Vikings (Bakugou x Oc)

Summary

⚠Como todas mis historias habrá contenido +18 y violencia⚠ Un bárbaro en busca de tierras repletas de riquezas se topará con diversos problemas en su camino. Las cosas se tuercen, todo por capricho de la diosa de la muerte, Hela, quien tiene bajo su control a todo el Valhalla, buscando venganza ante todos aquellos que la subestimaron. Bakugou, junto a la diosa del amor y la guerra, Freya, se encaminará en una riesgosa aventura para frenarle los pies.

Status
Complete
Chapters
20
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1


Aviso❗: Todxs sabéis ya que los vikingos eran guerreros bastante asalvajados.

Violaban y saqueaban sin piedad, así que los representaré como tal.


Por esto mismo, Bakugou al principio os producirá algo de asco lo más seguro, pero su personalidad irá cambiando poco a poco a lo largo de la historia, no os preocupéis, entended que al ser un salvaje que se ha criado en un entorno así lo ha acabado normalizando.


Por cierto, para aquellos religiosos, no os sintáis ofendidos por lo que se diga sobre el cristianismo, tened en cuenta que son Vikingos, tenían sus creencias y para ellos decir que solo existía un dios y los suyos eran falsos era un insulto como es obvio.


No sigo la mitología nórdica al pie de la letra, sé que Freya es esposa de Odín pero aquí no lo será, es una adaptación.


•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•

Unos roces constantes contra su pelo lo estaban sacando de su dulce sueño poco a poco.

Le estaba resultando demasiado molesto, al igual que los rayos de luz solar que se colaban por los huecos de las ventanas, impactando contra su rostro.


Al separar sus párpados tuvo que volver a cerrarlos rápidamente ante el chorro de luz.

Soltó un quejido y se removió, dándole la espalda a la ventana, mirando ahora a la responsable de aquellos toquecitos suaves que a Katsuki le parecieron un auténtico incordio.


Quizás no debió haber bebido tanto, el alcohol le hacía hacer cosas de las que luego se arrepentía.


- Buenos días. -Se alzaba apoyándose sobre sus manos, dejando que las pieles que los envolvían para mantenerlos abrigados cayeran por su cuerpo femenino. - ¿Qué tal has dormido, hombretón?


Se había acostado con Elin, una chica que llevaba tiempo tras él, bastante irritante y delicada para su gusto a pesar de que sus rasgos eran bellos.


Katsuki ni se molestó en responder, no le gustaba que le despertasen, le hacía estar de muy mal humor, más de lo normal.

Se irguió, soltando gruñidos mientras se resfregaba los ojos, intentando desvelarse.

Se puso en pie y sin importarle en absoluto su desnudez se dirigió a un cuenco que tenía lleno de agua para lavarse la cara, todo bajo la atenta y hambrienta mirada de la joven.


- Mmm...


Elin se arrastró entre las pieles de animal hasta que llegó hacia donde estaba Bakugou, estando de rodillas, en cuanto este se giró le agarró el pene y comenzó a masturbarlo con movimientos lentos, abriendo su boca para introducirselo y regalarle una mamada.

Bakugou se mantuvo quieto, con cara de sueño, observando como la chica comenzaba a arrastrar sus labios por su miembro, no iba a negar que era bastante buena con aquello, cosa por la que largó un suspiro y apoyó sus codos sobre la mesa de madera.


- Mh... ¿No dices nada? Me gusta mucho cuando gimes, tienes una voz hipnótica.


- Calla y sigue chupando, joder.


Katsuki la agarró de los pelos y la presionó con fuerza contra su pene, arremetiendo contra ella provocándole una arcada, señal de que se había pasado, pero eso no le importaba, al fin y al cabo la trataba como un objeto, como siempre hacía con las mujeres que lo deseaban, puesto que no llamaban su atención más allá del sexo.


Era bastante conocido en el valle por ser excelente en batalla, por su atractivo y su sed de aventuras.

Era joven y prometía bastante, de eso se daban cuenta los habitantes de Roskilde.


- Bakugooooou. -La voz de Kirishima sonaba lejana, pero sus pasos eran cada vez más y más cercanos.


A Bakugou le dio igual, seguía moviendo su pelvis contra la boca de la chica, que ya se asfixiaba al no dejarla coger aire, con suerte culminó mucho antes de que Kirishima llegase, corriéndose sin piedad en el interior de su boca, conteniendo un gemido.

Soltó su cabello con brusquedad, prácticamente empujándola, haciendo que jadease por la sorpresa de su acto.


- Bakug-ou... -Kirishima intercaló miradas de Elin a su amigo, que ahora estaba cogiendo su ropa para ponérsela sin prisa alguna.


-Ya voy. —Soltó Katsuki.


Elin mantenía una mirada iracunda puesta en Bakugou, ignorando la presencia de Kirishima, que al darse cuenta de que sobraba decidió marcharse.


- Bueno, era para decirte que el barco ya está listo y te estamos esperando. No tardes mucho. -Y dicho eso salió escopeteado de allí.


Elin se puso en pie, manteniendo sus brazos en jarras, esperando a que Katsuki se dignase a mirarla, pero este ni siquiera hacía el amago, se centraba en terminar de cubrir su cuerpo y en agarrar las armas para su viaje.


- ¿A ti que diablos te pasa? ¿Quién te crees que eres para tratarme con tal desprecio?


- ¿Desprecio? Querías que te follase y querías comerme la polla, ¿no? Pues ya lo has hecho, ¿qué más quieres?


- ¿Cómo que qué más quiero? Pensaba... Que esto significaba algo más para ti.


Katsuki soltó un suspiro cargado de frustración, colgó su hacha a su espalda y se giró hacia Elin con el aburrimiento reflejado en su rostro.


- Pues no. No me interesas, ya hemos tenido sexo. -Se encogió de hombros. -No te esperes una oferta de matrimonio, y si te quedas preñada ni se te ocurra hacerme cargar con ningún crío, yo no pienso atarme a ninguna mujer, ¿queda claro rubita?


Elin no se contuvo, le soltó una fuerte bofetada.


- Eres el ser más rastrero que he conocido en toda mi vid... ¡Ah!


Pero a Bakugou le daba exactamente igual que se tratase de una mujer, le devolvió el golpe, haciendo que perdiese el equilibrio y cayera al suelo.


- A ver si para la próxima tienes el mismo valor, sucia ramera. Recoge tus cosas de una maldita vez, me estás cansando.


Dejó a la muchacha congelada, con la mano posada en su mejilla que había quedado marcada con un color rojizo que se veía bastante feo.


Katsuki se largó, sin importarle que quedase sola en su hogar, apartando las pieles con las que cubría la entrada para poder salir.

Caminaba con altivez hacia su barco donde sus camaradas lo aguardaban, terminando de introducir las provisiones.


La gente que se agolpaba en el puerto para despedirles comenzó a aclamar a Katsuki, el más fuerte de los guerreros vikingos, que pasaba de largo sin tan siquiera dirigirles la mirada, para él lo único importante eran sus compañeros y su barco, nada más, el resto de gente podía meterse sus ovaciones por el culo si les apetecía.


- Bakugou. ¿Qué tal con Elin? -Preguntó Denki en tono coqueto, apoyado en el lateral del barco mientras su capitán ascendía por la rampa.


Ni siquiera le respondió, se dirigió hacia donde estaba posicionado Kirishima, quien al darse cuenta de su presencia se giró y le dedicó una amplia y dentuda sonrisa.


- Está todo listo para el viaje.


- Bien. ¡Coged los remos!


Inició la orden.

Todos los tripulantes obedecieron deprisa y corriendo, elevando la rampa rápidamente para dirigirse a sus puestos.


El barco comenzaba a alejarse del puerto, bajo los gritos de los ciudadanos que les deseaban buena suerte en el viaje y que los dioses los acompañasen.


- Te has demorado mucho más de lo normal. -Le dijo Kirishima a Bakugou que estaban el uno al lado del otro remando. - No sabía que te atrajese Elin.


- Si estás celoso te la regalo toda para ti, esa mujer es un lastre.


- ¿Aaah? Pero que dices... ¿Tú has visto el tremendo cuerpo con el que se carga? -Soltó Denki que estaba escuchando la conversación.


- Si eso es lo único que te importa a ti en una mujer vamos mal. -Dijo Sero entre risas.


- Hombre, pero es lo principal, ¿no?


- Yo no quiero mujeres débiles en mi vida, son una pérdida de tiempo. -Continuó Bakugou.


- Pues bien que te la tiraste. -Denki soltó una risita cargada de pillería.


- ¡Estaba borracho!


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Los vikingos siempre creyeron en la existencia de dioses, a los cuales rezaban y veneraban por encima de todo. Ofreciéndoles sacrificios y dándolo todo por ellos para alcanzar el Valhalla con orgullo tras su muerte.


Y era cierto, más allá del mundo terrenal, los dioses estaban ahí, poderosos y omnipotentes, pero en ese momento, Asgard, pasaba por una terrible crisis.

Los dioses no vagaban por allí libres y felices como era lo normal, se hallaban en el interior del Valhalla, el salón de las divinidades.

Todos ellos ahora eran estatuas, sus rostros estaban enmarcados por el jubilo y la tranquilidad que tenían al no esperarse tal emboscada.


Hela se paseaba por el largo pasillo del salón, degustando los sabrosos alimentos que se habían quedado solitarios sobre la mesa.


Había decidido realizar su ataque sorpresa durante una de las muchas fiestas que organizaba Odín, quien ahora se hallaba paralizado sobre su trono, con la copa de vino entre sus labios, la cual fue la responsable de todo aquello.


- Todavía necesitas el poder de Odín para ocupar su lugar. -Habló Belegor, rey de los elfos oscuros. -Con la sangre de ese semidios podrás realizar el ritual de transferencia.


- Debe ser él. Es el blanco más fácil en comparación con Odín. -Afirmó Hela, dándose media vuelta para enfrentar al elfo.


Los rasgos de Belegor eran hermosos, todos los elfos tenían esa característica, fueran oscuros o silvanos, siempre cargaban con una belleza insuperable.

Pero los elfos oscuros tenían algo que los diferenciaba de los silvanos, infundían temor con su mirada frívola y seria, las expresiones de sus rostros mostraban crueldad, como si te estuvieran advirtiendo de primeras que todo lo que rodea a un ser de su calaña es maldad.


- ¿Está en la tierra?


Hela mostró una maquiavélica sonrisa mientras se acercaba con andar seductor hacia Belegor, quien se mantenía neutro ante todo.


- Desde hace mucho tiempo. -Susurró cerca del rostro del elfo. - Katsuki Bakugou. -Se alejó y pasó por su lado. -Un guerrero fuerte y valeroso que tiene ganado el Valhalla desde que nació.


- El favorito de Odín, si no me equivoco.


- Y no solo de Odín.


Ascendió por unas escaleras hasta llegar a un recipiente hecho de mármol que contenía agua.

La removió con las yemas de sus dedos, introduciendo sus largas uñas negras en el líquido y poco después, su reflejo desapareció, dando paso a la visión de Bakugou, que navegaba junto a los suyos con el suave viento meciendo sus cabellos de un rubio apagado.


Belegor se aproximó y observó junto a ella al muchacho, sin mostrar expresión alguna, como era de costumbre entre aquellos seres.


- Espero que no se te olvide el trato que hemos hecho. Porque si no sería una pena estropear tu sueño de tener a ese chico junto a ti en el trono.


- Oh... Tranquilo mi querido Belegor. -Hizo un puchero aniñado con cierto falserio. - ¿Es que no confías en mí? -Borró aquella expresión para echarse a reír, mostrando una dentadura blanca y perfecta, o al menos la mitad derecha, porque la izquierda estaba podrida y muerta, como toda esa mitad de su cuerpo que prácticamente era un cadáver. - Envía a tus súbditos a buscarlo, lo quiero con vida, y una vez esté en mis manos y yo sea la nueva soberana de Asgard uniremos reinos, se acabarán los años de guerra, te lo garantizo.


- Eso espero. -Belegor hizo el amago de retirarse mientras Hela quitaba la visión del rubio, volviendo a verse reflejada en el agua. - ¿Y Freya? ¿La encontraste?


La tensión de su mandíbula y la presión que ejercía contra los bordes del mármol eran suficientes para que el elfo entendiera, pero Hela le respondió igualmente.


- Ha logrado escabullirse hacia el mundo de los mortales... Pero cuanto más tiempo pase en ese mundo más se irá consumiendo su poder.


- ¿Y eso por qué? Habéis viajado infinitas veces junto a los mortales.


- Pero los dioses necesitamos nutrirnos de las manzanas de Idunn para conservar nuestra energía, así que si no quiere convertirse en una simple humana más le vale no quedarse mucho tiempo vagando por ahí.


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Podían ver la ciudad, las gaviotas graznaban sin parar, como si estuvieran dándoles la bienvenida.

Todos estaban contentos de haber hallado tierra al fin, jamás habían llegado a ese lugar, y eso les causaba aún más emoción, puesto que significaba un sitio nuevo por conocer y nuevos tesoros que saquear.


Cuando asentaron el barco en la orilla los tripulantes descendieron a prisa, con mucha curiosidad sobre aquel territorio que sería nuevo para ellos.

Mientras bajaban los últimos lograron escuchar las campanas resonando por la ciudad que se hallaba más allá de la vegetación que se extendía frente a ellos.

Unas sonrisas socarronas adornaron sus jóvenes rostros mientras avanzaban alejándose de su barco para cumplir el objetivo de saquear y llenar Roskilde de tesoros.

Mientras caminaban, adentrándose entre los árboles, extraían sus amas, preparándose para combatir contra los soldados que probablemente ya los estarían buscando.


Y en efecto, tras estar cada vez más cerca de la ciudad podían escuchar el galope de los caballos junto a voces de hombre que se entremezclaban.

No eran muchos los guerreros que habían decidido saciar su sed de aventuras, así que tenían que actuar con calma y revisar primero ante lo que se enfrentaban.


- Escondeos. -Ordenó Katsuki.


Todos se apartaron enseguida del camino, introduciéndose entre arbustos o incluso escalando árboles para mantener mejor visión de lo que sucedía a su alrededor y para poder tener ventaja de ataque por si los pillaban.

Por el camino apareció una cantidad aproximada de treinta soldados, podrían apañarselas, y por eso, cuando pasaron justo entre ellos Katsuki dio la orden inmediata.


- ¡ATACAD!


Los soldados se sobresaltaron al escuchar aquella voz gruesa y grave que hablaba en un idioma desconocido para ellos.

Los vikingos se alzaron, soltando un grito de guerra mientras se acercaban peligrosamente hacia ellos, dispuestos a atacar.

Algunos soldados lograron bajarse a tiempo del caballo y sacar sus armas para luchar valerosamente por su pueblo, chocando espada contra espada o espada contra hacha, provocando que el ruido del choque llenase el ambiente.

Otros soldados no pudieron tan siquiera empuñar su arma y ni siquiera bajarse de sus caballos, recibieron flechazos desde los árboles que los tumbaron al suelo o hachazos desde abajo.


Los soldados de aquel pueblo luchaban con el temor enganchado a su ser, no eran nada contra aquellos bárbaros de absurda fuerza y sonrisas diabólicas, lo que se pasaba por la mente de aquellos hombres antes de morir brutalmente asesinados era que aquellos que habían llegado a su isla eran hijos del mismo diablo.

Los vikingos sin embargo gozaban con cada arma que se incrustaba en los cuerpos de los contrarios, todo entre risas. Matar les producía placer, era lo más divertido de los viajes para ellos, las cervezas que se bebían tras matar, saquear y volar sentaban mucho mejor.


Un reguero de sangre se formó por el camino, y si ya de por sí aquellos crueles bárbaros infundían temor... No os podéis imaginar como empeoraba la cosa con sus rostros y sus ropas manchadas de sangre.

Katsuki, que llevaba tan solo una majestuosa capa roja recubierta de piel en la zona de arriba y unos pantalones se había llenado el pecho y el abdomen de ese líquido que tenía el mismo color que sus ojos, escupió sobre uno de los cadáveres demostrando la repugnancia que le causaba aquella gente por lo poco que le había costado vencerlos.


- ¿Y estos son los que custodian y protegen el territorio? Pf... -Soltó Denki, envainando su espada de nuevo, sin molestarse en limpiar el filo.


- Eran muy pocos. -Analizó Tokoyami. -A lo mejor es una ciudad con pocos habitantes.


- Vamos a comprobarlo. -Soltó Kirishima bastante animado siguiendo a Katsuki, que ya había reanudado la marcha.


(...)


Tokoyami no había fallado en su deducción. Se trataba de un pequeño pueblo, la gente gritaba atemorizada ante la llegada de los bárbaros, ocultándose en sus casas o en callejones, rezando por que tuvieran piedad por sus vidas.


Como es obvio no dudaron en romper las puertas y ventanas de las casas que se encontraban para adentrarse y ver si encontraban algo de valor.


Kirishima se introdujo en una de las primeras casas, dándole una fuerte patada a la puerta, mantenía su espadón en mano, su rostro era serio y desprendía crueldad, podía ser muy gentil y amistoso con los suyos, pero tenía sangre nórdica y aquello le hacía ver como una bestia.

Una familia estaba acurrucada en una de las esquinas, eran un matrimonio con dos hijos bastante pequeños. Ni siquiera estaban armados ni mostraban señal de oponer resistencia, solo pedían clemencia con la mirada mientras temblaban ante su imponente presencia.


Kirishima rebuscó, tirando los muebles que había a su alrededor, sin importar si rompía algo. No tenía pinta de que hubiera nada de valor en esa casa, hasta que encontró un colgante de oro en el interior de una cajita de madera. Se volteó y les sonrió a modo de agradecimiento mientras les enseñaba el valioso objeto.


- Esto era justo lo que quería. -Les habló a pesar de que sabía que no lo iban a entender. -Adióoos... -Canturreó mientras salía al exterior, perdiéndose como la familia suspiraba aliviada y se ponían a llorar, abrazándose entre los cuatro.


Katsuki avanzaba por el pueblo mientras los suyos saqueaban y violaban a sus espaldas. Buscaba algo más que aquellas casas viejas donde era obvio que no hallaría nada interesante.

Ascendió por una pequeña cuesta, giró una esquina y frente a él se erguía una iglesia.

Ya había oído hablar de lo que era y del falso Dios cristiano, como ellos lo llamaban, puesto que para los vikingos no había nada más cierto y verdadero que sus dioses.

Pero lejos de todo eso, sabía que ahí era donde guardaban las reliquias más preciadas. Sonrió con malicia, acercándose para abrir las puertas de una patada.


Todo estaba vacío, no le extrañaba, porque hasta donde él sabía los cristianos se reunían allí solo los domingos, aún no sabía por qué razón se hacía así, pero tampoco era algo que le causase una fuerte curiosidad.

Sus pasos hacían eco en aquel amplio y vacío espacio. Los bancos ocupaban los laterales junto a las esculturas y cuadros religiosos, y frente a él estaba el altar, con Jesús clavado en la cruz.

Divisó platos y cuencos de oro sobre la mesa del altar junto a colgantes con la cruz tan representativa. Los tomó introduciéndolas en el interior de un saco que trajo consigo colgando de su cinturón. Estaba tan absorto en guardar las cosas que se sobresaltó al escuchar la voz rasposa y áspera de una anciana que retumbó por toda la iglesia.


- ¿Te satisface invadir la casa del señor?


Katsuki se giró arrojando el saco al suelo y extrayendo el hacha de su espalda, pero los músculos de su cuerpo se destensaron al divisar a lo que parecía ser una anciana de estatura bastante baja sentada en uno de los bancos del lateral izquierdo, bastante cerca de la posición de Katsuki. La escena provocaba cierta inquietud por la tranquilidad de la extraña mujer y porque su rostro estaba cubierto por una sombra gracias a una capucha que la tapaba entera, dejando ver tan solo una boca ancha, de labios arrugados.


- ¿Y esa cara? -Le preguntó la anciana. - Pareces desconcertado.


- ¿Entiendes mi idioma, vieja? -Soltó un bufido jocoso. Bajó el hacha y ladeó su cabeza, mostrando una sonrisilla atrevida. - Eso es raro.


- ¿Por qué? Yo lo sé todo de ti, Katsuki Bakugou.


Escuchar su nombre proveniente de aquella completa desconocida lo descolocó bastante.

Frunció el ceño en un gesto cargado de incertidumbre, sacudiendo ligeramente su cabeza mientras trataba de asimilarlo.

Había viajado con los suyos, saqueando muchos más lugares pero... ¿La cosa había sido para tanto como para volverse famoso?

Lo dudaba bastante.


- ¿Cómo sabes mi nombre? -Apretó su mano alrededor del mango del hacha, volviendo a estar alerta.


Aquella mujer no le hacía estar relajado a pesar de su baja estatura, para nada. Es más, desde que apareció el ambiente parecía mucho más pesado y oscuro, como si la luz que debiera llegar del exterior temiese adentrarse en la Iglesia.

La anciana se puso en pie, en una postura encorvada, dejando ver un bastón que la ayudaba a mantenerse mejor. Se situó en el pasillo, frente a Bakugou, mostrando una sonrisa en la que se podían apreciar sus dientes podridos y la falta de algunos otros.


- Eres conocido. Pero no por los hombres mortales.


- ¿Cómo?


- Los dioses hablan de ti, de tus azañas... Te observan.


No sabía a qué venía todo aquello. En cualquier otra situación habría pensado que toda esa habladuría era para mofarse de él, pero algo en su interior le gritaba que aquello iba enserio y que no estaba seguro junto a esa mujer.


- ¿Quién eres?


Se hizo un silencio bastante incómodo que no hacía más que inquietar más a Katsuki, que no despegaba sus ojos de ella, temiendo que si lo hacía y se volvía de nuevo hacia ella estuviera más cerca.


- Tengo el don de ver cosas que los demás no ven, y yo en ti veo algo que te hace distinto al resto de mortales... Pero tu destino está repleto de angustia y peligro, un fuerte peligro que no vas a poder evitar por mucho que lo desees. -Se echó a reír provocando que Katsuki alzase su hacha, amenazando con lanzársela, pero la anciana se desvaneció, dejando una humadera oscura flotando en el aire, la cual se esparcía y desaparecía poco a poco, la luz regresó a la Iglesia cuando la voz de Kirishima llenó el lugar.


- ¿Qué se supone que haces? -Katsuki parpadeó repetidas veces, enarcando una ceja mientras ladeaba la cabeza con desconcierto. Dio vueltas a su alrededor en busca de la mujer, pero nada, se había desvanecido delante de sus narices. -¿Por qué hablabas solo? -Preguntó mientras avanzaba hacia él. -¿Estás b...? Oooohhh... ¡Has hallado oro! Las Iglesias nunca fallan, ¿eh?


Se acercó y tomó lo poco que quedaba sobre la mesa para guardarlo en el saco. Katsuki seguía rígido, con su mirada clavada en el sitio en el que había estado la mujer.


¿Qué diablos había querido decir con todo eso?


Notó una mano posarse sobre su hombro y eso le hizo moverse por instinto, separándose repentinamente de Kirishima, que fue el responsable de su susto.

El pelirrojo lo miraba extrañado y preocupado.


- Estás pálido... ¿Ha pasado algo? ¿Te encuentras mal?


- Estoy bien, joder. ¿Quién eres ahora? ¿Mi madre? Anda termina con lo que queda y guardalo, yo voy a salir de este sitio, me repugna.


- ¿Eh?


Kirishima observó como su amigo y capitán salía de la Iglesia a paso acelerado, aquel comportamiento era raro en él, pero lo conocía y sabía que no podía presionarle a que le dijera lo que le atormentaba en el acto, eso debía salir de él.

Suspiró y prosiguió con el trabajo él solo.


(...)


- En este sitio no había tanto como en las ciudades que saqueamos el mes pasado. -Se quejó Sero, haciendo girar entre sus dedos un colgante con la cruz como si nada.


- Ya ves, ha sido un fastidio. -Lo apoyó Sato que le daba un mordisco a un mendrugo de pan.


- Las riquezas no pero... Hay que admitir que había mujeres muy bonitas. -Soltó Denki chocando los cinco con Mineta.


- Sin ninguna duda... ¿Te acuerdas de la rubia que...? ¡Auch!


Kirishima le lanzó un hueso de la carne que se había comido.


- No me interesa escuchar eso mientras estoy comiendo.


- ¿Qué más te da? No eres un santo tú tampoco. -Se defendió Mineta.


- Yo no he dicho que lo sea. Sólo que mientras como no quiero escuchar cosas como esas.


Mineta volvió a soltar otra retahíla de quejas que fue a acallada cuando Denki le introdujo un trozo de carne en la boca. Todos conversaban mientras degustaban la cena.

Por otro lado, a unos pocos metros, apoyado en el lateral del barco, se hallaba Katsuki, con las palabras de aquella extraña mujer vagando aún por su mente.


¿A qué se referirá con lo de que era famoso entre los dioses?


Habría pensado que tan sólo se trataba de una vieja loca si no fuera porque lo conocía y transmitía muy malas vibras.


¿Sería una bruja?


Si aquello era así debía practicar magia negra, no tenía pinta de ser muy agradable que digamos.


- Bakugou. -Kirishima se apoyó a su lado, dándole un mordisco a su trozo de carne para luego extenderselo.


Katsuki hizo un gesto con su mano en señal de que lo rechazaba. Kirishima se encogió de hombros y siguió comiendo mientras miraba hacia la oscuridad que invadía el océano.


- Kirishima... ¿Crees que una tripulación como la nuestra llama la atención de los dioses?


El chico se quedó unos segundos pensativo.


- Bueno... Hemos realizado grandes azañas y nuestra gente nos aprecia. Creo que los dioses observan a todos los guerreros y los acompañan en sus batallas. Seguramente estén orgullosos de nosotros. ¿A que viene la pregunta? Desde que hemos abandonado la ciudad estás muy raro.


- Es que...


Estuvo a punto de explicarle lo sucedido pero desde su posición vio un relámpago y seguidamente sonó un trueno, indicación de que se avecinaba una tormenta y en nada estaría sobre sus cabezas.


- Mierda. -Masculló Kirishima, lanzando el hueso al mar.


Se prepararon rápidamente y cuando ya la tenían encima era peor de lo que pensaban.

Todo el momento de paz y tranquilidad se había disipado.

Unos horribles nubarrones estaban sobre sus cabezas, el barco era sacudido por las olas, el mar se había agitado.


Shoji se hallaba en el timón como era de costumbre intentando guiarse de sus conocimientos de navegación para escapar lo antes posible de aquella tormenta.


El resto intentaban aferrarse a los mástiles.

El agua se colaba por el barco con cada sacudida, provocando que quedasen inundados por un momento.

Contenían sus respiraciones todas aquellas veces en las que el agua los envolvía, aferrándose con fuerza a lo primero que veían para no ser arrastrados a las profundidades del mar.


Cabalgaban una y otra vez sobre las olas de la peor manera posible, a Shoji le estaba costando dirigir el barco, aquello era terrible.


Pero había algo que no iban a poder evitar, y eso ellos lo supieron en cuanto sus ojos se centraron en una enorme ola que iba a engullirlos a todos.


- ¡SHOJI HAZ ALGO! -Gritaba Denki desesperado.


- ¡ESO INTENTO!


Pero no lo logró, Katsuki veía su fin ahí, su corazón latía desbocado.

No podían morir ahí, no ahora y menos poe un maldito temporal.


Pero la ola impactó con fuerza contra el barco, arrastrándolo hacia el interior con ella.

Giraron y giraron bajo el agua, chocando con las pertenencias, sin poder llegar a la superficie por el brusco movimiento del agua.


Katsuki sentía como el agua llenaba sus pulmones y sus sentidos se apagaban.


(...)


Repentinamente una fuerte presión en su zona abdominal le hizo recobrar el conocimiento, escupiendo el agua que había alojada en su interior.

Se giró rápidamente, quedando apoyado sobre sus codos para poder soltarla toda.


Tosía repetidas veces llevándose una mano al pecho mientras usaba también sus rodillas para apoyarse.

Respiraba profundamente, había ansiado el preciado oxígeno que poco a poco volvía a acariciar sus pulmones con su bendita presencia.


Su cuerpo temblaba, húmedo y algo débil a causa de que estuvo al borde de la muerte.


- Seguro que preguntarte cómo te encuentras va a ser algo estúpido, ¿verdad?


A pesar de que en sus oídos quedaba algo de agua pudo percibir una voz femenina.

Alzó su rostro rápidamente, topándose con una mujer hermosa, quizás la más bella que haya visto en toda su vida.

Se quedó embobado por unos segundos ante aquella figura femenina de cabellos rojizos y rizados, ojos de un verde esmeralda y un cuerpo conformado por pronunciadas curvas.

La parte de arriba estaba cubierta por un corpiño de tonos marrones, que dejaba a la vista un bonito escote, realzando sus pechos de un tamaño medio, y abajo llevaba unas mallas que marcaban bastante bien la forma de sus piernas


Pero Katsuki no tardó en despertar de su corta ensoñación.

Recordando enseguida todo lo sucedido miró a su alrededor para ver donde estaba.

¿Cómo había podido sobrevivir ante tal tempestad?


- ¿Que sitio es este? -Preguntó claramente nervioso mientras se ponía en pie. - Mi barco... -Miró hacia el mar, apreciando las aguas tranquilas. - ¿Dónde...?


- Te encontré aquí esta mañana. Estabas en muy mal estado. Y... No soy de aquí, esta es una isla desierta, vine en mi barca y me asenté ayer mismo. Tienes suerte de que estuviera por aquí, sino nadie te habría reanimado.


Katsuki estaba hecho un completo lío.

No sabia donde estaba su tripulación, su barco había sido destruido y las reliquias que habían robado fueron arrastradas por el condenado mar.


Estaba jodido...


Se sentó de nuevo en el suelo, pasando sus manos por su cabello en clara señal de frustración bajo la atenta y hermosa mirada de la mujer, que dio unos pasos hacia delante, posicionándose de cuclillas a un lado de él, que tenía su rostro oculto entre sus rodillas.


- Oye... Tienes una herida muy fea en la cintura. Puedo curartela.


Aquella herida probablemente fue provocada cuando chocó con algún objeto del barco.

Katsuki accedió sin emplear palabras, tan solo la miró con ojos cargados de tristeza y ella extrajo de su alforja un bote con una masa amarillenta que olía bastante raro, provocando que Katsuki arrugase la nariz asqueado.


- Tiene un olor fuerte, pero creeme, sirve y alivia mucho.


Comenzó a extenderle aquella masa maloliente, Katsuki siseó por el dolor y resopló, observando las acciones de la chica.


Al menos su olor corporal tan bueno y dulzón aplacaba un poco el de aquella cosa.

Cuando terminó guardó el bote y se mojó los dedos en el agua del mar para quitarse los restos.


- ¿Quieres contarme lo que te ha sucedido? ¿Cómo has llegado hasta aquí? -Preguntó cuando se dio la vuelta para enfrentar su rostro.


- Una tormenta terrible. -Respondió dolido. -Arrastró mi barco y a mis hombres. -Miraba a sus pies mientras se paseaba una mano por sus cabellos espigados.


Se sentía tan perdido en ese momento.

Aún estaba en shock por lo sucedido pero al menos pudo centrarse tras una pequeña sacudida de cabeza y enfocarse en ella.


- ¿Y tú que haces aquí? ¿Por qué me has salvado?


La muchacha se quedó callada unos segundos, estaba seria.

Era como si intentase encontrar las palabras adecuadas para responder.


- Verás... -Tomó una enorme cantidad de aire para luego expulsarla. -Es que si te digo por qué estoy aquí te va a parecer una locura y... Te veo bastante afectado por lo tuyo como para...


- Te he hecho una pregunta, mujer. Además, ¿por qué hablas mi idioma? ¿Eres de alguna de las tierras del norte?


- La verdad es que no... -Se encogió en el sitio, mostrando una sonrisa nerviosa.


- ¿Entonces de donde eres?


- De muy lejos...


Katsuki enarcó una ceja con bastante extrañeza.


- ¿Me tomas por idiota?


Freya le lanzó una mirada de pocos amigos.


- Mira... No sabía como mierda decírtelo y quería esperar para que tu cerebro no colapasase, pero visto que eres tan cabezota te voy a responder. -Katsuki parpadeó repetidas veces y miró a la chica con intriga. -Soy Freya, diosa del amor,  también conocida como diosa de la guerra, ya me conocerás, los nórdicos sois fieles seguidores nuestros.


Se hizo un largo silencio entre ellos hasta que Katsuki lo rompió con un bufido jocoso.

Se mordió el labio mientras se cubría los ojos con ambas manos, resfregándoselos en un gesto que denotaba hartura.


- Vale, lo que me faltaba, me he encontrado con una loca que se cree diosa.


- Te estoy diciendo la verdad, pardillo.


- Ya... A ver... Eres una chica bonita, pero no eres Freya. Los dioses no van a bajar a hablar con un mortal ni a salvarle la vida así porque sí, ¿no crees?


Freya le miró con aburrimiento parpadeando lentamente ante la sonrisa burlona que le dedicaba el chico.


- Bakugou Katsuki, ¿no? -Le soltó ella con total tranquilidad, siendo ahora la que disfrutaba al ver la cara de sorpresa que se le quedó al escuchar su nombre proveniente de sus labios.


No sólo había llegado una vieja bruja a decirle cosas que le pusieron los pelos de punta, sino que ahora una mujer hacía lo mismo, con la diferencia de que ella no representaba amenaza alguna ni le daba sensación de peligro.


- ¿Qué...? No...


- De Roskilde. Tu madre murió al darte a luz, no conoces a tu padre y te criaste junto a tu mejor amigo Eijiro Kirishima.


Logró dejarle con la boca abierta, con su cuerpo torcido hacia el lado contrario al que ella se encontraba, como si quisiera huir de ella a causa del fuerte escalofrío que le recorrió al escuchar todos los datos de su vida.


- Eso no... No puede ser... ¿Cómo...? Tú...


- ¿Qué? ¿Te sigo pareciendo una loca?