Historia sin título

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Summary

Están destinados a odiarse, la familia de él hará todo lo posible para separarlos, pero... las fuerzas que los unen son mucho más poderosas de lo que nadie podría imaginar.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

MAR EN CALMA

El viento soplaba con fuerza en aquella mañana otoñal en Hogwarts, mientras las hojas danzaban en el aire, creando un espectáculo de colores anaranjados y dorados que se mezclaban con los grises de las imponentes torres del castillo.

Esther se abrigó con su túnica de lana dejando tras de sí su sala común de Gryffindor. Se dirigía con ánimo aletargado a su primera clase del día.

En medio del eco de los pasillos la voz de la profesora MacGonagall hizo detenerse a Esther

—Señorita Moon, espere. Necesito hablar con usted.

Esta se acercaba a ella con paso decidido, observando con cierto aire de cariño a la joven.

—Dígame profesora, ¿en qué puedo ayudarla? —Preguntó Esther algo nerviosa, ¿se habrían enterado de su secreto?

—Verás, tanto el director como yo necesitamos que nos hagas un favor —comenzó a decir la profesora con un tono amable, pero serio—. Tenemos una nueva incorporación en quinto año, un muchacho llamado Jim, nos gustaría que le hicieras de guía, que le mostraras el castillo y las aulas. Ya sabes que este sitio puede ser inmenso si no se lo conoce. No queremos que se sienta perdido en su primer día aquí. ¿Podrías?

Lo cierto es que no, no podía, tenía trabajos por entregar, hechizos por practicar y estudiar para los TIMO (Título Indispensable de Magia Ordinaria) que se acercaban de forma vertiginosa. Pero el alivio de que no fuera un castigo lo que la esperaba y la intriga por ese alumno que entraba ni más ni menos que en quinto año (cosa bastante inusual), la hizo asentir con una sonrisa.

—Por supuesto profesora, será un placer enseñar a Jim nuestro maravilloso castillo.

—Fantástico —se alegró la profesora MacGonagall—, seguramente lo encontrarás en el gran comedor, le hemos dicho que esperara allí hasta que alguien de nuestra confianza fuera a su encuentro.

Esther emprendió camino hacia el gran comedor a paso ligero, haciendo a su túnica danzar de forma sutil tras ella, las preguntas la asaltaban, ¿por qué un chico entraría en quinto curso?, ¿de qué casa sería?, ¿por qué la profesora MacGonagall le había pedido a ella encargarse de enseñarle el colegio?

Fue fácil reconocerle, en una esquina del Gran Comedor, solo. Jim era alto y apuesto, el pelo oscuro apenas le rozaba la nuca, bien cortado y en un peinado perfectamente ordenado, ya de lejos se distinguían unos ojos profundos que parecían guardar un sinfín de misterios. Sus rasgos eran perfectamente equilibrados, como si hubieran sido trazados por un artista consumado, su aura enigmática se expandía por el Gran Comedor, atrayendo la atención de todos los estudiantes. El corazón de Esther empezó a descontrolarse a cada paso que daba hacia él, ya a escasos metros del joven pudo distinguir el escudo de la casa Slytherin alzarse con su majestuoso verde en la profundidad de la túnica negra.

—Hola —dijo Esther con voz temblorosa a pesar de intentar no mostrar el nerviosismo que amenazaba con consumirla—. Mi nombre es Esther, la profesora MacGonagall me ha encomendado enseñarte el castillo.

Jim se la quedó mirando, un poco confundido por el efecto que le estaba generando el sutil aroma a perfume que desprendía la joven pelirroja de ojos verdes.

—Buenas, soy Jim —dijo—. Encantado Esther.

La voz suave pero firme de Jim, pasó a través de sus labios captando la mirada de Esther hacia esa zona, este hecho aparentemente simple hizo a Esther ruborizarse por la simple mención de su nombre.

—Amm, sí —titubeo Esther sin saber muy bien por qué—… bueno deberíamos comenzar con la guía, el castillo es grande y no nos van a permitir más de esta mañana para enseñártelo.

Jim asintió.

—Detrás de ti— aceptó, haciendo un gesto con la mano hacia la puerta.

Juntos comenzaron a recorrer los interminables pasillos y escaleras de Hogwarts, que parecían tomar vida propia en aquel entorno mágico. A medida que avanzaban por las estancias, Esther no pudo evitar sentirse cada vez más atraída por aquel chico de naturaleza misteriosa.

A pesar del frío silencio entre un punto de interés y el siguiente la compañía mutua era reconfortante, como un cálido resguardo en una mañana de invierno.

Cada mirada que intercambiaban intensificaba aquel magnetismo que los unía poco a poco.

El tiempo transcurrió sin que se dieran cuenta, y pronto se encontraron en el jardín secreto, un rincón oculto en lo más profundo del castillo, donde las flores mágicas y las criaturas fantásticas convivían en una armonía silenciosa, resguardada por la penumbra de los altos muros. Allí, el sol se colaba entre las hojas de los árboles, creando un ambiente de ensueño que parecía hecho a medida para dejar florecer los sentimientos que empezaban a trazarse en el fondo de sus almas. Esther, sintiendo una conexión especial con aquel lugar, no pudo evitar mostrar su fascinación al contemplar la belleza de las plantas mágicas y las criaturas que allí habitaban.

—Es uno de mis lugares favoritos de Hogwarts —comentó Esther, acercándose despacio a un árbol milenario custodiado por pequeños duendes alados.

Jim no pudo evitar sonreír ante la delicadeza que irradiaba la joven, dando pequeños saltos entre claro y claro para no hacer daño a ningún animal o planta.

—Es bonito —dijo Jim.

Esther lo miró, ya un poco alejada de él.

—¿Solo bonito? —Preguntó Esther, en su intento de sonsacar algo más que las frases banales y corteses que el joven le había estado dedicando durante toda la visita.

Jim suspiró. Abandonándose a las pericias de esa encantadora chica.

—Sí, bonito. Pero de un bonito especial, de ese tipo de bonito que solo pueden verse en determinadas ocasiones porque nuestros impuros corazones no serían capaces de aguantar, un latido acelerado puede tener como consecuencia un infarto. Así que sí, bonito. Como el ligero romper del mar en calma después de una destrozosa tormenta.

Esther había dejado de dar saltitos, miraba a Jim, el joven a su vez apartó su mirada de ella.

—Eso sí que es bonito —dijo Esther, después de un pequeño silencio.

Jim asintió sin mirarla aún.

—No te muevas —dijo este en tono serio.

Los ojos de Jim estaban clavados en el cuello de Esther. Tan firme había sido su orden que ésta no se atrevió a mover un músculo.

—Tienes (añadir bicho mágico venenoso) en el cuello —El pánico en los ojos de Esther dio a entender a Jim que ella sabía lo venenoso que era el pequeño animal—. Lo sé. Pero, tranquila. Tú no te muevas.

Jim decía esto con voz extremadamente sosegada, mientras se acercaba a ella lentamente intentando que sus pasos no rompiera la tranquilidad que mantenía al animal sosegado.

Jim acercó su mano a la clavícula de Esther, suavemente, como el lento caer de una pluma, movió sus dedos hacia el animal, haciendo estremecer a Esther con tal sutileza que el pequeño animal se vio obligado a batir sus alas incordiado, pero no molesto, por la vibración que interrumpió su letargo.

—Ya está —susurro Jim, sin apartar los dedos del suave cuello de Esther.

Durante un periodo de tiempo que se hizo incontable para los jóvenes, el tiempo se detuvo para ambos. Esther no sentía la brisa otoñal que, hacia danzar las hojas del árbol milenario, para ella solo existía el suave tacto que le hacía arder el cuello a su paso. Para Jim, el mundo se detuvo en la punta de sus dedos, un ansía que nunca había sentido empezó a aflorar en lo más profundo de su garganta. Sus ojos dueños de sí mismos, volaron hacia los labios entre abiertos de Esther, la cual empezaba a respirar con más fuerza de lo normal, extasiada por el momento.

El espacio entre ellos pareció acortarse, acelerando aún más sus corazones desbocados…

—¡DONG! ¡DONG! ¡DONG!

Jim y Esther dieron un respingo ante el sonido del campanario que por alguna razón parecía estar junto a ellos a pesar de encontrarse en la otra punta del castillo, rompiendo la burbuja que parecía haberse creado alrededor de ellos. Se miraron, sonriendo de forma incómoda.

—Gracias —dijo Esther, con un leve temblor en la voz—. Será mejor que nos vayamos, es hora de comer.

Jim asintió, tragando en silencio en un vago intento de calmar a sus instintos primarios.

Esther comenzó a caminar de vuelta al Gran Comedor, sintiendo el corazón acelerado, la falta de saliva en la boca y una palpitación en el bajo vientre que imperaba ser calmada.