Prólogo
La sombra se elevó frente a sus ojos. Era una imponente mole sin forma aparente que estaba dispuesta a sellar su destino, implacable como la hoja de una espada recién forjada. Willem de Vries retrocedió con el rostro deformado en una expresión de terror. La sombra pareció elevar un brazo y, si era ya bastante enorme en una posición rígida, lucía abrumadoramente superior en esa oportunidad. El brillo de un cuchillo relució ante un débil golpe de luz.
—¡Muestra tu rostro, verdomde lafaard! —bramó Willem con aquella inflexión que revelaba desesperación. Retrocedió, vacilante. Su espalda baja golpeó la balaustrada de acero del segundo piso.
La sombra se sacudió. Willem comprendió que se reía de forma silenciosa. Estaba disfrutando de aquello.
Willem no era conocido por ser un hombre de buen porte físico. No iba al gimnasio y pasaba horas bebiendo vino repantigado en su ancho sillón de cuero reforzado. Era un hombre regordete, poseyente de una papada rechoncha y abultada, como hinchada. Cuando la sombra lo aferró del cuello, sin embargo, sentía que la vida se le iba de las manos. Le falló la respiración cuando la mano de su agresor aumentó la presión en torno a su cuello. Intentó gritar, pero de la boca le brotó un graznido ahogado, estrangulado en su garganta.
De pronto percibió la arremetida. Un segundo después, la barandilla desaparecía y sentía que se precipitaba al vacío. Recordó un golpe secó. Una vista nublada del segundo piso fue la última visión que tuvo antes de morir.