Capítulo 1: Las lágrimas no te otorgan la libertad
En un mundo donde la magia gobierna sobre cualquier cosa, solo criaturas nacidas de ella eran las únicas permitidas en poder pisar sus tierras. Algunas historias antiguas describían que de las lágrimas de una diosa nacieron los fae, los elfos, las hadas, entre otras criaturas. Otras historias decían que de las cenizas del sol nacieron criaturas como dragones, serafines y seres híbridos con alas en forma de águilas o murciélagos.
Al final solo eran historias que circulaban de aquí y allá, cuentos que se les leía a los niños antes de dormir pero solo se quedaban allí.
Enosi, un reino próspero donde los seres inmortales vivían en armonía gobernados por la reina Arden y el rey Eliot Edevane, los dos faes de mayor poder en esa región, se dedicaban a tiempo completo a su reino. Para ellos nada es más importante que su posición y la estabilidad de su gente.
No podían permitirse fallar, además de ellos existían otros tres grandes reinos gobernados por faes, mientras existieran siempre habría peligro de perderlo todo.
Con eso en mente ambos gobernantes discutían de la siguiente decisión que debían tomar. Aquella mañana una comitiva de otro reino había abarcado en el puerto de la capital, no eran aliados pero tampoco enemigos. A comparación de ellos eran un reino más "
nuevo
" pero que había crecido en poder de manera dramática y exagerada, no podían simplemente ignorarlos sobretodo cuando venían a posiblemente aliarse.
Pero al leer la carta de aquel rey misterioso supieron que la alianza tenía un precio gigante.
Lua.
Mi vida fue escrita desde el comienzo sin tomar en cuenta mi voz.
Los días donde corría libre entre las flores del jardín mientras mis niñeras, las hadas, revoloteaban a mi alrededor cuidándome quedaron lejanos cuando fui lo suficientemente mayor como para convertirme en un regalo para otro reino, no importaba si solo era mi apariencia pero a la vista de todos los nobles, yo ya estaba lista para amarrar una alianza con un rey extranjero.
Por supuesto todo aquello quedo en el olvidó cuando mi "prometido" se enlazó a otra mujer de su mismo reino y quede relegada a ser su simple juguete.
Lo único que quedaba para mi era soportar sus malos tratos y agradecerlos porque de no ser por sus visitas nocturnas, yo ya hubiera sido exiliada a la nada misma. Mis padres no me aceptarían devuelta sabiendo que no logré el cometido de convertirme en reina para reforzar nuestra alianza.
No tenía doncellas, ni nada por el estilo. Solo me traían la comida y se iban dejándome sola en el pequeño palacio que el rey me había regalado por mera cortesía, no podía ignorarme del todo: era princesa de una nación aliada y además...
-Mamá! Mira mira!
Era de las pocas que había logrado darle descendientes y la única que solo le había dado descendientes varones.
-Es para ti, mami- me sonrió uno de mis hijos.
Sus manitos torpes dejaron sobre mi regazo varias flores pequeñas de un ligero color amarillo. Le sonreí tomando sus manos sucias para dejar un beso sobre ellas.
-Gracias, Pólux- acaricié su mejilla sonrojada- Son hermosas.
Él solo dejo salir una risa traviesa y volvió a irse para seguir corriendo por el jardín tras sus hermanos. En total tenía cuatro hijos, los mayores: mis gemelos, Pólux y Crux, con cuatro años.
Luego venía Milo con dos años y por último a mi derecha durmiendo plácidamente en una cesta de mimbre rellena de muchas mantas se hallaba Percy, mi bebé recién nacido. Acaricié su cabello delicado, alcé mi rostro viendo al cielo, agradecía tanto a la gran diosa que los cuatro se parecían físicamente a mi, y a mi familia. Aborrecía todo lo que tuviera que ver con él.
Isaak Lougthy, quién alguna vez fue mi prometido, ahora solo era el padre de mis niños y mi verdugo. Todos hablaban sin importar que yo escuchará, todos sabían. Su "reciente" matrimonio solo me traía problemas.
La reina, me odia.
Odia todo lo que capté la atención de su esposo pero sobretodo: a mi, que ya he demostrado en estos cuatro años que puedo darle estabilidad a su reino, algo que ella no ha logrado en diez años. Una vez escuché de un sabio que nuestra vida era eterna por nuestra incapacidad de estabilizarla.
Los faes carecemos de magia, al menos que se trate de alguien noble pero aún así era muy desigual la repartición de poder. Carecemos de economía, solo los eruditos y nobles lograban tener acceso al oro y sobretodo los problemas, carecemos de natalidad. Nuestros niños son tan raros que todos son más preciados que el oro.
Aún así era consciente de una cosa importante, la reina no estaba midiendo sus acciones. Las princesas del rey comenzaron a "
desaparecer
" repentinamente, y su majestad no había hecho nada al respecto. Lo cual era lógico, se trata de un hombre desalmado que solo le importa su poder y una princesa no le daba poder. Quería elegir creer que mis hijos si son importantes para él. Lo deseo.
Pero no puedo simplemente quedarme sentada a esperar a que la muerte llegue a ellos.
-Mamá!! Una mariposa! Ven a verla! -escuché el grito de Crux y solo pudo sonreírle.
Yo daría mi vida por ellos, no me importa asumir las consecuencias con tal de darles una vida digna y alegre.
Axel.
Ya habían corrido los años desde mi ascenso al poder. Meneaba con algo de vagancia la copa de oro entre mis dedos, pensaba el porqué debía iniciar una guerra. Razones había pero mi deseo no era.
El vino se movía de un lado a otro con suavidad, no quería sonar indiferente. El dolor de mi gente también era mi dolor. Un rey tenía el deber de proteger a sus ciudadanos y defender sus tierras de invasores. Yo tenía que vengar a los caídos y hacer pagar a los invasores, es lo que se espera de mi.
Aún así, no quería iniciar una guerra.
Una batalla tras otra hasta que un bando se queda sin hombres y sin recursos. Eso era el significado de la guerra. Y aunque soy un rey que confía plenamente en mi ejército, no estoy dispuesto a ver caer a mis hombres e informar a las familias de sus pérdidas.
Tragué el fondillo de la copa mientras le hacía una seña a mi sirviente para que volviera a llenarla. Ser rey no me hacía gracia pero fue lo que el dios sol eligió para mi, la muerte de mi hermano mayor y ahora esto. La masacre de decenas de crías de dragón.
-Eres caprichoso...-murmuré solo para mi viendo la inmensa pintura que adornaba el salón donde suelo descansar mi mente.
Una hermosa representación para nuestro dios, que me sonreía con un aire que yo considero burlón. ¿Te ríes de ponerme en situaciones difíciles, verdad? De alguna manera tenía que conseguir la forma de atacar sin hacerlo directamente. Necesitaba información de nuestros invasores.
Lo cual ya resultaba molesto de conseguir. Su mundo y el nuestro son diferentes, separados desde el nacimiento seguro. Una gran muralla llena de magia nos dividía de ellos: los faes. Nunca hemos convivido y la única razón por la que conozco su existencia fue porque su tarjeta de presentación vino manchada de la sangre de las crías de dragón de mi gente.
Dediqué mi tiempo a saber más de su mundo, necesitaba orientación sobre si ellos contenían más magia que nosotros, mejores armas o más hombres. Según mis informes, yo tenía la ventaja pero el instinto me lo decía. No debía subestimarlos.
Tenía el conocimiento de que eran varios reinos, uno de esos ha sido el culpable. Estoy seguro, pero... ¿Quién? ¿Y por qué?.
Di otro trago y solté un suspiró echando la cabeza hacía atrás apoyándola en el espaldar de mi asiento, cerré los ojos con pereza tratando de meditar en qué debía hacer primero. Mi instinto me marcaba un camino y el ruido de mi gente otro.
Tenía ya el conocimiento de que la gente de la realeza nacía con una marca en sus hombros. Si conseguía colaboración de uno podría sernos de ayuda, aunque atacarámos primero no conocemos sus tierras y qué es lo más valioso para ellos. Si o si, debía conseguir información y mientras más íntimo fuera, mejor.
-Su majestad... -abrí los ojos con la misma pereza viendo el techo oscuro- Su majestad?.
-Mm? -emití sin voltear. Se trataba de mi segundo y mi mejor amigo- Espero que se trate de algo de vida o muerte, Bastián.
Sonrió con burla tomando asiento en el sofá contiguo apoyando los brazos a los lados en el espaldar y cruzando las piernas con descaro. Chasqueó los dedos y una sirvienta acercó la copa de oro para servirla con vino, rodé los ojos irritado. Siempre lo mismo.
-Vine para saber cuando piensas volver a trabajar porque ya no soporto cargar con tu maldito trabajo -bebió un trago relamiendo sus labios.
Podía parecer intimidante pero a mis ojos ya no lo era. Nos conocíamos lo suficiente para que los detalles superficiales no nos afectará.
-Oh... estoy disfrutando de estas vacaciones -sonreí con inocencia- Hace mucho que no tenía unas.
-Perro infeliz -masculló haciendo una mueca con la boca- Resultaste ser todo un tirano -mi carcajada sonó con fuerza en el salón.
-Estás insultando a tu rey, te recuerdo.
-Y no me arrepiento -contestó altanero. Arqueé una ceja entretenido y me acomodé un poco más para prepararme a su discurso- Los estúpidos consejeros quieren respuestas sobre las acciones que va a tomar contra esos malditos faes.
-Eso estoy meditando- sonreí con cansancio- Merecen un castigo, estoy de acuerdo con eso.
-Pero aún así no ordenas nada para ir a la guerra -su reproche me golpeó un poco pero era de esperar. La situación era inaceptable.
-Necesito más información antes de enviar a morir a nuestros guerreros, no te parece? -agregué bebiendo otro sorbo con lentitud- Y no esta siendo fácil, aún así creo tener un plan alternativo mientras consigo una solución definitiva.
-Mm, en serio? -pregunto con curiosidad y pude ver el brillo en sus ojos llenos de ansiedad.
-Prepara una tropa, no necesito que sea grande -expliqué viendo aquella sonrisa burlona del dios sol- Haremos un reconocimiento, cualquier cosa que consigamos nos vendrá bien para armar una estrategia a seguir -dije con seguridad.
Porque una cosa era segura, nada ni nadie iba a lastimar a mi gente y salir ileso.
El aire siempre pacífico se había llenado de corrientes que solo provocan tensión y temor en todo aquel que supiera escuchar las susurros de la naturaleza pero esa no era la causa de su temor. Contra todo pronóstico por primera vez en su vida había optado por tomar las riendas de ella. Ya no quería que nadie decidiera sobre ella y mucho menos sobre sus hijos.
No fue sencillo, estaba renunciando a la comodidad de un techo donde dormir, de comer y estar "
protegida
". Aunque al final todo aquello tenía un precio y un tiempo limitado.
Los asesinos de la reina entraron una noche donde la luna se mantenía oculta, solo el brillo de las estrellas iluminaba de forma tenue el firmamento. Aquella noche la recordaría como una de las más calurosas de su vida, ni una pizca de brisa se colaba por las ventanas anchas llenas de arreglos ornamentales de diversos colores, intentando de forma vaga transmitir que aquel era un rincón lleno de seguridad y alegría.
La naturaleza carecía de ruido, todos lo sabían. Era el peligro acechando en la oscuridad, ella no quería llegar a creer que era parte de las víctimas pero por lo visto la reina no planeaba dejarla pasar. Caminó en silencio sobre sus pies descalzos adornados con cintas de cuero, dándole el aspecto de una criatura que habitaba los grandes bosques de roble, dónde se decía que las primeras hadas aún caminaban entre los valles florales escondidos tras los grandes troncos de madera vieja y mágica.
Cruzó los arcos de granito que llevaban a la alcoba donde dormían sus pequeños.
Tomó la bolsa de cuero que había preparado para huir, solo llevaba oro y ropa. Con delicadeza despertó de uno en uno a los niños, les puso unos pantalones, botas y una camisa de mangas largas. Vendo sus palmas con tiras de cuero para prevenir que se le abrieran heridas por el camino. El plan era huir por el bosque hasta el puerto donde se montaría en un barco que zarpe al amanecer.
Metió a Percy en su cesta que ahora llevaba pan, galletas y algo de fruta bajo sus mantas. Se aseguro de envolverlo en una manta gruesa y cubrir sus manitos con tela suave.
Toda la ropa le costó conseguirla sin levantar sospechas, tuvo que huir varias veces al pueblo cercano a comprar ropa de segunda mano, la idea era no llamar la atención de los civiles. Se saco su vestido de tela traslúcida, estaba consciente que el rey no vendría a verla. Se puso unos pantalones, botas y de igual forma una camisa de manga larga. Debía ocultar su marca de realeza.
La cereza del pastel era crear una ilusión que engañará a los asesinos, debían creer que si habían logrado su cometido y que le informaran a los reyes de su deceso así nadie los buscaría en ningún reino. Serían libres.
Sus ojos violetas brillaron cuando al fin salieron del palacio. En sus palmas un ligero brillo iluminó el lugar y como si el viento entendiera sus intenciones comenzó a soplar llevando aquellas chispas dentro de la edificación, esparciendo aquel hechizo que simboliza su libertad. Vio por última vez aquel lugar que fue su prisión más que su hogar, volvió a ver a sus pequeños que la veían expectantes.
Había usado una cadenilla de hierro delgada y las abrochó en los pantalones de los niños para poder tenerlos cerca. Se paso la tira de la cesta mimbre sobre su hombro cruzándola por su pecho, se aseguro de llevar bien amarrada la bolsa de cuero a la cadera y que los niños llevarán sus respectivas bolsitas de tela con un juguete y más fruta.
A partir de ahora solo debía preocuparse por encontrar el lugar perfecto donde pudieran vivir. Con eso en mente desapareció sin mirar atrás.
Ahora estaba allí, navegando por el inmenso mar parecía no acabar mientras más avanzaban más azul surgía por el horizonte pero aquello no le provocaba terror, solo alivio. Quería alejarse lo más que pudiera de Boro, el reino de Isaak Lougthy.
Escuchaba a sus espaldas las risas de los niños. Volteó a verlos sobre su hombro, los tres se hallaban sentados jugando con los tres juguetes de madera que se habían traído sobre unas mantas viejas que había conseguido en aquel barco mercante.
¿Cómo consiguió abordar un barco mercante? La respuesta era sencilla, una vez escuchó que el oro removía los pensamientos de los hombres.
Ocho monedas de oro le garantizó aquel viaje con algo de comida y una pequeña habitación donde los niños podían dormir cómodamente. Ella la pasaba un poco más incómoda pero lo único que le interesaba era la estabilidad de los niños, solo podían estar en aquel rincón sin molestar a la tripulación. ¿Miedo? No tenía, no era la mejor guerrera, ya habían pasado sus años desde que había sostenido una espada pero su control mágico le daba la suficiente seguridad para no temer a esos hombres extraños.
Suspiró aburrida apoyando el mentón sobre sus antebrazos que se hallaban recostados sobre el barandal de madera oscura celosamente cuidado.
-¡Puerto a la vista! -escuchó el grito marinero desde lo más alto de aquella nave.
Volteó a ver a los niños justo a tiempo para ver como sus pequeñas cabezas se alzaban con sorpresa buscando el dichoso puerto. Se mordió el labio conteniendo la carcajada, eran tan tiernos. Se sentó a su lado para colocar la cesta de mimbre sobre su regazo, los niños no tardaron en montarse sobre ella preguntando que era un puerto.
Una vez más quería creer que todo podía salir bien pero la naturaleza permanecía en silencio, algo que le provocaba recelo. Era una advertencia y no sabía por donde llegaría el peligro.