A donde me lleve la vida

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Summary

Álvaro nunca tuvo la vida fácil, pero no se quejó. Él seguía la corriente, se curaba las heridas y seguía adelante. Él sostenía a su familia y sus amigos a él; era simple. O al menos así pensaba hasta que la vida lo golpeó con una piedra más grande.

Genre
Drama/Romance
Author
One
Status
Complete
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

1

Era viernes y Álvaro estaba pasándola bien con sus amigos, tomando una cerveza en la esquina después de haber estado rompiéndose el lomo levantando paredes bajo el intenso sol del verano. Tenía que trabajar al otro día, como cada sábado, pero quería disfrutar un poco de la vida de vez en cuando y desconectar.

Ariel había apoyado los parlantes en la ventana y estaban escuchando algo de rock nacional en la vereda, a todo trapo. Ya habían perdido la cuenta de la cantidad de veces que habían cruzado de vereda por entre las cinco esquinas para poder vaciarle la heladera a la pobre de la Rosita; seguro que se estaba haciendo la buena guita con lo muertos de sed que andaban todos, pero ya les había dicho que nada de quedarse vagando en la entrada del kiosco, que le espantaban los clientes que no estaban tan en la villa, así que estaban en la otra esquina, vigilando quiénes eran los giles que se habían quejado que ellos estuviesen ahí sentados aprovechando el fresco.

Su teléfono le sonó una vez, pero por el calor del momento cuando el Mono y Gonza se empezaron a pelear y a apostar por quién tenía la razón de algo que no terminó de entender, se olvidó de mirarlo. Después le volvió a sonar y entre que abría la aplicación de llamadas perdidas, Manuel lo agarró del cuello, lo zarandeó y le señaló que cruzaba la Lidia con sus micro-mini shortcitos y plataformas de casi dos manos de altura. Sus amigos se gastaron entre sí por ver quién era el que un día le iba a hablar tras tanto verla pasar por delante de ellos y Álvaro se animó a silbarle, pero Lidia siguió su camino como si nada y él se quedó mirándole las piernas andar.

—¡Te digo que es un trava! —aseguraba el Ariel con toda la convicción del mundo—. Una vez la vi salir de la casa de la Gorda y ella tuvo todos varones, debe ser uno de sus hijos.

—¿Y si le está alquilando una pieza? —preguntó Gonzalo, después de prenderse un pucho—. No es necesario que sea un hijo de ella...

—O capaz se está comiendo a uno de los hijos de la Gorda —acotó y se rio Manuel.

—Nah. Debe ser el pibe ese re retraído que nunca salía de su casa —intuyó Marco—. ¿Cómo se llamaba?

—¿Cuál? —preguntó el Mono, frunciendo sus cejas gruesas, después de darle un trago a la botella desde el pico.

—Ese que siempre llevaba el pelo largo y ropa de como cuatro talles más grandes. No salía casi nunca, ni siquiera a comprar. La Gorda siempre lo cagaba retando...

—¿Juanci? —tanteó Gonzalo, intentando hacer memoria de cuál de los siete hijos de la Gorda estaban hablando.

—¡Ese! Tiene que ser ese —dijo Marco.

—Con tantos hijos, seguro uno le salió puto. —Se rió Ariel, después de escupir a un costado.

—Eh, yo tengo un montón de hermanos y todos estamos bien —aseguró el Marco.

—Pero se re parece a una mina, Mono —insistió Gonza, estirando el cuello a ver si podía seguir viendo a Lidia—. ¿Estás seguro que es el Juanci?

—Che, Negro, te está llamando tu señora. —Le empujó el Manuel con el brazo—. ¡Apagá ese teléfono, pollerudo!

Todos empezaron a gastarlo y Álvaro le lanzó una patada al primero que empezó.

—Que es mi hermana, pelotudos. —Se rió y se paró, para alejarse un poco de las guarangadas que seguro iban a decir sus amigos.

—¡Decile que venga acá con los pibes! —Álvaro le mostró el dedo mayor a Gonza mientras atendía—. ¿Sabés cómo le hacemos un lugar?

—Callate, gil. Dejá que le diga a tu ñora y vas a ver cómo te quedas sin pelotas —le amenazó y después se dio la vuelta para atender a su hermana—. Hola...

—¡LUCÍA, VENÍ CON LOS PIBES! —gritó el Mono. Álvaro le tiró una piedra que encontró en el piso, pero su amigo la esquivó de alguna forma inexplicable. O él tenía muy mala puntería.

—¿Qué pasa? —le preguntó, alejándose un poco más.

—Sabía que ibas a estar en lo de la Rosi... —murmuró Lucía, fastidiada.

—¿Qué querés?

—Nada, dejá. Seguro estás en pedo.

—¿Para eso me llamás? —resopló molesto. Su hermana siempre le hacía la misma...

—Voy a ir a la salita esa que te dije la otra vez. Quería que me acompañaras, pero como estás en pedo, mejor quedate ahí.

—¿Hoy ibas a ir? Me dijiste que ibas a ir la semana que viene.

—Esperar una semana más es dejar que... —Su hermana paró la frase a la mitad y él se movió inquieto—. Mirá, ya llamé y me dijeron que sí, así que voy a ir, vengas o no. Ya junté la plata.

—Pará, aguantá; no vayas —se alarmó—. Voy para allá.

—Lo voy a hacer quieras o no, pelotudo.

—Si no te dije que no lo hagas, es tu decisión. Sólo quiero acompañarte. Mirá si te pasa algo, boluda...

—Negro, es un centro clandestino, obvio que puede pasar algo, pero acá el aborto no es legal así que es la única que queda. No me vengas a tirar mierda ahora.

—Aguantá, que no te dije... —Álvaro suspiró e intentó reponerse enseguida; conociéndola a su hermana, lo iba a mandar a la mierda y cortarle enseguida, así que mejor se apuraba—. Mirá, hacé de cuenta que no dije nada. Voy, te acompaño y listo. Si pasa algo te llevo al hospital. Voy a pedirle prestado el auto al Mono por las dudas. Después le rompemos todo a esos giles.

—¡Te dije que no quería que dijeras nada!

—¡No dije nada! ¡Sólo te digo por si pasa algo mal! A ellos no les hace falta una razón para romperle las piernas a alguien, sólo con que uno lo diga...

—Bueno... apurate.

—Sí, ya mismo salgo.

Álvaro cortó la llamada y se volvió con los pibes, que se andaban riendo de alguna historia que andaba contando el Manu.

—Mono, ¿me prestás el auto? —le pidió, estirando la mano a donde éste estaba sentado en el piso—. Es por un par de horas...

—¿Te vas a ir a buscar a Juancito y se van a ir por ahí? —se mofó el Mono y se empezó a codear con Ariel, riéndose.

—No, boludo, es para llevar a mi hermana a un lugar. No quiero que vaya sola a esta hora. Después te lo traigo.

—Uh, si es a tu hermana la puedo llevar yo...

—¡Dale, pelotudo, ¿me lo prestás o no?! Dejá a mi hermana de una vez o te parto la cabeza.

—Bueno, bueno, che... —Se rió mientras sacaba la llave del bolsillo de su pantalón roto y se las alcanzaba—. Qué caracter de mierda que tenés a veces, Negro.

Álvaro le golpeó la cabeza al pasar, ya con las llaves en mano.

—Es de familia.

—¡Traemelo a las tres, perro!

Álvaro se despidió y se metió adentro del coche, tenía un montón de mierda por todos lados, así que manejó a casa y la sacó por la ventana para que su hermana no le dijera nada. Le tocó bocina tres veces, a ver si salía. La vio asomar la cabeza por la ventana del comedor y después corrió la cortina para que no viera para adentro, así que esperó ahí, sin apagar el coche. Miró el tablero a ver si necesitaba pasar por la estación de servicio pero tenía la mitad del tanque, así que con eso iban a tirar.

—¿No te vas a bañar antes de ir allá? —preguntó su hermana después de cerrar la reja. Álvaro se miró la ropa; estaba un poco sucia y él estaba bastante transpirado, pero igual se encogió de hombros.

—Ah, ¿voy a entrar? Pensaba que me iban a dejar esperando en la calle.

—Andá y bañate, sucio. No te quiero aguantar así.

Álvaro apagó el auto y resopló. Miró a su hermana un toque y le frunció las cejas, le parecía muy raro verla con un vestido con flores y sandalias.

—No me tardo, esperá adentro —le dijo tirándole las llaves. Su hermana las agarró en el aire y él corrió adentro de la casa.

Agarró la primera musculosa que encontró, unos shorts y unas medias. Se dio una ducha rapidísima para sacarse la transpiración, se puso desodorante, se vistió y salió corriendo.

—Ya estoy. ¿Tenés bien la dirección?

—¿Estás seguro que te bañás vos? Pasás demasiado poco abajo del agua...

Su hermana le dio un papel con un mapa que alguien había hecho a mano, Álvaro más o menos se guió en las calles aledañas y se metió al auto con Lucía, que estaba muy callada y rígida.

—Va a salir todo bien, flaca —le dijo, agarrándole la mano mientras le llevaba, porque sabía que debía estar nerviosa. Le vio la panza un segundo y sintió que se le revolvieron todas las tripas.

No quería pensar, Álvaro no quería pensar. Eso era cosa de su hermana, ella sabía qué hacer, sabía qué era lo mejor. Él no tenía ni que opinar.

—Si el viejo supiera a dónde me estás llevando, nos cortaría la cabeza a los dos —murmuró Lucía, mirando por la ventana. Álvaro suspiró.

—Pero ya no está, Negri. No pienses esas cosas...

Viajaron el resto del tramo en silencio. El lugar era una casa de mala muerte como cualquiera, como su casa. Álvaro salió del auto y le dio un abrazo largo a su hermana, que no quería saber nada de eso pero se dejó igual. Un hombre mayor abrió la puerta y la hizo pasar, pero él se tuvo que quedar afuera. Se quedó dando vueltas fumando cigarrillos. Cuando se fumó como tres, sintió un portazo. Se levantó del piso y apenas tuvo tiempo a reaccionar y ver a su hermana agarrándose a él, como un salvavidas.

—¡¿Qué pasó!? —preguntó asustado—. ¡Lucía, ¿qué pasó!?

Su hermana le negó con la cabeza y se puso a llorar, así que él tiró el pucho a medio terminar al piso y la abrazó. La abrazó como cuando eran unos nenes y ella se lastimaba porque alguno de sus amigos le daba un pelotazo sin querer, la abrazó como el día en el que el viejo se murió y se quedaron ellos dos solos. Fue uno de esos momentos en los que Álvaro se quedaba sin palabras y se volvía un pelotudo, algo así como un maniquí, porque simplemente no sabía qué hacer o qué decir.

—No pude... —dijo al rato, sin dejar de hipar de tanto llorar—. El tipo me empezó a hablar, que una vez que empezaba no había vuelta atrás y que no se iba a hacer cargo de lo que me pasaba y qué se yo... Se me cruzó una imagen del bebé y... no pude. ¿Qué culpa tiene? ¿Qué culpa tiene de la mierda que me pasó a mí...?

—No pasa nada, Negra... —le dijo, acariciándole el pelo mientras ella lloraba más fuerte—. Está bien, vas a estar bien. Yo no te voy a dejar tirada... Vamos a salir de ésta...

Su hermana siguió llorando un rato más hasta que logró calmarla a base de caricias y besos en la frente; ella quiso robarle cigarrillos pero él prefirió partirlos a la mitad antes que los tocara. «Ni en pedo, si vamos a hacer esto, vamos a hacerlo bien», le dijo.

Cuando estaban por volverse al auto del Mono, su hermana se paró de golpe y Álvaro sintió el tirón que le dio en el brazo por estar enganchado a ella de la mano.

—Vos... —dijo Luci y cuando miró hacia donde ella se quedó mirando, encontró a Lidia parada ahí con otra mujer—. ¿Qué hacés acá?

Lidia le miró con una cara terrible, por un momento, le recordó a su vieja cuando lo encontraba mandándose una cagada y sintió ese instinto de autoprotección de rajar de ahí.

—¿Vos sos el pelotudo que iba en el auto con ella ese día? —dijo Lidia, con la voz un poco más gruesa de lo que habría esperado que tuviera—. ¿Sos el forro que la dejó tirada? ¡Sos un cagón, hijo de puta! —Lidia fue hasta él y agarró una piedra del piso para darle a la cabeza y él se quedó mirándola petrificado, como si ella fuera su vieja que había reencarnado para cagarlo a pedos por algo que no sabía ni siquiera si había hecho.

—¡Pará, pará! —dijo su hermana, interponiéndose en el medio—. ¡Él es mi hermano! —Como si las palabras de Lucía hubiesen sido un escudo, Lidia se quedó a mitad de camino, con la piedra en la mano—. Me vino a acompañar...

—Li, ¿los conocés? —le preguntó la amiga, agarrándole con cuidado.

Lidia bajó el brazo pero siguió mirándole con resentimiento; al final, tiró la piedra de donde la había sacado y asintió.

—Ella es la chica que te conté el otro día, la que llevé al hospital...

—¿Vos la llevaste al hospital ese día? —preguntó Álvaro, sin poder creérselo. Ella le miró a los ojos con un gesto de desconfianza y asintió. Tuvo el impulso de querer ir a abrazarla, pero cuando dio un paso adelante, ella retrocedió con la mano cerrada lista para golpearle; le dio miedo que le cagara a palos, así que no se movió más—. Gracias... —le dijo, mirando al piso—. Le salvaste la vida...

Lidia aflojó un poco la rigidez y su hermana se puso al lado de él, agarrándole del brazo.

—Igual no pude hacer mucho, llegué tarde... —repuso Lidia.

Álvaro sintió que le ardieron todos los huesos y se le revolvieron las tripas. De sólo acordarse de esa noche, tenía ganas de vomitar toda la bilis, gritar y romper todo. Se acordaba de la cara de su hermana en hospital, golpeada y hecha mierda... y nunca iba a poder olvidarse de ese momento en el que todo se había ido al carajo. Tenía ganas de ir a buscar a ese hijo de puta que le había arruinado la vida, pero por más que había hablado y averiguado en el barrio, nadie tenía puta idea de quién había podido ser. Seguro era uno de los que vívían afuera de la villa.

—Me quiero ir —dijo de golpe Lucía—. No quiero estar más acá...

Álvaro asintió y su hermana pareció dudar, pero se acercó a Lidia, dio un abrazo, le dijo algo en un susurro y se subió al coche.

En esos momentos en los que Álvaro no supo qué hacer, se dio cuenta que la mujer que estaba al lado de Lidia con ropa ligera se empujó para abajo la musculosa y le vio un poco la panza; le dio otro escalofrío como el que le había dado en el coche pero trató de no pensar.

—Gracias, flaca —volvió a decirle—. Perdón por silbarte allá en la esquina, cuando estaba con los pibes.

—¿Fuiste vos? —preguntó ella. Álvaro la miró y le asintió, con vergüenza. Independientemente fuese hija o hijo de la Gorda o no, prácticamente le debía la vida—. Sos el más recatable de ese grupo. —Álvaro frunció las cejas y se la encontró sonriéndole; fue como raro—. Andá y cuidá a tu hermana, seguro necesita buena compañía. No dejes que vuelva con ese forro que la dejó tirada.

Álvaro asintió y vio como la amiga de Lidia le tiraba del brazo. Se subió al coche cuando ellas tocaron timbre donde Lucía había entrado hacía un rato, prendió el motor y se hizo el boludo un rato con el teléfono, hasta que las vio entrar.

—¿Álvaro? —le llamó su hermana, al ver que no avanzaba. Él no dijo nada y pisó el acelerador para volver a casa. No podía evitar ser un cuida con todas las mujeres. Capaz que por eso nunca enganchaba ninguna, porque se volvía demasiado protector y las asustaba o incomodaba.

Le devolvió el coche al Mono a eso de la una de la madrugada, cuando su hermana se durmió en su cama después de andarle llorando un rato porque no sabía si había tomado la decisión correcta, que no sabía cómo iba a hacer con ese bebé. Él se había quedado escuchándola, porque no sabía bien qué hacer. No sabía qué decirle.

Álvaro se acostó temprano, al lado de Lucía, con la cabeza dándole vueltas a todo otra vez. Tenía ganas de llamar a los pibes para volver a darle una paliza al ex de su hermana. Por su culpa a Lucía la habían violado, todo porque a él se le cantó dejarla tirada a la noche sin un mango para volverse.

Le habían aplicado algo peor, por supuesto, y esperaba que el flaco no se pudiese volver a sentar nunca en su puta vida. No tenía una gota de remordimiento. Nunca iba a tenerla. Le había arruinado la vida a su hermana y él había arruinado la suya. O eso esperaba. Siempre podía salir a buscarlo de nuevo para asegurarse de eso.

Fue a trabajar temprano, a eso de las cinco ya estaban saliendo con la camioneta para Pablo Podestá. Siguieron construyendo el mismo edificio al rayo del sol y pararon al mediodía para comer. Le mandó mensajes a su hermana para saber cómo seguía y le dijo que bien. Álvaro sabía que le mentía; su hermana estaba hecha mierda y no estaba seguro que algún día iba a volver a ser la de antes.

Salió a las siete de la obra, estaba lleno de cemento y arena, como siempre; se bajó de la camioneta y caminó a casa para ahorrarse los pesos del colectivo. Cuando llegó, su hermana lo cagó a pedos porque recién había terminado de limpiar el piso que hacía poco él había podido por fin terminar. Empezaron a discutir de nuevo, que él no se podía hacer invisible y que se quería bañar, ella le decía que esperara un toque pero él pasó igual y ella le pegó con el trapeador en el culo. Y así. Siempre era así la vida entre ellos dos, por eso él siempre estaba con los pibes en la vereda, así le hacía las cosas más fáciles a ella, pero ya no estaba tan seguro si era eso lo que Lucía necesitaba.

—Podemos ir comprando las cosas de a poco —le dijo mientras comían pizza en el mini-patio que tenían y que daba la calle—. Puedo comprar una cunita de esas que vienen con cambiador, después compramos un cochecito. La ropa se la podemos comprar en la feria de los fines de semana, que venden cosas usadas. Le pegamos una lavada y nos ahorramos un montón de guita, vas a ver.

—¿Cuánto creés que voy a durar en el supermercado hasta que se den cuenta? —comentó preocupada Lucía—. Espero no se me note la panza hasta los siete meses al menos...

—Esperemos que sí. —Suspiró Álvaro—. Puedo pedirle un aumento a mi patrón e ir ahorrando de a poco...

—¿Vos creés que te lo va a dar?

—Por intentarlo no pierdo nada...

Su hermana asintió y siguieron comiendo.

La vida estaba por írseles al carajo. Apenas si podían pagar las cuentas, menos iban a tener para pagar las vacunas y los pañales, la comida...

—¿La plata de allá, todavía la tenés? —Su hermana le miró y le asintió—. Bien, guardala para hacerte los estudios y todas esas cosas. No la toques nada más que para eso.

Álvaro no estaba seguro si estaba hecho como para cuidar un pibe, pero al menos lo iba a intentar. Su hermana parecía menos segura que él, pero no les quedaba de otra. Desde ese incidente ella nunca había vuelto a ser la misma y él lo entendía, por eso quería estar a su lado, para sugerirle opciones y hacerle sentir que no iba a estar sola en esa; quería mostrarle que podían seguir, que iban a lograr seguir tirando como siempre.

—Vamos a salir de ésta, flaca —volvió a repetirle cuando ella se puso a llorar de la nada, tras un rato de quedarse con la mirada perdida en la calle—. Vamos a estar bien. Siempre encontramos una vuelta...

Don Alberto lo miró un poco mal cuando le pidió un aumento, pero fue sincero con él y le comentó que su hermana se había quedado embarazada, la habían abandonado y que él necesitaba ayudarla a hacerse cargo del bebé, que necesitaban ir comprando las cosas. Su patrón dio el brazo a torcer, pero le amenazó que mejor no lo decepcionara, así que Álvaro decidió que siempre iba a llegar temprano y no parar más que para tomar agua y almorzar.

El domingo fueron a la feria y compraron muebles usados y algo de ropa. No sabían qué iban a tener así que compraron todo blanco y colores neutros. Acomodaron los muebles en la pieza de Lucía; no era muy grande, pero entraban bien, aunque apretados. En esa semana, Álvaro dejó de pasar tanto tiempo con los pibes porque prefería gastar en pañales esa plata que se gastaba en cerveza; así al menos tenía una provisión cuando el pibe saliera, pero su hermana lo cagó a pedos porque no sabían cuán grande iba a ser el bebé, así que empezó a guardar esa plata en una latita para así evitar tentarse a tocarla.

Al final les tuvo que decir a la bandada que su hermana estaba embarazada y que estaba sola, así que él tenía que ayudarla. Sus amigos insistieron que igual se quedara con ellos, que le invitaban a tomar, que no lo iban a dejar tirado. Álvaro no quería abusar de eso y no iba siempre con ellos; además, no quería dejar a Lucía sola.

A ella le había agarrado la manía por limpiar toda la casa cuando no estaba trabajando, Álvaro pensó que quizás era para mantenerse ocupada. Cada tanto le agarraban ataques de llanto y se encerraba en su pieza, él después la iba a buscar y le daba la comida horrible que había podido preparar, porque siempre había sido malo en la cocina. Su hermana se quedaba con la cabeza apoyada en él y se alimentaba de a migas, como si fuese un pájaro. A él le preocupaba, pero no sabía qué hacer.

De a poco la panza de su hermana se empezó a notar y ella intentó por todos los medios esconderla, pero terminó siendo inevitable. Se quedó sin laburo cuando tenía cinco meses y tuvieron que ir tirando con el sueldo de Álvaro. Ahí fue imposible seguir ahorrando.

Esperaban un varón, les dijo el médico, por ahora iba todo bien. Cada tanto Álvaro iba al cementerio a ver al viejo y preguntarle qué hacer, pero nunca le respondía, ni siquiera en sueños. Capaz estaba ofendido.

Lidia empezó a aparecer por la casa cada vez más seguido; Álvaro cada tanto se la encontraba, se había amigado con su hermana de alguna manera. Le gustaba que tuviese compañía cuando él no estaba, no quería que estuviese sola porque se le notaba demasiado deprimida cada vez que llegaba de laburar.

—Estamos atrasados con la tarjeta y no llegamos a pagar la luz. En cualquier momento nos cae el Veraz y nos quedamos a oscuras, Negro... —comentó preocupada Lucía. Álvaro se sentó con ella, miró las cartas que le alcanzó y suspiró, intentando idear algo.

—Alquilemos mi pieza —dijo, en un desesperado intento para buscar cómo salir—. Podemos alquilar mi pieza y compartir baño y cocina...

—¿Con quién? No quiero estar con un desconocido acá adentro...

Álvaro negó con la cabeza. Su hermana tenía razón.

—No sé, puedo preguntar a los pibes a ver si conocen a alguien de confianza... Alguien del barrio.

Se quedaron los dos sentados en el comedor mirando a la nada, con la televisión prendida en un canal mal sintonizado, pero era lo único que les daba la antena. Lucía se acariciaba la panza una y otra vez, casi de forma distraída.

—Voy a preguntarle a Lidia, capaz tiene a una de sus amigas que necesite un lugar... Seguro se van a sentir cómodas de compartir casa con otra mujer...

—¿Te acordás lo que a mí me cuelga entre las piernas? —le dijo él y Lucía lo miró con mala cara.

—Vos vas a estar trabajando todo el día y ellas van a trabajar de noche. Casi no se van a cruzar. —Álvaro le frunció las cejas, porque no entendía—. Son prostitutas, pelotudo.

—Ah... —dijo, medio perdido—. ¿Lidia también?

—No encuentra trabajo de otra cosa, pobre... Encima un montón de gente la discrimina y la trata para la mierda —murmuró su hermana, mirando la televisión.

Álvaro se quedó pensando. No le gustaba la idea de los desconocidos en la casa, más con su hermana tan vulnerable; le iba a venir bien compañía femenina, pero no quería incomodar a nadie y no estaba seguro de poder desaparecer.

—Pero igual un día me van a tener que aguantar. ¿O querés que le pida a Don Alberto que me deje trabajar de lunes a lunes? Sino capaz puedo conseguir algunas changuitas por afuera, hacer algunos arreglos en las casas de por acá...

—¿Vos estás loco? —murmuró Lucía, casi con el mismo tono de voz que su vieja—. Al menos descansá un día a la semana que no vas a llegar a los treinta y el bebé y yo te necesitamos. Ya voy a hablar con ella y ver qué me dice, seguro me ayuda a idear algo.

Álvaro asintió; era la mejor opción que tenían de momento. Se levantó y se fue acostar en su cama, aprovechando que todavía era suya.

—Si hacemos esto, ¿dónde vas a dormir vos? —le preguntó su hermana, abriendo la puerta de golpe.

—En el sillón, ¿dónde más? —le respondió encogiéndose de hombros mientras se rascaba la cabeza con la sensación de que todavía tenía cal en el pelo—. No voy a dormir con vos, seguro te molesto con el tremendo pedazo de panza que tenés ya y tu pieza es muy chica como para tirar algo en el piso además está llena de muebles.

—No vas a descansar una mierda... —Suspiró preocupada.

—Yo voy a estar bien, ahora tomátela que quiero dormir. Dejá de preocuparte por mí.

La casa que tenían la habían conseguido sus viejos por allá el 2001, cuando las cosas en el país se habían ido bien a la mierda. Habían habían vivido de alquiler en alquiler hasta que no lo pudieron pagar más y se quedaron en la calle; salieron con lo puesto, dos bolsos y la esperanza de conseguir dónde dormir. Su hermana tenía cuatro y él apenas había pisado los ocho; un amigo de su viejo había escuchado que la gente había tomado unos terrenos baldíos y que algunos los alquilaban o vendían, así que fueron caminando a Costa Esperanza para ver si podían agarrar algo.

Llegar ahí y que el amigo de su viejo les consiguiera un conocido que quería vender el terreno fue como un milagro caído del cielo para ellos. Su vieja había tenido miedo de poner la guita que apenas habían podido conseguir para que después la yuta los sacara a los tiros, porque estaban tomando terrenos ajenos, pero su viejo le dijo que no tenían más opción y que tenían que arriesgarse. Álvaro lo recordaba todo, a diferencia de Luci, que todavía era una nenita y con cualquier cosa iba bien.

Su viejo juntó un par de chapas y maderas y se armaron una casita precaria. Ahora tenían paredes de ladrillo que poco a poco su viejo había ido reemplazando para ir sacando las chapas y le fue enseñando de chico cómo ser un albañil y arreglar cosas. Siempre le había dicho que con eso iba a poder ser alguien en la vida cuando creciera.

Pasaron los primeros años paranoicos por si alguien los sacaba de ahí, pero de a poco la villa se fue consolidando y tuvieron la esperanza de poder quedarse ahí para siempre. Álvaro nunca había querido seguir la profesión de su papá, pero cuando su vieja perdió una mano al lastimarse trabajando con la máquina de coser del laburo que había conseguido por ahí cerca, todo empezó a irse a la mierda de nuevo y su viejo se empezó a deteriorar también de todo el trabajo que se le acumulaba tratando de llevar todo él solo, así que dejó los estudios y salió de los dieciséis a ayudarlo. Su vieja siguió trabajando haciendo comida en casa pero después se enteraron que tenía diabetes cuando perdió una pierna por una gangrena y ya después no aguantó mucho más la depresión, hasta que se fue y quedaron los tres. Su viejo no volvió a ser el mismo desde eso.

—¡Adiviná qué! —le dijo su hermana con una sonrisa ni bien él llegó del laburo al otro día—. ¡Lidia andaba buscando dónde quedarse y le interesa alquilar con nosotros!

Álvaro alzó las cejas en señal de sorpresa, le habría gustado ser más efusivo, pero el día se le había hecho largo y estaba hecho mierda.

—Jodeme —atinó a decirle.

—Tenemos que arreglar el precio, todavía no se me ocurre bien, pero como es una amiga, podemos dividir mitad y mitad lo de la luz y las garrafas y ella seguro que no nos caga. Después tendríamos que ponerle un precio razonable a la pieza, porque....

—¿Puedo bañarme primero?

Su hermana lo empujó al baño, con asco.

—¡Sí, sí! ¡Dejá de ensuciarme el piso, dale!

Lidia apareció al otro día para mirar cómo iban a acomodarse, su hermana le contó cómo habían arreglado y él dijo a todo que sí, porque cualquier peso les venía bien. Cuando le contó a los pibes que Lidia iba a quedarse en su casa, lo gastaron a más no poder e hicieron un montón de chistes de cuando se iban a cruzar y esas boludeces.

Álvaro se rio, porque la situación se le hacía cómica, más allá de toda la mierda que había de por sí. Empezaron a apostar para ver si podía averiguar si era hija de la Gorda o no, a ver si era el Juanci, pero a él dejó de hacerle gracia porque era la mujer que había salvado a su hermana y que ahora les iba a ayudar con los gastos, así que les pidió que pararan.

Sus amigos no entendieron su seriedad porque él no lo explicó, pero tampoco tenía ganas de hacerlo; eran cosas muy complicadas para que sus amigos la entendieran a la primera y seguro que Lucía le cortaba las bolas por andar diciendo lo que le había pasado esa noche. Era más fácil que todo el mundo entendiera que la habían embarazado y se habían borrado, no explicar la mierda real del asunto. Además, le había hecho una promesa a su hermana, y su viejo le había enseñado desde chico a cumplirlas, porque la lealtad y el compañerismo era lo más importante de todo.