EL CREADOR DEL CAOS

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Summary

Hace cuatro años, el pueblo fue amenazado por una masacre. La llamaron "La matanza de Silver Hills", y al responsable, lo llamaron "El creador del caos". Los amigos de Eleanor apenas recuerdan nada, pero ella sabe la verdad. Reconocería al creador del caos donde sea que lo viera. Pero entonces...¿por qué pareciera que está enamorándose de él..?

Genre
Romance/Mystery
Author
FER
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

LA MATANZA DE SILVER HILLS

4 AÑOS ANTES

Marianne estaba convencida de que si salía de campamento la iban a raptar los alienígenas. Se acababa de ver un documental en el que un hombre y su mejor amigo se iban de campamento, y ambos eran raptados por extraterrestres. Les habían colocado un chip en el brazo y les habían dejado la piel sin cicatriz alguna.

Durante días, me convencí de que esa era la única razón por la que estaba sola en mi habitación un sábado por la noche, mientras todos mis compañeros de escuela se pasaban la velada bebiendo cerveza barata en una carpa de segunda mano que habían conseguido gracias a ahorros de meses. Me convencí también de que era lo mejor. De que probablemente sólo iría a congelarme.

Era una época lluviosa, y el frío que se colaba por el interior de los hogares era casi insoportable. No me quería ni imaginar cómo se sentía allí afuera.

Dejé caer mi cuerpo encima de mi cama y me quedé escuchando el crepitar de las gotas de lluvia chocar contra la ventana de mi habitación. La lamentable verdad era que, sin Marianne, realmente no tenía nadie con quien ir. Bueno, siempre estaba Sebastien, pero Sebastien renunciaba a su lealtad para irse con la primera chica linda que encontrase, y yo no estaba dispuesta a quedarme sola en un rincón, solitaria y desolada bajo la torrencial lluvia de esa oscura ciudad llamada Silver Hills.

Mis padres no estaban en casa. Se habían marchado a una fiesta de su grupo de amigos, el mismo que conocieron hace quince años atrás en la universidad. Lo verdaderamente triste era que incluso unos aburridos tipos de cuarenta y pico años se divertían más que yo.

La única razón por la que siquiera tenía amigos era porque Marianne Ambrose era hija de Lilian y Jack Ambrose, los mejores amigos de mis padres, y Sebastien Mint era hijo de Caroline y Edward Mint, los otros mejores amigos de mis padres. Prácticamente habíamos crecido juntos, y considerando las circunstancias (la alta popularidad social de mis amigos, y la falta popularidad social mía), podía decir con certeza que eran mis amigos por fuerza de la costumbre y no por voluntad propia.

No me malinterpreten Sebastien y Marianne eran amigos excelentes, y estaba segura de que me amaban tanto como yo a ellos. Aún así, estaba segura de que nuestra amistad nunca hubiera sucedido si nuestros padres no hubieran sido amigos desde la universidad.

Cogí el teléfono para llamar a mi mejor amiga y preguntarle qué estaba haciendo. Quizás, si ella también se sentía miserable y solitaria en casa a causa de su miedo irracional a los extraterrestres, podíamos ser miserables y solitarias juntas.

El teléfono sonó unas tres veces antes de que ella contestase.

— ¿E..l...ea...nor?

— ¿Marianne?— pregunté, algo confundida. Se escuchaba como si hubiera estado nadando bajo el agua mientras respondía el teléfono.

— La..to...r...me...nta...— escuché. Y luego, silencio. El teléfono se descolgó de manera repentina.

Dejé salir un suspiro por lo bajo y le envíe a mi mejor amiga un mensaje.

¿Te encuentras bien?

Su respuesta llegó al cabo de un rato.

Estoy perfectamente, pero mi móvil apenas funciona. Creo que la tormenta está jodiendo todas las señales que existen en Silver Hills. Eso, o los alienígenas me han hackeado el teléfono.

Rodé los ojos con diversión.

¿Qué tal si vienes a casa? Podemos ver una peli de terror.

¿Y dejar que me abduzcan en el camino allá? No, gracias. Si quieres, ven tú.

Dejé mi teléfono a un lado y dejé caer mi cuerpo en la cama. Intenté poner una película, pero, efectivamente, la señal era malísima. Finalmente, decidí cerrar mis ojos un rato hasta que me quedé profundamente dormida.

Todo sucedió muy rápido. Cuando desperté, estaba lo suficientemente oscuro como para darme cuenta de que era de madrugada. Las luces de la calle ni siquiera estaban encendidas, y, por alguna razón, mi corazón latía a mil por hora.

Mi bata de dormir estaba empapada en sudor, mi cabello rubio tan húmedo que bien pudo haber llovido adentro de mi habitación. Pero no lo hizo. Las ventanas estaban cerradas y mi techo seguía donde siempre.

Me senté de golpe en el colchón y miré hacia ambos lados, sin poder respirar con tranquilidad. Era como si una mano invisible hubiera estado cogiendo mi corazón y estrujándolo para impedirme respirar.

Estaba agitadísima, y no entendí el porqué hasta que los golpes en la puerta sonaron con una desesperación brutal. Entonces, no me lo había imaginado. Aquello no había sido producto de mi imaginación, sino que, efectivamente, había alguien allí afuera en la torrencial lluvia, tocando mi puerta como si su idea fuera quedarse sin nudillos.

Sentí que la bilis subía por mi garganta solamente por la adrenalina y el pavor. Claramente, mis padres aún no estaban en casa, y no pude hacer otra cosa que imaginarme el peor escenario posible.

Miré el reloj de mi mesa de centro. Marcaba exactamente las 01:00 horas. Tragué saliva y me armé de valor cuando otra oleada de puños golpetearon la puerta de entrada. A pesar de que me sobresalté tanto que mis piernas quedaron temblorosas, y mis extremidades perdieron cualquier atisbo de fuerza, comencé a caminar fuera de mi habitación para dirigirme a la puerta de entrada.

Mis manos se sentían sudadas, mis palpitaciones eran sobrenaturales. Por un momento, me dije a mí misma que era una tontería. Que lo más probable era que mis padres se hubieran olvidado la llave en casa de sus amigos. Que era posible incluso que estuvieran gritando mi nombre afuera de casa para no asustarme, pero que con el sonido de la lluvia era imposible escucharlos.

Sin embargo, mientras más me acercaba a la puerta, más fuertes se volvían los golpes, y más asustada me sentía. De pronto me entraron ganas de vomitar, pero me contuve.

¿Qué tal si alguien allí afuera necesitaba de mi ayuda?

Para ese entonces, yo nada más tenía quince años. Era una niñata que apenas sabía cuidarse sola, así que mucho menos iba a cuidar de alguien más. El miedo me carcomía, al igual que el nerviosismo. El pánico parecía haberse materializado en un enemigo andante que me cogía de los talones para impedirme caminar.

No sé cómo fue que logré llegar hasta la puerta, ni recuerdo mi mano haciendo girar el pomo. Lo que sí recuerdo es lo que sentí cuando el viento finalmente golpeó mi rostro y vi lo que me esperaba del otro lado.

El terror fue paralizante. Casi puedo observar la mueca que puse en mi rostro, como si yo hubiera estado mirándome a mí misma en una película, desde afuera. Como si hubiera deshabitado mi cuerpo para presenciar la situación desde las sombras.

— ¿Marianne?— pregunté, sin respiración.— ¿Qué estás haciendo aquí?

Sin embargo, ella parecía paralizada. Sus manos estaban llenas de salpicaduras rojas que goteaban hasta sus zapatos y se disolvían en la lluvia, creando un color rosáceo. Mi mejor amiga tenía los ojos tan abiertos que dudaba que pudiera pestañear siquiera.

Y entonces, comencé a escucharlo. Las sirenas de la policía, el ajetreo, el ruido espantoso de una garganta cuando grita tanto que llega a ser desgarrador.

— ¿Marianne?— pregunté. Mi mejor amiga negaba con el rostro una y otra vez, y, hasta ese entonces, ni siquiera me había dado cuenta de lo temblorosa que era mi voz. De lo bajo que estaba hablando. De aquel suspiro que se escapó de entre mis labios justo antes de que mi mejor amiga se desvaneciera en mis brazos.

Miré hacia todos lados, intentando buscar alguna manera de moverme, pero lo cierto es que estaba asustada hasta los cojones. Mis padres no estaban, y mi mejor amiga llegaba a casa, de madrugada, empapada de sangre...algo realmente malo había sucedido.

Dejé a Marianne en el suelo con una calma letal para el estado en el que me encontraba, y una vez que lo hice, di unos pasos afuera hacia la calle, sólo para descubrir que el ajetreo se hacía más y más ruidoso, a pesar de que seguía siendo lejano.

Y entonces, lo vi.

Nunca olvidaré sus ojos, intensos y oscuros, ni la manera en la que su boca se curvaba en una sonrisa como si estuviera burlándose de mí. Tengo la imagen de él en mi retina como si de una fotografía inmovilizada en el tiempo se tratase.

Estaba de pie, al otro lado de la vereda, bajo la lluvia como si hubiera sido inmune a ella. La sangre de sus manos y brazos se mezclaba con la lluvia y caía al suelo, salpicando rojo a su alrededor. Pero él no se inmutaba, o quizás estaba demasiado preocupado observándome con cautela como para hacer algo al respecto.

Sólo me observaba, directo, amenazante, casi como si hubiera estado advirtiéndome de algo. Supongo que, en ese momento, me estaba advirtiendo sobre él mismo.

El asesino de Silver Hills.

El creador del caos.