Cuatrocientas voces
Hace nueve mil ciclos Jack el Iluminador llegó para cambiar el mundo.
Hace quinientos diecisiete ciclos nací.
Hace ciento cuarenta y cuatro ciclos mi odisea comenzó.
Hace un ciclo, yo…
Hace un ciclo que sé la verdad.
—Esto es demasiado inapropiado.
Comenté. La gente a mi alrededor reaccionó de forma muy desigual. Unos con burla, otros más con mero fastidio. Más allá del círculo concéntrico de gente, Sid estaba sentado en una silla de madera maciza, tomando directamente de una botella de Veres.
Levantó la botella hacia mí en señal de aprobación, luego tomó un largo sorbo. De todos los presentes, era el único que podía soportar el Veres en su estado puro.
—Esto es demasiado propio para ti, no seas ridícula —me dijo Rom en cambio.
Fue mi turno para rodar los ojos y cruzarme de brazos. Me sentía renovada porque mi camisa, mis pantalones y mi saco volvieron conmigo: ya no más vestidos de señorita de alcurnia. Me sentía como si nada hubiese cambiado, a pesar de que todo estaba patas arriba.
—¡Comienza de una vez, lady-bel! —exclamó uno, provocando una ola de risas estridentes.
¡Lady-bel, lady-bel! repitieron. No estaban acostumbrados a tanta formalidad y, si he de ser sincera, yo tampoco. Aun así, la autoridad que Sid imponía sin ni siquiera darse cuenta de lo que estaba pasando, era suficiente para que todos mantuvieran el respeto hacia mi persona. Lo miré una vez más, y una vez más, Sid levantó su botella hacia mí, animándome a que abriera la boca de una vez.
Suspiré, contrariada.
—Por extraños sentimientos invadida, hay alud ante vosotros marca y vida, contenta risa continuación sugiere…
—Más la historia en algún punto empezare —siguió Sid en mi lugar, con potente y ronca voz.
La reunión en pleno lo vitoreó, riendo de contentos. Todos chocaron armas, platos, vasos, manos, componiendo una canción en medio de la juerga. Alguien comenzó a tocar un alegre laúd, y la gente entonó el grito de guerra común entre los piratas, cuando están a punto de cometer una estupidez o un suceso que se cantará por mucho tiempo.
Se animaron hasta que yo misma estaba riendo. Nadie se olvidó de que los cuerpos de nuestros compañeros caídos nos rodeaban, como un corro que, por la mañana, no querríamos traspasar. Pero ahora la noche nos amparaba, rodeábamos la enorme hoguera debajo del amplio techo que los subordinados de Sid habían construido a las prisas, y un aire a fiesta nació con el canto que les prometí si ganábamos la batalla.
Y entonces, entoné la canción que los viajeros de agua han dedicado al mar desde muchísimo antes de que Jack el Iluminador enseñara a los devanos todas las cosas de su mundo.
Por el ancho mar vamos
¿la suerte querrá venir?
Cantemos con risas lo del corazón.
Llevemos oro y Veres,
acarreemos el mundo.
La sonrisa estará,
aunque muramos hoy
Se me unieron los míos, los de Sid y también los que nos rodeaban en ese momento. Cuatrocientas personas, famélicas, cansadas y heridas, gritando a todo pulmón su canción favorita.
Yeheheah yehe yayah yeheheah yehe yayah
Al mar escabroso ir
¿La vida nos seguirá?
Esta aventura tal vez no sea para ti
¿El arcabuz traes ahí?
¿Qué dices de tu espada?
¿Listo estás para morir en tu madre y vida el mar?
Amigos habrá sin fin,
Amores y un poco más
No hay nada que la libertad no consiga ya
¡YEAH!
Yehe yayah yeheheah yehe yayah
Cuando llegamos al último grito, la mitad ya estaba arrodillada, en posición fetal o abrazándose las piernas. Unos gritaban, golpeando el suelo. Otros más, emocionales, pero no por ello menos aguerridos, lloraron cual bebés aquella noche.
Yo los miré con una profunda tristeza. Éramos muchos, los suficientes como para levantarnos y seguir peleando en medio de la nada una guerra que parecía perdida desde el comienzo, pero solo quedaba la octava parte del batallón que habíamos llevado a la muerte.
Ganamos esa batalla, pero la guerra continuaba, y yo no estaba segura ni siquiera de que los más fuertes aguantáramos mucho tiempo.
Era como si hubiésemos perdido y cantáramos para consolarnos, y tal vez así era.
El mundo ya no era la pacífica tierra a la que Jack el Iluminador había hecho brillar en todo su esplendor.
Por primera vez en mucho tiempo, yo también lloré aquella noche, y ni siquiera los brazos de Sid pudieron disipar aquella asfixiante sensación de pérdida y angustia.