Capítulo 1
Conocí a un chico, durante el último curso de secundaria. Lamentablemente muchos alumnos de diferentes grupos fueron cambiados de salón. Del grupo al que pertenecía, fui la desafortunada.
Cuando le comenté a mi mejor amiga, de inmediato pidió su cambio para estar conmigo, el primer acto de lealtad que había experimentado en años.
Nunca se lo dije, pero agradecí mucho aquel gesto.
En aquel entonces me costaba adaptarme a los cambios, a los nuevos ambientes, y tenerla de apoyo era tranquilizador.
La primera vez que lo vi, fue en el inicio de clases. A pesar de haber cursado dos años en la misma escuela, jamás había tenido la fortuna de toparme con él por los pasillos.
Bueno, claro estaba que tampoco era de lo más sociable. Me sentía cómoda estando rodeada de caras familiares, en el mismo lugar día tras día. Caminar de un lado a otro no era lo mío, prefería estar sentada en alguna banca del patio con mi reducido grupo de compañeros para el almuerzo.
En mi zona de confort.
Aquel día opté por sentarme en el fondo, para no sentir la presión de ser el primero en la fila. A mi lado, mi mejor amiga se apañó un sitio para estar cerca de mí.
Con un vistazo rápido al grupo pude identificar a varios rostros conocidos, algunos de mi antiguo instituto, otros tantos con los cuales había tenido la fortuna de coincidir en algún punto con ellos.
Sin embargo, él era al único que jamás había visto.
Llamó mi atención el hecho de que estuviera sentado con un aire despreocupado, relajado en su pupitre, con las piernas estiradas sobre la banca de frente, apoyando su cabeza sobre una mano.
Lucía bastante tranquilo, algo aburrido y totalmente ajeno ante aquella situación. Me resultaba inquietante su calma, el que no mostrara interés alguno ante el cambio de grupo al que se vio sometido y tener que convivir con personas extrañas. Totalmente indiferente.
Sentí una pizca de envidia; deseaba estar tan tranquila como él, esperando lo que fuera a llegar. Pero, en cambio, los nervios me estaban consumiendo. Tenía una presión intensa en el pecho y un impulso abrumador por llorar que me quemaba la garganta.
Todas las personas a mi alrededor eran extrañas. Incluso con las pocas que tuve contacto muchos años atrás, pues estaba segura de que se habían olvidado de mí.
Todos y cada uno de ellos eran desconocidos, una amenaza inminente, todos, excepto Rayna, mi mejor amiga.
Con el tiempo, fui consciente de que había momentos en los que me le quedaba viendo durante las clases, como si fuera una acosadora loca.
Esperaba que mi patética situación pasará desapercibida ante las miradas curiosas que me pudieran observar, realmente pensaba que nadie se daría cuenta, pero eso no fue así, al menos no para ella.
Las primeras semanas de clases habían transcurrido sin percances. Él estaba lejos de mí, y yo me sentía cómoda con la idea de mantener nuestra distancia.
Por mucho que deseara acercarme, eso era por muy lejos algo que haría. Sin duda esperaría a que el mundo fuese llevado a la ruina, a tener que iniciar conversación con él.
«¿Qué pensaría de mí? ¿Y si rechazaba mi acercamiento? ¿Si era insoportable como amigo y cuando lo conociera toda aquella emoción se fuera por el caño?»
Era cierto que desde un inicio lo idealicé como no tenía ni idea, y viví bajo eso por mucho tiempo.
En realidad, no puedo recordar cómo fue que hablamos por primera vez, quién se acercó primero a quién y quién dijo qué.
Pero de algo estoy segura, de que no fui yo quien lo hizo.
Sin embargo, tengo el vago recuerdo de que todo empezó gracias a un libro que llevaba a la escuela en ese entonces. Había desarrollado un amor por la lectura un año atrás, justo antes de conocer a Rayna, y fue ese mismo amor por los libros lo que nos acercó, o, mejor dicho, lo que la acercó.
Las primeras veces siempre fueron difíciles para mí. Acercarme a alguien y entablar una conversación era algo complicado, algo que venía siendo así desde que tenía memoria.
Nunca supe cómo reaccionar ante la avalancha de preguntas con las que me solían bombardear. Mi naturaleza callada y reservada despertaba cierta intriga en las personas que me rodeaban, atrayéndolas como imanes, personas que por lo general quería repeler a toda costa.
El bullicio y la agitación de la gente me causaba una gran ansiedad, un nudo se formaba en la garganta, que raspaba de maneras dolorosas hasta el punto de hacerme llorar, para después ser recibida por un dolor en el estómago.
En aquel entonces, mi grupo de amigos se deshizo cuando nos cambiaron de asientos.
Aquello me dejó sola y aislada de las personas a las que le tenía cierta confianza, exacerbando mis miedos e inseguridades, sintiéndome cada vez más fuera de lugar.
Tener que atravesar todo el salón solo para una charla en la que generalmente era ignorada, bueno, no era lo mío.
Ya no encajaba en ese grupito; mis supuestos amigos me habían dejado a un lado. Fue así que me refugié en la lectura, convirtiéndola en mi escape y salvación.
Rayna se había acercado sigilosamente para preguntarme por lo que leía tan absorta en mi móvil.
Mi primera impresión fue que quería burlarse de mí, y no la culpaba. Era algo a lo que estaba acostumbrada, gente mal intencionada que se acercaba solo para molestar. A pesar de ello, no pude evitar que el temor me inundara y respondí con nerviosismo:
—Es un libro de moda, “The hunger games”. ¿Lo conoces? —Me miró brevemente, irradiando una presencia única y seguridad en sí misma.
Era ligeramente más baja que yo y bastante delgada, de tez apiñonada que resaltaba sus encantadoras facciones. Dejaba caer sobre sus hombros sus largos cabellos negros, ondulados, mientras unas gafas rectangulares detonaban aquel aspecto serio tan característico. Mientras me miraba con aquellos ojos avellana, llenos de cautela, expectante, como si mi cuerpo le diera más respuestas de las que mi boca le podía dar.
Debí darme cuenta desde entonces que era una persona bastante observadora.
A Rayna le recordaba de un año atrás, era casi imposible no saber quién era, tenía una leyenda del segundo grado frente a mí, un jodido genio, siempre ocupando el segundo lugar en el cuadro de honor.
«Ojalá fuera tan inteligente como ella.»me repetía una y otra vez.
—He oído hablar de ese libro. —Miró por encima de su hombro al grupo de amigas que la observaban desde lejos mientras susurraban y reían.
«¿Se están riendo de mí?»
Mi autoestima estaba por los suelos, la confianza en mí estaba quebrada, y mis constantes ataques de pánico solo alimentaban esa voz interior que me menospreciaba sin piedad. De igual forma, me mantenía alerta y aislada. Mientras más tiempo permanencia frente a mí, más crecía la voz en mi cabeza que no hacía más que repetir una y otra vez:
«Por favor, lárgate. Por favor, lárgate. Por favor, lárgate.»
—Nos preguntamos si te gustaría leer un libro —dijo finalmente—. Ya lo hemos leído nosotras, pero nos gustaría que tú también lo leyeras.
Cada célula de mi cuerpo se tensó instantáneamente, como si todas las alarmas internas se hubieran activado al unísono.
Una voz interna me advirtió que era una trampa, que debía tener cuidado. Mi instinto me gritaba que tenía que ser precavida, que todos esos gestos amables escondían oscuras intenciones, se estaban burlando de mí.
Pero a pesar de todas mis sospechas, las palabras salieron de mí sin dar un solo indicio de mi desconfianza, de mis dudas.
Terminé aceptando su propuesta:
—De acuerdo. ¿Qué libro es? —dije con la voz entrecortada y casi atragantándome con el nudo en mi garganta.
Me dedicó una sonrisa amplia y un brillo iluminó su rostro. Regresó corriendo a su asiento, recibiendo miradas de aprobación de sus amigas, luego volvió conmigo sosteniendo un grueso libro entre sus manos.
«Rayos»
Quizá debí mencionarle que apenas comenzaba en el mundo de la lectura y eso... bueno, parecía jodidamente difícil de leer.
—Toma. Es mi libro. Te lo presto —dijo mientras me entregaba el tomo. Una sonrisa amable creció en su rostro, era una mezcla entre alegría y probablemente curiosidad—. Cuando lo termines... —hizo una pausa para mirar a sus amigas, que continuaban observando disimuladamente a lo lejos—, me dices qué te pareció.
Estaba jodida. Muy jodida. Anteriormente, no había leído un libro tan extenso y nunca antes tuve que compartir mi opinión con alguien sobre algo, excepto quizás mi madre, pero estaba segura de que no me prestaba suficiente atención, así que no importaba si lo hacía bien o mal. Ella diría que estaba bien porque no tenía idea de lo que le estaba hablando.
Sin embargo, esta situación era completamente diferente.
Rayna estaba fuera de mi alcance como potencial amistad, dado que pertenecía al grupo de cuadro de honor, todas ellas, sus amigas, estaban inmersas en su batalla por llevarse el primer lugar siempre.
Lucy, una de sus amigas que se sentaba junto a ella, era alta y esbelta que siempre destacaba entre la multitud con su presencia. Sus labios cabellos negros, perfectamente peinado, le caía hasta los hombros, enmarcando su rostro con un flequillo perfectamente recortado. Sus ojos llenos de orgullo eran resaltados por las gafas cuadradas que llevaba, lo que le daba ese aire de superioridad e inteligencia.
Ella siempre ocupaba el primer lugar en el cuadro de honor, y ahora, al mirarlo en retrospectiva, me doy cuenta de que Rayna pudo haber vivido bajo su sombra, en una constante competencia. Aunque también era posible que disfrutara de eso. Jamás lo supe.
Siempre era la perfecta Lucy, la mejor.
Tenía la impresión de que era una chica desagradable, soberbia, y nada me desagradaba tanto como la gente se quejaba de sus malas notas; ella era una de esas. Si sacaba una décima menos, se convertía en un drama que duraba semanas.
«Ya te escuchamos Lucy. Eres la decepción de tu familia por sacar nueve punto nueve este bimestre.»
No quiero menospreciar a nadie en esta narración. Quiero dejar muy en claro que eran pensamientos de aquellos tiempos, cuando era joven, con numerosos problemas como cualquier otro adolescente: tristeza, culpabilidad, pesimismo, inquietud e incluso ideas de suicidio.
Quizá la situación en su casa era una de esas que le exigía demasiado, y no podía hacer otra cosa que cumplir con las expectativas que tenían sobre ella.
Jamás pude entenderla, pero era evidente que no estaba pasando por lo mismo que ella vivía, y ella no tenía ni idea de lo que yo experimentaba.
Así es esto, siempre es así. Por ello se debe ser un poco empáticos con los demás.
Pero la empatía y mi paciencia eran dos cosas que no se tocaban ni a kilómetros.
Sea como fuere, estaba ahí, sola, con un libro extraño entre mis manos. ¿De qué trataba el libro? No tenía la menor idea, jamás lo había visto o siquiera escuchado de él. Sin más, lo guarde en mi mochila y continúe con mi día.
Una vez en casa comencé a leerlo y...
«¡Por todos los dioses! ¿Qué carajos estoy leyendo?»
Debí darme una idea con el título extraño que tenía. A pesar de que tenía una imaginación bastante amplia, nunca me imaginé leyendo algo de esa magnitud.
Era un libro de cincuenta, muy oscuro, por cierto.
No era como si no hubiera leído algo similar. Antes de sumergirme en la trilogía que marcó mi adolescencia, comencé con unos cuantos fanfics bastante atrevidos.
¡Vamos! Todos alguna vez hemos leído fanfics bien perturbadores y subidos de tono. No finjamos ser inocentes.
Todos iniciamos así, o por lo menos la mayoría.
La verdad es que la lectura fue entretenida y hasta cierto punto interesante. Claro está que a esa edad no tenía ni la menor idea de qué mierda estaba leyendo, pero era muy intrigante.
A la mañana siguiente, en el salón de clases, ella me estaba esperando con una sonrisa en su rostro.
Ahora podía comprender por qué carajos sonreían tanto, quizá no se querían burlar de mí o quizás sí lo hicieron al recomendarme un libro fuera de mi nivel. Pero decidí no ver todas esas banderas rojas como alerta de olas fuertes en la playa.
Fui directo a mar abierto. Nadando de prisa.
—¿Lo has terminado? —me preguntó con un atisbo de emoción en su voz.
Negué con la cabeza.
«¿Debería decirle lo que pienso del libro hasta ahora?»
—No lo he terminado, pero sí que voy avanzada. —Trate de cortar la conversación.
—Estupendo. —Me senté en mi sitio y ella se quedó quieta, con su mirada fija en mí, esperando—. ¿Y bien?
«¡Oh no! ¿Estaba esperando que le contara?»
—Me está pareciendo bastante... —Estaba tratando de buscar una palabra diferente a “perturbador” “demasiado explícito”, opuesto a “jodidamente candente” y que«¡oh, vamos!»Era arte ante mí poco o nulo conocimiento en temas sexuales—. Intrigante.
«¿Intrigante? ¿En serio dije eso?»
Hice una mueca y me removí en mi asiento, luciendo visiblemente incómoda. Ella soltó una risita, satisfecha por mi respuesta.
No pude evitar pensar que se veía tan linda.
Me recordé que no era mi amiga. Quizá, en ese momento, era aún más una desconocida para mí.
En aquel entonces, lo que más me gustaba era alejar a cualquiera que pudiera acercarse a mí.
—Cuando lo termines, avísame, y te prestaré el segundo—dijo mientras regresaba a su asiento en el centro, al fondo del salón.
La miré detenidamente, sonriendo y riendo alegremente, contenta por su triunfo.
«¿El segundo? ¿Qué mierda? ¿Había más? ¿Realmente quería leer más? ¿Ella leyó el otro?»
Por su actitud al ofrecerme el libro, estaba claro que lo leyó y sí que había cierta malicia en hacer que yo lo leyera. Aunque posiblemente no tenía nada que ver con lo que la voz susurraba en mi cabeza.
Navegue hacia aguas profundas en medio de una tormenta, viendo esas señales de peligro como inofensivas.
Quizás iba siendo hora de cambiar mis lentes, ya que nublaban mi visión más de lo que creía.
Al final, leí la trilogía completa, ¿Y saben qué?
Me gustó.
Fue mi primera lectura “erótica”, aunque después conocí algunas mucho mejores, claro. Esas las guardo en un espacio especial en mi corazón.
Sin embargo, así fue como tuvimos nuestro primer acercamiento, más íntimo.
Mi mejor amiga. Mi alma gemela. Mi real.
Sin ella, no habría logrado superar todas aquellas dificultades que enfrente después.
La persona que inicialmente pensé que se burlaba de mí resultó ser un amor que constantemente me ayudaba a levantarme en medio de mis terribles e impredecibles recaídas.
Al final, éramos solo ella y yo, una conociendo a la otra a la perfección. Tanto así que fue la primera en darse cuenta de que él me gustaba.
«¿Era muy obvio? ¿O ella me prestaba más atención de lo que yo creía?»
Ese día, él se acercó a mí con cautela; su presencia, en un primer momento, me resultó abrumadora.
Odiaba que las personas se acercaran a mí sin que les diera permiso, en especial los chicos. Pero él rompió esa barrera de espacio personal para preguntarme sobre el libro que tenía posado en mis piernas, como el objeto más valioso que poseía.
Apenas acababa de comprar ese libro, y ni siquiera lo había leído. Lo llevé supuestamente para esas clases súper aburridas o en las que simplemente no iba a hacer nada.
Lo iba a leer, o por lo menos eso iba a hacer hasta que él se acercó, con un aroma reconfortante que calmó mis nervios.
Probablemente, el simple hecho de que me gustara fue lo que hizo que su presencia no me resultara incómoda en absoluto.
—¿De qué trata? —preguntó curioso.
Lo miré con extrañeza, forzando un ligero fruncido de cejas, perdiendo de inmediato, absorta en su rostro.
Tenía unos ojos grandes y expresivos que denotaban una gran curiosidad. Aunque rara vez se le veía sonreír, sus carcajadas resonaban de manera encantadora en mis oídos cada vez que alguien hacía un comentario demasiado estúpido en clase.
La aparición de un par de hoyuelos me atrapó por un momento; no los había visto hasta ese instante, mientras lanzaba una sonrisa demasiado inquietante.
—Aún no lo he leído—susurré.
Hizo un mohín, haciendo que se asomara un solo hoyuelo en esta ocasión.
—Bueno, ¿qué se le va a hacer? —dijo con desilusión.
Dio un par de pasos hacia atrás, aumentando la distancia entre nosotros, pero aun manteniendo su vista fija en el libro. Estaba a punto de marcharse, y el hecho de que su mirada reflejara un genuino deseo de leer el libro me conmovió profundamente.
La única oportunidad de mantenerse cerca, de hablar con él durante más tiempo, era de esta forma, y no estaba dispuesta a desperdiciarla.
—Puedo... —dije sin siquiera pensarlo un momento—. Si tú quieres, te lo puedo prestar.
De nuevo me miró y me dedicó una sonrisa.
«Ahí estaban.»
—¿De verdad? —preguntó. Asentí levemente con la cabeza—. ¡Claro, me encantaría! Cuando lo termines, por favor avísame.
«¿Acababa de prestar mi libro?»
No tenía tantos libros físicos porque eran caros y consideraba que eran reliquias los pocos que tenía. Pero ahí estaba yo, ofreciéndole mi libro, corriendo el riesgo de que lo dañará o, peor aún, que jamás me lo regresará.
A la mañana siguiente, le entregué el libro. Porque era ridículamente ingenua. Se lo di con la excusa de que ya iba avanzada y que no me importaba que lo leyera.
Era mentira.
Ni siquiera lo leí.
Y jamás lo hice, solo sabía que trataba ese libro gracias a él.
¡¡Debí estar jodidamente loca!!
Pasó bastante tiempo con mi libro, en ocasiones me acercaba a su sitio solo con la excusa de saber cómo le estaba yendo con la lectura. Me fascinaba que me lo contara. Jamás me habían afectado los spoilers así que me sentía perfectamente con que él me diera detalles.
Mientras me dedicaba a observar su rostro, sus hoyuelos, su cabello negro ligeramente largo. El cómo abría los ojos cuando contaba algo que le parecía interesante y sus carcajadas demasiado sonoras.
Simplemente, a mi vista eraperfecto, si bien no era un chico atractivo. Para mí lo era todo o eso queríacreer