El Pequeño Gorrión Del Rey

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Summary

Hael estaba a punto de rendirse en el territorio enemigo, cuando escucho la dulce voz de una mujer, alzo la mirada borrosa y entonces vio aquella pequeña visión delante de él ofreciéndole un sencillo pañuelo, aquel acto tan desinteresado e inocente provoco que ese día él no muriera, pero su recuerdo lo persigue como un fantasma, una fantasía a sus más oscuros deseos que quiere volver a encontrar.

Status
Complete
Chapters
18
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

Una boda política.

Las puertas de la iglesia se abrieron y temblorosa caminé hasta la tarima de piedra, mi respiración era agitada y bajo el velo sentía el sudor deslizarse por mi frente, apreté con fuerza el ramo entre mis manos hasta hacerme daño. Cuando llegue pude escuchar el barullo de la gente, había palabras de lástima, otros de recelo, y por último algunas risas indiscretas. Aspire con fuerza el aire intentando mantener la compostura, Amederis jamás permitiría que su magnanimidad fuera puesta en duda. Alcé mi mirada hacia al frente viendo a los invitados, de reojo al fondo vi a la reina mirarme con frialdad y Keylef sonreír con sorna, aparte mi mirada nerviosa… ¿Y si no podía lograrlo?

Las puertas se abrieron con fuerza, haciendo que todos giraran la mirada, una figura alta y fornida con una armadura negra cubierta de lo que parecía ser sangre camino hacia mí. De repente, otro caballero apareció detrás de él con la respiración acelerada, intentando detenerlo.

—¿Hael, que estás haciendo? Es tu maldita boda... —increpo con fuerza, y sin decir nada el hombre siguió su camino, ante la atenta mirada escandalizada de los presentes. Mis piernas empezaron a temblar al escuchar el enchapado de la pesada armadura y las huellas de la sangre a su paso, al llegar frente a mí instintivamente agazapé la mirada, escuché como se quitó el casco de metal dejándolo caer con fuerza al suelo provocando que pegara un respingo.

—Mírame… —lo oí murmurar, pero simplemente el miedo me paralizo. —Dije… ¡MIRAME! —aparto el velo de mi rostro provocando así que levantara mi rostro aterrorizado. Este hombre era mi futuro esposo…

—Así está mejor… mira muy bien mi rostro, querida esposa. Porque no lo olvidaras jamás después de este día.

Unas semanas antes.

—Tenemos que afianzar las relaciones con los Tartáreas, de su aceptación depende el futuro de Azulis. —Soltó nuestro padre en la mesa, provocando que todos alzáramos la mirada, silenciando así las nimiedades que se hablaba en la mesa.

—¡Qué barbarie estás diciendo, querido esposo! —soltó alterada mi madre, mirándolo con aquellos intensos ojos azul celeste.

—Es la carta que recibí de su reino, piden un matrimonio político para el cese de sus tropas en el mar.

—¿Siquiera esa gente sabe escribir, padre? Deberíamos preocuparnos tanto por unas analfabetas bárbaros sin magia. Solo tenemos que esperar a que nuestras tropas los tomen por sorpresa y recuperar el territorio del puerto —dijo Kyle con una sonrisa relajada, mi padre lo miro con dureza haciendo vibrar sus barbas largas y blancas.

—¿Si es verdad que nuestras tropas son tan buenas, porque no estás con ellas dirigiéndolas, Kylef? Eres mi primogénito, y solo me has traído vergüenza. —Nervioso carraspeo, su garganta pasando su mano por su cabello blanco lizo medio corto, su piel a la luz de las velas se veía igual de blanca, que a la luz del día.

—No crees que es más importante que sobreviva para mantener la corona, la realeza no va a la guerra, eso es para los parias. —dijo con ironía.

—Será para lo único que sirvas… porque solo eres un desperdicio de estirpe. —Keylef agazapó la mirada pinchando su verdura con ira.

—Esposo mío, calmémonos. R-realmente esa… esa…—paso saliva con dificultad mientras una expresión de asco retorcía sus arrugas. —Esas personas no pueden hacer eso, estamos en guerra. No casaré a mi hija con ninguno de esos energúmenos solo para que ellos se detengan.

—¡No os estoy preguntando, os estoy avisando lo que pasara! ¡Azulis lleva meses con esta guerra perdiendo hombres como moscas por esos bárbaros, y el inicio de una hambruna se acerca por los territorios que robaron, los sobrevaloramos y ahora míranos, comiendo migajas en la mesa de un rey! —increpo lanzando los cubiertos al plato tirando la copa de vino, corrí hacia la mesa saliendo de mí ensimismo para recogerla con rapidez, al ver que era yo rechisto con molestia.

—Me estás diciendo que les tengo que hacer una fiesta de bienvenida a esos salvajes que no saben diferenciar entre la seda y la lana de un buey, esto tiene que ser una mentira muy cruel, esposo mío, recapacita bien esta decisión. —Intente limpiar el vino cerca de la mano de mi madre y aparto mi mano con molestia.

—Las mujeres no tienen voz ni voto en las decisiones del monarca, no olvides tu puesto, querida esposa. ¿¡Y donde está Amederis!? ¡Porque siempre tarda tanto en bajar!

—Por favor, mi rey, le pido que reconsidere esta decisión, Amederis tan solo es una niña, casarla… con semejante estirpe arruinara nuestra sangre —dijo apelando a la amabilidad del rey, jamás había visto a mi madre tan alterada.

—Será mejor que no baje, con esa noticia se va a caer desplomada en suelo. —Dijo con burla Keyle lamiendo la conserva de duraznos, me miro y sonrió chupando sus dedos, incómoda aparte la mirada.

—Keyle, por favor respeta a tu hermana, ella no es ninguna… —escuchamos los pasos rápidos de unos zapatos y supe al instante que era Amederis. Mi madre se levantó y al verme me ordeno.

—No te quedes ahí parada, ve por ella. —Increpo mirándome con esa filuda expresión.

—¡Sí, señora! —corrí con rapidez hacia las escaleras largas del castillo, y entonces la vi escapar con su impoluto vestido blanco y sus lizos y largos cabellos blancos que se movían suaves como hilos de telaraña, entro en su habitación y antes de que llegara me cerró la puerta en la cara.

—Señorita, Amederis, por favor abra la puerta para que podamos hablar.

—No… —dijo entre lágrimas.

—Por favor…

—¿Por qué me llamas, señorita? —con rapidez me corregí, dije con palabras apuradas.

—Ame, hermana… por favor —dije con cariño y entonces escuché la puerta, abrirse, se asomó como una niña pequeña. Tomo mi mano y me jalo dentro de la habitación. Cuando la vi, sus ojos azul cielo estaban irritados de tanto llorar, limpié su delicado rostro, y como una pequeña niña berrinchuda se apartó sentándose con pesadez en su gigante cama de princesa tan pomposo como su vestido.

—¿Escuchaste todo?

—No soy tonta, claro que lo escuche todo. De hecho, ya lo sospechaba… pero jamás me imaginé que era con esa sucia gente con la que nuestro padre me casaría, ¿encuentras algo peor en el mundo que eso, hermana mía…? —vi mi reflejo en uno de los espejos que tenía en su cuarto, y entonces vi mi apagado color de cabello, y mi piel aceitunada. Por supuesto que había peores cosas en el mundo, como nacer siendo una hija ilegítima, no tener magia, y lo peor… que mi cabello sea opaco. No había lugar para una paria como yo en este reino tan lleno de luz. Amederis noto mi silencio y se apuró a decir.

—Perdón… supongo que hay cosas peores para ti, te juro que cada día le hablo a mamá de que te incluya en el árbol familiar. —Negué apartando sus palabras que más que ayudarme ahondaban más mi dolor. La miré firme y dije.

—Has pensado que no puede ser tan malo, aún ni lo has conocido… tal vez sean un buen príncipe que te dé la vida que siempre deseaste. —Me miro con horror y soltó.

—Eres muy bien pensada, Amanita… demasiado para tu propio bien, ¡son gente salvaje, sin cultura ni modales! Y lo peor de todo, es que me haces ver como una niñita mimada que no ve mi buena suerte, eres muy egoísta amanita… —se dejó caer en su cama, llorando desconsolada mientras pasaba mi mano por su espalda, reconfortándola dejando ir mis pensamientos, ¿qué sería de mí si Amederis se iba? Pensé en keylef y su asquerosa mirada lasciva y en sus tortuosas caricias, pensé en la reina… mi madre, la única familia a la que esperaba un poco de cariño, pero jamás parecía pasar. ¿Entonces que camino tenía que tomar después de esta noticia?