Capítulo 1
Año 350 de la Edad de la Balanza
Las sombras se cernían en la frontera entre Iltarrat y las Tierras Grises. A las puertas de La Sima, que separaba ambas regiones y que estaba custodiada por dos altísimas torres acabadas en punta, un cargamento lleno de especias y materiales preciosos trataba de llegar a su destino. El río de lava rugía con fuerza mientras avanzaba, lenta e inexorablemente, rumbo al Mar Profundo. Los caballos piafaban al sentir las oleadas de calor surgir de lo más profundo de la tierra, baldía y sin vida. Al otro lado de la Sima, Iltarrat extendía su manto verde y espeso, plagado de todo tipo de criaturas. Coronando el horizonte estaban los Picos de la Luna, un lugar sagrado para los habitantes del reino y el perfecto escondite para los bandidos y rufianes que osasen adentrarse en esas tierras y enfrentarse a los peligros de la oscuridad.
La caravana de mercancías cruzó el puente de piedra que unía el reino con las Tierras Grises y, tras superar el control del Ejército de la Noche, se adentró en la manta de hierba y arbustos que antecedía al Bosque Sombrío. Aún tardarían varias jornadas más en llegar a la capital, pero antes debían atravesar el imponente conjunto de árboles, el Lago de Plata y el Valle del Crepúsculo. De igual manera, si deseaban hacer negocio en las aldeas que poblaban el reino, tendrían que desviarse del Camino Real, la senda que conectaba un extremo del territorio con el otro. Cualquier cosa podía ocurrir si se atrevían a internarse en las sombras; no podían esperar la llegada del día, pues allí nunca amanecía, de modo que solo les quedaba rezar y utilizar todas las antorchas posibles para iluminar su caminar.
El que encabezaba la marcha, un hombre de hombros anchos y mirada severa, alzó la mano cerrada en un puño y todos se detuvieron de inmediato. Sus ojos escudriñaron en la permanente oscuridad, atentos a cualquier movimiento extraño. El sonido de unos pasos ahogados captó su atención y se giró en su dirección. Levantó la lámpara de aceite que colgaba del carromato y dirigió el haz de luz hacia lo más profundo de la vaguada.
—¿Qué ocurre? —dijo un muchacho que viajaba en la parte trasera, cuidando la mercancía.
—He oído algo.
—¿El qué? —El muchacho se asomó y estudió el lugar. De nuevo, los pasos resonaron en medio del silencio—. ¿Qué es eso?
El forzudo tragó saliva y desenvainó su espada. No era nada especial, pero le servía para amedrentar a los ladrones.
—¿Quién anda ahí? —inquirió, alzando la voz para hacerse oír. A su espalda, el resto de conductores le imitó y todo el mundo sacó su propia arma—. ¡Déjate ver, desgraciado!
—O desgraciada —apuntó el muchacho en voz baja, que se ganó una mirada de desagrado.
Entonces, la hierba se movió un poco más cerca de ellos. Los caballos se removieron, inquietos, y relincharon cuando, de repente, una figura negra y esbelta apareció de la nada, saltando por encima de sus cabezas.
—¡Cuidado! —exclamó el forzudo, al tiempo que se encogía sobre sí mismo, como un armadillo.
El animal trotó al otro lado y se detuvo unos instantes, clavando su penetrante mirada azul en él. El hombre jadeó y tardó un instante en reconocerlo: se trataba de una pantera negra, el símbolo de la Casa Nyx, que regía Iltarrat. Pareció no encontrar en él ni en quienes le acompañaban peligro alguno, por lo que les dio la espalda y continuó su camino. Las estrellas apenas iluminaron el pelaje negro de su lomo. Pronto, nadie pudo distinguir su silueta en la oscuridad.
El muchacho resopló.
—Uf, ha ido por poco, ¿no crees?
El forzudo se volvió hacia él y le dio una colleja.
—Calla y métete dentro. Será mejor que avancemos, no quiero que ese animal cambie de idea y se nos zampe.
Sin esperar a que su pupilo respondiera, giró sobre el pescante y azuzó a los caballos, indicándoles que debían continuar. Apenas unos minutos después, la caravana se perdía entre el alto follaje rumbo a la capital. A lo lejos, la pantera observaba sus movimientos con satisfacción.
Por fin un envío que llegaba sano y salvo. Hacía muchas lunas que la mercancía con destino Iltarrat sufría ataques constantes. Había quien decía que los bandidos pertenecían a las Tierras Grises, pues no había riqueza alguna en aquel paraje yermo y reseco y necesitaban suministros para sobrevivir. Otros acusaban a Cyragak, el Reino del Sol, dada la tensa paz pactada con Iltarrat, Reino de la Luna. Sus dioses regentes eran rivales desde el inicio de los tiempos, pero su enemistad había ido en aumento con el paso de los años. No era de extrañar que los iltarranos culparan a los cyraguenses de sus desgracias.
La pantera, en cambio, tenía su propia teoría: los ladrones de las Tierras Grises trabajaban para sus enemigos, que debían de contar con más apoyo que el de su propio pueblo. Por desgracia, nunca había podido probar esa hipótesis, por lo que se limitaba a vigilar la llegada de las caravanas —si es que estas conseguían atravesar el Desierto de Cal— y asegurarse de que los mercaderes no tenían pinta de maleantes. Utilizaba su olfato y su oído para cerciorarse de que estaban dejando entrar a gente decente a su reino y, acto seguido, daba media vuelta y se internaba por el Bosque Sombrío, de vuelta a su hogar.
Así lo hizo también esa vez, corriendo a tal velocidad que los árboles se desdibujaban a ambos lados. Gracias a sus ojos, podía ver a la perfección en la oscuridad, lo que le permitía esquivar ramas, arbustos, animales y guardias. Al llegar a la segunda residencia de la Casa Nyx, se detuvo en las sombras y la admiró en la distancia.
La ciudad de Narrat refulgía como la más bella de las estrellas. El castillo, hecho de ópalo y piedra luna, centelleaba bajo las luces de las antorchas de fuego frío. Las casas eran blancas o de un suave color gris, de techos altos y vanos estrechos. Parecía que se alzasen hacia el cielo en busca de la luz procedente del firmamento. Las calles estaban empedradas y se bifurcaban en todas direcciones. La entrada principal de la capital estaba custodiada por varias parejas de guardias ataviados con cotas de malla y pecheras plateadas. Sus lanzas apuntaban al cielo, al igual que los afilados extremos de las púas que sobresalían de la muralla blanca que rodeaba la ciudad. La algarabía procedente del otro lado del muro le llegó a la pantera como una suave canción, como un arrullo que le recordaba que ese era su hogar y que debía luchar por él.
Respiró hondo y sacudió la cabeza. Dio un rodeo para evitar el acceso principal y se escabulló hasta el extremo oeste. El terreno ascendía hasta finalizar en un acantilado, sobre cuya cima se erigía el castillo. La pantera vio sin problemas la salida de los desechos y, haciendo de tripas corazón, se coló por el túnel. Utilizó las garras para impulsarse hacia arriba y, poco después, llegó al patio trasero de las cocinas. No había nadie a esas horas por allí, de modo que pudo salir sin miedo a que la descubrieran.
En cuanto hubo colocado la tapa del desagüe en su sitio, se deslizó en el más absoluto silencio hasta la zona delantera. Podría haber cambiado ya de forma, pero no le pareció lo más inteligente; no en vano, solo una persona en el castillo sabía de sus excursiones. Avanzó casi sin arrastrar las patas por el suelo macizo y salió al pasillo de la zona del servicio. Buscó las escaleras que conectaban aquella ala con la de la familia real y subió por ellas, con el oído aguzado. Gracias a esa sana costumbre, detectó a tiempo a una patrulla que vigilaba los corredores del castillo. La pantera esperó, paciente, a que desaparecieran por un recodo y, entonces, corrió sin hacer ruido hasta las termas; no confiaba en que no hubiera nadie en sus aposentos.
En cuanto se sintió a salvo, rodeada de vapor perfumado y columnas de piedra blanca, la pantera se enderezó. En apenas un segundo, el pelo negro que cubría su cuerpo fue sustituido por una pálida piel humana; las patas, por piernas y brazos; y el morro, por el rostro de una joven de diecinueve años de facciones finas y delicadas. Una vez hubo adoptado su forma original, abrió los párpados y sus penetrantes ojos azules estudiaron la estancia.
Lanzó un suspiro. Todo había salido bien.
—Por fin —dijo una voz a su espalda, sobresaltándola.
Dio un brinco y se dispuso a cambiar de forma de nuevo, pero tras reconocer a la dueña de la voz, relajó los músculos al instante.
—¿Sabes que he estado a punto de matarte?
—¿Y vos que he tenido que echar a las doncellas tres veces? —replicó la muchacha, caminando hacia ella—. Francamente, Am-Aris, ya no sé qué inventarme para que no os descubran.
—Ni yo para que dejes de llamarme así —la regañó—. Eres mi amiga, Lana, no tienes que utilizar mi título cuando estamos a solas. Ni tampoco tutearme.
La doncella contuvo una réplica y acompañó a su señora, que se metió en una de las termas con el agua más caliente. Aris gimió de gusto. Fuera hacía frío.
—¿Y bien? ¿Han llegado sanos y salvos?
La pregunta de Lana sacó a Aris del estado de relajación.
—Sí. Han tenido suerte, pero no podemos depender siempre de ella.
—¿No sería todo más sencillo si le explicaras a tu madre tu teoría?
Aris la miró de soslayo.
—¿Quieres que me mate? La sola mención de que Cyragak pudiera estar incumpliendo el acuerdo de paz sería casi como insultarla directamente. Además —Se dejó caer sobre los escalones, cansada—, tampoco serviría de nada. Ya sabes lo que piensa de mí.
Sí, Lana lo sabía, al igual que todo el mundo. La reina creía que su hija no estaba preparada para asumir sus responsabilidades como princesa. Avergonzaba y desprestigiaba el apellido de la Casa Nyx, a pesar de todos sus intentos por complacer los deseos de su madre. Creía firmemente que continuaba pensando y actuando como si fuera una niña. «Si ella supiera», pensó Aris, mordiéndose el labio inferior. Pero no, no podía conocer su secreto. Escabullirse en su forma animal era el único momento de la jornada en que se sentía libre y no iba a perderlo por nada del mundo.
Y no solo eso, sino que le permitía vigilar de cerca los movimientos de los guardias de la frontera y a los mercaderes que entraban al reino.
Desde hacía tiempo, Aris estaba convencida de que había espías repartidos por las diferentes localidades y a lo largo de los caminos que las conectaban. Era la única explicación para que Cyragak se adelantara a todos sus movimientos en materia de comercio y negociaciones con los Surya-Nut, los Señores de la Balanza. Cada cosa que ofrecía la Casa Nyx, era algo que Cyragak ya les había dado a quienes se llamaban a sí mismos «pueblo neutro». Esa había sido su postura en las guerras de antaño, las que habían provocado la desolación de las Tierras Grises. Sin embargo, con el paso del tiempo se habían convertido en un aliado a tener en cuenta, alguien que podía inclinarse hacia un lado o hacia el otro. Y era esencial que su apoyo se volcara en Iltarrat.
Si lograba desenmascarar a uno solo de los espías, podría llevárselo ante su madre y demostrarle que ella tenía razón.
Aris respiró hondo, tratando de calmar los nervios. Se echó agua por encima de los brazos y observó cómo las gotas se deslizaban por su piel blanca como la leche.
—Lo conseguirás —dijo Lana junto a ella. Aris la miró y su doncella pudo adivinar el brillo de esperanza en sus ojos azules—. Confío en ti. Protegerás a tu pueblo, como hizo tu abuela antes de ti.
La joven princesa apretó los labios y asintió, sin estar demasiado convencida. Decidió dejar para la jornada siguiente las pesquisas sobre lo que había visto y disfrutó del relajante baño antes de vestir uno de sus camisones de hilo y deslizarse entre las sábanas.
Que el dios Sueño se llevara su consciencia durante unas horas.