Let's go North |GoYuu|

Summary

Yuuji visita la tumba de Gojo y confiesa lo que significa para él.

Genre
Romance/Other
Author
Gojo
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo Único

Pasajeros del vuelo con destino hacia el Sur, por favor, abordar por la sala 2.

A Gojo le impresionó lo similar de este lugar con el aeropuerto de Naho, incluso la voz por el altavoz era la misma que le avisó del abordaje cuando partieron de regreso a Tokio. Inhaló una bocanada de aire y la expulsó. Sus gafas de sol se situaron sobre su cabeza y, con un aspaviento, vislumbra amilanado a las personas que se hallan con él incorporándose. Amanai y Kuroi caminan apegadas y alegres hacia la sala 2. Detrás de ellas les sigue Yaga, y Toji mantiene una distancia prudente entre ellos.

—¡Es la hora! —exclama con júbilo Haibara.

Nanami, Haibara y Suguru se movilizan, pero se detienen al percatarse que Gojo no se ha levantado de su asiento.

—¿Gojo-senpai?

—Satoru, hay que irnos.

Él aprieta sus labios y los mira con un deje de culpa.

—No iré con ustedes.

Su respuesta es firme. Suguru y Haibara entreabren sus bocas, pero Nanami suelta un áspero suspiro. Gojo y él se observan, transmitiendo un mensaje tácito del porqué de la inesperada decisión de quedarse. Nanami lo sabe. Desde hace tiempo, en realidad. Lo sospechó cuando él vino a buscarlo a Hokkaido y le pidió que cuidase de Itadori. Y más tarde lo confirmó al fijarse en las sonrisas que esos dos se dedicaban.

—Buena suerte, Gojo-san.

Son las últimas palabras que le dice antes de sujetar el brazo de Haibara y retomar su camino hacia la sala. No obstante, Kento gira la cabeza y ve que Geto no los está siguiendo.

—Geto-san, debemos irnos.

—Adelántense, me quedaré unos minutos.

El rubio frunció el ceño y negó con la cabeza. Haibara y él apresuraron el paso y se perdieron por el pasillo izquierdo que te lleva a sala 2.

Suguru se sentó al lado de Satoru y cruzó una pierna sobre la otra.

—Entonces…, no vendrás con nosotros. —Por el rabillo del ojo, observa que su amigo endereza su postura.

—Así es —responde de forma automática. Retira sus gafas oscuras con cuidado de que sus mechones no se queden atrapados entre las bisagras y se las pone. Ha oído que los ojos son las ventanas del alma; de acuerdo, pondrá cortinas para que su amigo no fisgonee.

—¿Esperarás a alguien? —inquirió.

Satoru bufa por lo bajo. Claro, él es su mejor amigo. Por supuesto que entendería rápido sus motivos. Sin la necesidad de un interrogatorio o amenazas. Tal vez tres años no sean demasiado, pero fue suficiente para que se conocieran bien.

—Sí.

—Ya veo.

Lo ve de reojo y escoge cuidadosamente las palabras para decir a continuación—: ¿Es tan importante esta persona para que no vengas con nosotros?

Satoru se muerde el labio inferior y finalmente le devuelve la mirada a Suguru. Benditas sean sus gafas que ocultan la calidez que ha cubierto sus ojos azul iridiscentes.

—Lo es —responde, y el tono edulcorado lo termina delatando—. Él es muy importante.

—Vaya, sí que debe serlo porque… tú querías esto. —La extrañeza en las facciones de Satoru hace que se explique de inmediato—. Me refiero a que tú deseabas estar con nosotros. Regresar a tu primavera azul. Y ahora que tienes la oportunidad, la estás rechazando.

—No me malinterpretes. Mis días de juventud son algo que siempre atesoraré, con sus buenos y malos momentos. Pero esto —se toca el pecho— es más fuerte que mi pasado.

Impresionado por la pasión con la que su amigo ha soltado eso, Suguru se aventura a preguntar:

—Satoru, ¿qué es esta persona para ti?

—Es mi estudiante. —Sacude la cabeza—. No, es más que eso. Es un amigo. No, tampoco. Él es más, mucho más. Él se ríe de mis chistes, y nadie más lo hace, me lleva a comer raspados, se muestra feliz cuando regreso de una misión, ve películas conmigo que otros consideran malas, me prepara comidas deliciosas y que cuando me abraza yo me siento… apreciado.

Satoru recuerda a su estudiante con su carismática sonrisa, saludándolo con un brazo hacia arriba y preguntando cómo le fue en su misión.

Inesperadamente, su postura se rompe y agacha la cabeza.

—No puedo… No puedo irme sin él. —Aprieta los puños—. No quiero una eternidad sin tenerlo a mi lado. Por favor…, entiéndeme.

—Lo hago, Satoru —dice, tallando sus ojos con rapidez y eliminando cualquier indicio de lágrimas—. De verdad, estoy feliz por ti. —Se ríe—. Shoko me apostó que serías indiferente a ese sentimiento, pero le dije que estaba equivocada. Espero que haya una forma de que me pague esos cien yenes.

—¿Eh? ¿Qué sentimiento? —parpadea, granjeándose el semblante incrédulo de Geto.

—¿De qué hablas?, acabas de confesarlo.

—¿Confesar qué?

Suguru abre la boca y golpea su frente mientras maldice.

—Argh. No puedo creerlo. Tienes veintiocho años…

—Tengo veintinueve —corrige.

—... y eres tan inconsciente en algo tan simple. Satoru, eres un idiota. —Le da un sape en la coronilla.

—¡Oye!, ¿a qué ha venido eso?

—Satoru, estoy hablando de que tú…

Pasajero del vuelo con destino hacia el Sur, por favor, abordar la sala 2.

Ambos se observan con cierta melancolía y enseguida Suguru se pone de pie.

—Bueno, esta es la despedida definitiva.

—Suguru, quiero que sepas que nunca dejaste de ser mi único y mejor amigo. —Sus labios se contrajeron con una sonrisa sincera.

—Qué sentimental resultaste —se burla—. Aun cuando nuestros caminos se separaron, seguiste siendo mi mejor amigo. —Cerró los ojos y mostró una radiante sonrisa—. ¡Estoy honrado de haber formado parte del Dúo de los más fuertes!

Una lágrima traicionera resbaló por la mejilla de Satoru.

—Adiós, Suguru.

—Adiós, Satoru.

Geto avanzó y ya casi atravesaba el pasillo cuando escuchó el grito de su amigo a su espalda.

—¡Espera, Suguru! ¡¿Qué es eso que te confesé?!

—¡Las flores de cerezo han florecido! —exclamó—. ¡Tu primavera azul está completa!

Se despidió con su brazo en alto y se perdió de vista.

Estremeciéndose mentalmente, puso sus gafas sobre su cabeza. La cara de Satoru se coloreó de un rojo intenso. Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos y se cubrió la cara por la vergüenza que lo agarrotó.

¡Todo está claro! ¡¿Cómo pudo ser tan idiota?!

—Oh, mierda —susurra—. Todo este tiempo he estado enamorado de Yuuji.

Soltó un chillido.


Es el 24 de diciembre e Itadori Yuuji, de veintiún años, se desplaza con calma por el camino empedrado del cementerio. La nieve fue apilada mientras que las hojas de los árboles se cubrieron de escarcha blanca, pero como el sol está resplandeciente, la nieve comienza a derretirse.

El cementerio de hechiceros se encuentra en un terreno elevado a las afueras de la ciudad de Tokio, custodiado por guardias entrenados para enfrentarse a diferentes amenazas, incluyendo a las maldiciones. Itadori está tan familiarizado con el lugar que ni siquiera presta atención al camino, sino que se dedica a ojear las demás tumbas. Él viene aquí para dos fechas específicas: 31 de octubre y 24 de diciembre.

La primera fecha es por el aniversario de la muerte de Nanami Kento y Kugisaki Nobara.

La segunda fecha es por su profesor.

Hoy es el aniversario de la muerte de Gojo Satoru.

Llega a la parte final del cementerio, donde observa la tumba de su profesor a pocos metros. Cada vez que la observa, se forma un nudo en su garganta y su corazón experimenta un corte profundo. La brisa mueve su cabello corto y toma asiento frente a la tumba. Saca un incienso, lo coloca en el pequeño estante y lo enciende con un encendedor. Comenzó a fumar hace un tiempo y la nicotina mitiga un poco el dolor cuando los recuerdos lo arrollan. (Ahora comprende a Ieiri-san). Ve la lápida de mármol que tiene inscrito Gojo Satoru y deja escapar un suspiro tembloroso.

—Estoy aquí, Gojo-sensei. —Esboza una sonrisa—. Tal vez pienses que estoy perdiendo el tiempo en seguir viniendo; seguir atrapado en el pasado. Y no me importa. —No llora, pero sus ojos comienzan a brillar—. Quiero estar aquí este día porque encuentro consuelo. Quiero pensar que puedes oírme, que aún estás conmigo.

Lágrimas corren por sus mejillas y carraspea.

—Tengo buenas noticias. —Secó sus ojos—. Fushiguro se está recuperando. Kurusu me contó que salió de su habitación y paseó por el jardín. Eso es genial. Desde que conseguimos separar el alma de Sukuna de su cuerpo, Fushiguro se convirtió en un alma en pena. Postrado en una cama sin querer hablar ni moverse. Sin mostrar emociones. —Hizo una pausa—. Llegamos a creer que… nunca volvería a ser el mismo. Sin embargo, ahora estoy seguro de que volverá a la normalidad. —Muerde su labio inferior—. No pierdo las esperanzas de que al menos lo recupere.

Yuuji cierra los ojos y evoca en su mente el rostro sonriente de su profesor.

—¿Por qué? —dice con voz desolada—. ¿Por qué tuviste que irte? ¿Por qué me dejaste también?

Su labio inferior y mandíbula empiezan a temblar. Abre sus párpados y no puede controlar las lágrimas que caen como riachuelos. Aprieta los puños y sus manos se tornan pálidas por la presión que ejerce.

—Es cierto que no estoy solo. Tengo a los senpais, a Choso, y mis estudiantes. Porque me convertí este año en profesor, como tú. —Sorbe su nariz y solloza—. Pero ellos no pueden eliminar el agujero que hay en mi corazón. Ese agujero que dejó tu muerte.

Su llanto aumenta y sus hombros se sacuden por pequeñas convulsiones.

—¡Me dijiste que ganarías! —gritó de manera desgarradora y enojada—. Incluso la noche antes del enfrentamiento te dije que tenía miedo de perderte como a los demás, ¡y me prometiste que no morirías! —Con un gemido ahogado, Itadori llevó sus piernas hacia su pecho y se aferró a ellas, colocando el mentón sobre sus rodillas—. Ni siquiera matar a Sukuna alivió mi dolor porque te fuiste y nada cambiaría eso. Nada.

Las lágrimas queman sus ojos ámbar y humedecen la tela de sus pantalones negros. De su boca solo salen sonidos heridos y su rostro con cicatrices expresa una profunda tristeza y soledad.

—No me di cuenta en aquel momento. Yo… no lo entendía. Pensé que era un simple cariño, porque pasamos tiempo juntos en el sótano y en esa casa que llegué a considerar un hogar, aunque haya sido por unas semanas. —Oprimió los labios y más lágrimas escurren por sus mejillas—. Tarde comprendí que significaste mucho más. Qué tú eras más que mi profesor. Tú… eras mi persona especial, Gojo Satoru. Lo siento, lo siento.

Su devastador llanto hace que su respiración se agite. Cualquiera que lo escuchara, se vería afectado por tanto sufrimiento.

Él contempla fijamente la lápida con sus ojos enrojecidos y vacíos de vida.

—Gojo-sensei, en la otra vida yo… quisiera ser tu persona especial. Por favor, déjame serlo. —Solloza—. ¿Puedes esperar por mí y permanecer juntos?

Un fuerte viento lo sacude y cierra los párpados.

Detrás de él, la figura de un hombre alto con cabello blanco se arrodilla y lo abraza. El espíritu de Gojo oyó su súplica y vino hasta aquí para brindarle consuelo a su querido estudiante. Ese estudiante que le dio momentos felices y ocupó un lugar importante en su vida. Ese estudiante del que se enamoró.

Gojo no le negó nada a Yuuji en vida, y en la muerte tampoco.

—Sí, puedes serlo. Y tomate tu tiempo en venir conmigo; yo te esperaré.

Otro viento azotó a Itadori y cuando abrió los ojos, el espíritu de Gojo se había ido y sus lágrimas ya no fluyeron. Su respiración se calma y seca la humedad de su cara con las mangas de su abrigo negro. El uniforme que viste es igual que el de su profesor, excepto que debajo de la chaqueta porta su característica sudadera roja, pero sin los botones.

Ya no sintiendo un peso en su pecho, Yuuji logra sonreír.

—Continuaré con mi vida. Enseñaré y protegeré a mis estudiantes. Saldré con mis amigos. Ayudaré a Choso a adaptarse a su vida como humano. Exorcizaré maldiciones y salvaré a las personas. —Se puso de pie y dibujó una sonrisa en su boca—. Hasta la próxima, Gojo-sensei. Y cuando nos volvamos a reunir, te diré todo lo que siento.


Itadori recuerda estar acostado en su cama, rodeado de los amigos y estudiantes que todavía seguían vivos. Uno de sus primeros estudiantes estaba hablando, pero lo escuchaba en un volumen bajo. Su respiración se ralentizó y su mano fue sostenida por Fushiguro. Lo último que oyó de él antes de cerrar los ojos fue: «Gracias por salvarnos. Ya puedes descansar».

Después de eso, apareció en este aeropuerto. Con su apariencia de quince años y su uniforme escolar. El lado pesimista de Yuuji se imaginó acabar en un lugar inundado por azufre y repleto de llamaradas. Mientras que el lado esperanzador manifestó un hermoso prado, con mariposas revoloteando y a su profesor recibiéndolo con los brazos abiertos. No se queja del aeropuerto. Esto es mejor que despertar en un mundo hueco y frío.

Escudriñó la terminal aérea en busca de otras personas. Él recorre varios pasillos, puertas de embarque y quioscos hasta arribar a unas escaleras eléctricas que dan al segundo piso.

Posicionó sus manos a los lados de su boca.

—¡Hola! —gritó—. ¡¿Hay alguien aquí?!

—¡Ya era hora! —Se estremeció por la voz chillona detrás de él. Esa voz que no ha oído en muchos años y que jamás olvidó—. ¡Sé que dije que te tomaras tu tiempo, pero he estado esperando setenta años!

Yuuji se voltea despacio y alza la cabeza. Ahí, recargado en las ventanas del barandal de la segunda planta, su profesor lo saluda con una gran sonrisa. Sus ojos escocen y traga saliva.

—¿Gojo-sensei?

Él se desliza sobre los barandales de las escaleras como si estuviera surfeando. Hace un aterrizaje perfecto y realiza la misma pose que usó Yuuji cuando salió de esa caja para revelar que estaba vivo.

—¡Aquí está el único y maravilloso Gojo Satoru! —se presentó con entusiasmo—. ¡Bienvenido al mundo de los muertos, Yuuji! ¿O debería decir aeropuerto? Espera, ¿y por qué tiene que ser un aeropuerto? No sé quién demonios diseñó este lugar, pero yo hubiera sugerido un parque de atracciones o la playa. Eso es más entretenido. No hay diversión en este sitio, créeme.

Oh, hombre. Extrañaba un montón las ocurrencias de su excéntrico profesor.

—Gojo-sensei —musitó, acercándose cada vez más—. Eres Gojo-sensei.

—¡Sí! —Asintió.

De súbito, lo asaltó una imperiosa necesidad de lanzarse sobre él. Chocó contra el pecho de Gojo y lo abrazó con fuerza. Vertió la primera lágrima y siguieron aflorando más. Lloraba en silencio mientras que las manos de Gojo acariciaron su cabello y espalda. Se mantuvieron en esa posición por un rato hasta que el llanto de Yuuji cesó. Al tomar cierta distancia, contempló con detalle el rostro joven de su profesor.

El escrutinio visual a su físico halaga a Gojo. A Yuuji le gusta lo que está viendo y lo confirma con el repentino (y nada discreto) libido en sus ojos. Desventaja de ser tan expresivo.

—Supongo que rejuvenecer es propio de este sitio —comenta Yuuji.

—Eso parece —coincide Satoru.

El silencio se interpone hasta que Gojo se aclara la garganta.

—Me encantaría continuar charlando, pero es momento de que elijas.

Yuuji se muestra confundido.

—¿Elegir?

—Debes elegir si ir al Norte o ir al Sur.

—¿Y qué hay en esos lugares?

—Verás, si vas al Norte te convertirás en una nueva persona. Tendrás la oportunidad de empezar otra vez. —Entrecierra sus ojos—. Pero sin recuerdos de tu vida anterior. —Yuuji hace mueca con esa aclaración—. Y si vas al Sur, bueno, seguirás siendo el mismo. Y podrás reunirte con la gente que conociste. Siempre y cuando ellos hayan elegido el mismo destino.

—Eso quiere decir que… podré reencontrarme con mi familia.

Satoru asiente.

—Solo si ellos se encuentran ahí.

—¿Qué elegirás tú?

—Yo iré a donde Yuuji vaya. —Acaricia el pómulo de Itadori con su pulgar—. Te he esperado por tantos años para que nos quedemos juntos. —Ladea una pícara sonrisa al presenciar el rubor en las mejillas de su estudiante—. Quiero estar contigo.

Itadori mordió su labio inferior.

—Una parte de mí me pide que vaya al Sur para encontrarme con el abuelo, papá, Choso. Sin embargo, también está la oportunidad de iniciar de nuevo. De olvidar todas las atrocidades que viví como hechicero.

—¿Pero?

—No quiero olvidarte, y que tampoco me olvides. —Agarra sus manos, asustado de perderlo de nuevo si lo suelta—. Si empezamos desde cero, no existe la posibilidad de que nos volvamos a encontrar en la otra vida.

—Eso no es verdad. —Besa los nudillos de cada mano con devoción—. Los dos nos volveremos a ver.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—Porque somos especiales —declaró amoroso—. Porque tú eres mi persona especial.

Nuevas lágrimas, esta vez de felicidad, se aglomeran en los ojos de Yuuji.

—Sensei. —Pestañea varias veces y se relaja—. En ese caso, confió en ti. —Sonríe dulcemente—. Vámonos al Norte.

Justo cuando Satoru iba a dar el primer paso, Itadori lo detiene sosteniendo su brazo.

—Espera. Antes de irnos, tengo que confesarte algo importante.

—Entonces, adelante.

—Lo siento, no es a ti a quien quiero decírselo. —Satoru lo mira estupefacto—. A quien quiero confesarle esto es al Gojo Satoru que conocí en el techo de una escuela. El que suspendió mi ejecución. El que me ocultó y me entrenó. El que veía películas conmigo y se reía cuando Tsukamoto me golpeaba. El que me dio un papel importante. El que se robó mi corazón.

»¿Puedes devolverme a ese Gojo Satoru?

Él se echa a reír, sacudiendo los mechones cortos y rosados con sus largos dedos. Con la punta de su dedo índice, presiona el centro de la frente de Yuuji.

—Realmente eres impresionante —dijo con cariño—. Si es eso lo que deseas, lo haré.

Se quita sus gafas de sol y las deja caer, haciendo que se rompan contra el piso.

El efecto es inmediato. Delante de Yuuji está su profesor, cuyo rostro queda descubierto al bajar la venda oscura.

Acercándose y alzándose de puntas, Yuuji apoya sus manos sobre los hombros de Gojo. Sus caras están a centímetros de distancia y sus latidos se aceleran por la emoción.

—Te amo.

—Te amo.

Satoru presiona sus labios contra los de Yuuji a la vez que envuelve su cintura con sus brazos. Movieron con suavidad sus labios, marcando un compás dulce y abrumador. Se separaron y se besaron una, y otra, y otra vez. Cada vez con más fervor y atrevimiento, porque están famélicos por el contacto del otro.

Tomaron aire y juntaron sus frentes con los ojos cerrados.

—He querido hacer esto desde esa noche en Sendai.

—Así que por eso te acercaste tanto a mi rostro.

—Tengo debilidad por los chicos lindos de pelo rosado que golpean como gorilas.

Pasajeros del vuelo con destino hacia el Norte, por favor, abordar por la sala 1.

—De acuerdo, llegó el momento, Yuuji. —Coge su mano—. ¿Estás listo?

—¡Sí!

Ambos corren y empiezan a reír. Quizás sea por la adrenalina de la aventura que los espera al llegar a su destino. O la desbordante felicidad de ser amados. Sea cual sea la respuesta, sus carcajadas no se dispersaron cuando atravesaron la puerta de embarque ni cuando subieron las escaleras para entrar al avión.

Y no soltaron la mano del otro durante el viaje.


16 de junio de XXXX

En algún punto del distrito de Shibuya

—¡Gojo-senpaiii!

El nombrado «Gojo-senpai» levanta la vista de su celular y dirige su atención hacia un joven que viene corriendo en su dirección. Guarda su celular en el bolsillo de sus pantalones y se cruza de brazos, enarcando una de sus cejas blancas.

El chico que corría se detiene frente a él, jadeando con fuerza. Calma su respiración y, avergonzado, se inclina.

—¡Lamento llegar tarde, Gojo-senpai! ¡Me quedé dormido y el autobús que tomé se descompuso en el camino y tuve que correr!

—Tch. En ese caso, pudiste coger un taxi, papa tonta. —Jala su cachete—. Y llámame por mi nombre de pila, estamos saliendo.

—Es por la costumbre, Satoru. —Se soba la zona afectada—. Y respecto a lo otro, no traje mucho dinero. —Vuelve a inclinarse—. En serio, lo siento.

—Qué más da. De todas formas, la película empezó hace más de media hora. —Suspiró—. Y los boletos se agotaron para las funciones de hoy.

—Oh —soltó triste—. Eso significa que veremos La Lombriz Humana 5 otro día.

—Ajá.

Yuuji se deprime y se mira los pies. Satoru, que no le gusta que su pareja esté tan decaído, rodeó sus hombros con su brazo e inclinó su cabeza y lo besó.

—¡Levanta ese ánimo! Tenemos el resto de la tarde para divertirnos.

—Tienes razón. ¿Adónde iremos?

—¡Sé que la pastelería wagashi, que está a tres cuadras, servirá por tiempo limitado el kikufuku de zunda de Sendai! —anunció emocionado, dando brinquitos.

—¡En ese caso, vamos por kikufuku! —Da una sonrisa gingival, haciendo la señal de la paz.

Se tomaron de la mano y corrieron hacia la pastelería.

No importa qué dirección elijan. Si están juntos, la felicidad nunca terminará.