R i c h - b o y

Summary

"𝙰𝚑... 𝚙𝚘𝚛𝚚𝚞𝚎 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎 𝚜𝚎𝚛 𝚘 𝚗𝚘 𝚜𝚎𝚛... 𝚢𝚘 𝚜𝚘𝚢."

Status
Ongoing
Chapters
25
Rating
n/a
Age Rating
18+

él del carro rojo

Entonces salía del centro comercial, específicamente de Prada con mis manos repletas de bolsas mientras la canción de Gwen Stefani sonaba de fondo.


¡Si yo fuera un chico rico

Na-na-na-na-na-na-na-na-na-na na

Verás, tendría todo el dinero del mundo

Si yo fuera una chico rico...!


Entraba a cada tienda que se aparecía por mis ojos y compraba ropa nueva para todos los días. La gente admiraba a mis guardias que igual tenían las manos repletas de bolsas que ya hasta casi se les caen.


De la nada aparece un reportero para hacerme una entrevista mientras las cámaras graban las prendas que traigo de pies a cabeza.


Siempre original.


— ¿Qué se siente ser un chico rico? — cuestiona aquel hombre con una sonrisa coqueta y yo sonreí a más no poder.


— ¡Genial! — exclamé entusiasmado. — Porque tengo todo el dinero del mundo y si se dan las cosas podría ser igual de millonario que Elon Musk o  Rihanna.


— ¡Wooo!


— ¡Bill! — regreso a ver y mi corazón dió un brinco, hay un grupo de chicas con carteles que tienen mi foto acompañado de "Rich Boy" y dicen ser fanáticas mías. — ¡Te amo, Bill!


— ¡Queremos ser como tú, Bill!


— ¡Bill!


— ¡Bill!


¡Bill!


¡Bill!


¡Bill...!


— ¡Bill! — desperté de golpe y me senté asustado en el enorme sofá incómodo. Me dió una taquicardia terrible. Bajé los pies hacia el suelo, aún con sueño y solo eso bastó para que me haga despertar del todo, tan desagradable.


El suelo de la casa estaba todo inundado.


— ¡Maldición, mamá! ¡otra vez las  goteras! — empecé a temblar de frío. Recogí mis piernas y me abracé a mi mismo para darme calor. El agua estaba congelada y el clima que no ayudaba para nada.


— Ignora eso, mijo. ¡Ve a bañarte! ¡tenemos que salir a vender los boletos! a esta hora se venden requete  bien.


Mierda, ¿cómo pude olvidar algo así?


Busqué en la ropa amontonada que está en el sofá mi toalla para salir al baño. Di un golpe en la puerta para apurar a aquella persona que se encontraba adentro, ¡no quiero llegar tarde!


— ¡Ponte a la fila, Bill! — regreso a ver a mi detrás. Estaban cinco personas de la vecindad esperando a la fila. Abrí la boca con exageración y caminé hasta el último. No iba a llegar nunca y seguro la competencia pus ya me ganó. Suspiré de mala gana. Apego mi espalda a la fría pared con los ojos cerrados.


— ¡Mueve, Bill! — escuché gritar a mi madre desde la puerta. — ¡Ya no tienes tiempo!


— ¿¡No ves la maldita fila y lo mucho que tardan!? ¿acaso soy flash o qué?


— Ven. — Simone jaló mi mano para meterme a la casa. Abrió el refrigerador para sacar una jarra de agua fría. Cortó una camisa vieja y empezó a limpiar el cuerpo. Daba gritos de lo fría que estaba el agua.


Me voy a poner más frío que el papá de la Meche, que en paz descanse.


— ¿¡Por qué no le pusiste a calentar!?


— No tenemos pipa, Bill. Desde anoche que estamos yendo a comer donde la comadre Lichita pero a ti ni te va ni te viene por andar ahí fuera de los reventones fantaseando con cantar y ser millonario. — miraba al suelo con mucha tristeza. Ahora deslizaba el trapo sobre mi cabello solo para humedecer y que se asiente bonito.

Estaba muy despeinado. — Tu ñaña  no está yendo a las clases porque el uniforme ya está roto y tiene mucho que le he puesto parches, necesita uno nuevo y más grande.


— Quizás si tuviéramos dinero no estaríamos pasando por esto. — murmuré.


— Bill...


— No, ya cállate, vieja. Ya me voy, deme su bendición. — ella en medio de un rostro triste susurró un par de cosas para darme suerte. Terminó por darme un beso en la mejilla y caminé hasta fuera de la casa para agarrar la ropa que estaba supuestamente seca pero era todo lo contrario y era lo único limpio que me quedaba a si que, fui así, con la ropa húmeda.


Corrí emocionado hasta el parterre central donde pasaban los autos de los ricachones, personas de la jais y toda esa gente que tiene lana.


Ahí encontré a Joe, mi mejor amigo haciendo los malabares mientras yo me instalaba para vender los boletos de la lotería en la próxima que el semáforo se ponga en rojo.


En mi pequeña canastita tenía florecitas de esas que los enamorados le compran a sus enamoradas y les demuestran su amor.


Ay, ojalá me llegue el amor a mí algún día.


— Híjole, Diosito, yo también soy tu hijo. — hablé mirando al cielo. — Mándame a un güero de pelo rubio, ojos agua y lo más importante... pos que tenga lana...


— ¡Bill, es tu turno!


— ¡Ya voy! — agarré mis flores junto con los demás boletos y empecé a promocionar mi negocio. — Compré unito y verá lo bien que le va a salir, se volverá más millonario de lo que fuistes antes.


— Solo quiero una rosa, por favor.


— ¡Claro, mi don! Son tres.


— Gracias. — asentí siguiendo hasta los demás autos con la misma actitud hasta llegar al carro del último que me compró tres boletos.


Con tan poco ya me sentí adinerado.


— ¡Muchas gracias! — corrí de nuevo con Joe y me senté para guardar el dinero en aquel bolsillo de lo más profundo de mis pantalones. Siempre seguro y si podría le pondría un candado.


— ¿Cómo te fue?


— Ya tengo pa' comprarle la pipa de gas a mi jefa, del resto que venda se lo voy a dar pa' la comida y si sale el uniforme de mi hermana.


— Súper, pos... ¿qué planes tienes para hoy, eh? ¿si vamos a rodear esos bares de la alta pa' vender chicles y esas cosas?


— A mi vieja no le gusta que yo vaya, le da rabieta.


— ¡Anda, Bill! por favor.


— Lo voy a pensar. — nuevamente empecé a ofrecer boletos a las personas de los autos, y si no eran esos era las flores pero de que vendía, ¡vendía! en eso veo llegar un auto a mucha velocidad y se detiene haciendo rechinar sus neumáticos nuevos, era un auto rojo, de lujo.


De niño rico.


Quedé embobado por lo brillante de la pintura.


El conductor baja el bridio de su puerta. Se me olvida como respirar al ver a aquel tipo de pelo amarillo, gorra y un rostro griego. Las palabras no salen de mi boca, empiezo a tartamudear. A mí alrededor puedo ver su rostro lleno de un bonito adorno de corazones rosados, florecitas, estrellitas y un bonito sticker de amor. Mi corazón comenzó a latir desesperado, enloquecido por lo guapo que se ve.


Entonces el pito del siguiente auto me despertó de mi ensoñación.


— ¡Véndeme un boleto! — caminé a pasos torpes para venderle mientras regresaba a ver a cada rato al hombre que estaba en el auto rojo. Al volver me hizo un ademán con la mano y mordí mi labio inferior. Mi rostro empezó a picar y me rasqué sin disimulo mientras volvía con Joe.

No lo perdí de vista hasta que se fue.


— ¿Qué tanto te miraba ese pendejo?


— ¡Hey! — golpeé su espalda con fuerza. — No le digas así.


— Bueno.


— ¿Le viste? ishh, estaba bien guapo el canijo. Cómo pa' comerlo a besos y hacerlo papá.


— Bill, es un hombre.


— ¿Y qué?


— Que raro el amor entre dos hombres.


— ¿A poco sí? — reí. — No me creas tonto, yo he visto las noticias y esas cosas del amor entre dos hombres y ya no es problema.


— Si tú lo dices. — asentí con una sonrisa, retomando mi negocio hasta que empezó a oscurecer y dejaron de ir muchos carros. Recogimos las cosas para tomar la dirección de siempre hasta los bares de las personas con dinero, ahí también vendíamos cosas pero más que vender me hacía ilusión entrar a uno de esos.


Me imaginaba dando lo mejor de mi frente a todas esas personas, ojalá algún día yo pueda realizar mis sueños pero de momento tenía que confirmarme con ser un maldito billetero que se gana la vida con esfuerzo y lo vale cada maldito centavo.


Joe y yo seguíamos andando hasta llegar al puesto de siempre. Al instante reconocí ese auto rojo frente a mí, perfectamente estacionado.


Lo ví bajar con una mujer castaña y un par de chicos igual de guapos que él. Se me iban las babas por el hombre de gorra ahora roja.


— Ahí va el tuyo, con su novia.


— Quizás es su amiga. — murmuré sin dejar de verlo. Caminé unos cuantos pasos para poder acercarme a él, con la ilusión de saber su nombre pero me detuvo uno de los guardias que cuidan la puerta. — Bill...


— ¿A dónde crees que vas, mugroso? Vete tú y tu amigo lejos de aquí, a dónde pertenecen. — antes de que pudiera decirle algo me empujó y pateó la canastilla, haciéndole pedazos y ¿cómo no se iba a dañar si estaba super vieja? pasaba al sol y al agua, tenía mucho tiempo de trabajar con ella. Comencé a llorar como nunca y no porque me la haya roto si no porque ese era el único recuerdo que tenía de mi papá antes de que nos abandonara pa' una mejor vida.


Siempre fuimos unidos.


Después mamá ya se casó con otro y tuvo a mi hermana y ese hombre se la pasa bebiendo por todos lados, no ayuda en nada.


Nunca se le ve.


— Oye, amigo, ¿qué te pasa? ten más respeto por los demás. — tragué saliva  cuando el tipo de gorra empujó al guardia hacia un lado. Joe me ayudó a levantarme y recoger las únicas cosas que servían de la canasta para ponerlas en la suya.


— Él estaba molestando.


— ¡Mentiroso! ¡tú le empujaste cuando Bill solo quería acercarse a él! — volví a sentir mi rostro arder cuando el de gorra me miró con una expresión que no supe decifrar. Probablemente le molestó que Joe haya dicho eso y como yo si tengo un poco de dignidad empecé a caminar del lado contrario arrastrando a Joe para volver a casa.


— Todos esos niños ricos son unos imbéciles. — no dije nada al respecto. Al llegar a mi hogar le di el dinero a mamá, también dejé unos diez euros para mis ahorros necesarios porque si que tenía muchas ganas de retomar mis estudios para la universidad.

Me llamaba la atención esas cosas que implican negocios y tenía mucho por aprender.


Di las buenas noches a mis familiares para acostarme en la hamaca de afuera de la casa para que mi hermana y mamá puedan descansar en la única cama que había ahí con mayor tranquilidad.


A penas cerré mis ojos, todo daba vueltas a aquel hombre rubio de carro rojo y su bonito rostro de ensoñación.


No tenía los ojos agua como quería pero vaya que el cupido me flechó en un buen momento.


Realmente me gustaría volver a verlo.


Pensaba en el toda la noche hasta el siguiente día que amaneció y volví a salir hasta el lugar de siempre para vender las flores que ahora cargaba en el brazo, los boletos en una funda y ahora adicional un trapo para limpiar los cristales de los autos.


Joe hacía lo de siempre y yo estaba sentado, clasificando flores de acuerdo a su color. Al finalizar empecé a venderlas al mismo precio, estas se vendieron como nunca haciéndome sentir feliz. Necesitaría comprar unas extra de ese mismo modelo para continuar.


En eso el auto rojo vuelve a pasar pero esta vez se estacionó un poquito antes de llegar al semáforo. Fue imposible no verlo y sentirme nervioso. Sumándole a eso el sentimiento de lo que dijo Joe ayer, dejándome expuesto ante él, sus amigos y su... novia.


Me daba mucha vergüenza.


Continuo vendiendo mis boletos pero no tan animado como antes, el sentimiento en mi corazón no me permitió desenvolver bien mi papel.

Quería echarme al suelo a llorar.


Regresé de vuelta al césped para sentarme y ver a ratos el auto estacionado hasta que choqué con unos pantalones anchos oscuros.


Supe que era él.