Capítulo 1: Una pelea, pastillas y malas decisiones
No todo siempre puede ser color de rosas, las flores se marchitan, el agua se evapora, las amistades se alejan y el amor se desvanece, eventualmente todo perece y con ello te fragmentas en tantos pedazos que cuestionas si algún día estos podrán volver a unirse…
Hace ya un año que vivimos encerrados, miles de personas recluidas en sus casas, forzados a convivir de tiempo completo con sus familias disfuncionales, a perder la velocidad de su vida y probablemente por primera vez a pausarse; el terror de convivir con uno mismo incremento, la angustia de vivir unido a tus pensamientos ligado a los conflictos familiares se convirtieron en la peor combinación que haya existido, sin embargo, ese no sería mi caso o eso pensaba.
Al inicio fueron como unas vacaciones largas, un sueño, Gael, despertando a mi lado todas las mañanas, los hot cakes grandes y esponjosos que preparaba, las risas durante las comidas, las tardes de películas e incluso la energía de sobra para tener relaciones sexuales, no obstante, conforme fue pasando el tiempo todo se torno en colores cada vez más grises y la armonía que creí que teníamos se desvaneció como arena entre mis dedos.
Ahora lo único que recuerdan los ecos de mis paredes son las constantes peleas, el llanto, los gritos, el sonido de mis pastillas al caer y el silencio angustiante e incómodo.
El crepúsculo que anunciaba la llegada de la noche decoraba el paisaje que adornaba los contornos de la sala y cocina; mi mente divagaba entre los colores naranjas y rojos y la realidad apremiante que tensaba el ambiente dentro de lo que llamaba “hogar”, vaya chiste malo, ¿qué califica un lugar como tu hogar?
- La cena está servida, siéntate – mencioné irritado, mirando de reojo a Gael, que yacía sentado sobre el sofá.
Aún podía recordar el tiempo que el aroma de la comida lo persuadía a acercarse para contarme su día con todo y quejas y halagos; cuando cocinar se convertía en el espacio perfecto para charlar, reír o llorar, cuando sus brazos tenían la necesidad de rodear mi cintura y besaban mis mejillas seguido de las palabras «te amo».
Las últimas noches Gael había decidido no cenar conmigo, pese a que esta era nuestra comida obligatoria.
- No tengo hambre – respondió con su ceño fruncido y sus ojos clavados en un libro.
- Últimamente no pasas tiempo conmigo – dije enojado.
- ¿De qué hablas? – respondió con cinismo – Por si no te has percatado, estamos en medio de una enorme pandemia que no parece que tenga fin – cerró el libro de golpe mientras fruncía el ceño - ¡Todo lo que hago es pasar tiempo contigo!, ¿Qué más quieres?
Era increíble que no se percatara de absolutamente nada, desde hace tiempo que sus ojos miraban solo aquello que él quería, pero el resto del panorama estaba nublado.
- Que seas mi pareja, no alguien que vive conmigo – mi voz comenzaba a cortarse. Odiaba ser tan sensible y quebrarme con tanta facilidad; odiaba que él tuviera ese poder de sostenerme y lastimarme con solo emitir unas palabras ¿en qué momento permití que tomará por completo mi vida en sus manos?
- Yo no te obligó a amarme – alzó su voz con firmeza.
Su mirada no reflejaba la dulzura y amor con el que me había mirado los últimos años, si no, al contrario, me veía con una frialdad y escrutinio con el que jamás me había visto, incluso en nuestras peores peleas.
- Y aún así aquí estamos – Solo pude sentir como lentamente mis mejillas comenzaban a humedecerse.
- Estoy cansado de que siempre hagas lo mismo – gritó al levantarse del sillón – Lloras y te rindes al primer instante en que las cosas no salen como quieres – respiró hondo – Ya no eres un niño, Francisco, hazte un favor y madura; crece y tal vez pueda volver a sentirme orgulloso de salir contigo.
Mis palabras no podían ser expresadas, permanecían atoradas en mi garganta quemándome con intensidad, ¿en qué momento lo había perdido? ¿En qué momento dejé de ser suficiente?
- Bien, si tanto te avergüenza salir conmigo, veté, toma tus cosas y lárgate de una buena vez – alcé la voz quebrada en un intento de salvaguardar los añicos de un corazón que seguía desmoronándose.
Gael me miró con frialdad, su quijada apretada y su respiración agitada denotaba el enojo creciente por su cuerpo. Tomó las llaves del coche y salió por la puerta sin mirar ni una sola vez atrás.
Mientras tanto mis piernas perdieron la fuerza con la que me sostenían dejándome caer en el piso helado de la sala, mi pecho subía y bajaba al ritmo que enormes lágrimas surcaban mi rostro, mis manos se ponían cada vez más frías y mi llanto se descontrolaba resonando en toda la habitación.
Había perdido tanto en mi vida entera que cuando conocí a Gael me rehusé por mucho tiempo amar, a soltarme, me petrificaba el miedo de pensar que podría entregarle las herramientas necesarias para acabarme y, sin embargo, su calidez, dulzura y amor termino por disolver cada una de las enormes murallas que había creado en torno a mí; había dejado pasar al asesino y servido en bandeja de plata cada una de las armas con las que podría ejecutarme, pero finalmente así es el amor, de forma maravillosa genera sentimientos que entre más crecen más abunda el miedo de perderlo todo y cuando todo muere se asegura de hacerlo lentamente para que olvides lo bueno que fue y solo permanezca lo doloroso que es perder.
Caminé con los ojos vidriosos hasta la habitación, debía tomar mis pastillas, debía calmarme. Los recuerdos de un amor inigualable se repetían como un bucle en mi cabeza buscando incasablemente el momento exacto en que lo había perdido.
Parecía un disco rayado atorado en los mismos momentos, preguntándome en que había fallado, pensando que si tal vez fuera más seguro, divertido, simpático e inclusive hermoso, Gael, el amor de mi vida, seguiría aquí, amándome tanto como la primera vez que nos conocimos.
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7…
¿Cuántas podrían pegar un corazón roto? ¿Cuántas podrían regresarme el alma?
Los sonidos distorsionados en la habitación me relajaban, ayudaban a olvidar cada una de las decisiones que me habían llevado hasta ahí, los colores se fusionaban transmitiendo una sensación de plenitud, los olores me llevaban de vuelta a los momentos que más atesoraba de mi vida a su lado y las voces se apaciguaban un poco más hasta que la oscuridad me rodeo de pies a cabeza para que finalmente la luz regresara un paso a la vez, hasta que indicara que era momento de volver a empezar.