo vio encerrado en un cajón—. Aún no comenzaba a vivir en verdad.

—Nuestra Señora de la muerte es sabia, Reina Minerva—Nathiel interviene. Su voz grave, profunda, mostrando tristeza, pero en búsqueda de algo positivo detrás de todo este pesar—. Ella sola sabrá por qué llevarse a una criatura tan prematura para tal desgracia.

—Mi señor, era nuestro hijo—respondo tranquila. Aunque, en el fondo, parece más bien como si le estuviera reclamando por haber soltado semejante barbaridad.

Crezia venera mucho a la diosa Mor, una figura de respetar ya que era quien nos vendría a buscar una vez llegado el momento. Es su guía en la vida hacia la lenta destrucción de la muerte. Post-mortem, ella espera nuestras almas para ser igual de juzgados entre buenos o malos. Lo importante es qué tanto podemos llegar a marcar en la memoria. Si hicimos grandes cosas, buenas o malas, grandes fuimos y más recuerdos de nosotros habrá en los vivos. Si nuestro pasar por la vida fue insignificante, pues la existencia misma lo fue y no vale la pena recordarnos.

A Mor le hacen algunas ofrendas para proteger las almas de los seres ausentes y protegerlos a ellos mismos en los que resta de su propia vida, a ambos para no caer en el olvido. A diferencia de Norea, donde nuestra guía es Morie, la diosa de la cosecha. Rezábamos por la fertilidad de nuestras tierras y de nuestras mujeres, con tal de mantener nuestra región viva y joven. Por un lado, veneré a lo más próximo de amar a la vida cuando todavía vivía en Norea y hoy me vi pidiéndole a la Muerte que cuidara de mi pequeño, que haya alguien más, a arte de mí, que lo guarde en su memoria. Algo que en mis tierras es visto con malos ojos, la mortalidad es una fase de nuestras vidas que, si fuera por nosotros, no existiría. Creemos que sólo trae desgracias.

Eso cambió en cuanto vine a vivir aquí. Incluso, algunas noches, rezo junto a mi amado para que ella lo acompañe y cuide hasta el último de sus días. Que Nathiel sea capaz de realizar grandes hazañas por el reino para, así, poder ser tan eterno como su abuelo que nos protegió de todo el desastre traído por Hannor.

No obstante, a pesar de esa creencia tan hermosa de aceptar y abrazar a los más grandes dolores de la tragedia, me resulta fuerte que el propio padre afectado hable de tal forma. Trato de no juzgar la visión que todos aquí tienen sobre la partida de un ser querido, donde rara vez lloran y deciden mejor en festejar la vida que ya no está, pero mi propia carga emocional sólo me lleva a pensar en mí misma. No puedo aceptar tal barbaridad como algo bueno cuando sólo daña a otras personas. Aunque, debo agradecerle a la Reina Moffett, madre de Nathiel, en haber tenido consideración sobre mi duelo y no haber organizado una cena con todos los invitados al funeral.

—Comprendo su dolor, mi señora. Pero, por favor, entienda que nuestras costumbres y formas de lidiar con la pérdida son diferentes.

Yo, por mi parte, aparto la mirada de mi esposo.

—Si me disculpan—digo yo. En un tono bajo, triste, agachando la mirada frente a los tres miembros de la realeza que tengo a mi lado.

El Rey Nathiel no dice una sola palabra. Sólo pone sus manos detrás de su espalda para luego dirigirse al Rey Riffrid. La Reina Minerva queda como un simple adorno entre los monarcas y soy capaz de sentir los ojos marrones de quien me trajo al mundo sobre mi espalda, mientras me alejo de ellos a un paso firme y apresurado. Abrumada por la oleada de emociones que me invaden pero que me niego, por las expectativas esperadas de una monarca, a ser vista por el resto de la gente. Incluso por mi propio marido, quien es mucho más probable que me recrimine por derramar tan sólo una mísera lágrima.

Hay cosas de este reino y sus costumbres las cuales, sin entrar en más detalles, no puedo acostumbrarme o no soy capaz de controlar todavía. No sólo está la liviandad con la que tratan a la misma muerte, que aunque me parezca poética hasta cierto punto, genera cierta impresión cómo la celebran. No obstante, es la misma frialdad característica de los crezianos a la que jamás podré igualar.