The Crown:Cruce de fuego y espadas

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Summary

Aunque el mundo se caiga a pedazos, ella recuperará lo que le fué arrebatado, aún cuando la maldición del amor caiga sobre sus hombros.

Genre
Fantasy/Romance
Author
SaC
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo.

Debes irte!


Le insistió la mujer mientras sus finos labios temblaban en su llanto.


-¡Mi señora!


Pero la reina Eyris rechazo cualquier gesto de compasión, puesto que no lloraba por falta de fuerza si no por la que estaba obligada a usar mientras su pecho, atravesado por una afilada espada, se desangraba como una cascada sobre el suelo de piedra frío y manchaba la hermosa tela rota de su vestido verde aterciopelado.



-Solo a tí podría confiarte ésto…


Le susurró.


El caballero estaba consternado, su única misión en aquél castillo había sido proteger a la reina de cualquier dañó, pero no había podido hacerlo.

Ahora su deber, estaba con la princesa.


Le hizo una profunda reverencia y tomó el contenido envuelto en mantas, de la cuna.


-Ha sido un honor servir a la gran casa Corino, la única familia que se sentó en el trono de Padisha


La reina se dejó caer contra la base de su cama y ahí cualquier luz de sus ojos desapareció, pereciendo en la oscuridad de la habitación.


Sir. Acard salió de la habitación y llegó a los pasillos dónde vários soldados rojos estaban listos para acabar con su vida y la de la pequeña niña que llevaba en brazos.


-No moriré hoy - se afirmó a si mismo mientras desenfundaba su espada -, tampoco mañana si no puedo cumplir con la tarea que mi reina me ha encomendado.


Los soldados se avalanzaron sobre el pero esté se hizo pasó acabando uno a uno con certeros golpes encestados con su espada, siempre protegiendo el bulto de mantas en su mano derecha.


Cuando finalmente llegaron a las mazmorras, un tremendo estruendo y escándalo incluso ahí abajo les llegó, y supo que había llegado.


Sin perder más tiempo, jaló la palanca metálica que abría el pasadizo a los túneles y se introdujo en ellos con una antorcha de las paredes, cerrando la entrada tras de sí.


Aún podía escuchar el caos que provocaba el fuego del dragón de la casa roja.


Una pared le cerró el pasó, o éso aparentemente habría sido si él no hubiera sabido que debajo de está había otro pasadizo, el cual accionó y lo hizo caer y ser arrojado directamente desde lo alto de la montaña en la que estaba el castillo, deslizándose a traves de una cascada, hasta un río.


Llegó a la orilla, completamente empapado, también la niña, que no había llorado en ningún instante.

Con el ceño fruncido fué a revisar dentro de las telas escurriendo de agua.

Se encontró con que sus pequeños ojos llenos de luz, como dos piedras preciosas del color de la miel, le miraban.


-princesa- trató de sonreírle y le quitó de encima las mantas mojadas - lamento que el viaje no vaya a ser muy cómodo.



Ése día, un 4 de octubre de 50,345 calló la casa de Corino y tomó el control del reino de Padisha la casa roja.



5 años después.


Sus piecitos descalzos corrían sobre las hojas de los árboles del bosque mientras crujían, secas.

Su padre le había dicho que no se introdujera mucho en el, pero como solía estar tanto tiempo sola en casa, la curiosidad la llamaba, igual que el bosque.


No podía describir ésa sensación que le daba el lugar de que algo muy , muy a fondo del bosque, detrás de todos los árboles y dentro de la montaña aguardaba por ella.


Confiaba en su naturaleza, así que estaba casi segura de que lo que le aguardaba ahí, no podía lastimarla.


La cueva era tan enorme como en sus más profundos sueños se la había imaginado, y respiraba. O éso le pareció, el aire entraba y con sonido extraño el aire volvía a salir.



En cuanto entró, entendió porque su padre le había dicho que las montañas de Aramen eran hogar de gigantescos seres atraviesa nubes, Dragones.


Un dragón, con cabeza de serpiente y cuatro patas, estaba dentro, sus escamas brillaban plateadas a pesar de la falta de luz, tan grande y magestuoso que la dejó paralisada en el borde de la entrada.


La criatura despertó de su letardo, y ambas se observaron.

Sus almas eran las mismas, destinadas a ser una sola bajo el juramento de protegerse, Ulian lo vió en sus ojos, dorados como los suyos propios y su piel escamada pálida como la suya, pero más haya, lo que reflejaban sus ojos.


La sentía tan cerca, aunque nunca había vivido algo así, fué tan natural, como respirar.


-No temas - le dijo al sentir su inquietud - yo no te lastimare.


Los ojos del dragón seguían observándola, había entendido sus palabras.


En un gesto de amistad, el dragón dejó escapar hacía ella una ráfaga de aire caliente que le alborotó su cabello blanco.


Su risa alegre he infantil hizo eco en la cueva, llenandola de la vida que no había habido en ella por muchos siglos con él dragón blanco dormido.