Antojo
Disclaimer: Los personajes de «Ranma 1/2» pertenecen exclusivamente a Rumiko Takahashi.
Aclaración: Esta historia participa en la dinámica organizada por la página de Facebook Mundo Fanfics InuYasha y Ranma #Porque_cinco_fiestas_son_mejores_que_una específicamente en el #RanKaneDay
Se encontraba observando muy atenta el monitor del aparato que le iba a develar lo más precioso que pudiese apreciar.
En la pantalla se mostró un diminuto ser que se movió feliz cuando hizo su aparición. Las manitas, los piecitos, el rostro y todo su cuerpecito se encontraban en perfecta condición. Coincidiendo a tiempo con la semana veinticinco de gestación.
—Todo va muy bien, Akane —dijo el ginecólogo, comentándole a detalle lo que el ultrasonido le mostró—. Tu bebé está creciendo fuerte y sano dentro de tu vientre.
—Qué bueno —musitó, limpiándose una pequeña lágrima que se le escapó de los ojos, en el instante que contempló a su pequeño chuparse uno de sus dedos. Esa pequeña criaturita que crecía dentro de ella no tenía ni idea de todo el amor que le esperaba cuando naciera—. Es tan hermoso…
—¿Quieres saber su género? —inquirió el hombre, antes de revelar una información importante; ya que en este tiempo muchos padres preferían no saberlo para enterarse en una fiesta de revelación organizada por sus familiares—. ¿O deseas que sea una sorpresa?
—¡Quiero saberlo! —exclamó, entusiasmada. Feliz porque al fin se terminaría el misterio, ya que desde que se enteró que estaba embarazada, hizo una apuesta con Ranma para ver quién de los dos tenía mejor intuición. A ella su corazón le decía que esperaba un niño, pero podía ser que fuese una niña como lo anhelaba él. En unos minutos sabría quién de los dos tenía la razón—. Por favor, doctor. ¡Dígame qué será!
El ginecólogo sonrió y luego le pidió que observara muy bien el monitor. Ella obedeció sintiendo que se le saldría el corazón. Su respiración se aceleró, pero inmediatamente se normalizó; sus ojos se nublaron cuando apreció lo que tanto esperó, derramando lágrimas de emoción. Derramando lágrimas de amor.
Ese pequeño que se formaba dentro de su vientre era el fruto de su más grande amor. El sueño que tanto deseó. Su corazón se aceleró e inmediatamente su vientre acarició. Sobándolo con ternura, mientras tarareaba una canción.
El doctor le entregó un sobre sellado con los resultados del ultrasonido, en el que especificó el género del bebé. Además, de adjuntarle las medicinas que le tocaba tomar el siguiente mes.
Akane agradeció con una reverencia a su ginecólogo la amabilidad brindada hacia ella. Se despidió de la secretaria y después se marchó al estacionamiento que se encontraba en el edificio médico. Al llegar subió a su vehículo y antes de arrancarlo tomó su celular para mandarle un mensaje de WhatsApp a su esposo.
La mujer tecleó un pequeño texto y luego lo envió, esperando unos minutos por la respuesta del hombre que robó su corazón.
“Ranma, ya salí de la consulta. El doctor me indicó que todo va bien con nuestro bebé. Te cuento los detalles en casa. Te amo”
“¡Nuestro bebé está bien, qué Alegría! Y tú, ¿también estás bien? ¿Tienes que comer más o tu peso es el ideal? Le preguntaste al doctor. ¡Rayos! Tenía que haberte acompañado… Discúlpame, por favor, el trabajo no me lo permitió”
Akane leyó con mucha ternura el mensaje que su esposo le mandó, pues le fascinó leer su preocupación. No obstante, le dolió que se recriminara por no haberla podido acompañar, ya que ese día tenía un asunto importante que tratar con unos socios de un club de artes marciales.
Saotome se había convertido en un famoso entrenador, ya que su dōjō se catapultó como el mejor desde que un grupo de alumnos suyos ganó un encuentro que los llevó a ser campeones en un reconocido torneo en el extranjero.
Eso le ayudó a abrirse puertas que jamás imaginó; mostrándole un mundo que inalcanzable creyó, pero que siempre anheló; sobre todo porque su mujer siempre creyó en él. Akane siempre lo impulsó y lo motivó a entrenar para ser el mejor; ayudándolo con los estudiantes que también formó. Ella era una excelente maestra de artes marciales; así que, juntos hacían una dupla perfecta.
Sin embargo, desde que se enteró que estaba en gestación su esposo le exigió que descansara. Obligándola a quedarse en casa para que no tuviese que preocuparse por nada.
Ranma era un esposo atento, cariñoso y sobreprotector. Demasiado sobreprotector. Era el tipo de hombre que no dejaba que ella hiciera nada, ya que para él, por su condición, su única labor era dormir y ver televisión, pero ella no estaba dispuesta a aceptar esa petición. ¡Estaba embarazada, no enferma! Así que, por eso, en esta ocasión le suplicó que asistiera a esa reunión, mientras ella iba al doctor.
Al principio, Saotome se negó, pues él siempre la asistió desde la primera vez que fue al doctor. No obstante, tampoco podía desaprovechar la oportunidad que les acababa de llegar, sobre todo porque eso haría que su situación financiera creciera de forma abismal. Así que, con todo su pesar tuvo que aceptar que su mujer fuese sola a cita en la que; además, le iban a develar el género del bebé.
“Ranma, no te preocupes, por favor, yo también estoy bien. El doctor me indicó que mi peso es excelente. Nuestro bebé está creciendo sano y fuerte”
“Gracias al cielo. Eso me da tranquilidad”
Akane se rio sola, pues se lo imaginó con su típica expresión de alivio. La que siempre hacía cada vez que creía que el alma le abandonaba el cuerpo.
“Akane, ¿supiste qué será nuestro hijo?”
“Sí, lo sé. El doctor me lo mostró”
“Y, ¡¿qué será?! ¡¿Niño o niña?!”
“Eso te lo diré en casa, Ranma. Ahora te tengo que dejar porque voy a conducir. Te amo”
“Akane, por favor, ten mucho cuidado. Maneja despacio y me avisas cuando estés en casa. Estaré al tanto, te amo”
Akane suspiró, antes de guardar el celular en su cartera; luego se cercioró de que nadie estaba por salir para sacar su vehículo del estacionado. Tendō tomó la calle principal que la llevaría hasta su hogar.
Hasta el sitio que iba a preparar para darle una sorpresa especial a su marido.
Dos horas habían pasado desde que Akane volvió del ginecólogo a su hogar.
La mujer pasó a un autoservicio y compró comida, ya que llevaba muchísimo apetito y no tenía nada de ganas para preparar la merienda; bueno, nada para ella sola, pues planeó desde que salió del consultorio una cena especial para agasajar al amor de su vida.
Sería una cena soñada en la que le iba a develar el género de su bebé.
Akane acarició su vientre con devoción; pasando sus manos con suavidad por su barriga, mientras tarareaba una melodía. El bebé se movió y con fuerza pateó a su mamá; quien sonrió cuando lo sintió. Ella confirmó que la canción que le dedicó le gustó, ya que cada vez que le cantaba esa canción tenía la misma reacción.
La conexión que poseían no se podía explicar, ya que era un vínculo demasiado especial. Era un amor que no se podía dimensionar, pero sí se podía palpar. Sobre todo porque ese amor crecía cada día más;como creía su amor por el hombre que le regaló el privilegio de ser mamá.
—Papá se pondrá feliz cuando sepa que serás —le musitó a su vientre, mientras pasaba su mano por donde acababa de moverse—. Él está ansioso por conocerte; así como lo estoy yo, mi amor.
La mujer sonrió, luego continuó con su labor. Dejando los ingredientes que iba a utilizar para cocinar sobre el mesón. Akane no era una chef profesional, pero sí tenía muy buena sazón. Ingrediente que descubrió después de recibir algunas clases personalizadas de cocina.
Desde que se casó se propuso aprender para complacer a su esposo con su comida; pues desde pequeña confirmó que el amor se manifestaba en los platillos que se preparaban. Así que, aprendió y venció una debilidad que creyó nunca poder superar.
Tendō se sumergió en la cocina, pues debía dejar la cena en el horno para irse a poner linda para recibir a su esposo. La mesa la dejó impecable, lista para la velada.
Solo le faltaba lo que ella iba a usar esa noche, ya que debía ser un atuendo acorde a la festividad que iban a celebrar. No obstante, había algo muy importante que debía usar. Algo especial que debía utilizar, ya que estaba segura que a su marido le iba a encantar.
«Algo me dice que esta noche será inolvidable, Ranma» pensó para sí misma, mientras sazonada la comida.
Ranma se despidió rápidamente de sus nuevos socios al terminar la reunión. Disculpándose con ellos por no aceptar la invitación que le propusieron como celebración por el contrato que acababan de firmar. Los hombres comprendieron la razón por la que Saotome tuvo que declinar, pues todos eran padres de familia y entendían que su prioridad era su familia.
El grupo de socios lo felicitó y luego se marchó a la celebración. Ranma los acompañó al estacionamiento y después se retiró. Él iba muy feliz y contento; así que, antes de irse a su casa pasó a una tienda a comprar un obsequio que a su amada le iba a encantar. Saotome la quería mimar, pues ella le había dado el regalo más hermoso con el que pudo soñar. Su bebé era una joya preciosa que iba a atesorar.
Ranma llegó a la tienda y observó con determinación el catálogo de objetos que le mostró el vendedor. Sonriendo enormemente cuando encontró el artículo que hizo vibrar su corazón. Imaginando cómo se iba a ver su mujer cuando lo usase junto a su bebé. Así que, con determinación le señaló al hombre el presente que eligió.
El vendedor le dijo que había hecho una excelente elección, entregándole el objeto en una elegante bolsa de regalo. Saotome agradeció la atención y después se marchó; feliz con su decisión.
Ranma subió al automóvil y desde allí observó cómo la luna hizo su aparición. Brillante satélite que le recordó que fue el único testigo de la unión entre él y su mujer. Su luz fue lo único que los acompañó la noche que su hijo se gestó, pues bajo su cuidado hicieron el amor; entregándose a la pasión que se desencadenó para amarse sin control.
Saotome tomó su auto y se dirigió a la autopista que lo llevaría a su casa. Al hogar donde lo esperaba su hermosa familia.
La mesa estaba lista para recibir el banquete. Preparada para albergar a un par de enamorados que iban a festejar.
Akane cogió dos copas de cristal que tenía guardadas en la alacena dentro de una caja de madera. Estaban envueltas con un papel especial con una inscripción particular. La mujer tomó la que iba a utilizar y la otra la guardó por sí algún día la llegase a necesitar. Este era un obsequio que preparó con mucha antelación, pues desde que se enteró que estaba en gestación pensó que así podría celebrar junto a su marido el género de su hijo. Sin embargo, ella creyó que lo único que sería sorpresa, serían las copas que mandó a hacer para esa ocasión, ya que se imaginó que juntos descubrirían la verdad en la consulta con el médico.
No obstante, como él no la pudo acompañar, no se pudo enterar; así que, al final, sí iba a ser una maravillosa sorpresa.
Tendō sonrió cuando con cuidado depositó las copas encima de la mesa. Luego se apartó un poco para apreciar lo bonita que le quedó la decoración.
—¡Se ve muy lindo! Ojalá le guste a Ranma.
—Me encanta como te quedó el comedor, Akane —espetó Saotome, sorprendiendo a la mujer que creyó aún estar sola—. Es muy hermoso, pero no más que tú.
—Ranma…
El hombre se acercó a su mujer y con cariño acarició su vientre. Él se agachó un poco para besar esa delicada curva que se formó para resguardar el fruto de su amor.
Akane lo contempló derretida de amor, pues era hermoso ver a ese fuerte y testarudo hombre siendo un terrón de azúcar con su bebé. Susurrándole palabras bonitas que lo hacían reaccionar dentro del vientre de su mamá. El bebé pateó justo cuando Ranma besó la barriga de su mujer.
—Te amo —musitó, luego se levantó y sujetó a su esposa por la cintura, acercándola lo más que pudo a él—. Los amo. Los amo más que a mi vida.
—Y nosotros a ti.
Akane cortó la diminuta distancia que la separaba de los labios de su esposo para besarlos con amor. Él con dulzura la acarició, pasando las manos desde el cuello hasta llegar al final de la espina dorsal. Sintiendo como su cuerpo reaccionó, ya que se estremeció entre sus brazos.
La pareja se besó por un largo rato, en el que se recordaron lo mucho que ambos se extrañaban y se necesitaban cada vez que se separaban. Ranma le besó la frente a su esposa antes de separarla de su cuerpo. Él le tomó la mano para ayudarle a sentarse en la mesa.
»—Muchas gracias, Ranma —le dijo, luego de que su esposo se asegurara que estaba sentada cómodamente—. Pero olvidé sacar la ensalada del refrigerador, debo ir por ella.
—Descuida, yo la traeré. Tú ya hiciste demasiado al preparar la cena. —Saotome no quería que moviera ni un solo dedo, ya que si por él fuera ella estaría acostada todo el día en su cama viendo series y escuchando música para que nada malo le pasara. Él sabía que era un exagerado, pues su esposa se encontraba bien; sin embargo, él la quería tener resguardada, por eso cuando estaba a su lado no la dejaba levantar ni siquiera un cubierto—. Akane, ¿necesitas algo más del refrigerador?
—No, ya todo está aquí, muchas gracias.
Ranma volvió al comedor con un bowl lleno de ensalada. El cual colocó al centro de la mesa, junto a la carne y el tazón de puré. La comida se veía exquisita, como un suculento manjar que deleitaría su paladar.
Era evidente lo que su esposa se esmeró con la preparación, ya que el aroma de los platillos lo embriagó y lo llevó a imaginar lo delicioso que iba a estar cuando lo fuese a degustar.
—Akane, ¿cómo te fue con el médico? Sé que ya me dijiste que todo está bien, pero como no estuve presente no está de más que me comentes lo que te dijo —pidió, mientras le acariciaba la mano que ella tenía sobre el mantel—. Además, lo que más me interesa saber es el género de nuestro bebé. ¡Estoy tan feliz y emocionado que ya no puedo esperar! Por favor, dime, ¡¿qué será?!
—Mi amor, primero te voy a contar a detalle todo lo que pasó en la consulta y después te diré lo que quieres saber, ¿sí? —musitó con ternura, intentando que su tierno trato calmara la ansiedad de su marido, pues ella quería que la develación fuese un momento muy especial—. Pronto vas a conocer el género de nuestro hijo, pero necesito que tengas un poco de paciencia, por favor.
—Está bien, está bien. Será como tú quieras. —Saotome besó la mano de su mujer, quien se sonrojó con el pequeño mimo que le obsequió. Él sabía cuánto le gustaba a ella este tipo de detalles—. Mientras tú me cuentas yo serviré la cena, ¿te parece?
—Sí, por supuesto.
Ranma cogió los platos para servir los alimentos; colocando una generosa porción en el plato de su mujer, ya que él creía en la teoría de que ella debía comer por dos. Akane suspiró, pues; aunque mil veces le explicó que eso no era necesario, él nunca la escuchó y siguió alimentándola como si se tratase de un batallón.
Tendō recibió la comida y en su interior agradeció que su condición física fuese una maravilla, pues sin que él se enterara hacía ejercicios de bajo impacto, especiales para embarazadas. Además, como siempre fue delgada, su cuerpo no retenía toxinas que no necesitara, ya que su metabolismo las desechaba y quemaba al tenerlo tan acelerado. Era una completa bendición el que pudiese darse este tipo de gustos sin culpa; sin embargo, si seguía comiendo como su marido quería, terminaría rodando por los pasillos y eso era algo que definitivamente ella no deseaba. Así que, comería lo necesario y luego se lo daría a él para no desperdiciar la comida.
El matrimonio agradeció al ser supremo antes de degustar los alimentos. Los dos elevaron plegarias al cielo y después comenzaron a comer. Dichosos de lo exquisito que quedó la cena. Ranma elogió la sazón de su mujer, pues era testigo de lo mucho que ella se esforzó por agasajarlo a él. Así que, en medio de cada mordisco que dio le obsequió un cumplido que ella aceptó con amor.
Akane aprovechó la cena para comentar todo lo que sucedió en el consultorio del doctor. Ella le explicó a su esposo las nuevas indicaciones que el obstetra le demandó, ya que eran las correspondientes a su periodo de gestación. También le mostró el medicamento que le recetó, ya que; además, de enviarle los de rutina le añadió otro bote de vitaminas, un suplemento que le ayudaría muchísimo al cuerpo del bebé.
Ranma prestó muchísima atención a todo lo que su mujer le platicó. Además, en su agenda electrónica anotó los horarios de las nuevas vitaminas que se iba a tomar, pues como las tenía que ingerir cuando él no estuviese en casa se iba a cerciorar de marcarle cada día para recordarle que no las debía olvidar.
Él estaba más nervioso y preocupado que ella, pues se volvió una agenda humana desde que ella se embarazó. Llevando el control de todo lo que debía tomar y usar con horas y días específicos. Así como la fecha de cada consulta a la que iba a asistir.
Akane no se quería ni imaginar lo que iba a hacer cuando el parto se fuese a acercar. Lo más probable es que hiciera un itinerario de todo y un simulacro para llegar a tiempo al hospital. Ella ya se lo podía hasta imaginar.
—Akane, ¿estás segura que ya te llenaste? ¿No quieres más? —inquirió cuando ella le compartió un pedazo de carne que dejó—. Solo te comiste toda la ensalada y el puré, pero la proteína es lo más importante.
—Tranquilo, ya me llené. Nuestro hijo dice que fue mucha comida por hoy —espetó con sinceramente, ya que realmente su estómago no daba para más—. Además, tú me dijiste que traerías pastel de chocolate para el postre. Así que, si como más, ya no podré comer pastel.
—Oh, sí, es verdad. Olvidé que lo dejé en el refrigerador cuando llegué. ¡Qué idiota! Discúlpame, Akane, iré por él.
Ranma se levantó para ir en busca del postre que le compró a su mujer. Ese pastel era el delirio de su esposa; así que, como su intención era complacerla se lo compró. Saotome estaba por cerrar la puerta del refrigerador cuando escuchó que Akane le pidió que fuese también por la botella de vino que estaba en el pequeño bar que tenían en la sala.
Él la obedeció y fue a la reserva que tenían para coger la botella que su esposa le ordenó. Ranma regresó a la mesa, poniendo en ella el postre y el vino para continuar con la celebración.
—Querido, podrías servir el vino en estas copas, por favor —susurró, mientras le pasaba las dos copas que había colocado a un lado de la mesa. Ranma tomó ambas copas de cristal, observándolas con determinación, pues una de ellas no era la típica copa de vino. Esta tenía algo que la diferenciaba de las demás—. Esta de acá es tuya —señaló con su dedo índice la copa—, y esta de acá es mía.
—Akane, ¿por qué mi copa es negra? —inquirió con curiosidad, ya que era la primera vez en su vida que veía una así—. Qué tiene de especial.
—Pronto lo vas a averiguar —sonrió—. Sirve primero el jugo, por favor —le pidió, ya que ella no podía ingerir alcohol—. Luego te sirves el vino.
Ranma siguió al pie de la letra la instrucción. Sirviendo en la copa el jugo de uvas que ella compró para esa cena especial. Pasándole con cuidado la bebida a su mujer, quien la recibió con cariño. Luego descorchó la botella de vino; embriagando el lugar con ese añejo aroma tan espectacular. Saotome tomó la copa negra y lentamente fue vertiendo el líquido carmesí; el cual reaccionó al contacto con el cristal develando algo sumamente especial.
El alma de Ranma vibró y su corazón se aceleró, una pequeña lágrima se le escapó y un delicado besó le robó a la mujer que conquistó su corazón.
Mujer que le obsequió lo que más amó y más anheló.
—A-Akane, nosotros vamos a tener… —la voz se le cortó al apreciar nuevamente lo que la copa le confirmó—. ¡Una hija!
—Sí, mi amor. Tendremos una niña, la pequeña que tú querías.
—Una princesa, ¡mi princesa!
Ranma se levantó de golpe de la silla para estrechar entre sus brazos a su esposa. Él la besó con todo su amor, esparciendo besos en su boca, sus mejillas y su frente. Luego se hincó para acariciar el vientre de su mujer; besando la redonda barriga, mientras susurraba promesas de amor a la pequeñita que amaba con todo su corazón.
Él sentía que iba a estallar por la felicidad que lo albergó, ya que siempre anheló formar una familia. Una hermosa familia con la mujer de su vida. Akane llegó a él en un momento de mucho dolor; así que, lentamente lo conquistó con su cariño, sus palabras y con ese bello corazón que le mostró lo que era el amor. Él se enamoró y por eso juró que ella sería la dueña de su razón. Su esposa. Su mujer.
Ranma le propuso matrimonio de manera especial, llevándola a un precioso lugar. Un sitio alejado del ruido y del caos de la ciudad. Sacándola de la rutina para llevarla a un campo espectacular; una colina rodeada de un maravilloso clima. Allí, en medio de la vegetación, acompañado de las más hermosas flores se hincó y le confesó todo lo que sentía su corazón. Regalándole una bonita joya que exaltó su belleza.
Así como la exaltaría la joya que le compró para esta ocasión. Ranma aprovechó que seguía a sus pies, acariciando su vientre, para sacar la bolsa que le entregó el vendedor en la joyería; la cual velozmente escondió debajo de la mesa cuando él llegó. La que le entregó a su esposa, quien la vio con asombro, pues no se imaginó que él le daría un presente.
—Ranma, ¿qué esto?
—Ábrelo —le pidió; observando cómo su esposa abría la bolsa y sacaba de su interior una caja que colocó en sus manos. Él la tomó y le mostró lo que ahí había—. Akane, quiero decirte que estoy inmediatamente agradecido por tenerte a mi lado. Agradecido porque me hayas amado, y me hayas aceptado como tu esposo y como padre de tus hijos. —Ranma sacó un relicario en forma de corazón y una pequeña pulsera de oro—. Quiero decirte que te amo y que estaré a tu lado siempre, cuidándote y amándote hasta mi último respiro. —Saotome se levantó y le colocó el relicario a su esposa, el cual resaltó sobre su blanco cuello—. Tú eres la mujer de mis sueños, mi razón de ser. Quien me obsequió lo más bello que anheló mi corazón, una hija. Una preciosa hija. Por eso —musitó, tomándola de la mano; mientras sus ojos se posaban en los de ella. En aquellos ojos nublados que se cristalizaron por las lágrimas que derramaron—, te prometo aquí y ahora que nuestra hija será la niña más amada del planeta. Ella y tú son mi prioridad. Lo que más amo y por quienes daré la vida si fuese necesario. Las amo y quiero que estas joyas siempre las acompañen, y nunca olviden que yo siempre estaré a su lado.
Akane se desplomó en llanto, lanzándose a sus brazos. Sollozando en su regazo, pues lo que le confesó le llegó directo al corazón. Ella pensó que le daría la mejor sorpresa de su vida; sin embargo, fue él quien se la dio a ella al reafirmarle su amor.
Ni en mil años hubiese podido imaginar todo lo que sintió y agradeció por tener a ese hombre a su lado. Él era más que un príncipe azul. Era su rey. Su esposo.
Así que, en lugar de llorar iba a festejar, dándole rienda al amor que desbordaba desde el fondo de su corazón. Aquel que vibró y como llama se encendió al sentir el calor con el que la regocijó.
—Ranma… —musitó, separándose solo un poco del contacto de su marido—. Yo quiero, quiero…
—¿Akane?
—Quiero que vayamos a la habitación —espetó, cambiando la mirada tierna por una mirada llena de pasión—. Hay otra sorpresa que te quiero enseñar —dijo, desabrochando los botones superiores de su vestido; los cuales dejaron expuestos sus redondos senos cubiertos por un delicado corpiño—. ¿Vamos?
—A-Akane… —Ranma se atragantó con su propia saliva, ya que lo que observó lo desestabilizó. Sobre todo porque desde que estaba en gestación su apetito sexual se incrementó—. A-Akane…
—Tengo antojo —confesó en la comisura de sus labios. El aliento cálido de la respiración de su mujer lo llevó a una dimensión donde no existía la salvación—. Tengo antojo de ti, mi amor.
Ranma la besó con desesperación, levantándola en brazos para arrastrarla a la habitación. Su habitación. Aquel maravilloso nido de amor que tantas veces los observó haciendo el amor.
En el que sus almas pudieron hacer lo que había en su corazón. Dando vida a la pasión y al sentimiento que los convirtió en un solo ser.
Una sola alma que florecía cuando estaba sometida bajo el calor. El más ardiente y especial amor.
Fin.