Dormir

Summary

Un sitio encantador, escondido de todo lo demás; sólo para los dos. Crowley y Aziraphale por fin habían encontrado el lugar perfecto, donde podrían simplemente ser... ellos, hasta el fin de los tiempos. O, quizás, hasta que llegara una tormenta. *Creado para el Taller de Escritura Creativa, de Lila Negra.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo Único

Nubarrones grises, gruesos, fueron traídos por el viento desde el norte, cubriendo los rayos del Sol. Por lo perdido que estaba, dormitando a ratos, tuvo la sensación de que aquella oscuridad fue repentina, a pesar de que el ambiente se sentía bastante fresco desde muy temprano. Le resultó, de todos modos, algo lo suficientemente extraño en esa época del año, con el auge de la primavera, como para dejar lo que estaba haciendo y olvidarse de tomar una siesta después.

—Parece que tendremos una tormenta —musitó, al entrar a la casa.

Crowley no tenía un clima preferido, a decir verdad. Cualquiera que fuera, lo disfrutaba de forma gustosa, plena. Una tormenta o un día soleado, para el demonio era lo mismo, mientras que estuviera con su ángel, algo que se había vuelto parte de su rutina desde que vivieran juntos en aquella casa de campo, que encontró y protegió para los dos.

La zona estaba cubierta de verde; el valle se extendía hasta donde alcanzaba la vista, y las estaciones se sentían más que en la ciudad. Ambos solían pasar las tardes en picnics, ahí entre los prados de flores o a la sombra de algún árbol mientras rememoraban historias. Aziraphale luego tenía la costumbre de llevar libros consigo, y Crowley se recostaba en su regazo para que se lo leyera; aún si ya lo había comenzado, e incluso si era del odioso Shakespeare, no le molestaba. Leer libros, y compartirlos, hacía feliz al ángel y eso era lo que importaba.

Siendo completamente honesto, el demonio podía decir sin vergüenza que a eso se dedicaba ahora. Muchas de las cosas que hacía eran, precisamente, para hacer feliz a Aziraphale. Lo llevaba en el Bentley hasta la ciudad, le ayudaba a traer todos los libros que pudieran cargar entre los dos, e incluso le permitió cambiar el color de su amado automóvil de nuevo – aunque eso fue una vez y duró solamente el viaje de regreso. Pero nada se comparaba, por supuesto, a la reacción que éste tuvo cuando estacionó frente al que, ahora, era su hogar. Incluso por meros segundos, Crowley podría jurar que alcanzó a ver estrellas en los ojos de su adoración, y supo que había valido la pena mantener ese lugar en secreto por tantos milenios.

La casa no era realmente especial, por lo menos no para los demás. Era rural, vieja, maltratada por el tiempo, a pesar de que antes el demonio solía darse sus vueltas para revisarla. Las plantas y malas hierbas crecían sin control a su alrededor, y era necesario podar con bastante frecuencia -cosa que estaba a cargo de Crowley, por su “amor” a las plantas; sin embargo, para los dos era simplemente maravillosa. No era sino el lugar perfecto, el escondite que podrían usar hasta el fin de los tiempos, ahora que El Cielo y El Infierno los habían dejado en paz.

Crowley decidió asomarse una vez más hacia afuera, por la ventana, y comprobó que las nubes grises ahora lucían casi completamente negras.

—¿Será un huracán? —preguntó al aire.

Aziraphale parecía no escucharlo, pero eso no le molestaba. Comprendía que estaba sumido en la nueva lectura, y ya que era prácticamente un sacrilegio interrumpirlo sin un buen motivo, él se movió para revisar que todas las ventanas se encontraran cerradas. Subió con gracia hacia el segundo piso, deslizándose entre las habitaciones para comprobar que no hubiera ningún espacio por donde el agua pudiera colarse. Fue especialmente cuidadoso de sus pasos en el estudio de su ángel, vigilando que ningún movimiento suyo fuera a romper el frágil sistema de ordenado de Aziraphale, porque podía llegar a ser bastante celoso de su trabajo. Caminaba entonces de vuelta, para salir del lugar, sorteando torres de libros en el piso, montones de hojas sueltas, pergaminos amontonados y la silla del escritorio, hasta que notó algo ahí.

Era un ser curioso, de eso no había duda, y no era secreto para nadie; por eso, no debería ser sorprendente el hecho de que no fue capaz de resistirse, y terminó por tomar entre sus manos la libreta que estaba abierta, tentadora, en el escritorio. Reconoció al instante la pulcra y elegante letra cursiva del ángel, y empezó a leer mientras sostenía las páginas con suma delicadeza.

El día de hoy, Crowley llegó a casa con comida sin avisar, como casi siempre. Trajo macarrones dulces y panecillos con mermelada de frambuesa. Le hubiera dicho algo por llegar tarde, pero no pude. Dijo que lo compró todo porque, cuando lo vio, se acordó de mí. Simple. Espontáneo. Es ahí donde noté otra vez lo diferentes que somos.

Él siempre es así; hace las cosas porque siente que es lo que quiere, porque le nace del corazón. Yo, en cambio, no puedo ni siquiera elegir el color de la casa, porque siempre tiendo a pensar de más en cosas así, cosas que lo involucran a él.

Tal vez debería preocuparme por la facilidad con la que toma sus decisiones, pero siempre he creído que es parte de las ventajas de ser un demonio; aunque no es que vaya a decírselo. Sin embargo, pienso que la libertad de hacer lo que se le venga en gana debe ser bastante agradable, ¿no? He pensado por eso durante muchos milenios, y últimamente esa idea llega a mi mente como una canción que no me puedo arrancar. ¿Es realmente malo hacer lo que deseamos? Es decir, ¿escuchar al corazón? La mayor parte de mi existencia se ha basado en escuchar y obedecer. O al menos, así era, hasta que lo conocí.

Se detuvo.

Era consciente de que Aziraphale llevaba un diario, y que básicamente se remontaba desde que se le ocurrió la grandiosa idea de mantener un registro de todas las cosas que hacía o decía. Nunca se había sentido lo suficientemente intrigado como para investigar; después de todo, podían simplemente sentarse a charlar y ponerse al corriente de todas las décadas que pasaban sin verse. Pero ahora, en realidad, sintió la curiosidad hacer mella en su cuerpo y, luego de esperar un momento por si escuchaba algo, siguió leyendo al son de la melodía de las primeras gotas que empezaban a caer en la ventana del estudio.

Fue ahí que empecé a cuestionarme las cosas, incluso las que no se supone que debería cuestionar. Siempre me preguntaba qué obtendría El Todopoderoso si hacía tal o cual cosa, o si realmente era esa su voluntad, de la que los arcángeles tanto hablaban. Empecé a sentirme solo, a dudar incluso de mí mismo, y todo por él. Es decir, ¿era realmente necesario hacer sufrir a los humanos, simplemente para probar su fe? Era doloroso y frustrante verlos pedir por respuestas, cuando ni siquiera yo las conocía. Sufrí, muchísimo. Un ángel no debería de pensar en esas cosas, ni cuestionar la voluntad de Dios, ni desear ser tan libre como un demonio. Peor fue cuando me di cuenta de que, esas pocas veces en que lograba verlo, me sentía feliz. Disfrutaba de su compañía, y de lo que poco a poco él me iba enseñando. La comida, la música, los lugares, los libros… todo, lo probé gracias a él. Ahora, que estamos juntos después de tantos milenios, no puedo evitar pensar… ¿es esto de verdad correcto? ¿De verdad es esto lo que quiero?

No pudo continuar.

Los párrafos seguían, pero él no encontró las fuerzas para averiguar lo que decía después. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda, y la respiración se le agitó, como si el miedo se estuviera apoderando de él lentamente.

Entonces, la ventana del estudio se abrió de golpe, y miles de papeles hicieron explosión en el lugar. El viento rugió, revolviendo las hojas sueltas, desordenando todo. Crowley se lanzó hacia la ventana, pero por más que lo intentó no pudo cerrarla y el agua empezó a entrar. Decidió dejar eso por el momento, pues no podía concentrarse después de lo que vio. Una parte suya pensó enseguida en ignorar lo que acababa de leer, porque en primer lugar no se suponía que debería leerlo y podría causar un problema mayor. La otra parte, sin embargo, fue la que terminó ganando; la que estaba asustada de perder otra vez a quien amaba.

Fue entonces que, tras un par de respiraciones profundas para calmarse, cerró la puerta del estudio al salir y se apresuró a bajar las escaleras para buscar a Aziraphale.

—Ángel —llamó, y no pudo evitar el tono necesitado de su voz, pero eso no le importó.

Lo que terminó por sorprenderlo, fue no encontrar al otro en el sillón, donde lo vio la última vez. No había siquiera rastro de que estuvo ahí sentado, de modo que empezó a buscarlo por aquella minúscula cabaña. Recorrió cada rincón de la planta baja, esforzándose por ignorar las goteras que poco a poco empezaban a convertirse en cascadas; al no tener éxito, decidió volver a subir preguntándose si acaso se había metido a otra habitación y él no lo notó. Corrió entonces hacia el estudio, y el corazón se le cayó a los pies cuando, al abrir la puerta, se encontró con un cuarto vacío.

Ni libros, ni escritorio, ni pergaminos.

Nada.

—¡Aziraphale! —gritó, corriendo hacia afuera, sintiendo la lluvia mojándole de la cabeza a los pies con el frío de la soledad que sentía en el alma, llevándose las lágrimas que derramó.


Un trueno lo sobresaltó.

Crowley se agitó, despertando de golpe y con el corazón martillando en su pecho.

Le costó un par de minutos comprender que había estado soñando, y otros más entender que la humedad de su cuerpo era a causa del sudor, que lloró en sueños. Eso no le había pasado jamás. Había llegado a dormir por un siglo entero, ¿entonces por qué de pronto se despertaba sin razón?

Se irguió apenas un poco, mirando a su alrededor. Recordó que, tras aquella despedida, subió al Bentley y no volvió a bajarse. Que, tras haberse detenido en un tramo de una carretera solitaria y rodeada de árboles, no volvió a moverse. Que, al no tener a dónde ir, prefirió dormir para intentar olvidar.

Suspiró, y a sus oídos llegó el sonido de otro trueno; la tormenta de allá afuera continuaba sin descanso ni piedad.

Crowley no estaba seguro de cuánto tiempo había dormido, pero volvió a acomodarse en aquellos asientos de cuero percudido. ¿Durmió un par de meses? ¿Más de dos años? No importaba, porque no eran suficientes todavía. Dormiría otros dos, o cien, o tres mil; los que hicieran falta, hasta olvidarse de Aziraphale.