La Marca del Dragón. {omegaverse}

All Rights Reserved ©

Summary

Ryo es hijo de Lord Isas y Lord Kane, pero no es un noble corriente, en su pecho porta la marca del dragón. Aquella que también poseía el primer rey. "Si quieres casarme en contra de mi voluntad, Más te vale que sea con el mismísimo rey." Cuidado con lo que deseas

Status
Ongoing
Chapters
33
Rating
4.7 6 reviews
Age Rating
18+

Ryo

El silencio nunca había generado tanta expectación. Las calles cubiertas de un blanco manto de nieve fresca que no dejaba de caer libremente sobre los adoquines de piedra. Las estrechas calles de la pequeña población únicamente alumbradas por las llamas de los farolillos colgantes de cada puerta y ventana. Una luz titilante que acompañaba el silencio previo a una gran celebración.

Las únicas dos tabernas de la aldea abarrotadas de gente esperando el gran momento. Los comensales sentados a las mesas de madera, en silencio, como marcaba la tradición. Algunos rezando, otros comiendo en silencio. Ni una gota de alcohol se serviría antes del gran momento.

Miradas ansiosas y piernas inquietas bajo las mesas. Habían esperado meses aquel momento, pero nadie creía que fuera a pasar antes de lo previsto. ¡Un mes antes de lo previsto! La preocupación inundaba la población, casi en el mismo porcentaje que lo hacía la alegría y la ilusión.

Colina arriba y dentro también de las murallas, el castillo se erigía con todos sus farolillos apagados. Solo se encenderían cuando llegase el momento. Esa era la señal para la gran celebración. La guardia personal y caballeros del lord en silencio, rodilla hincada en el suelo de piedra del patio interior del castillo. Sus cabezas mirando al suelo, espadas desenfundadas y frente a ellos. Ambas manos sobre la empuñadura, como el día que juraron lealtad a su señor. La fría nieve cayendo sobre sus cabezas y sus capas. Era la tradición, y así permanecerían hasta el gran momento.

Un grito desgarrador inundó las estancias personales del Lord y su cónyuge. El omega sobre el lecho, solo vestido con una camisola larga blanca, piernas abiertas, respiración agitada y cuerpo sudoroso. El Lord, su marido, tras él, ofreciendo sus manos para que su pareja pudiera aliviar el dolor atroz de cada contracción. Un batallón de sanadores y criados cambiando el agua hirviente de los recipientes.

El alfa sentado en el lecho tras su omega abandonó una de sus manos para retirarle los rebeldes mechones sudorosos de la frente. Los cabellos oscuros de su omega habían ganado un brillo especial durante el embarazo. Sus ojos de brillo cariñoso y esperanzador, ahora brillaban aterrados y cansados.

—Lo estás haciendo muy bien.- Le susurró el alfa antes de dejarle un beso sobre sus cabellos. - Estoy aquí contigo, lo estaré siempre.

El omega asintió repetidamente con la cabeza mientras trataba de respirar hondo.

Una nueva contracción sacudió su cuerpo y un grito desgarrador abandonó su garganta.

—Isas...- Llamó a su alfa en un lamento.- No puedo más...

Lord Isas se aferró a las manos de su marido, sus ojos turnándose entre la matrona que examinaba el estado del cuerpo de su omega y la mancha de sangre que había dejado el tapón mucoso al principio del parto.

La matrona alzó la mirada de entre las piernas del omega para mirar a los futuros padres y asintió. Allí estaba la señal, aquella tortura acabaría pronto.

—Kane, amor mío. - Le consoló el alfa.- Eres el hombre más fuerte que conozco, sé que puedes hacerlo, sé que puedes traer a nuestro hijo al mundo.

Kane asintió de nuevo mientras varias gotas de sudor caían de su frente, ya había perdido la cuenta de cuántas horas habían pasado. Las manos de la matrona se posaron sobre sus rodillas, la señal para empujar.

—Lo traeré. -Gritó en una contracción mientras empujaba.

Un grito desgarrador cruzó la noche, lo oyeron los guardias de la muralla, lo oyeron los habitantes afinados en sus casas y en las tabernas. Lo oyeron los caballeros en el patio interior del castillo, justo antes de que una figura negra alada descendiera sobre ellos. Apenas mediría un par de metros de largo. Negro como la noche, de escamas satinadas y ojos de color amarillo amanecer.

Un dragón.

No, una cría de dragón.

Criaturas de leyendas, para quien creyese en ellas. Hacía tanto tiempo que nadie veía un dragón que se había llegado a creer que su existencia nunca sucedió. Sin embargo, todos sabían de la leyenda de la marca del dragón.

Cómo el primer rey había llegado al trono montado en un dragón, con la marca de su huella reptiliana sobre su pectoral izquierdo y, el dragón con una mancha en su pigmentación que emulaba una mano humana. También en el lado de su corazón.

Pero el tiempo de los jinetes no era más que un periodo histórico plagado de leyendas.

El grito del reptil surcó la noche rasgando el silencio sepulcral. Solo en las estancias de los Lores se había camuflado mientras el Omega gritaba y empujaba a cada contracción que sufría su cuerpo. El segundo gruñido llenó la estancia de los lores. Todos quedaron en silencio, solo dejando al omega romper aquel momento con sus respiraciones y quejidos.

—¿Qué ha sido eso? - Preguntó el alfa, dirigiendo su mirada hacia la ventana, sabiendo que nadie podría contestarle si no iba él mismo a ver qué sucedía.

Otro grito del omega le devolvió a su atención principal, su familia, su marido, su hijo.

Con una mirada rápida y un movimiento de su cabeza, ordenó a un guardia a averiguar que era aquello.

El hombre se acercó a la ventana obedeciendo a su señor y en cuanto asomó su rostro por el hueco de la piedra, su tez palideció.

En el patio interior del castillo, los guardias y caballeros se habían apartado del centro de la estancia y habían roto formación, pero era por una buena razón.

Una cría de dragón de apenas 2 metros de largo, negra como la noche, salvo una pequeña mancha blanca en sus escamas sobre su corazón. La bestia no prestaba atención a los humanos de su alrededor. Se hallaba sentado, con sus alas plegadas y su cola inmóbil sobre el suelo. En guardia, mirando hacia la ventana de los aposentos de los Lores.

—Mi señor... no se va a creer...

Pero no pudo explicar nada, pues un grito desgarrador de Lord Kane le interrumpió. Un último grito y una exhalación sonora que dieron paso a un agudo llanto. Un pequeño bebé rosado salió del interior del Lord, aún unido por el cordón umbilical, cubierto en sangre, con una maraña de pelo oscuro sobre su cabeza.

Nadie podía quitarles ese momento. Los recién estrenados padres solo tenían ojos para aquel pequeño humano que acababa de llegar a sus vidas. La matrona posó al bebé desnudo sobre el pecho del omega, quién, recostado sobre el cuerpo de su alfa, abandonó las manos de su marido para acunar al recién nacido. Sus ojos llenos de lágrimas, sus labios temblorosos. El mundo había dejado de existir. Solo importaba aquel pequeño bebé sobre su pecho.

–Isas, Isas...- Llamaba el omega a su alfa, con voz temblorosa, mientras acunaba al pequeño que inauguraba sus pulmones a llantos.

El alfa miraba por encima de la cabeza de su omega al pequeño. Apoyó su mejilla sobre el cabello de su marido, una lágrima abandonó sus ojos.

—Es precioso y fuerte.

—Nuestro pequeño Ryo.- Pronunció el omega el nombre del pequeño por primera vez.

Mientras los llantos del pequeño inundaban la estancia, sus padres observaron algo curioso de su pequeño heredero. Una mancha, sobre su pecho. Como una huella de reptil. Más oscura que su tono de piel. El alfa lo identificó casi instante y su tez se puso tan pálida como la del guardia.

Un rugido cortó el aire y, mágicamente, los llantos del pequeño cesaron. El pequeño Ryo abrió los ojos dejando a la vista su color amarillento. Lord Kane busco la mirada de su alfa, que parecía tan sorprendido como él.

—No puede ser...- Musitó el alfa.

—Mi señor, - Le interrumpió el guardia, a lo que ambos, tanto el alfa como el omega le dedicaron una mirada.- en el patio... tiene que verlo.

El alfa se levantó cuidadosamente de su posición y sustituyó su presencia con todas las almohadas que pudo encontrar. Mientras la matrona instaba al omega de empujar una vez más para expulsar la placenta y cortar el cordón umbilical, Lord Isas se acercaba a la ventana de sus aposentos con caminar pesado. Los latidos de su propio corazón retumbando en sus oídos.

Y por fin lo vio. La pequeña cría de dragón, con la mancha en forma de palma de mano humana sobre su pecho. Miró rápidamente a su marido y a su hijo recién nacido, con la boca abierta y mirada incrédula.

—Kane...-Llamó a su omega, quien cansado arropaba al pequeño en sábanas. Él le miró, nunca le había visto con aquella expresión.- Has dado a luz a un jinete de dragón.

Las palabras quedaron suspendidas en el silencio de la habitación, mientras hacían mella en las mentes de los allí presentes.

La matrona fue la primera en reaccionar. La mujer mayor de tez arrugada y pelo cano se desplomó de rodillas sobre el suelo e hincó su frente en la piedra.

—Bienvenido sea, portador de la marca del dragón.

Para sorpresa de los lores, aquel gesto se extendió a todos los testigos. En segundos, tenían la estancia plagada de gente arrodillada. Pero no solo ellos, al oírles, los caballeros y guardias en el patio hicieron el mismo gesto en dirección a la ventana de sus señores. El dragón por su parte seguía sin inmutarse.

—Mi amor...- Le llamó Kane.- no me encuentro bien...

Lord Isas llegó a tiempo para coger en brazos a su primogénito, antes de que su omega quedara inconsciente. Lo llamó repetidas veces, presa del pánico, la matrona regresó rápidamente a su posición para examinar al omega. Estaba sangrando y mucho.

En un abrir y cerrar de ojos los sanadores y criados rodearon a Lord Kane intentando salvar su vida.

Mientras, con su hijo en brazos, pegado a su pecho, Lord Isas rezaba a los dioses para que no se llevaran al amor de su vida.

Tardaron casi tres horas en estabilizarlo, las horas más aterradoras de la vida de Lord Isas. Pero por fin había pasado el peligro. Su omega estaba descansando, aunque una sombría noticia se cernía sobre su recuperación. Ya no podrían tener más hijos.

—Señor...- La voz de uno de sus caballeros más allegados, le despertó de su concentración. Sentado en una silla mientras acunaba el pequeño cuerpo de su hijo, ahora dormido.- Deberíamos encender las antorchas.

Cierto, las antorchas. Mientras su omega se recuperaba y la imagen del dragón aún inmóvil en el patio interior del castillo habían ocupado toda su atención, no había ordenado el encendido de las antorchas.

Lord Isas asintió y miró a su marido durmiente sobre el lecho. Con Kane recuperándose y su hijo entre sus brazos, era momento de hacerle saber al pueblo que su heredero había llegado al mundo. Su caballero se retiró para dar la orden.

Lord Isas por fin se levantó se su asiento y caminó hasta la ventana con el pequeño Ryo en brazos.

Los ojos amarillos del dragón se posarón en él. ¿En él?, no, en él no, en su hijo. Fue entonces cuando el pequeño Kyo abrió los ojos de par en par, como si notara aquella conexión entre humano y bestia.

—Un jinete. - Susurró el lord manteniendo contacto visual con el recién nacido.- Mi hijo es un jinete de dragón.