𝐔𝐧𝐚 𝐍𝐨𝐜𝐡𝐞 𝐁𝐚𝐧̃𝐚𝐝𝐚 𝐝𝐞 𝐅𝐮𝐞𝐠𝐨

Corría por los pasillos, con las antorchas como única iluminación en la penumbra. Saltaba de un tramo a otro, su aliento chocaba contra el viento invernal y formaba espirales que se perdían en la oscura noche.
Solo se detuvo una vez en el límite de una torre para examinar lo que sucedía debajo de él. Los caballos relinchaban mientras un enorme tronco de madera golpeaba las imponentes puertas. Flechas consumidas por el fuego eran lanzadas en todas direcciones, mezclándose con la tenue luz de las velas cercanas a las ventanas, cuyos cristales se habían hecho añicos. El Castillo de Thornhaven estaba condenado a arder en llamas antes del amanecer.
Mientras observaba, un destello atrajo su atención. Había cometido un grave error. Uno de los soldados enemigos percibió su curiosidad y apuntó hacía él, con órdenes claras de redirigir las flechas. El corazón le latió con más fuerza ante la primera punta de acero afilada que casi le rozó el cuello.
Se alejó y volvió a emprender su escape. Pero ¿adónde ir? ¿Dónde podría esconderse en una ciudad que echaba humo a los cielos de los Dioses? Además de que la gente que se encontraba en el castillo, se volvió en su contra tras el fallecimiento del rey. En un segundo, vio como las armas se alzaron amenazantes hacía su garganta, sin dejarle otra opción.
La capital se caía en ruinas ante un enemigo que no iba a aceptar una tregua, y en lugar de unirse a los soldados combatientes para defender el legado de su padre, se veía forzado a huir de este mismo.
A punto estuvo de dar un traspié al frenar justo ante unos guardias reales que aparecieron de una de las puertas. Portaban el emblema de su casa, un águila en pleno vuelo, con espinas verdes a su alrededor. Los esquivó por poco cuando se abalanzaron sobre él, aunque la espada se le escapó de las manos. Con un movimiento rápido, agarró una de las antorchas y la usó para golpear a uno de los hombres en la cabeza hasta que la madera se astilló. El guardia restante no esperó para atacar al príncipe, quien le arrojó la punta ardiente de la antorcha. Aprovechó esta distracción para recuperar su espada y atravesarle el pecho. Luego reanudó su carrera sin mirar atrás a esas caras cuyos nombres conocía muy bien.
No fue entrenado para enfrentar una situación tan adversa como la que estaba experimentando. Su entrenamiento se enfocó en prepararlo para ser el futuro heredero legítimo. ¿Qué sucedió de por medio? ¿Cuál fue el error que cometió su padre o su madre? ¿O tal vez fue un error suyo? Durante todo ese tiempo, él solo obedeció las órdenes que le daban. Escuchó y estudió a su reino con atención, cada detalle, cada ciudad, pueblo, aldea y asentamiento. Conocía sus nombres, sus virtudes y defectos, su emblema y sus creencias. Nunca salió más allá de las puertas de la capital. No había cometido un desliz del cual no fuese consciente y hubiera corregido después.
Y cuando pensó que nada más podría empeorar, se detuvo en seco. Los ojos que estaban delante de él, reflejaban una emoción indescifrable. Crecieron juntos, como hermanos, pero nunca antes había sentido un escalofrío al encontrarse con su mirada ensombrecida. Parecía que era un desconocido quien ocasionaba que el terror se apoderase de él. Sin embargo, ese era su buen amigo Draven. Era el mismo hombre que se comprometió con la princesa Elysande, quien ahora yacía muerta, al igual que su primogénito, que no tuvo la oportunidad de escuchar sus propios sollozos.
—Fuimos como hermanos alguna vez —le recordó entre jadeos, con la espada en ristre—. No me obligues a desvanecer esos preciados recuerdos.
—Ese es tu problema —replicó Draven con una voz tan cortante como el arma que portaba, una cazadora—. Siempre le das oportunidades a la persona equivocada. —Colocó cinco flechas en el mecanismo interno del arco, ajustó la puntería inicial y apretó el gatillo. Era un arma moderna y letal, que solo un experto podía manejar.
Apretó los dientes al verse una vez más rodeado por el filo de las flechas. Se lanzó al suelo un segundo antes de ser atravesado. Luego, con una ágil maniobra, embistió a Draven y le asestó un tajo en las piernas. La mente del príncipe se mantenía nublada y recelosa al percatarse de la pérdida de equilibrio de su amigo. Sabía que tenía que tomar una decisión, y era consciente de que Draven, sin pretenderlo, ya había decidido por él. Con un pesar abrumador, hundió la hoja de la espada en su costado. La cazadora se deslizó de las manos de Draven y se manchó de la sangre que comenzaba a emerger.
—No siempre —respondió en voz alta; tan frágil como la vida misma.
—¡Allá está! —gritó alguien detrás. Era el comandante Dravenor, uno de los hombres que lo había visto crecer—. ¡¿Draven?!
Enfundó la espada y volvió a correr, como las últimas horas. En lugar de dedicar un momento para lamentar sus pérdidas, corría de habitación en habitación, subía escaleras y azotaba puertas. Apenas podía parar un segundo para recuperar el aliento.
Entre tanto, en las puertas del castillo, un estruendoso y escalofriante rugido de triunfo resonaba y opacaba el ruido de la persecución.
—¡Han entrado! —señaló un guardia.
La pregunta lo atormentaba una vez más: ¿Por qué lo perseguían a él? Permitieron que el enemigo entrara, que masacrara a los hombres, violara a las mujeres, sacrificara a los niños y desollara a los ancianos. Él solo quería proteger a esa gente. Protegerlos y evitar que todo lo que el rey construyó se desmoronara. ¿Ahora dejaron todo a merced del enemigo?
En su costado, una punzada de culpa y cansancio le indicó que no resistiría por más tiempo. Eventualmente, el infinito trazaba su límite. El colosal castillo tendría un destino final.
—¡Leandros, no puedes escapar! —le advirtió Dravenor.
El aludido observó cómo el límite se desplegaba ante sus ojos. Los tejados llegaban a su fin y una caída hacia el río le aguardaba. Sin embargo, eso no lo detuvo; más bien, lo impulsó a aumentar el ritmo de sus pasos.
—¡Leandros!
El viento cambió de trayectoria, sus ojos se le crisparon y el suelo terminó a sus pies. Cayó en el foso que desembocaba en el río del bosque Feralestia, un lugar que incluso los dioses evitaban. En lo alto, las flechas y lanzas llovieron sobre él, pero nadie podía perturbar las pacíficas aguas de Irma, por lo que estas se pulverizaron en cuanto se hundieron. Dravenor alzó una mano y los guardias desistieron. No podían hacer nada más que mirar un cuerpo que se movía a voluntad de la Diosa del río.
A pesar de los esfuerzos de su padre hasta el último suspiro, ningún reino quedaba exento de la deslealtad y la decadencia. Su madre fue asesinada en la misma cama donde solía descansar junto a su amado esposo. Su hermana yacía sumergida en las aguas de su bañera teñidas con su propia sangre. Su hermano, en cambio, sería objeto de admiración para todos; su cuerpo aún pendía en la plaza.
Incluso en la tétrica madrugada, el joven príncipe divisó el nuevo emblema que se alzaba sobre ellos como símbolo de conquista: un león que rugía hacia el sol naciente. Brennard, mejor conocido como el Conquistador de Aetherium, uno de los reyes más despiadados, se instalaba ya en la fortaleza.
La capital de Thornvale cayó en manos de ese dictador hambriento de poder, mientras ellos, en su inacción, permitieron que sucediera. En lugar de proteger las puertas y las torres, se volvieron en contra del heredero. Cazaron al futuro rey. Draven, su propio primo, sangre de su sangre, le apuntó con su arma. Y Dravenor, su tío, había permitido que el asesino de su esposa regresara a su tierra.
Los ojos se le cerraban a Leandros, a la vez que repasaba lo ocurrido. Pero pronto se dio cuenta que las preguntas no contenían respuestas más allá de la muerte.
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BRO. AAAH, me encantóóóóó. Pero me voy a ir a leerlo en wattpad también, porque aquí no puedo poner tantos comentarios coml quisiera jajajajaja