¿Quién cuenta el cuento?
—...La verdadera guarida del monstro.
Fernanda Fernández
Ellos destruyeron mi hogar, mataron a mi familia, torturaron a mis hijos, desgarraron a mi esposo, ellos son los verdaderos monstros. Hombres sádicos que se alimentan de la sangre y el dolor de los más débiles, seres de crueldad pura que corre por sus venas de manera interminable y que continúa renaciendo en sus sucesores.
A la distancia los vi, como reían y bebían, como bailaban alrededor del fuego que devoraba los restos de mi esposo, como crepitaba llevando en sus cenizas los vestigios de mis niños, su olor picándome en la nariz y en mis ojos.
Deseaba tanto matarlos a todos, pero me encontraba débil, mi vientre ardía y la sangre negra escurría por mis piernas; atacar a una mujer vulnerable dando a luz es algo que solo harían las bestias como ellos. Los verdaderos monstros son los hombres.
Salí volando con el resto de mis fuerzas, no había nada más que yo quisiera que ir allá y terminar con ellos, vengar la muerte de mi familia, pero la sangre seguía brotando, el cansancio y dolor extremo entumecía mi cuerpo, la tristeza me ahogaba, lágrimas saladas corrían por mi piel.
Llegué a su pueblo, donde las mujeres se reunían en la plaza, felices porque sus maridos habían matado a mi familia, el humo a la distancia y las fuertes risas lo aseguraban. Ellas charlaban dichosas, apostando que esposo mató a quien, excitadas con la idea de sus hombres como homicidas, esperando su llegada para plantar en sus vientres malditos más asesinos. Los niños encerrados en sus casas jugando con espadas y hachas de madera simulando matar bestias, entrenando, ellos serían los siguientes asesinos, estaban destinados a serlo.
Estaba decidida en matarlos, entrar a la casa de cada uno de estos monstros y matar a su descendencia, abrir los vientres de las mujeres y dejarlas desangrarse a la espera tardía de sus maridos. Entre a la primera casa sintiéndome exhausta, aire caliente exhalaba desde mi garganta, jadeaba, unos pasos más y me desvanecí.
Este era mi fin, el mundo se oscureció y yo me encontré flotando esperando rencontrarme con mi amado e hijos en la otra vida. Desperté sintiéndome relajada, el dolor desapareciendo a cada segundo, una suave manta me abrazaba, mi calloso cuerpo cubierto de un fino pelaje oscuro y rasposo estaba cubierto, mis alas antes quemadas y sangrantes estaban limpias y una venda las rodeaba.
Al girar la vi. Una humana, joven, no era una mujer estúpida pero tampoco era una niña ingenua. Sus ojos cerrados y sus mejillas húmedas delataron las lágrimas que había estado llorando. Su piel blanca estaba sonrojada, su cabello rojo caía más debajo de sus hombros como una capa de fuego. Me enfurecí, decidida atacarla me levante, pero el dedo que llevó a sus labios aun con los ojos cerrados me detuvieron.
Arriba, pesadas pisadas se oyeron, voces graves gritaban, hombres, voces más agudas la llamaban, mujeres. Las palabras atropelladas la hicieron estremecer, nuevas lágrimas silenciosas corrieron por su rostro y sus nudillos se pusieron blanco de lo fuerte que apretaba su vestido blanco, gruñí. Ella temía de los hombres, de su especie, ¿qué más se necesita para saber que ellos son el verdadero mal?
—Salgamos de aquí.— susurro.
Un murmullo tan bajo que apenas escuche con mi avanzado oído.
Ella camino hacia la esquina sur de la habitación, estaba dudando en matarla o seguirla, cuando un olor fuerte y delicioso llegó a mi nariz, era metálico y embriagador. Me lamí los labios girando hacia ese lugar. Allí, en el suelo frente a la cama, estaba el cuerpo de un hombre joven, como de su edad, sin camisa, pantalones hasta la rodilla y un cuchillo clavado en su pecho.
—¿No vas a comer?
Su voz me devolvió a mis más primarios sentidos, la sangre fresca es mejor, pero esto estaba bien. Chupe y lamí hasta saciarme, su cuerpo quedó seco en segundo, viendo el rostro del chico cerré los ojos, la sangre en mi boca causaba escalofríos en mi cuerpo y entonces cambié.
Mi piel negra ahora era clara, mi pecho se aplano hasta convertirse en pectorales, mis alas se escondieron, la dureza de mis extremidades ahora era suave, me sentí asqueada. Levante la mirada para ver a la chica más asqueada que asustada o incluso sorprendida. Caminé hacia ella cuando una mano me detuvo, gruñí por instinto, no iba a matarla, mis colmillos presentes, largas garras en mis dedos picaron sintiéndome molesta.
—Vístete primero idiota.
Mi cuerpo había cambiado, la ropa nunca fue un problema, pero ahora estaba desnuda, volví a gruñir al ver el miembro entre mis piernas odiándolo. Hombres. Humanos. Ignorando la forma en que me llamó o como me lanzó la ropa a la cara me vestí en un instante.
Al cabo de unos minutos salimos por un túnel bajo la casa, corrí detrás de ella, en el camino me fue imposible ignorar el olor a muerte, los cuerpos en descomposición apenas cubiertos de tierra, los vestidos blancos rasgados que se encontraban en el lugar miserablemente iluminado, la sangre seca en estos junto con otros aromas desagradables me produjeron arcadas, algunos huesos rotos eran escuchados a medida que seguimos avanzando.
—¿Qué es esto?
Un silencio se extendió por lentos segundos.
—...La verdadera guarida del monstro.
