Prólogo
Nunca se supo qué ocurrió y cómo se provocó realmente. Fue de un momento a otro que una psicótica enfermedad llevó a los magos a desatar el caos y a perturbar el equilibrio que por tantos años había reinado. Aunque algunos aseguran que se trata de una «maldición», nada ha sido confirmado ni en el pasar de tres siglos.
Todo empezó en un día que ya cargaba con su angustia, cuando los curanderos más hábiles del reino acudían al castillo de un rey mago para tratar sus pesadillas constantes y pensamientos desordenados. Ninguno pudo anticipar la inmunidad que aquel hombre había desarrollado contra los hechizos hipnóticos. Fue en esa noche que un grito desgarrador resonó desde su habitación: la reina, quien jamás había abandonado a su esposo en sus momentos de angustia, suplicaba por ayuda mientras él, preso de una furia incontrolable, escupía saliva mezclada con sangre y sudaba profusamente. En un acto de horror aún mayor, la golpeó y pateó en el suelo. Los estruendosos gritos de la mujer fueron en vano cuando él, aterrado y hambriento de algo, destrozó su cabeza con un puñetazo y luego se abalanzó contra sus orejas para enterrar los dientes y devorar de su carne.
El castillo se colmó de horror y lágrimas. Los sirvientes corrieron en busca de socorro mientras anunciaban: «¡La reina ha muerto! ¡El rey la ha destrozado a golpes y ha comido de su carne!»
El rey huyó hacia la ciudad del reino en una búsqueda obsesiva para encontrar un hijo que nunca tuvo. Sin control, asesinó a todo aquel que supuestamente se lo ocultaba. Utilizando sus hechizos de fuego, arrasó con cada hogar que halló a su paso. Los árboles y el follaje cobraron vida bajo su influencia mágica, retorciéndose y golpeando todo a su alrededor mientras la tierra era maldecida con una sequía implacable a través de la magia ezdra. El rey, preso de gritos continuos, solo preguntó una y otra vez: «¡¿En dónde enterraron a mi esposa e hijo, malditos enemigos de los reyes magos?!»
Luego se abrió paso entre los escombros y los restos carbonizados de los ciudadanos, entre la carne incinerada que quedó marcada en una estela macabra de sangre, cenizas y destrucción. Con un poder mágico que por poco podía ser comparado con un status divino, el rey había acabado con todos.
Esa noche marcó el surgimiento del peor mal conocido entre los magos, una enfermedad mental que desafiaba el entendimiento de todos los curanderos y videntes. Y la ciudad no fue la única afectada, al poco, guerras sin sentido ni orden político estallaron en otros reinos, todos liderados por magos. La caza de personas inocentes se propagó, justificada por crímenes que solo existían en la mente de los reyes desequilibrados. Aquellos que se atrevían a desobedecer eran condenados con la muerte. Poco después, los mismos magos empezaron a cazar a todo aquel que se les cruzaba por delante, impulsados por un desorden creciente y cada vez más aterrador.
El mundo sufrió el colapso de su economía; la hambruna y las plagas cubrieron los continentes y algunos hechizos fueron tan poderosos que provocaron la extinción de varias especies y la desaparición de islas completas. La cadena alimenticia se vio gravemente dañada y las muertes fueron incontables. Porque así de poderosos eran los magos, y la humanidad había dependido demasiado de ellos. Les había tocado pagar las consecuencias como si de un castigo divino se tratara.
Pero muchas naciones lograron sobrevivir y reconstruyeron sus sociedades bajo nuevos nombres, aboliendo el sistema de reyes en el mundo. Estudiaron la situación y concluyeron que la enfermedad atacaba alguna parte del cerebro de los magos, pero nunca se obtuvo una respuesta clara. La idea de que era una maldición se intensificó y no pasó demasiado para que comenzaran los experimentos tortuosos con los magos jóvenes y vulnerables que, por alguna razón, aún no enfermaban. Se descubrió así que la enfermedad comenzaba pocos meses después de que el mago alcanzara los diecinueve años, donde se sumergía en una psicosis instantánea, progresiva e imparable que se apoderaba de ellos hasta destruirlos por completo.
Se declaró a los magos como un mal encarnado o un producto del dios oscuro: Erebo. La confusión generó más conflictos en donde los débiles perecieron. Así surgieron imperios que gobernaron con el odio y la repulsión hacia los que nacieron con magia como una nueva bandera que ahora mantenía el motor del mundo.
De esta manera han transcurrido trescientos veintidós años y poco ha cambiado realmente más que el avance tecnológico vertiginoso que impulsa a las sociedades. Naves y vehículos dirigen una nueva época de desarrollo y prosperidad. Pero las heridas todavía se quejan rugientes bajo un manto de falsa paz.
Se promueve la frialdad con los hijos desde temprana edad, condicionándolos hasta que alcancen los seis años, momento en el que el despertar de sus manás comprobará si son magos o no. La cruel práctica ha llevado a que las culturas se vuelvan desalmadas y poco equilibradas. También han surgido instituciones dedicadas a entrenar a guerreros para cazar magos, sin importar si han sido afectados por la enfermedad o no. Increíblemente, se considera que es un deporte muy divertido.
Mientras tanto, los jóvenes magos continúan siendo sometidos a torturas en laboratorios, ya sea a través de las aperturas de sus cuerpos o mediante la administración de químicos que alteran su organismo y genética. Si no, se les encierra en cárceles especializadas.
Porque el odio y el asco se convirtieren en una especie de remedio. Aunque la tecnología y el control siguen avanzando día a día, las respuestas que realmente aquejan a la humanidad no han obtenido el mismo progreso. Las sociedades han aprendido a luchar, pero no a encontrar soluciones verdaderas. El mundo sigue sumido en una enfermedad interna, atrapado en un ciclo interminable.
Y así continúa, hasta el día en el que se descubra la causa de esta calamidad y se encuentre una respuesta.
Lo que nadie sabía aún era sobre la existencia de una maga que ha vivido aislada en un bosque. Ella, a pesar de tener más de veinte años, no ha manifestado enfermedad alguna.
Era inmune y tenía la respuesta a las mayores interrogantes.
Pero vivía escondida de la humanidad, ayudándose de sus magias para mantenerse tranquila y con todo lo que necesitaba en ese bosque poblado solo por criaturas.
En aquel lugar dio a luz a un hijo a quien llamó: Shinryu, un niño que se asemejaba a la reencarnación de un ángel y que la amaba fervientemente, actuando como un polluelo que la seguía a donde fuera, así tuviera que gatear. No conocía a otro ser humano más que a ella, pero ese no un problema, ya que su madre conformaba un mundo lleno para él y lo adornaba con maravillas sobrenaturales: hechizos; luces y colores que controlaban el bosque a través de un majestuoso dinamismo mágico.
Por eso, más bien, el pequeño se sentía grato y maravillado por haber nacido.
También era habitual que ella le sacara risas haciéndolo girar a su alrededor, risas que derretían el corazón y que quedaban marcadas por siempre en la memoria. Mamá le sonreía con un amor tan fuerte que dolía. Pero también ocultaba un temor en lo más profundo de su semblante amoroso.
Siempre se mantenía al lado de su retoño, pues el pequeño necesitaba una alta protección, ya que la magia no era heredable, sino un cúmulo de poder que se gestaba desde el silencio hasta desatarse en una sola persona dentro de un cerrado círculo familiar. Shinryu no podía ser como ella y eso solía atemorizarla.
En ese bosque, se dedicó a una tarea que consideraba el propósito principal: criar a Shinryu para que fuese un caballero de honor, de gran y noble corazón. Cuando lo sostenía sobre el hombro era para contarle cómo nació el mundo, las criaturas y los imperios, haciéndole ver qué era correcto y no. El bebé abría unos ojos muy grandes porque no había nada que lo sorprendiera más que la existencia de otros seres humanos: «¿Serán tan grandes como mamá o tan pequeños como él?», se preguntaba.
Y al terminar, solía cantar una canción extraña: «No, no te duermas, conejito dormilón, aún te faltan flores por explorar. No, no te canses, conejito dormilón, porque aún hay capullos por abrir. Tú serás el campo que teñirá la oscura montaña. Allá, en sus cuevas se abrirá la flor mayor que cobijará a todas las demás».
Aunque sus voces no fueran nada afinadas, no dejaban de cantar, riéndose de sí mismos.
Por estas razones, Shinryu era un niño feliz.
Pero un día, cerca de su sexto cumpleaños, todo cambió drásticamente: mamá lo retiró del bosque para llevarlo a conocer el mundo de los humanos. El pequeño miraba aterrado a las personas en las calles de una ciudad, sin lograr entender por qué mamá había tomado esta decisión. Se aferraba tanto a sus manos que la rasguñaba. Aun así, mamá mantenía una sonrisa segura.
«Todo va a salir bien y esto es necesario para tu crecimiento», le reiteró.
Llegaron a una casa donde le asignaron algo llamado «cuarto» y una cama para ambos. Ella se dedicó a consolar a Shinryu para después explicarle que ese lugar se llamaba hostal.
El niño pudo dormir sobre el regazo de su madre, un poco más tranquilo. Sin embargo, en medio de la noche, algo antinatural comenzó a suceder: Shinryu escuchaba a mamá hablando y también sentía su cabello rozándole el rostro. Intentó moverse para hablarle, pero su cuerpo no respondía. Al principio, se sintió demasiado confundido, luego asustado y finalmente en pánico cuando la voz de mamá se apagó y fue remplazada por un susurro siniestro y arrastrado que se deslizaba por las paredes.
Shinryu deseó gritar y buscar socorro, convencido de que uno de esos humanos desconocidos había invadido el cuarto, pero ninguna fuerza lograba despertar su cuerpo. El pánico le devoró la mente hasta que la voz siniestra se detuvo de pronto, y la respiración agitada de mamá regresó.
Se escuchó a su madre poniéndose de pie, sumida en un desgarrador sollozo. Nada se oía más que su lamento profundo y entrecortado.
—Siempre permaneceré sana—murmuró con voz quebrada, causando un alivio demasiado doloroso en el corazón de Shinryu, como un carbón ardiente cobijándolo.
Los pasos de mamá se fueron arrastrando por la habitación, alejándose, mientras ella chocaba contra los muebles. Finalmente dijo, con una voz jadeante y apenas comprensible:
—Siempre estaré... viviendo por ti. Siempre permaneceré sana por ti, mi bebé hermoso. Perdóname, Shinryu —rogó, intentando sofocar un llanto explosivo con las manos.
Shinryu se ahogaba en lágrimas que no paraban de fluir, mientras su mente se deshacía en un caos horroroso y su pecho se abría en un hueco incomprensible.
No supo cuánto tiempo pasó ni qué más ocurrió, pero cuando por fin pudo despertar, gritar y agitar sus brazos con escándalo, se encontró con el rostro de un hombre; un hombre que lucía impávido de expresión y muy analítico de mirada.
En esa tarde, Shinryu supo que mamá se había ido sin dejar un solo rastro para ser reencontrada. Supo tiempo después que ella lo había dejado al cuidado de aquel sujeto, de alguien que en nada se parecería a ella, ni siquiera en lo más mínimo: «papá».