Capítulo 1
10:00 am.
Me encuentro caminando por las concurridas calles de Madrid, España. Voy con prisa porque llego tarde. Sí, sorprendentemente yo llego tarde, demasiado tarde.
El viento en contra tampoco ayuda mucho, solo arruina lo poco que pude hacer esta mañana con mi cabello. Miro hacia el cielo, maldiciendo este momento, mientras la lluvia empieza a mojarme y no me queda otra opción más que salir corriendo.
¿Y esta lluvia ahora? Ayer en las noticias no mencionaron nada sobre lluvia.
¡Joder!, ¿por qué no se me ocurrió traer mi paraguas?
Si me cagara un pájaro en la cabeza, ya ni me sorprendería.
Miro hacia mis pies, lo único que me falta es que los zapatos no sean del mismo par. Los que traigo son negros, de tacón alto, primera vez que los uso, y muy sinceramente, la última. Definitivamente no son una opción para esta situación apurada, pero fue lo primero que vi, eso y un vestido color negro.
De repente, mientras divagaba sobre mil opciones de atuendo y no pensé en ninguna en ese momento, tropiezo con un chico. A primera impresión, parece robusto, tanto por su apariencia como por el impacto que siento al chocar contra su pecho. Levanto la cabeza lentamente para observarlo, y lo que veo me deja completamente embelesada: su pelo negro y alborotado, sus ojos de un penetrante color grisáceo que harían suspirar a cualquier chica, sus labios carnosos y rojizos, y unas manos definidas que me sostienen por la cintura.
Me doy cuenta de que llevo mirándolo durante demasiado tiempo y parece que él también se ha dado cuenta.
—¿Y ahora se supone que yo debo preguntarte si estás bien? —dice con seriedad, dejándome profundamente desconcertada.
¡Qué gruñón! ¿Eso es lo primero que le dices a una chica que ni conoces y se ha tropezado contigo por accidente?
—¿Siempre vas corriendo y mirando tus zapatos? —su actitud sigue siendo arrogante desde la primera palabra.
Mi cabeza parece haber recuperado algo de raciocinio y me deshago de sus manos, que aún estaban en mi cintura.
—Y tú, ¿siempre estás tan gruñón desde temprano? —me defiendo, mientras mi vista abandona la suya por unos segundos para cerciorarme de que el autobús aún no haya pasado.
La verdad, este gruñón ya está empezando a molestarme y encima, por las prisas, no me ha dado tiempo a tomar mi reparadora taza de café expreso con leche.
Me analiza de arriba a abajo y comienzo a sentirme algo expuesta ante sus ojos y la manera con la que me miran. Hasta que finalmente dice: —Seguro eres la típica chica que intenta llamar la atención tropezándose con todos "por error" —empieza a mostrar indicios de una sonrisa perfecta, que aún así y por muy hermosa que sea, el dueño es un engreído y no pienso quedarme callada ante lo que diga.
Todo estaba bien hasta ahí.
—Pero serás gilipollas —se me sale lo Johnson—. A ver si te ubicas, no necesito tropezarme con todos para llamar su atención —espeto, mientras noto como, de un momento a otro, mi última oportunidad para llegar temprano ya se ha ido.
¿Cómo es posible si yo acababa de mirar ahí?
—¡Mierda! ¿Lo ves? Ya se me ha ido el autobús, es tu culpa.
«¿Su culpa?».
Sí, él me ha distraído con... con sus... ya no importa, olvídalo.
—¿Ahora es mi culpa que torpeza sea la palabra y tú seas el significado? —se atreve a decirme.
Miro hacia arriba maldiciendo ese momento, ya por segunda vez en el día, y un rayito de esperanza parece alumbrarme de entre tanto gris.
¡Tiene paraguas!
Justo estamos debajo de este, él parece querer observarme una última vez y no duda en hacerlo, después camina hacia adelante y comienzo a mojarme de nuevo.
Jodida lluvia.
«Reacciona, Emma. No puede irse».
Como por instinto, comienzo a seguirlo, no me queda otra opción. Podré llegar tarde pero jamás mugrosa. Me cuelo debajo del paraguas, justo a su lado, lo suficientemente cerca como para poder sentir su loción, pero eso no lo he elegido yo, no es mi culpa que el paraguas no sea lo suficientemente grande para los dos.
—¿Acaso eres una acosadora? ¿Por qué me sigues? —espeta grosero.
Sí, me está buscando el FBI, ¿no te jode?
—No me quiero mojar, necesito llegar a mi trabajo —es mi justificación y la planteo lo más calmada posible.
—Ese no es mi problema, y menos después de como me has tratado —dice acelerando el paso y manteniendo la vista al frente.
No pienso rogarle, solo se lo pediré educadamente una última vez más y ya.
—Por favor, mi trabajo está muy cerca de aquí. De hecho, antes de tropezar contigo iba a tomar el bus, pero al perder el tiempo contigo también —recalco—, ya se ha ido —me mira rápidamente y después de unos segundos su mirada vuelve al frente.
—Pídeme disculpa.
—¿Qué? —vocifero.
No puedo creer que me esté pidiendo eso, él ha sido el culpable.
«Ahora mismo no tienes muchas opciones».
—Se acaba el tiempo y estás llegando tarde... —me recuerda, mientras cierro los ojos con fuerza para inhalar aire.
—Discúlpame —digo lentamente.
—¿Qué? Es que no te escuché —sonríe y cuento hasta diez por dentro.
—Discúlpame, por favor —repito.
—Ok, Rubia Peligrosa. Te voy a acompañar, creo que así acabaremos este lío más rápido y tú dejarás que me vaya de una vez.
¿Rubia Peligrosa?
«Por lo despeinada será».
No digo nada más, no quiero estresarme ni que él cambie de opinión. Seguimos caminando en un incómodo silencio, solo interrumpido por algunas indicaciones mías y miradas algo extrañas entre los dos. Hasta que finalmente, después de unos minutos, llegamos.
—La próxima vez que te retrases para llegar a tu trabajo, o a donde sea que vayas, mira hacia adelante y así te aseguro que no tropezarás con nadie. Ah, y lleva un paraguas si está nublado, mírate —con una sonrisa atrevida, me vuelve a mirar de arriba a abajo—, ahora estás toda mojada —en ese momento capto el doble sentido de su último comentario.
Dios mío, ¿con qué tipo de pervertido me has hecho cruzarme?
—Pervertido —es mi máximo insulto, el cual él destroza en cuestión de segundos con una de esas sonrisitas perfectas.
—Adiós —dice después y se da la vuelta para irse.
Por lo menos es "educado" y dice adiós.
Por alguna extraña razón, no puedo girarme hacia la oficina hasta que no cruza la maldita esquina.
«Si te acuerdas de que estás llegando tarde, ¿verdad?».
Casi en la entrada de mi oficina, se encuentra el pequeño apartado de mi colega y amigo de la infancia: Carlos Cuper, quien afectuosamente siempre viene hacia mí cuando me ve y me planta un beso en la mejilla.
—Hola, princesa. Te mojó el agua, pero no tanto, menos mal, estás preciosa, como siempre —me toma de la cintura, haciéndome sentir un poco incómoda. Siempre hace este tipo de cosas y no me gustan, siento que es muy íntimo ese gesto.
—Gracias, tú tampoco estás mal —quito sus manos de ahí y justo estoy por llegar a mi oficina cuando me llama y me tengo que voltear para verle.
—Quiero invitarte a salir mañana en la noche —una pequeña sonrisa en invitación se hace presente en su esbelto rostro.
Voy a aceptar su invitación. ¿Por qué no? Somos amigos y me siento bien con él, pero lo más seguro es que invite a Nataly, así evitaré que me haga esas demostraciones de cariño tan incómodas.
—Vale, envíame la hora y dirección por mensaje —finalmente puedo adentrarme, ahora sí, en mi oficina.
Está llena de manuscritos que necesito leer y algunos que necesitan correcciones. La suerte es que soy realmente rápida con esto.
Unas horas después, ya he terminado la mayoría de ellos y me dispongo a ir al comedor a almorzar. Mi estómago ruge del hambre y también necesito retomar la idea de ese café reparador de la mañana.
Al recordarlo, me viene a la mente el rostro de ese chico tan grosero y arrogante con el que tropecé en la mañana y como me hizo perder la paciencia. Realmente sus ojos y su belleza son algo difícil de olvidar. A pesar de su actitud, no puedo evitar reconocer que hay algo magnético en su presencia, algo que despierta una curiosidad inesperada.
Haciendo a un lado mis pensamientos, me introduzco por el pasillo de la empresa hasta llegar al comedor.
Aquí es donde me encuentro todos los días con mi mejor amiga, Nataly. Ella también trabaja aquí, más específicamente en el piso de arriba.
Solemos sentarnos siempre en las mesas del medio, las menos ruidosas.
Un dato importante es que ella siempre tiene que guardarme una cajita de comida porque frecuentemente llego cuando la cocina ya está cerrada.
Me conoce tan bien.
Nat es castaña, con un pelo rizado tan hermoso que a veces me da rabia cuando lo desprecia, ojos cafés brillantes, labios siempre pintados con color carmín. Jamás verás un color diferente en ellos.
Comemos y, como era de esperarse, no me callo nada; le cuento eso que me tiene comiéndome la cabeza desde la mañana. Y es que no puedo sacarme de la cabeza la imagen de ese chico gruñón, esos ojos grises como para perderse en lo más profundo de ellos y no volver nunca más.








