Capítulo 1
Mi cuesta abajo comenzó casi una semana después del último terremoto. En esos días tan caóticos, cuando el polvo ya se había asentado pero la gente aún sentía demasiado miedo y tristeza y seguía esparciendo rumores falsos en la misma medida que estaba dispuesta a dar una mano, tuve la corroboración de algo que había sabido toda mi vida: yo era un inútil.
Mientras mis amistades y conocidos ayudaban a médicos, enfermeras y rescatistas mediante transportar equipo o personal a los campamentos erigidos en las zonas más afectadas, yo solo podía transmitir los boletines o solicitudes de apoyo en Facebook y Twitter (lo cual no servía de mucho, pues mis contactos en ambas redes no sumaban la centena). Me cansé de recorrer a pie los centros de acopio en un radio de cinco kilómetros de mi casa, y en ninguno aceptaron mi ayuda, aunque sí mi dinero para comprar utensilios y alimentos.
Harto de ver cómo los demás se dejaban cuerpo y alma, el domingo decidí hacer algo más que compartir y retuitear desde mi casa. En uno de los boletines leí que a las seis de la mañana sería el cambio de guardia en el campamento más grande y necesitarían voluntarios para seleccionar y empaquetar las donaciones, preparar comida para el personal especializado y asistir en labores varias. No dormí en toda la noche y, a las cinco, tomé un autobús que me dejó a cinco cuadras del lugar.
Al llegar, vi cómo cargaban un tráiler con bolsas de medicinas y viandas. Me acerqué a quien parecía ser el encargado y le ofrecí mi ayuda; de inmediato, me preguntó si era médico. Al responderle que no, consultó por su radio si había algo que yo pudiera hacer. Con un tono de disculpa en la voz, me dijo que ya habían hecho todo lo necesario para las próximas doce horas. También, con una satisfacción comprensible, me compartió que, por primera vez desde el sismo, habían logrado reducir la carga de trabajo del siguiente turno. Me agradeció la buena voluntad, pero me invitó a regresarme a la casa a seguir durmiendo e intentarlo de nuevo antes de las seis de la tarde. Pregunté si en otro campamento podrían necesitar manos a esa hora, aunque más no fuese para preparar sándwiches. Una segunda negativa; incluso eso ya lo tenían resuelto las brigadas. Al despedirme de él, vi cómo seguían cargando el tráiler, y no supe responderme por qué mi apariencia le sugirió que podía ser un médico pero no apto para cargar unas bolsas que, a ojos vistas, pesaban menos de cinco kilos.
Regresé fumando a la base de autobuses donde estuve minutos antes. La acera estaba cubierta de hojas secas, y su crujir a mi paso acentuaba cuán desierta se hallaba esa colonia, la cual una semana antes era de las más bulliciosas. Esa madrugada, no salía sonido alguno de las casas o apartamentos; a lo más, había luz en una o dos ventanas por aquí o por allá. No supe definir si era un silencio doliente o apenas uno respetuoso, pero no quise romperlo al siquiera musitar las palabras que mi mente no dejaba de repetir: “Yo sí quería ayudar”.
En el autobús, pude haberme sentado junto a un mesero u otro trabajador nocturno, o algún borracho que tomó una copa de más por la angustia que todavía era evidente en todos y otra más por mero gusto; pero no, tuve que compartir el asiento con uno de los voluntarios del campamento donde me habían dado las gracias por nada. Me habría gustado conversar con él y preguntarle dónde o de qué manera podría yo dar una mano; pero el hombre estaba muy cansado y solo alcanzó a pedirme que lo despertara cuando estuviéramos cerca de su parada, antes de recargar la cabeza en la ventanilla y quedarse dormido.
Esa fue toda mi utilidad en el último terremoto: evitar que se siguiera de largo quien sí fue útil.
Al día siguiente, la editorial para la cual traducía una revista periodística, a las dos de la tarde aún no mandaba los textos de la edición semanal. No necesitaba ser un genio para adivinar la razón del retraso. Sentí una mezcla de cansancio y fastidio, por lo que preferí ir a un restaurante en la plaza comercial más cercana, donde solía pasear cuando la imaginación no me daba para más.
Mientras esperaba un filete a las tres pimientas, llegó por fin un correo electrónico, informándome que dedicarían casi todo el número al sismo. Por ello, me enviaban solo un artículo para que pudiera cobrar esa semana gracias a la iguala. Abrí el archivo adjunto: era un texto de apenas dos páginas. Y la foto cubría una cuarta parte de la primera.
Apoyé los codos en la mesa, entrelacé las manos y apoyé la boca en ellas, como hacía siempre que fingía cavilar. Por quince años traduje una tercera parte de la revista semana tras semana; ahora, me daban un artículo de consolación. Ni siquiera sabía que la editorial tuviera periodistas en la plantilla, pues hacía años que no nos daban un ejemplar de cortesía, y no estaba dispuesto a comprarla. Si bien no esperaba que me pidieran un artículo, pues no me gradué de eso (aunque tampoco de traductor), dos páginas no me hacían sentir indispensable. Y permitirme cobrar la tarifa completa hablaba bien de ellos, mas no de mí.
Cuando trajo el filete, el mesero no me permitió seguir rumiando por su insistencia de saber si estaba en el punto que había pedido. Corté un trozo y sonreí al ver que, por primera vez en mucho tiempo, me habían servido un auténtico término inglés. No solo la carne estaba perfecta, también la salsa... y las papas... incluso el brócoli, que ya venía en el tamaño exacto de un bocado. Di un suspiro muy largo al mirar el tenedor, pues ese yerbajo verde que casi nadie comía por gusto acababa de mostrarme cómo alguien podía ser útil en el trabajo.
De vuelta en la casa, tardé media hora en completar y enviar la traducción. Por lo general, tardaba ocho horas en hacer mi parte de la revista; ahora, tenía siete horas y media muertas, sin la más mínima idea de cómo llenarlas. Solo se me ocurrió oír música en YouTube y jugar solitarios en la computadora; pero me aburrí antes de la cuarta partida. Entré en un sitio web donde mujeres se desnudaban en vivo a cambio de propinas. Aun cuando estaban conectadas varias de las modelos a quienes seguía, no pude decidirme por una, como si mi cerebro hubiera disfrazado de indecisión lo que en realidad era una inapetencia de masturbarme. Suspendí la computadora y subí a mi habitación, casi arrastrando los pies.
Me senté en el borde de la cama a averiguar en vano algo que pudiera hacer. Miré la guitarra, pero no la tomé; no pude pensar una sola canción que quisiera tocar. Miré mi colección de películas, los libros por leer en la mesa de noche, la almohada, y nada me despertó el interés. Miré las llaves y me pregunté si lo mejor sería dar una vuelta por la colonia o tomarme una cubalibre campechana en mi bar habitual. Por un tiempo que pudo ser un par de minutos o media hora, nada más hice eso: mirar las llaves y preguntarme si debía salir.
Me recosté en la cama y pasé uno tras otro los canales de la televisión, sin quedarme más de veinte segundos en cada programa. Mi cerebro parecía negarse a concentrarse, aunque no buscaba quedarse en blanco; más bien, trataba de rechazar las pocas cosas que se le ocurrían, para traerlas de vuelta al poco rato, como si se hubiera convertido en un carrusel. Apagué el televisor y entrelacé las manos detrás de la cabeza. Clavé los ojos en el techo y me dije que lo había visto muy pocas veces en mi vida (claro que lo miré todos los días al despertar; pero no había razón para prestarle atención a algo que siempre estaba allí, salvo en la temporada de lluvias para buscar humedades). Oí los polluelos en los nidos del árbol que mi vecino tenía en su patio trasero; también me pareció oír un gato pasearse sobre las hojas secas que, todos los otoños, caían en mi azotea. “Tengo que barrerlas antes de que tapen el desagüe”, pensé en voz alta. Y de nuevo, no pasó de allí. Traté de recordar cuándo fue la última vez que limpié a fondo mi casa. Debió ser en los meses previos a mi divorcio, porque no pude imaginarme haciéndolo en una fecha más cercana. A mi madre le habría dado un infarto al ver cómo yo había dejado deteriorarse esa casa que a ella le costó tantos pesares.
Me volví sobre mi costado izquierdo, aun cuando no tenía un deseo verdadero de dormir. Y en ese momento, del ojo derecho me brotó una lágrima, la cual no me había percatado de que estaba allí. Tal vez la produjo el pensar en mi madre, tal vez venía de más adentro. Sin molestarme en secarla, junto con ella salieron unas palabras que mi boca había querido pronunciar desde hacía varios minutos: “¿Por qué no me mato de una buena vez?”
Me eran harto conocidas. Las dije casi todos los días por veinticinco años. Después de mi intento de suicidio a los quince, las repetí tantas veces (junto con “¡Diablos, no fue hoy!” al despertarme), que se convirtieron en mi cliché personal. Hubo dos ocasiones en que no las pronuncié por mera costumbre, sino con auténtico convencimiento, y, aunque esto pudiera ser mentira, ahora me sonaron de forma muy similar. Al contrario de aquellas dos veces anteriores, esa tarde no hubo un miedo que me impidiera añadir al final una determinación.
Pasé los siguientes minutos buscando algo que me permitiera desecharlas como había logrado hacerlo hasta entonces. Al no encontrarlo, me senté con brusquedad en la cama y hundí la cara en las manos, para luego pasarlas por el cabello o apretarme las sienes, en un intento de arrancarme esta idea que se había apoderado de mi mente. En un breve momento de lucidez, intuí que no debía estar solo un minuto más. Tomé la chamarra y las llaves y salí corriendo de la casa, con rumbo al bar donde solía perder mi tiempo.
Había más gente de la habitual, o sea, tres mesas ocupadas y nadie en la barra. (Nunca supe cómo ese lugar pudo sobrevivir tantos años con tan poca clientela. A lo mejor las cuentas buenas no coincidían con mis horarios.) Me senté donde siempre: a la barra y pegado al piano, donde nadie podría verme ni querría hacerme plática. El cantinero y dueño me saludó con su efusividad acostumbrada: alzando la mano izquierda y la comisura del mismo lado a modo de sonrisa. No tuve que pedir mi bebida: tardé más en sacar la cajetilla que él en preparar una cubalibre campechana, la cual se quedó servida en la barra, a la espera de que me la diera la mesera. Sabía por qué él no me la daba en la mano, pero nunca entendí por qué se prestaba a ello. Resultaba obvio que él sentía por la mesera lo mismo que ella por mí. Aunque quizás no era tan tonto como para perder una buena empleada por un momento de ofuscación. No pude evitar pensar en las amigas que perdí antes de entender que no debes hablarle de amores a quien no quiere oírtelos.
Alcancé a encender un cigarrillo cuando ella se acercó para darme el vaso, con su efusividad habitual que tanto le repateaba al dueño. Por la escasez de clientes, se sentó junto a mí. Aun cuando me dijo más de una vez que no le agradaba el humo, nunca mostró reparo en estar cerca de mí mientras yo fumaba. Y se quedaba allí demasiado tiempo, a pesar de que nuestras conversaciones no eran la gran cosa. Me contaba las anécdotas del día, y pocas veces le hablé de algo distinto a mi mayor o menor carga de trabajo. Si yo hubiera sido ella, hacía mucho que habría cejado en mis intenciones y me habría fijado en un hombre más accesible. No obstante, aún parecía interesada en compartirme cuánto le emocionaba algo tan trivial como el futbol. (Por esas fechas, su equipo favorito había tenido una racha de triunfos y pintaba para competir por el campeonato. Me habría gustado decirle que mi equipo de beisbol también tenía posibilidades de llegar a la Serie Mundial, pero se me ocurrió irle a uno que ganó su último título treinta y nueve años atrás.) Cosa curiosa, aun cuando ella no me veía como cliente, nunca me preguntó cuál era el equipo de mis amores, a pesar de la frecuencia con que usaba mi gorra negra de los Piratas de Pittsburgh. Tal vez creyó, tras decirle que no me llamaba la atención el futbol, que no me interesaban los deportes en general y usaba esa gorra porque se veía bonita. Y sí, era muy bonita. La más bonita.
No era una mujer hermosa; a lo sumo, atractiva. Baja de estatura y con tendencia a engordar; de piel morena y cabello muy negro a los hombros; de rasgos aindiados, aunque juraba y perjuraba que era mestiza; de dientes muy bien cuidados, los cuales presumía con sonrisas muy amplias; de pechos medianos y nalgas redondeadas pero no prominentes, que era imposible no mirarlas de soslayo. No habría dudado en mirarla de forma descarada en la calle, y mentiría si dijera que no me despertó el deseo más de una vez. Sin embargo, era quince años menor que yo. Si bien uno de mis dos únicos amigos me aseguraba que esa diferencia de años se salvaba con facilidad en la cama, yo estaba seguro de que no tenía la potencia suficiente para satisfacer a una mujer tan joven. Tal vez ni siquiera la tuve a la edad de ella. Y no quería tener que buscarme otro bar. No había en el mundo un coito que fuera tan bueno.
—¡Qué milagro que te dejas ver en lunes!
—Ya ves, pude darme una escapada del trabajo. Y aquí, ¿cómo les ha ido?
—Bajó mucho desde el temblor. —“¡Ajá, cómo no! Siempre han estado igual”, pensé—. Pero al rato vienen los de la oficina de aquí junto. Aunque, aquí entre nos, prefiero que no vengan. No me caen bien.
—¿Y eso qué? Una propina es una propina, ¿no?
Hizo una mueca que pudo ser de enfado o tristeza. Supe que no debía ahondar en el tema, pues inferí en el acto por qué no le agradaban. Después de tantos años de andar en bares, sabía muy bien a qué se refería una mesera, o una mujer en general, con esas palabras.
Tomé un segundo cigarrillo y lo encendí como si nada. Ella disipó el humo con la mano, cosa que nunca le había visto hacer, por lo menos no al sentarse junto a mí. Le pregunté si quería que lo apagara, pero respondió que no, con una sonrisa demasiado forzada. Dudé entre hacerle caso a las palabras o al gesto. No me costaba nada apagarlo ahora y fumarlo cuando atendiera las mesas, mas no me vino en gana. Después de todo, no era mi culpa que el dueño se pasara por el arco del triunfo la ley y permitiera fumar dentro. Si a ella le molestaba tanto, podía irse a trabajar en la taquería de enfrente, la cual estaba llena a toda hora y le daría más propinas. Y a fin de cuentas, no le pedí que se sentara junto a mí. Es más, si lo hubiera dicho con todas sus letras: “¿Podrías no fumar?”, habría tardado más en expresarlo que yo en apagarlo y abstenerme. Siempre fui fiel creyente de la frase el que calla, otorga. Si había algo de mi exesposa que me sacaba de quicio, era su manía de callarse las cosas y reclamarlas tiempo después. Si no lo soportaba en la persona con quien estuve casado, mucho menos en alguien que nada más calificaba como conocida.
Para ser un poco menos descortés, quise hacerle la plática. Entonces me percaté de cuán poco la conocía; mejor dicho, de cuán poca atención le puse siempre a sus charlas. Ignoraba qué música le gustaba, si leía o prefería ir al cine; ni siquiera sabía qué tipo de ropa usaba fuera del bar. Pude preguntarle todo esto en ese momento, pero no me nació hacerlo. Consideré hablarle de las cosas que me interesaban, como el beisbol, las películas mudas o el jazz, mas intuí que me daría esa mueca de incredulidad o desagrado que los demás hacían cuando hablaba de mis gustos. Era mejor no decir nada y concentrarme en el cigarrillo y la cubalibre.
¿En qué momento dejé de hablar de lo que me agradaba para solo oír a los demás? Ni idea, pero debió ser cuando me percaté de que mis pláticas cansaban, y no fueron pocos quienes me acusaron de petulante por hablar de cosas que no les atraían. Solo quería compartir algo que me parecía digno de mención; los demás pensaban que quería dármelas de culto o, peor aún, de hacerlos ver como ignorantes. Después de la segunda vez que me tildaron de soberbio, opté por cerrar la boca.
Nunca entendí por qué los otros pretendían que los escuchara presumir sus logros, gustos y demás, pero no estaban dispuestos a concederme la misma cortesía; por qué exigían que soportara sus groserías en uno de sus días malos, mas no hacían lo mismo en uno de los míos. Por ello, decidí alejarme de casi todos y terminé bebiendo solo en un bar de quinta a dos cuadras de mi casa.
Cuando dudaba en pedir una segunda cubalibre, sentí una palmada en la espalda. Había una sola persona que se atrevería a hacer eso, y nada más giré la cabeza a la izquierda y allí estaba el pianista, con la mano extendida para saludarme, sin sonreír. También le extrañó verme en lunes.
—¿Qué quieres? Tenía ganas de oír buen jazz.
—Ah, pues ahorita vas a oír muy buen jazz.
—¿Eso significa que vas a poner la radio en vez de tocar?
Fingió una carcajada y la siguió con el típico redoble de tambor y un platillazo con que se solía responder a un chiste malo. Se sentó al piano, abrió una maleta que nunca se llevaba a casa y sacó un libro de partituras. Este ritual suyo siempre fue una incógnita para mí, pues sabía que no leía la música; tocaba de memoria. Si alguien le pedía una melodía que desconocía, se negaba a tocarla, incluso si estaba en su libro. (Lo supe porque se lo pedí un día para aprenderme unos acordes, y allí aparecía una canción que le habían solicitado alguna vez.) Quizás sentía que si no lo abría, se le olvidarían las notas. O tal vez lo hacía porque los demás suponíamos que eso debían hacer los pianistas.
—Bueno, ¿cuál quieres oír?
—No sé. ¿Qué tal St. Louis Blues?
—Esa no me la sé.
—Es la única que te sabes.
Y se arrancó con una versión de seis minutos, sin mezclar otra pieza en sus improvisaciones. Esto se había convertido en una especie de ritual entre nosotros, aunque yo no recordaba cómo empezó ni por qué él pensó que era mi pieza favorita. Con toda probabilidad, era la suya, y me usaba como pretexto para tocarla sin que el dueño se quejara. Alcancé a oír a alguien en las mesas preguntar por qué no estaba en un mejor bar. (No insinuó que merecía una gran carrera musical, con giras, discos y toda la parafernalia; solo un mejor bar.) Si lo hubiera conocido tan bien como yo, sabría que una de las razones estaba sobre el piano, a su izquierda: un vaso de bourbon con refresco de cola. No era el típico cliché del músico que no pudo despuntar a causa del alcohol; solo decía que el dueño tenía una mano excelente al prepararlo. También pudo deberse a que ahí nunca le exigieron más de su repertorio de veinte piezas. El dueño y la mesera no tenían idea de lo que era el jazz, y como no podían distinguir una melodía de otra, no se percataban de cuando tocaba dos o tres veces la misma canción en una noche. O quizás se rindió ante la indiferencia de un público que no iba allí por el ambiente sino por los precios.
Conmigo era distinto: en más de una ocasión intercambiamos discos, y en sus descansos se sentaba junto a mí a terminarse su copa mientras conversábamos de tal o cual músico. Sin embargo, aun cuando yo tocaba la guitarra, rara vez le entendía cuando me hablaba de modos o estructuras; pero sí podíamos dialogar de cosas sencillas, como acordes, ritmos y tiempos. Era grato tener una charla que sí disfrutaba, aunque al final el bourbon y el ron nos hicieran entercarnos por bobadas.
Ahora, mientras lo oía improvisar hasta el hartazgo, mi mente trataba de aferrarse al sonido para no pensar en mis ganas de ponerle fin a todo. Si bien no tenía el oído tan desarrollado como para distinguir las notas con precisión, sí me percaté de que en cierto momento dejó de hilvanar frases melódicas y solo subía y bajaba en la escala con mediana rapidez. Le concedí que se requería de talento para hacerle creer a los clientes que eso era música, cuando en realidad era un mero ejercicio de digitación. Yo nunca lo conseguí, a pesar de que tocaba la guitarra desde los doce años.
Recordé mi viejo instrumento, el último regalo importante de mi padre antes de irse de la casa. Era una acústica negra, sin los puntos de referencia en el brazo, con una sonoridad excelente. Bastaba con rozar las cuerdas para que se oyera en el otro extremo de un cuarto mediano. Nunca trasteó, incluso cuando me excedía en la fuerza al rasguear. Muchas veces me dije que esa guitarra —junto con el cigarrillo con que la acompañaba— fue lo único que me impidió volver a suicidarme. Después de los rechazos que recibí de las mujeres en mi adolescencia y juventud, ahí estaba ella para suplir las lágrimas que, a fuer de costumbre, dejaron de brotar. Cuando mi madre y yo perdimos el hábito de conversar, ese instrumento era lo único que me permitía sacarle una sonrisa en su cumpleaños o el día de las madres. Y después de su muerte, esa guitarra enmudeció. Muchas veces toqué al lado de mi exesposa, pero nunca sentí el deseo de darle una de esas “serenatas” como las que le dediqué a mi madre. Además, para entonces me había acostumbrado a tocar una eléctrica cerca de ella, porque al no tener amplificador para conectarla, lo apagado del sonido no la desconcentraba de su trabajo (su manera sutil de decirme que no tenía talento) como sí lo hacía la acústica. Tras su partida, tardé meses en retomar mi viejo amor musical.
A pesar de esto —o quizás a causa de esto—, mientras estaba sentado frente a una cubalibre campechana y oía a un verdadero músico recuperar la melodía base sin problemas, no sentí ganas de tener la guitarra en las manos para acompañarle, como si las había sentido en otras ocasiones. Es más, lo mejor sería no volver a tocarla: en mis manos era un desperdicio.
Terminó St. Louis Blues y la siguió con una pieza que no reconocí. No supe si era una nueva o una de su repertorio habitual que mi estado de ánimo no distinguió. Siempre me maravilló cómo los auténticos aficionados al jazz podían identificar una melodía o un músico tras oír unas cuantas notas. Yo nunca pude. Me habría gustado tener un oído más adiestrado; no solo por cuánto habría mejorado mi ejecución en la guitarra, sino por cuánto más habría disfrutado la música.
En general, mi apreciación del arte fue harto común. Mi juicio se restringió a que si algo me gustaba, era bueno, y lo opuesto. Fui incapaz de hallar las cosas salvables en lo que no me gustaba, pues nunca tuve oído, ojo ni gusto para los detalles, solo para los conjuntos. Y si tomaba esto en cuenta, era muy cuestionable la validez de mis gustos. Tal vez John Coltrane no fue el mejor jazzista, porque esas sutilezas que lo diferenciaron de los demás siempre me estuvieron negadas. A lo mejor, no me gustaba la carne en término inglés tanto como solía decir, pues era la costumbre heredada de mi padre y no mi lengua la que dictaba que así debía comerla. Quizás los Piratas de Pittsburgh sí eran un equipo que merecía desaparecer después de tantísimas temporadas decepcionantes. No, esto no. Después de tantos años, aún tenía la esperanza de verlos jugar en la Serie Mundial.
Vacié lo que quedaba en el vaso, saqué otro cigarrillo y no me decidí a encenderlo. Esto me hizo caer en cuenta que la mesera no había regresado a platicar conmigo. No me había fijado si en ese tiempo entró alguien en el bar, y al buscarle con la mirada, la vi charlando con los clientes de una mesa (quienes también fumaban). Calculé que al pianista le faltaba media hora para terminar su primer turno, así que no podía contar con él para distraerme. Como al cantinero era más fácil sacarle una copa gratis que una conversación, cuando este me preguntó si quería otra bebida, golpeteé la barra con el filtro del cigarrillo y mejor pedí la cuenta.
En la calle, soplaba una brisa que no me obligó a cerrarme la chamarra. Encendí el cigarrillo que no quise fumarme dentro y empecé a caminar con rumbo a la casa. Me paré en la esquina, intuyendo que no quería ni debía ir allí, aunque no tenía idea de dónde más dirigirme. A mi derecha, cruzando la avenida, estaba la plaza comercial donde comí horas antes; a mi espalda, una serie interminable de colonias idénticas y sin casas bonitas; a mi izquierda, el barrio donde viví la mayor parte de mi vida y que no guardaba sorpresas. Suspiré con hastío genuino, burlándome de que la gente pudiera decir con franqueza que en esa ciudad siempre había qué hacer y dónde ir a cualquier hora.
Tomé por una calle paralela a la mía y deambulé por un tiempo, sin prestar atención a las casas o la gente con quien me cruzaba. Si anduvo por allí algún conocido, no me percaté. Desde muy joven, cobré la costumbre de mirar sobre todo el suelo: como decía mi padre, los peligros estaban abajo, no arriba. Pero esta vez no alcé la vista cada cierta cantidad de pasos, como solía hacerlo; solo las esquinas lograban que despegara los ojos de la acera. Al entrar en una tienda a comprar una cajetilla, descubrí que también me había encorvado más de lo habitual, pues la espalda y los hombros me dolieron al enderezarlos ante el mostrador. Salí del local y miré alrededor. Podía seguir caminando en dirección contraria a la casa o resignarme a las cosas y encerrarme en ella. Mi prudencia no habló lo bastante fuerte, o tal vez me negué a oírla.
Preparé un café espresso de cápsula y encendí la computadora. La caminata no había mejorado mi estado de ánimo. Por más que rebusqué razones para no intentar suicidarme, ninguna tuvo el peso suficiente para hacerme cambiar de parecer. Bueno, no sabría decir si no lo tuvieron o, más bien, mi cerebro las desechó sin siquiera considerarlas, como si después de tantos años se hubiera cansado de refutar esa idea que, en mayor o menor medida, tuvo presente todos los días.
Investigué en línea las mejores maneras de quitarse la vida. Pensé en dejarme caer desde un edificio alto; mas al ver las fotos de quienes lo habían hecho, las hallé demasiado grotescas. Quería conservar un poco de dignidad, y esas contorsiones me parecieron lo opuesto. Lo descarté. Consideré saltar al paso del metro; pero no sentí justo provocarle un trauma al conductor. Además, los pasajeros de la línea completa, no solo del tren, me maldecirían por haber trastornado su rutina, y no quería cargar con tanta mala vibra en mi paso al otro mundo.
Una por una, a todas las opciones les hallé un reparo, ya fuese pertinente o inventado por lo mucho o poco de instinto de supervivencia que retenía. Solo a cuatro no les hallé un inconveniente, por así decirlo, abstracto.
La primera era ahorcarme. Recorrí toda la casa en busca de algo que me sirviera de travesaño, sin hallar algo que pudiera soportar mi peso. A modo de prueba, me colgué del tubo de la cortina de la ducha, como si hiciera ejercicios de barra. Antes de tres minutos, la cosa esa se desprendió de la pared y terminé de nalgas en el piso. Gruñí varias de las groserías más sinceras de mi vida, mientras arrojaba el tubo y me sobaba el coxis. Analicé la situación y pensé que podía reforzarlo con cuatro tornillos en cada extremo, pero nada me aseguraba que la cosa no se doblara por el medio y, por la mala calidad con que hacían todo, se partiera de plano. Mi única posibilidad era usar el tubo de la ducha en sí; pero bastó un cálculo a ojo de buen cubero para saber que no había altura suficiente para colgarme ni con un cinturón.
Las dos opciones siguientes las deseché por experiencia personal. En mi intento de suicidio a los quince años, primero me corté las venas de ambas muñecas. Tomé el rastrillo con que rasuraba mi bigote incipiente y me metí a hurtadillas en mi habitación, temeroso de que me viera mi madre en actitud sospechosa, pues ella siempre dejaba abierta la puerta de la suya. Tomé un dulcero de vidrio, muy pesado, y rompí por completo la capucha de plástico. Mi madre me gritó que dejara de hacer escándalo, y no le contesté, pues me preguntaba cómo iba a manipular algo tan delgado. Recordé las hojas de la maquinilla antigua de mi tío abuelo, de unos dos centímetros de ancho, y fue una de las pocas veces en que un tiempo pasado sí me pareció mejor. Tomé esa cosa finísima como mejor pude y la acerqué a mi muñeca izquierda. Me había imaginado que lo vería todo en cámara lenta, que el pulso me temblaría más de lo habitual, pero no fue así. Desde niño, mi pulso era pésimo, incapaz de trazar una línea recta; sin embargo, esa tarde mi mano estuvo firme e hizo un corte de un centímetro de largo. Sentí una punzada de dolor, y cuando vi brotar la sangre, me inundó una sensación de alivio tan profundo que solo me permitió recargarme en el borde de la cama y cerrar los ojos a esperar la muerte. Y esperé y esperé.
Después de un tiempo que no fue extenso ni breve, abrí los ojos y vi con horror que la sangre se había coagulado. Tomé la hoja e hice un segundo corte, ahora en la muñeca derecha. Me recargué de nuevo en la cama y cerré los ojos. Al abrirlos, había pasado lo mismo. Desesperado, me hice corte tras corte en ambas muñecas, en los antebrazos, doquiera me parecía ver una vena; pero no cortaba lo suficiente, o quizás mi cuerpo había restringido la circulación a mis manos, porque ya no sangraba. Más que decepción, sentí una furia desmesurada, la cual se sumó a mi determinación.
Entré en el baño y cogí al azar uno de los productos que mi madre usaba para limpiar el inodoro. Era un polvo, y me aseguré de que fuera tóxico según la etiqueta. Vacié un puñado en mi palma y me los eché en la boca. Sentí un ardor muy intenso en la lengua, peor que si hubiera comido dos chiles habaneros crudos. Además, la efervescencia provocó una presión tan grande en mi boca, que no pude contener la porquería esa siquiera un minuto y la escupí. Aunque sí ingerí un poco, pues tuve una arcada muy violenta que no me dio tiempo de volverme hacia la ducha o el lavabo. Vacié todo el contenido de mi estómago en el suelo y la pared. Ya no me quedaba algo que vomitar, y aun así continuaron las arcadas.
No tuve tiempo de preguntarme cómo diablos iba a limpiar ese desastre, porque mi madre abrió la puerta para ver qué me pasaba. (A partir de entonces, cobré la compulsión de revisar tres veces que las puertas estuvieran bien cerradas.)
Mi madre me llevó a mi cuarto, sin decir una sola palabra mientras me curaba las heridas y se negaba a mirarme a la cara, quizás para que yo no viera las lágrimas que se aguantaba. Me acordé de la asquerosidad que había hecho en el baño y le pedí perdón. “¡Cállate, que me hiciste sentir un fracaso como madre!”, me gritó. Quise explicarle que no me refería al intento de suicidio, pero intuí que debía callarme. El tono de su voz, distinto al suyo tan suave, cuasi meloso, me dejó en claro que no se tentaría el corazón para darme una bofetada.
Y ahora, aun cuando leía que los cortes se debían hacer en puntos específicos, o podría comprar en cualquier supermercado unos fármacos cuya eficacia estaba comprobada y no provocarían el vómito, descarté ambos métodos por esa experiencia fallida.
Me quedé con una sola opción: pegarme un tiro en la cabeza. Un inconveniente: las armas de fuego estaban prohibidas. Su solución: en mi país cualquiera podía conseguir una pistola si conocía a la persona adecuada.
Y dicha persona vivía en la casa de enfrente.
Ese vecino era un abogado de mucho peso, de esos cuyos clientes nunca pisaban la cárcel; si lo hacían, era porque les convenía más. El día del temblor, cuando vino a cerciorarse de que estuviera bien, me compartió que defendía a un político muy poderoso. El asunto era tan escabroso que los periódicos no se atrevieron a sacar la nota. Por ello, tenía frente a su puerta una escolta de dos policías federales, en turnos de veinticuatro por veinticuatro, más otros dos que ni él sabía en qué casa de la siguiente calle estaban.
Los demás vecinos odiaban verlos allí; yo los veía como una bendición. Después del sismo, los robos a casas y apartamentos se duplicaron en toda la zona, y me sorprendió que nadie más dilucidara la razón por la cual nuestra cuadra se libró de ese azote. Yo los saludaba con cortesía cuando salía o regresaba a mi hogar; les ofrecía café o refresco, que siempre agradecían pero nunca aceptaban. (Esta fue una de las mejores lecciones de mi madre: siempre tratar mejor que a los demás a quien me cuidaría o me serviría la comida.) Si a esto le sumábamos que mi vecino debió instruirles que me cuidaran tan bien como a él, podía dar mi seguridad por sentada.
Ese vecino nunca me simpatizó. Lo toleraba porque algún día podría necesitar de sus influencias; pero platicar con él me era tan placentero como subir al metro en las horas de peor aglomeración. (Hasta ese momento, solo me había sido útil a la hora de mi divorcio y, para ser honesto, solo me ahorró la tarifa de sus honorarios; los detalles los resolvimos mi exesposa y yo por nuestra cuenta.) Aun así, por una razón que nunca entendí, él me consideraba uno de sus mejores amigos. Yo habría pensado que con el tipo de gente que estaba obligado a tratar a diario, sabría distinguir cuando alguien mentía delante de él. O tal vez le agradaba que yo no le hacía la barba de una forma descarada como los demás, o que mi baja posición social me impedía darle una puñalada por la espalda. Quizás solo daba la hipocresía por sentada. Eso sí, una invitación a beber en su casa me permitía acceder a licores que yo solo conocía por rumores. Un coñac de treinta años lavaba cualquier mal sabor de boca.
La escolta no estaba enfrente de su portón, señal de que no estaba en casa. Subí y bajé las escaleras unas diez veces, bebí dos tazas de espresso casi seguidas, me mordí todas las uñas como no lo hacía desde los doce años, planeé veintitantas veces qué le iba a decir. Alrededor de las nueve, oí su portón abrirse. Esperé quince minutos más.
Saludé a los policías como siempre y me respondieron con displicencia, que en gente de su calaña equivalía a una reverencia. Oí la voz del abogado en el interfón, con un tono de fastidio que, en otras circunstancias, me habría hecho regresar a la casa. Tardé más en saludarlo que él en abrir con el interruptor y alcanzarme a la mitad del garaje. Me dio un abrazo muy apretado, como si no me hubiera visto en meses, y lo alargó al grado de la incomodidad.
Al entrar en su casa, me pregunté si en efecto habían pasado meses desde la última vez que estuve allí, porque la hallé irreconocible. En cierta forma, lo prolongado del abrazo cobró sentido. En sus tres matrimonios previos (¿o fueron cuatro? No recordaba con cuál esposa llegó a la colonia), permitió que la mujer en turno cambiara poco o mucho el mobiliario dejado por la anterior; pero ahora el cambio fue excesivo. Ante el mal gusto de la decoración, me pregunté por qué no añadieron unos miles de pesos para contratar los servicios de un profesional. Busqué con la mirada algo —una figura de cerámica, un cuadro, un cenicero— que me gritase: “Esto no lo escogieron ellos”; pero me invitó a ponerme cómodo antes de que pudiera encontrarlo.
Me senté en el borde del love seat, pues era tan mullido que mi mano se hundió hasta la muñeca cuando lo probé. Él hizo lo mismo en el sofá, y esto me dio una idea de quién eligió los muebles. Sin darme tiempo a decirle nada, le ordenó a su esposa que nos preparara un café. Desde el piso superior, ella respondió que la cafetera estaba a un lado de la vitrina, al fondo del comedor a mis espaldas. Él se limitó a contestar “¿Perdón?” Y yo podría decir cualquier cosa de ella, pero no que le faltaba inteligencia, pues captó de inmediato que ese ¿perdón? significaba: “levanta ese culo que me cuesta miles de pesos a la semana y ven a prepararme un maldito café”. Bajó en menos de un minuto, saludándome con una sonrisa que no ocultaba cuán fastidioso le era yo. Caminó hacia donde dijo que estaba la cafetera, preguntándole al marido si preparaba una jarra completa. Con sinceridad, le dije que no se molestara, y contestó con ese “No es molestia” que todos usábamos cuando sí lo era. Al poco tiempo, la sala se llenó de un aroma muy atractivo, casi tanto como esta mujer. Debió ser una cafetera con seguro de goteo, porque aún se oía el borboteo cuando sirvió las tazas. Las puso frente a nosotros y se sentó junto a él, en una de esas poses que, de tanto practicarlas, le salían con total naturalidad. El café tenía cremosidad y acidez perfectas, tanto así que le di tres sorbos seguidos. Con una mirada rápida al vestido de ella, no me quedó duda de quién compró el café y quién decoró la casa.
—¿A qué debemos tu visita?
—La verdad, no sé cómo decírtelo, pero necesito tu ayuda —le dije, agachando la cabeza para ocultar la excitación que, justo en ese momento, me aumentó mucho.
Cuando tomó la taza, me dio una mirada escrutadora, de esas que solo podían aprenderse después de casi tres décadas de trabajar en tribunales, como si pudiera identificar la culpabilidad o inocencia de alguien y, así, determinar su tarifa sin necesidad de ojear el expediente. Consideró mi actitud como auténtica turbación, pues le dijo a su esposa, con tono enérgico pero suave:
—¿Podrías dejarnos solos?
Vi de reojo la mueca de fastidio de ella, antes de despedirse con una sonrisa más forzada que la del saludo. Estuve tentado a seguirla con la mirada, porque era ese tipo de mujer al que un hombre como yo jamás podría aspirar; pero era más importante seguir con mi actuación que deleitarme los ojos.
Di un cuarto sorbo al café, para aumentar la pausa dramática, y le conté la mentira que había planeado: me habían asaltado en el transporte público y me robaron el celular. (Justo en ese momento, me pareció sentirlo vibrar en mi chamarra, pues olvidé dejarlo en casa. Yo, que toda la vida me ufané de ser agnóstico, les rogué a todos los dioses, caducos y vigentes, que nadie me llamase.) Por suerte, no me hicieron daño; solo se llevaron el teléfono y lo poco de dinero que traía en la cartera. Aun así, esto me hacía sentir miedo, también mucha ira y, sobre todo, una gran impotencia. Por ello, no sabía cómo pedírselo, pero quería preguntarle si podía conseguirme una pistola.
Me observó en silencio por un tiempo que parecía alargarse y alargarse al infinito, tanto por mi ansiedad como por lo pesado de su mirada. Temí que algo tan insignificante como un parpadeo o la forma de cruzar los dedos pudiera delatarme.
—No te preocupes por eso. Dime a qué hora fue y en qué ruta, y para mañana tendrás tus cosas de vuelta —e hizo un par de gestos para restarle importancia a mi “problema”.
—Gracias. Con gusto te los digo, —Hice una pausa para pensar qué decir, pues no había contemplado esa respuesta, aun cuando era la más obvia—. Pero, para serte honesto, eso no me tranquiliza. Se llevaron mi cartera, con mi credencial de elector. ¿Qué tal si un día se les ocurre venir a robar mi casa? Ya tienen mi dirección.
Soltó una carcajada tan sonora, que me hizo reconsiderar el envenenamiento.
—¡No inventes! ¿Sabes cuántas carteras se llevaron además de la tuya? A esos no les interesa tu casa. Lo más seguro es que no tengan a quién venderle tu tele. Estas cosas se hacen rápido. Tienen que deshacerse de ellas hoy mismo. Y si no llevabas mucho dinero, tampoco vas a tener gran cosa en tu casa, ¿o sí?
—Eso no lo había pensado. —No mentí; en efecto, no lo hice—. Entonces, ¿crees que no habrá bronca?
—Dime una cosa: ¿para qué quieres la pistola?
—Para sentirme más seguro —iba a añadir un “supongo”, pero, por suerte, me lo callé.
—No tienes idea de lo que dices. Una pistola no te da seguridad. No sabes lo peligrosa que es.
—¿Lo dices por lo que pasó con el guardaespaldas de esa actriz...? ¿Cómo se llamaba? ¡Lucerito! ¿Cuando al tipo se le botó la canica y estuvo a punto de soltarle un tiro a los periodistas que los empujaban?
Asintió con la cabeza. Me quedé callado, fingiendo pensar: en realidad, tenía muy clara mi respuesta.
—¿Te digo la neta? Creo que ni siquiera la sacaría de casa.
—Entonces, ¿para qué diablos la quieres?
—Porque no siempre estás a mi lado; una pistola, sí.
Al parecer, toqué una fibra sensible, porque clavó la mirada en una pared y lo vi apretar apenas los labios. Aun cuando ignoraba qué veía en su mente, sabía que era un recuerdo a mi favor. Dio un par de sorbos a su café, sin retirar los ojos de la taza y tamborileando esta con los dedos.
—Dame chance de pensarlo un par de días, ¿va? —y se levantó para ir hacia el comedor.
No lo seguí con la mirada, porque no quería que viese la sonrisa de triunfo en mi rostro: tenía la certeza de que tendría el arma en mis manos antes del fin de semana. Regresó con una botella de brandy y dos caballitos tequileros. Los puso en la mesa del centro y, sin preguntarme si se me antojaba, los sirvió completos.
—Si me hubieras dicho desde el principio qué onda, nos habríamos ahorrado el café. Échatela de un trago. Te va a bajar el susto.
Tomé el vaso con mano temblorosa, por el miedo a que buscara emborracharme para sacarme la verdad. Nunca conocí alguien que bebiera tanto como él. Debía irme con mucho cuidado. Por ello, exhalé muy hondo, tanto para evitar que el alcohol se me subiera rápido como para acentuar el miedo que sentía. No tuve que fingir el ataque de tos. Él rio y tomó su copa también de un trago.
—Recuérdame que te enseñe a beber. Tantos años de borracho y todavía te raspa.
Cuando salí de su casa, me sentía muy mareado, y eso que no bebimos ni la mitad de la botella. Por suerte, él sabía mis horarios de trabajo, y me creyó cuando le dije que me había retrasado en las traducciones. Al buscar las llaves, noté que había olvidado los cigarrillos en su mesa. No quise importunarlo y fui a la tienda de veinticuatro horas calle abajo. Aunque daba bandazos al caminar, pude repasar lo que había sucedido, y me felicité por su buen resultado. Por lo menos tenía una promesa. Al regreso, estaba a punto de encender un cigarrillo cuando me pregunté si era un buen momento para dejar de fumar. Pero lo prendí, mientras decía en voz alta: “¿Ya para qué?”
O el aire me aumentó la embriaguez o fue la leve sensación de triunfo, la cosa es que tardé el cigarrillo completo en subir la calle, cuando por lo general me tomaba medio. Debió ser el brandy, porque tuve problemas para meter la llave en la cerradura. Uno de los policías dijo: “Espere, le ayudo”. Me volví a decirle que no era necesario, pero ya lo tenía junto a mí. Mientras él metía la llave, me susurró al oído cuánto me costaría el arma y en cuántos días la tendría.
Nunca antes se me bajó una borrachera tan de golpe.
Subí de inmediato a mi habitación y, sin encender la luz, di un grito ahogado e hice un bailecito de alegría. Me tiré bocarriba en la cama y pataleé y aleteé como lo habría hecho un niño de secundaria después de platicar por teléfono con la niña que le gustaba. Cosa curiosa, no me pasó por la mente cuán irónico era que me sintiera tan animado al imaginar que pronto le pondría fin a mi vida.
Cuando se me pasó la euforia y miré el techo en la oscuridad, me pregunté quién lloraría mi muerte. Pensé en mis únicos dos amigos, en mi madrina y mi padre; ellos sí, en definitiva. Aunque no pude asegurar si su rabia para conmigo sería menor que su dolor. No sería el mismo tipo de lágrimas que vi derramar en el funeral de mi madre. Recordé cómo me dejé resbalar por una pared hasta que el esposo de mi madrina me detuvo antes de llegar al suelo, y entonces solté un alarido que tenía poco de humano; cómo hui a una sala vacía de la funeraria, mientras llevaban a mi madre al crematorio, para ocultarme de todos y poder llorar de una manera y por una cantidad de tiempo como ningún ser vivo debería ser obligado a hacerlo; más que nada, me estremeció recordar el aplauso espontáneo que le dieron sus amigas cuando despedí el duelo. No habría tal muestra de cariño conmigo. Porque a pesar del dolor, nunca sentí rencor por mi madre por haberse muerto.
Pensé en mi exesposa, mi prima, el vecino de enfrente, una decena de conocidos, la gente del bar. No pude imaginarlos junto a mi ataúd. Sobre todo, no a mi exesposa. De la alegría que había sentido minutos antes, pasé a soltar una lágrima que no me molesté en enjugar. Había caído en cuenta de que no tenía caso rentar un velatorio para cuatro personas.