Capítulo 1: Viaje a Imola

En una noche repleta de estrellas, bajo la mirada desafiante de una luna imperturbable, el joven Rothwood comenzó a preparar su maleta con la determinación de buscar respuestas a su deseo más sombrío. El reloj de la cena marcó su ultimo tañido, y junto a su abuela Norma, habían elaborado unas suculentas hamburguesas caseras. El aroma impregnó el aire, llenándolo de una tentadora fragancia que transportaba a otros mundos.
- Abuela, ¿Crees que en el pueblo de Imola encuentre sabiduría? – preguntó el joven Rothwood, mientras llevaba la hamburguesa a su boca para saborearla.
- Claro que sí jovencito, Imola es un pueblo lleno de sabiduría. Ancianos y ancianas son en su mayoría los que viven ahí, no por algo le dicen “El Viejo Pueblo”. – contestó su abuela con una sonrisa – Sin embargo, recuerda siempre tus principios y valores, Maxi. – terminó de decir la anciana parienta.
Maximilian apoyó la hamburguesa sobre el plato, dio unos tragos al vaso de agua, mientras veía a su abuela servirse un vaso de vino, inclinó su cabeza hacia su hombro y dijo:
- Te voy a extrañar, abuela – con una leve sonrisa para luego continuar cenando.
Al día siguiente, como es de esperarse, el sol salió y con él Maximilian subió a un gran carruaje, este era llevado por unos diez caballos, era parecido a un colectivo. Recorría la ciudad para salir de ella hacia el destino de Imola, el vehículo era bastante grande, con una gran cantidad de asientos. No eran muchos los que viajaban al pueblo, tal vez unos quince. El joven Rothwood saludó al chofer con un movimiento de manos y subió cargando su maleta con él. Sentado al lado de una ventana abierta estaba, a medida que se alejaba de la ciudad, parecía observar atentamente cada centímetro del campo que lo rodeaba, con sus distinguidos árboles y pastizales tan coloridos, las nubes que lo saludaban mientras se iban con el viento, las grandes colinas que demostraban su firmeza. Una sensación de extrañez lo invadía, jamás olvidaría todas las historias que su abuela le contó y nunca dejaría de aprender. Sabía que este viaje era necesario, pero era difícil para él dejar su ciudad nativa, sus amigos, sus salidas al parque, a la biblioteca y su cafetería favorita, donde se llevaba bien con el jefe, quien le ofreció un puesto laboral.
A medida que el camino hacia Imola se acortaba con cada giro del reloj, Maxi se encontraba inmerso en las profundidades de su propia mente, explorando los misterios que se escondían detrás de su insólita atracción por las mujeres de avanzada edad. Había algo más en su interés, Maxi era un fanático de la magia, algo poco usual en su ciudad natal. Las historias que su abuela le había relatado sobre los magos y hechiceros pioneros en la magia habían dejado una huella imborrable en su mente. Y soñaba en convertirse en un mago de renombre algún día, tal vez, como el de Las Cabras Sabias, el poderoso mago que jamás se volvió a saber de él, solo en historias.
La sabiduría de los ancianos, creía Maxi, podía ser la llave para desbloquear el poder mágico que tanto anhelaba. Sin embargo, ese no era el único motivo por el cual el joven sentía una extraña atracción hacia las mujeres mayores. Su verdadera pasión residía en la búsqueda de la sabiduría que solo los años podrían brindar. No era que despreciara la belleza de las jóvenes de su edad; simplemente, para él, la verdadera belleza se encontraba en aquellos que tenían historias que contar, y estaba dispuesto a adentrarse en el misterio para desentrañar sus secretos. O eso creyó...
Mientras Maxi dejaba caer su vista sobre la ventana del carruaje, una joven de cabello castaño, que iba cayendo desde la cabeza hasta los hombros, se acercó y se sentó al lado de él.
- Buenos días, soy Melina, te diriges hacia Imola, ¿Verdad? – dijo la joven con un tono amigable, mientras lo miraba con una sonrisa de ojos plasmada.
- Sí, voy hacia Imola – dijo Maxi devolviendo la sonrisa – ¿y tú a donde vas? – preguntó el joven.
Melina lo miró y le comentó que ella también se dirigía hacia Imola, se encontraba viajando con otros cuatro amigos. Señaló al frente mostrando a dos chicos y dos chicas, los cuales parecían disfrutar el viaje.
En medio del viaje, Melina se presentó, tuvieron una charla bastante divertida, y preguntó a Maximilian el porqué de su viaje.
El joven Rothwood le comentó complacido, que su viaje se debía a la búsqueda de sabiduría sin entrar en detalles. Pero que descubrió la existencia del pueblo debido a un viejo libro que encontró en la biblioteca. Con ayuda de su abuela, mandó una palomita mensajera hacia este, pidiendo si serían capaces los ancianos del pueblo, brindarle un aprendizaje sobre sus conocimientos de la magia.
Melina, se encontraba algo perpleja ¿Tan importante es la miaga para este chico? Pensaba, y claro, ella y sus amigos eran viajeros, acostumbrados a presenciar una gran gama de conjuros. El mero hecho acto de hacer una bola de luz en la palma de su mano, era algo que jamás le despertaría total curiosidad en la joven. Sin embargo, para Maxi, eso era maravilloso. Así continuó el viaje, entre charlas y risas.
- Vaya, creo que no falta mucho... - comentó Maxi mientras observaba que a lo lejos podía verse un cartel de madera, bastante grande y sostenido por viejos troncos. El cartel llevaba el nombre de Imola en él.
Finalmente, Maximilian alcanzó Imola. El viaje resultó más agradable de lo que había anticipado. No esperaba que alguien más que un anciano estuviera dispuesto a entablar una conversación con él. De hecho, durante el viaje, intentó acercarse a un hombre de edad avanzada para sostener un breve diálogo, pero al acercarse, vio al hombre durmiendo como oso en su guarida recostado sobre su asiento.
El joven Rothwood bajó junto a Melina y sus compañeros al llegar al final de la ruta del carruaje: Imola. Mientras descendían lentamente por la escalinata de acceso, su mirada se encontró con la visión de un lugar de ensueño, desplegándose ante él como paginas de un antiguo cuento épico.
Las serpenteantes calzadas de adoquines que conducían a través de una urdimbre de casas erguidas, la mayoría construidas por la nobleza de la madera y la robustez de la piedra. A medida que su mirada se extendía, una amplia plaza se revelaba, adornada con la gracia de frondosos árboles cuyas ramas susurraban secretos antiguos y bancos de madera tallada que invitaban al descanso y la contemplación. En el centro de esta plenitud, un pozo de ladrillos, cuya agua brillaba como un tesoro escondido en las profundidades de la tierra, se alzaba con solemnidad, como un guardián de los misterios y tesoros del pasado.
Rothwood estaba completamente entusiasmado, sintió como si el aire que respiraba llenara sus pulmones con conocimiento antiguo. Y no solo eso, su corazón se aceleró y mariposas en el estómago comenzó a sentir cuando vio que muchos ciudadanos que habitaban en el pueblo, eran en su mayoría, ancianas, esas señoras de piel arrugada y con pocos dientes.
- Maxi, te presento a mis compañeros – dijo Melina, mientras a su lado estaban sus jóvenes compañeros de viaje, recorredores de mundos y encantados de aventura. Primero, presentó a Mike, un jovencito de piel un poco oscura, un traje bastante formal para la época, pareciera llevar unos zapatos un poco más grandes que su talla y su cabello color marron. Luego, presentó a la joven Luna, una chica de encantadores ojos, su cabello color negro, vestía una ropa al parecer bastante resistente, entrando en más detalles, estoy seguro que fue hecha con las escamas de un dragón. Luego, señaló a Finrel, joven, cabello un poco desprolijo de color rojo y una gran cicatriz que pasaba desde el ojo derecho hacia el labio. Y, por último, Alicia, si tuviera que describirla, es digna de ser una princesa de los típicos estereotipos, su cabello era rubio y largo, llevaba una ropa de color azul, junto a unas botas al parecer, hechas con cuero de dullampo, una gran ave que es capaz de sacudir un bosque entero con sus alas.
A todo esto, el joven Rothwood no le prestó demasiado interés. Melina, le ofreció unirse a ellos en esta aventura, juntos explorarían el magnifico pueblo, buscarían unas posadas en alguna taberna y disfrutarían de la comida y bebida.
Rothwood, lo pensó al momento, las bebidas alcohólicas no eran su fuerte y el sabía cocinar bastante bien como para comer en un local. Pero la curiosidad sobre las aventuras de Melina y su equipo, parecían despertar un gran interés en el joven.
Su idea principal, era llegar y encontrar alguna anciana con la cual luego de unos coqueteos lo deje instalarse en su casa, pero no lo pensó dos veces y aceptó.
Al joven Maximilian Rothwood, le espera una gran aventura y un enorme misterio que este pueblo oculta donde uno menos creería encontrar, por algo, es una leyenda, aquí comienza el destacado camino de Maximilian Rothwood, el futuro “Catador De Abuelas”.
- Jovenes viajeros, sean bienvenidos a su muerte, algo horrible les espera... – dijo una voz gastada entre toses que de a poco se acercaba hacia los viajeros.