Perfecta Atracción

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Summary

Secuela de "Perfecta Destrucción" Si estás pensado en leer esta historia, es necesario que leas la primera parte para entenderle. Cuando Savannah despierta, el mundo que la rodea le resulta ajeno. Su reflejo, su casa, incluso las personas que aseguran amarla… todo parece fuera de lugar. A pesar de los rostros sonrientes y las palabras de consuelo, una inquietud creciente le susurra que algo no encaja. Pronto empieza a notar grietas en las versiones que le cuentan: silencios prolongados, miradas esquivadas, mentiras disfrazadas de cariño. Y mientras más indaga, más se aproxima a una verdad que alguien hará lo imposible por mantener oculta. Entre recuerdos fragmentados, amores que podrían no ser lo que parecen y una red de secretos que amenaza con destruirla, Savannah deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para recuperar su vida… incluso si eso significa perderla otra vez. Obra registrada bajo Indautor.

Genre
Romance
Author
Allen
Status
Complete
Chapters
54
Rating
5.0 5 reviews
Age Rating
18+

Prólogo: Amber Run - I Found

"Éramos tan distintos... yo invierno, él primavera; luz y sombra; opuestos, pero nos amábamos. Yo amaba su calidez, él amaba mi frialdad."

—¿Sav?

Escuché a mi mamá llamarme desde la sala. Dejé a un lado el pequeño libro que había comprado esa mañana y me coloqué los zapatos para bajar. Alex y mi mamá estaban sentados, manos entrelazadas. Ella sollozaba, con un trozo de papel de baño en la mano. Me detuve frente a ellos y Alex hizo un leve gesto con la cabeza para que me sentara.

—¿Papá ya llegó? —pregunté, buscándolo por toda la sala.

Mi mamá sollozó más fuerte y se abalanzó hacia mí, enterrando su rostro en mi hombro.

—Sav... tu padre falleció.

Las palabras le costaron salir, como si cada sílaba pesara toneladas. Sus ojos rojos me miraban suplicando que dijera algo. Mi corazón se detuvo. La imagen de mi padre apareció de inmediato: su sonrisa cálida, su risa, la manera en que iluminaba cualquier lugar. Recorrí mentalmente cada recuerdo con él, como si alguien hubiera proyectado una película solo para mí. Las lágrimas rodaron por mis mejillas, pero no podía pronunciar nada.

Alex nos observaba en silencio. Siempre habíamos sido muy cercanos. Jugaba futbol con él, le daba consejos para hablar con chicas... con él todo era práctico, sencillo. Con mi papá era diferente: regalos inesperados, cenas en mi restaurante favorito, cuidados silenciosos cuando tenía pesadillas. Recuerdo cómo se acostaba junto a mí, me rozaba la cabeza y me susurraba que todo estaría bien.

Me alejé de mi mamá y subí a mi habitación, ignorándola por completo. Cerré la puerta de un portazo y me dejé caer sobre la cama. Los sollozos llegaron segundos después. Sentía mi corazón romperse en pedazos diminutos, un dolor que no sabía nombrar.

—¡¿Por qué tú?! —grité, escondiendo mi rostro tras la almohada. La puerta principal se cerró con estruendo, y el motor del auto anunció que Alex había salido, probablemente a pensar o a estar solo.

La vida no era justa. Se había llevado una parte de mí, y esa parte no volvería jamás.

•••

—¡Eres una estúpida! —Mi mamá estampó su mano contra mi mejilla. Ardor inmediato. Mi reflejo instintivo fue tocarme la cara y contener las lágrimas. —Te dije que fueras por mis cigarrillos y mi whisky.

Su mal humor era constante, y negarme a darle su adicción solo lo intensificaba.

—Ya te dije que no voy a traerte eso. Si quieres seguir matándote, ve tú —dije firme. Quería que mejorara, pero ella parecía no importarle. Sus ojos estaban inyectados en sangre, el pelo desaliñado; no se duchaba desde hacía semanas.

—No sabes cuánto deseo que la que hubiera muerto hubieras sido tú.

Mi mente se desbordaba. Sentía presión en la cabeza, recuerdos y voces mezcladas. Quería hablar, quería despertar, pero no podía.

Gritos de mujer resonaban en mi interior, pidiendo que despertara para escapar de algún lugar que no entendía.

—Él dice que no fue cierto... —Una voz masculina entrecortada, a punto de quebrarse en llanto. —Él no tenía idea.

Intenté escuchar más, pero era inútil. Mi mente volvió a vagar hasta un recuerdo, nítido y cálido:

Tenía 16 años y estaba en el parque cerca de casa, intentando aprender a andar en patineta. Caí más de lo que avancé, raspándome las rodillas. Mi papá estaba en un banco cercano, riéndose, pero no de manera cruel: su risa tenía calidez, la que hacía que todo doliera menos.

—¡No puedes rendirte ahora! —me gritó, señalando mis heridas—. Levántate, que la caída no define nada.

Se acercó, me levantó del suelo, y mientras limpiaba la sangre de mi rodilla con una servilleta húmeda, me dijo:

—La vida no siempre va a ser fácil, Sav. Vas a caerte muchas veces. Lo importante no es no caer, sino aprender a levantarte con todo.

Nos quedamos un momento en silencio. Sus manos sobre mis hombros, mi respiración entrecortada, y de repente sacó una barra de chocolate de su mochila.

—Esto es por cada rasponazo que te hayas llevado... considéralo un premio por sobrevivir a la batalla.

Reímos, y por primera vez en mucho tiempo sentí que podía enfrentar cualquier cosa. Su manera de hacer que todo doliera menos, incluso los momentos más duros, era única.


Tras una larga lucha conmigo misma, mis ojos se abrieron de golpe. La luz cegadora me hizo taparme la cara con las manos y soltar un gruñido de frustración. Todo era borroso, pesado, extraño. No reconocía nada.


—¡Debe ser una jodida broma! —gritó un chico castaño de piel morena—. ¡No puedo creerlo! ¡Lo hiciste, por Dios, lo hiciste! ¡Despertaste! ¡Al fin!


Se puso a llorar de manera descontrolada, y luego saltó del lugar como si estuviera loco de alegría. Intenté incorporarme, pero mi cuerpo se sentía extraño, pesado, como si aún no me perteneciera.


—Tengo... tengo que avisarle a la enfermera —tartamudeó—. ¡Sav, estás aquí! ¡Lo estoy sintiendo! ¡Mamá! ¡Mamá!


Miré alrededor y todo me resultaba irreconocible: paredes de un amarillo desvaído, un olor extraño a vinagre, suavizante y amoniaco que me hacía girar la cabeza. No tenía idea de dónde estaba ni cómo había llegado ahí. Mi corazón latía con fuerza, y con cada respiración sentía que todo se me iba de las manos.


Volví la mirada al chico. Su sonrisa temblaba y se mordía el labio para no sollozar; sus ojos se llenaban de miedo y alivio al mismo tiempo. No podía recordar quién era él, pero algo en su manera de mirarme me hacía sentir que debía confiar.


—¿Qui... quién eres? —pregunté, mi voz débil pero controlada.


El chico palideció de inmediato, como si no supiera cómo reaccionar ante mi calma. Respiraba agitadamente, y su cuerpo temblaba un poco. Estaba asustado.