Hasta la ultima chispa

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Summary

Corría el año 2001. El sol repentinamente empezó a perder brillo, se estaba apagando poco a poco. Los científicos aseguraron que no le quedaba más de trescientos años de vida a aquella enorme estrella, y consigo también, a la vida en la tierra y en cualquier planeta del Sistema Solar. Durante más de doscientos años, la humanidad ha cambiado y con ella, la vida diaria de las personas que aún habitan dicho planeta. Melanie, es una joven de 16 años de edad que debe enfrentarse a la cruel realidad de no saber cuándo será el fin para los seres humanos, para su hermana menor y para ella. La vida en la Tierra es totalmente distinta a como la conocíamos anteriormente. Imágenes generadas con IA.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

1.

El silencio perturbaba el ambiente.


La oscuridad acechaba su hogar.


No había luz ni agua.


Se sentía todo tan desolado.


Pero ella estaba tan acostumbrada a ese estilo de vida, que para ella era un día más.


Hoy era un día inusual. Melanie se levantó temprano, lo cual, no solía suceder porque ella no estaba consciente de cuándo era de de día y cuándo era de noche. El reloj de casa se había roto, sus agujas se oxidaron y no tenía idea de cómo arreglarlo, tampoco conocía a alguien que supiera hacerlo.


Eran aproximadamente las ocho de la mañana. Buscó sus mejores prendas para vestir, se acomodó el cabello, tomó su mochila, un abrigo y fue a la otra habitación de la casa. Abrió cuidadosamente la puerta, admirando desde el marco a su hermana menor durmiendo profundamente. Cerró con llave su cerradura, tirándola del lado contrario dejándosela a ella para cuando despertara.


No desayunó, no había comida en su casa.


Al salir, observó el paisaje que le ofrecía su ciudad. Hoy sería un buen día, estaba despejado, no había una sola nube que estorbara, el brillo azul celeste y amarillo blanquecino se podía observar. Miró fijamente al sol por varios segundos, sus ojos no fueron dañados en absoluto, ¿Cómo podría lastimarla, si era lo mismo que ver a la luna?


Se aseguró de que las vigas que cubrían la ventana y puerta principal estuvieran bien puestas, trabadas y fijas, que nadie las pudiera mover y así, no entraran a su casa mientras ella no estuviera.


Comenzó su trayecto por un sendero solitario, las calles estaban sucias y vacías, llenas de basura. La ciudad parecía estar abandonada, porque no había nadie más que ella, no se escuchaba otra respiración, otras pisadas, y otra voz que no fuera la de ella, la de Melanie.


Los árboles no tenían hojas, los arbustos estaban secos, en las veredas habían autos rotos estacionados frente a las casas las cuales, estaban vacías, o eso aparentaban. El silencio era continuo, no habían pájaros, perros ni gatos deambulando. Una ciudad fantasma, como muchas otras, era algo común, ya había oído hablar de eso, donde países enteros se veían así, pero no podrá corroborarlo jamás porque nunca ha viajado a otro lugar que no esté dentro de su ciudad.


Melanie tiene dieciséis años, cursa tercer año de secundaria, le gusta el ajedrez. Tiene cabello corto color castaño y unos bellos ojos verdes. Al igual que muchos niños y adolescentes, ella es huérfana, formando parte del setenta y ocho por ciento de menores de dieciocho años que no tienen padres y ningún adulto que se ocupe de ellos; al menos de su país.


En su andar lento y pasivo, pateando una piedra que se interponía en su camino se percató de varios cartuchos de balas dispersados en el suelo.


El gobierno había declarado legal el uso de armas de cualquier tipo, debido a la gran taza de criminalidad en el país, no vieron mejor opción que dejar que sus ciudadanos portaran armas hasta por los dientes para que pudieran defenderse. Década tras década, se fue normalizando ver a niños de hasta cuatro años inclusive usando armas de distintos tipos. Aunque esta medida también disparó el número de suicidios por medio de armas de fuego en cantidades exageradamente altas y alarmantes.


Su caminar fue de unos veinte minutos aproximadamente, llegó a lo que era un edificio grande y de cuatro pisos. Con una infraestructura más que lamentable, las paredes sin pintar, ventanas rotas y no habían puertas con cerradura. Dicho lugar era la escuela secundaria a la que ella asistía... cuando quería.


Muchas veces los profesores faltaban, algunos se iban unos días y jamás volvían, tanto Melanie como otras personas que asistían a la escuela no ignoraban lo que les podría haber sucedido a todos ellos, ella estaba totalmente consciente de aquella realidad, para ella, era el pan de cada día, algo con lo que había convivido desde su nacimiento en el año 2222.


Entró a la escuela y, al igual que las calles de la ciudad, parecía no haber nadie en ella. Se aventuró a los salones de la institución, husmeando uno por uno desde los marcos sin puertas. Los bancos estaban vacíos, sucios y rotos, llenos de polvo y rayados con marcadores. Casualmente pudo divisar una clase con apenas cinco alumnos y un maestro, leyó el pizarrón, era una clase de filosofía. El hombre que enseñaba parecía no tener más de 25 años de edad, miraba con seriedad a ese pequeño grupo de estudiantes a quienes no perdía de vista ni un solo segundo, aparentaban estar en un examen, con la diferencia de que el adulto parecía ser el más alterado de ahí, pues no dejaba de mover sus piernas debajo de su escritorio, mordiendo su labio hasta sacarse sangre.


De todas maneras, no era su salón. La siguiente puerta era el patio de la escuela, uno grande de tierra, en él habían algunos bancos para sentarse, solo habían tres personas, dos de ellas hablando entre sí y la otra, en el otro extremo del patio dibujando algo en el suelo con la rama de algún árbol; raro, porque no habían árboles cerca de ahí.


Subiendo escalones a punta de jugarse la vida de lo frágiles que estaban, Melanie llegó a la terraza. Ahí, la esperaban unas cuantas personas.


- Llegas tarde. - Advirtió un voz femenina, proveniente de una chica joven de aspecto tétrico.


- No hay horarios en este lugar, es un espacio miserable más y lo sabes bien. - Argumentó ella. - La traes, ¿verdad?


- Buenos días, ¿no? - Otra voz se unió a la conversación. - Eres muy maleducada, Melanie.


- No me digas qué hacer. - Melanie ni se inmuta y procede. - Hoy me toca a mí.


La muchacha caminó a paso lento hacia su compañera, quien sin idas ni vueltas sacó de su bolsillo oculto una pistola. Se supone que están prohibidas en las escuelas, se supone.


Con calma, tomó con sus dulces manos aquel arma fijando que sus cartuchos estuvieran puestos. A su alrededor habían siete personas, Liza y Anna de 17 años, Joseph de 15, Mika, de 16 años, la que le entregó el arma, y el resto personas que ella desconocía hasta ahora.


- Comienzo. - Joseph tomó una botella de vidrio haciéndola girar en el suelo una, dos, tres veces sucesivas hasta frenar en seco. El pico apuntó a Mika, la anfitriona de dicho evento.


- Sería muy irónico que te toque la mala en tu propio juego. - Opinó Liza. Mika no mostró emoción alguna, observó espectante a la líder.


- Qué esperas. - Dijo. - Dispara.


Melanie tomó con sus dos manos el arma de fuego, apuntando directo a la cabeza de la chica, precisamente entre medio de sus ojos avellana. Dispara. No hay bala. Mika pasa a la siguiente ronda.


A esto se dedica la juventud, la diversión es diferente en esta época, en estos tiempos. No hay ganadores ni perdedores, solo personas haciendo equilibrio sobre una cuerda floja entre la vida y la muerte en un juego de azar como lo es la ruleta rusa, sin escrúpulos ni uso de razón.


Las rondas seguían, la botella giraba y giraba, escuchándose dos disparos al aire, dos víctimas venidas de la mano de la chica quien poseía total control en dicho juego tan macabro. Anna junto a otro chico fueron los desafortunados en perder por primera y última vez.


- Es todo. - Dijo Joseph. - Te toca, Melanie. - Refutó. - La líder también debe sacrificarse.


- ¿Por qué yo?


- Tú también tienes que jugar. Vamos, pon la pistola en tu cara y dispara. - Retó. Melanie lo vio desconcertada.


- Eso no está en las reglas. - Negó Melanie, pero el chico no retrocedió.


- Mataste a dos personas, ¿no te sientes como la mierda acaso? - Argumentó. - No me parece justo que todos aquí tengamos una probabilidad de morir y tú no, así no deberían ser las cosas.


- Pero lo son. - Contrarrestó. - Las reglas no las pones tú, sino el que tiene el control en el juego.


- Mika es la que manda. - Dijo. Dirigiendo su mirada a ella, los demás esperaron. - Mika, el arma es tuya, tú decides. - Habló Joseph, esperanzado a que la fémina se pusiera de su lado.


Ella calló por unos segundos, que parecieron minutos e incluso horas para algunos de ellos. Hasta que habló.


- Melanie, pon el arma apuntándote a ti y dispara, a ver qué pasa. - Los demás posaron sus ojos en la chica mencionada.


Muchos en los zapatos de Melanie se sentirían desesperados, asustados, sin saber qué hacer, el cuerpo tiembla, las manos y la frente sudan, la mente queda en blanco.


Pero esos sentimientos jamás los percibió. Desde que nació, Melanie siempre ha vivido en plena desdicha y eso provocó que jamás supiera lo que es el miedo o la incertidumbre.


- Bien, si es lo que quieren lo haré. - Decidida, sus manos se movieron sin temblor apuntando el arma al costado de su frente. Cerró sus ojos, a punto de apretar el gatillo y de pronto.


No sintió nada más que silencio absoluto.


* * *


Un silencio que duró poco. Su cuerpo empezó a temblar, se sentía mareada, pesada, sin equilibrio. Y no era la única que compartía dichas sensaciones.


Al abrir sus ojos y divisar el lugar no tardó en darse cuenta. El suelo temblaba, el edificio temblaba, las personas temblaban. Estaban en medio de un terremoto.


Un viento brutal azotaba el ambiente sin piedad, volviendo todo un completo caos.


Los adolescentes entraban en pánico, era el fin.


O bueno, eso era lo que siempre creían.


La tierra se partía en dos, el fin era inminente e iba a ser horrible morir de esa forma, porque nadie sabe cómo morirán, ni cuánto tiempo tardarán.


A Melanie se le cayó el arma, la cual se deslizó por el suelo hasta llegar a Mika, quien la tomó con un esfuerzo inhumano. Melanie se aferró a un poste de luz, viendo a su alrededor y captó en ese preciso instante cómo Mika se disparaba a sí misma, acabando con su vida espontáneamente.


El temblor pareciera que no iba a culminar y eso solo desesperaba a los demás, dos de ellos tomaron la misma decisión que Mika disparándose a sí mismos para evitar cualquier sufrimiento horroro.


- Soy muy joven, soy muy joven. - Aquellas palabras se repetían de forma automática y sin cesár. - No puedo morir así, no de esta forma. - Joseph lloraba angustiado lleno de odio y desesperado. - Es el fin, ya no hay nada que podamos hacer.


- ¡NO! - Melanie gritó, instantes antes de que Joseph decidiera tirarse por la azotea directo a una muerte rápida y segura.


Cuando todo parecía estar perdido, el temblor calmaba su fuerza. Poco a poco, la tierra dejó de temblar hasta que paró por completo.


Un silencio agonizante era lo único que había en ese sitio. Si de por sí ya era una ciudad fantasma, el silencio la hacía más terrorífico.


Melanie, aturdida por todo lo que tuvo que vislumbrar, intentó ponerse de pie casi sin éxito. Al dar sus primeros pasos el poste de luz del que estaba tratando de protegerse se desprendió cayendo en picada directo al cadáver de Mika, aplastándola y generando un ruido espantoso de carne y huesos rompiéndose.


Caminó o más bien, gateó hasta la esquina de aquel lugar viendo hacia abajo, yacía el cuerpo de Joseph. No se podía apreciar desde donde estaba, pero por su aspecto, el chico también pasó a mejor vida junto a los demás.


Tomó el arma y la tiró a un bote de basura que había cerca, se apresuró en tomar sus cosas y largarse de ese sitio, debía saber si su hermana se encontraba bien.


Las escaleras estaban destrozadas, tuvo que hacer un salto de fe para poder bajar y lo logró. Pasó por el mismo salón que antes y, absolutamente toda el aula, estaba destruida, incluyendo a los alumnos y a aquel profesor que le dio mala espina desde el comiendo, todos estaban muertos.


Menos ella.


No sé molestó en recorrer el resto del colegio, daba lo mismo, vivos o muertos, la gente solo piensa en sí misma, y en lo que cree mejor para uno.


- Supongo que no tendré clases por un tiempo. - "Bromeó" tratando de tomarse la situación... ¿con humor? No, ella no lo sabe, se sentía mal y le dolía la cabeza, necesitaba llegar a casa rápido.