La caída (Prólogo)
La puesta de sol ilumina la playa con colores hermosos, rojos, rosas y celestes. Mientras, el sol se ve como una luz gigante ocultándose en el final del mar. Siempre me ha encantado ver los atardeceres, pero al lado de Tomas, es lo más maravilloso que he vivido. Sentir sus brazos a mi alrededor me da una bella paz que nunca antes había sentido. No dudo en dejarme llevar. Hace tanto tiempo que no me sentía así, y la verdad es que me quiero sentir de esta forma cada día de mi vida. Y así fue como sin darme cuenta, me enamore del millonario más sexy de la ciudad.
Lo malo es que algunas veces en mi mente llego a recordar a Nick, mi exnovio, que solo me provoco sufrimiento y dolor, el fue el origen de muchos de mis peores traumes, que pueda haber vivido en mi vida. Lo malo de todo esto, es que no sabia que viviría más situaciones complicadas en el futuro, causadas por una cita doble que no salió nada bien y casi atenta con la vida de mi mejor amiga y yo.
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Los nervios recorren mi cuerpo, voy a lanzarme de un avión, en caída libre. La sensación me recuerda a todas esas veces que pase noches apasionadas con Nick. Sacudo mi cabeza tratando de no pensar en eso, me hace daño recordar esa relación que tanto me hizo perder de mí.
Estamos a punto de despegar, el motor brama feroz. Celeste y yo estamos sentadas en las butacas, ya traemos puesto el cinturón de seguridad. Un guía está frente a nosotras, él nos sonríe muy amable. Si no lo conociera de antes, juraría que está más nervioso que nosotras.
Veo las mangas de mi traje turquesa de neopreno, mientras que el de mi amiga es color púrpura. Estoy segura de que con estos trajes nos vemos más pequeñas de lo que somos, ella mide menos de un metro cincuenta, mientras que yo mido un poco más que eso, pero la estatura nunca nos detiene para hacer tantas locuras y aventurarnos.
Las gafas especiales las tengo sobre las piernas, listas para usarlas, un momento antes del salto. Le sonreí de nuevo a Víctor, el guía de ojos grises, piel bronceada, cabello oscuro y alto, mide cerca de los dos metros. Es un hombre atractivo, pero no es mi tipo.
La voz del piloto se escucha por los altavoces.
—Estamos a punto de despegar, abrochen sus cinturones, que la aventura está por comenzar —dicho esto, el altavoz se apaga, mientras que el avión avanza por la pista, aumentando la velocidad gradualmente.
Las mariposas revolotean en mi estómago, las manos me tiemblan, pero al mismo tiempo, deseo ya estar a punto de saltar y surfear en el aire, la adrenalina corre por mis venas, es algo similar a estar en una noche de pasión.
El avión ya está en el aire, el hormigueo recorre todo mi cuerpo. Veo a Celeste, que está apretando los brazos del asiento con sus manos, no puedo ver sus ojos castaños, los tiene cerrados, parece como si no quisiera volverlos a abrirlos, su cabello liso y castaño claro lo lleva peinado en una coleta, mientras que yo lo llevo en un moño suelto, me arrepentí de ese peinado y opto por hacerme una trenza de último momento, creo que así el cabello no me estorbara.
Me veo en la ventana que está a un lado de mí, mis ojos verdes tienen un brillo especial, que atribuyo a la emoción que está por llegar, mi piel blanca se ve aún más pálida, los nervios me están matando y mi cabello ondulado de color rojizo no se deja dominar.
Amaro mi trenza y siento como el avión se estabilizó. Víctor se quita el cinturón de seguridad, poniéndose en pie. Suspiro y sonrío hacia la ventanilla. Me levanto del asiento al igual que Celeste.
—¿Estás lista, Violeta? —dice Víctor, al ver que mis gafas caen al suelo y me agacho, para tomarlas.
—Sí, lo estoy —digo con seguridad.
—Celeste, ¿estás lista?
—No, pero… lo intentaré.
—¡Vamos! — Digo —esto será demasiado divertido.
—Violeta…—exclama mi amiga, pero no sabe qué más decir. Yo sé que esto lo está haciendo por Víctor y no por mí, siempre he estado enamorada de él. Y, yo no puedo dejarla sola en esto, soy su mejor amiga y siempre la apoyaré, a menos que sea algo que nos perjudique. En esa situación, definitivamente no la ayudaría. Ya sé, a veces puedo ser una terrible amiga, lo siento… La realidad es que la ayudaría a salir adelante, después de que aprenda la lección, sé que tú harías algo similar.
—Bueno, aquí tienen sus paracaídas —dice, mientras nos da las mochilas, que son negras y compactas con dos cordones. La de color azul, es la principal, y la otra es roja, que es el de emergencia (estoy casi segura de que así es).
Me puse la mochila, igual que Celeste y después, las gafas. Al fin, estamos listas, para saltar hacia una nueva aventura.
—Víctor, creo que deberías… —antes de que termine de hablar, Celeste me tapa la boca, ella sabe lo que planeo decir. Le muerdo la palma de la mano y la sujeto de ambas manos.
—Creo que sería buena idea, que saltaras con Celeste —digo, esperando un “sí” por respuesta. Mi amiga me lanza una de esas clásicas miradas asesinas que suele hacer, pero no logra dar el efecto que ella quiere, sino todo lo contrario. No logro evitar reírme, para mis adentros.
—No tienes que hacerlo, no es tu obligación ayudarme —dice Celeste.
—En parte sí lo es, ya que soy el instructor. Pero, también quiero hacerlo —dice sonriendo ampliamente, no deja de ver los ojos castaños de Celeste, mientras ella se pone roja como un tomate.
—Gracias… —susurra Celeste.
Me acerco a la puerta abierta, que está detrás de nosotros. El aire me empuja hacia adentro del avión. Se siente helado.
Víctor se acerca a Celeste, mientras se coloca la mochila en su espalda, después amarra a Celeste a la cintura de él, acercándose más a ella. Es una situación algo embarazosa, así que prefiero no verla. Podría ver casi cualquier cosa, menos eso. El contacto entre dos personas me es… algo incómodo, no entiendo por qué me pasa esto, si ya tengo 20 años de edad, la mayoría de las chicas ya han tenido algo que ver con sus respectivas parejas. Y a mí, eso no me preocupa en lo más mínimo. Solo quiero vivir mi vida al máximo.
—Chicos, ya quiero saltar. ¿Qué tal si los espero abajo? —digo acercándome más y más a la puerta, veo como el copiloto llega, para ayudarme. Estoy casi temblando de los nervios. Pero, las ganas que tengo de saltar me impulsan a seguir en el camino.
—¿Quieres que salte contigo, pequeña? —pregunta el copiloto. Que debo de admitir es muy atractivo. Muerdo mi labio inferior, una manía que tengo.
—No, gracias. Así estoy bien —respondo, segura de lo que digo, aunque una parte de mí me dice lo contrario.
El piloto me mira fijamente, lo veo discretamente, al final me inclino por ignorarlo, prefiero ver el campo abierto que está debajo de nosotros. Los bellos de mi nuca y los brazos se erizan, por estar alerta a la situación de riesgo que está por llegar.
—Recuerda, debes de tirar del cordón azul del paracaídas, el rojo es de emergencia. Cuando veas que yo tire del cordón azul, tú haces lo mismo —me explica Víctor.
Celeste está cerrando los ojos, ella siempre me había dicho que deseaba ser más valiente, pero no es tan sencillo.
—¡Perfecto! —grito sobre el sonido del viento, que me ensordece. A la espera de la adrenalina incandescente que recorre mi cuerpo.
Víctor y Celeste saltan del avión. Ella aún no está preparada, pero de todas maneras lo hizo (no le quedaba otra opción, a veces me siento algo culpable por hacer que ella me siga en mis locuras, pero tampoco se niega a eso). Salto justo después de ellos, el viento se siente frío al contacto, el aire me ensordece. Intento dejar que mi cuerpo se relaje en el aire.
Celeste y Víctor están a unos metros de mí.
Las mariposas se hacen más insistentes en mi estómago, la emoción de saltar en caída libre, es cumplir el deseo nato de las personas que anhelan volar y tener alas, para ir al lugar donde tú quieras ir. El frío en la piel solo refresca el deseo de seguir aquí por mucho más tiempo. Amo esta sensación, siempre he deseado volar, en especial en un hipogrifo o en un ave fénix.
Poco a poco me voy acercando al suelo. Los árboles se hacen más grandes conforme me voy acercando. No hay tantos en la zona de aterrizaje. Creo que al fin he sentido algo de temor, ya quiero abrir el paracaídas o estar a salvo sobre el suelo.
Víctor jala el cordón azul y se abre inmediatamente. Recuerdo que tengo que imitar sus movimientos, sin embargo, otra parte de mí desea seguir volando. El miedo gana la batalla y jalo el cordón azul. El paracaídas se abre con un fuerte estirón, que me jala un par de metros hacia arriba.
Me sujeto con las manos a las correas que mantienen el paracaídas unido a mi mochila.
La sensación que acabo de vivir es una de las más maravillosas que he sentido y eso que me considero una aventurera.
Estoy por llegar al suelo. No recuerdo muy bien como tengo que aterrizar, pero supongo que es necesario mover mis piernas como si fuera a correr, al dar el primer paso por el campo se siente un golpe amortiguado y fuerte al mismo tiempo, sigo corriendo aunque me dolieron las piernas, pero todo esto ha valido la pena, desde el principio, hasta el final. El paracaídas llega al suelo y me tropiezo por el peso que llevo en la espalda.
—Violeta, ¿estás bien? —pregunta Víctor, que se acerca a mí con Celeste, a un lado. Ellos habían llegado unos minutos antes que yo. Se ven lindos juntos y parece que la operación cupido está saliendo a la perfección. Ahogó un grito de emoción.
—Me duele un poco el tobillo, pero no es grave —digo apoyando mi peso en el pie sano, no me había dado cuenta del dolor hasta que me hicieron la pregunta.
—¡Eres una loca, Violeta! ¡Casi muero! —Celeste alza la voz, a punto de colapsar del miedo. Al parecer, ya ha salido de su estado catatónico.
—Amiga, no te preocupes. Estamos bien —digo, mientras me acerco a ella y le doy un fuerte abrazo, en forma de disculpa. —Lo siento. Bueno, en realidad no —le digo, guiñando mi ojo derecho, ella sabe a lo que me refiero.
La suelto y me deshago del paracaídas, quitándome la mochila, camino hacia el auto rojo de mi hermana mayor, que está a varios metros de nosotros, apenas había llegado hace un par de minutos, lo necesario para vernos descender. El motor aún está encendido.
Emily nos espera en el coche, ella siempre me ayuda a cumplir todas mis locuras, además, de mi mejor amiga Celeste. Mi hermana tiene 25 años y básicamente es igual a mí o más bien dicho, yo soy igual a ella, solo que más pequeña. Mis padres no siempre están de acuerdo con lo que hago, por eso mismo insisten en que Emily siempre esté conmigo y me acompañe a todos lados. A pesar de que ella es la sensata en la familia, siempre me ayuda a cumplir mis metas por más locas que sean, me gusta tener a alguien de la familia de mi lado, porque yo soy la de los gustos… “Raros y locos”. La verdad es que mis padres son muy conservadores y siempre quieren tenerme bajo control, pero yo me resisto a eso, quiero ser yo misma y eso es lo que hago.