Prólogo
El hombre al que amo está a punto de casarse, pero no es conmigo.
Esta no es esa clase de historia y yo, no soy esa clase de protagonista que consigue siempre lo que quiere. No hay finales felices para los villanos de una novela romántica.
Nosotros somos el antítesis del héroe: somos egoístas, ególatras, fríos, condescendientes, ricos y superficiales. Somos la trampa en la que el interés romántico, El Hombre Perfecto, cae en un momento de debilidad. Somos la excusa fácil para darle chispa a la trama. Somos un recurso literario para el drama, la incertidumbre y los celos.
Pero los villanos nunca ganan, porque esa no es la historia que la gente quiere leer.
Así que nos quedamos a un lado, humillados y dolidos, mirando como, al final del libro, el héroe de la novela consigue al Hombre Perfecto.
Y Josh Grayson era el Hombre Perfecto. O, al menos, lo era para mí.
Pero me estoy adelantando. Será mejor empezar por el principio de la historia, cuando yo le odiaba a muerte… y él a mí.