Milenio de Plata

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Summary

Dos almas destinadas, se encuentran en un momento crítico: una tregua precaria separa dos reinos en conflicto. Nix, nativo de uno de los reinos beligerantes, se cruza con Faina, la prometida del futuro monarca del reino enemigo. Mientras el romance florece en el mundo mortal, en los reinos celestiales se tejen fuerzas que podrían cambiar el curso de la historia para ambos mundos.

Status
Ongoing
Chapters
25
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

En el decimotercer libro de las Crónicas Escritas, se relata el surgimiento del Milenio de Plata, un período en el que los dioses perecieron y los demonios comenzaron a extender sus alas. La historia comienza al borde de la derrota del Reino de Ozcima, un reino enclavado en un aislamiento natural y marcado por una geografía notoriamente contrastante. Al este, se extiende un interminable desierto; al oeste, un espeso bosque brumoso que domina la escena. En el corazón del país, el río Pan serpentea sin prisa, allanando el terreno y permitiendo a sus habitantes la práctica de la agricultura, asegurando así su subsistencia.

El reino de Ozcima, inmerso en este entorno salvaje, adoraba a Masalia, el dios del caos. Su antiguo templo, perdido en medio del desolado desierto, era un faro de esperanza y misterio para los ozcimanos. Sin embargo, la estabilidad del reino se sostenía en una monarquía frágil y en la intriga constante de los consejeros que competían por el dominio del país. Una reciente transición de poder había sacudido los cimientos de Ozcima, sumiéndolo en la incertidumbre.

Por otro lado, Helco se erguía en una llanura helada, con un macizo de hielo en medio de la ciudad que vislumbraba un brillante palacio de cristal en la cima. Detrás del palacio, en la frontera del bosque, se alzaba un majestuoso edificio de imponentes columnas, residencia de la diosa Ira. Ella reinaba sobre el orden, y su presencia aseguraba que el frío invernal no perturbara a los ciudadanos. Helco era un estado fuertemente militarizado, donde la obediencia, la disciplina y la adoración al cuerpo eran valores fundamentales.

El tercer reino, Falme, estaba situado en la costa y ofrecía un paraíso natural con playas de arena dorada, un bosque frondoso y un mar de agua cristalina. Los edificios de piedra rojiza de la ciudad estaban adornados con enredaderas y habitados por pequeños animalillos. Los falmeños adoraban a Borbóteo, dios de la destrucción, cuya influencia se reflejaba en la flora y fauna que dejaban crecer por el reino, como muestra de devoción. Los sacerdotes de este ejercían una influencia significativa en la vida cotidiana, incluso en la política.

Entre medias de los grandes reinos poblaban pequeñas aldeas agrícolas que se beneficiaban del comercio con estos tres estados.

En contraposición al mundo mortal se encontraba el reino de los cielos, habitado por dioses, princesas, príncipes y criaturas que vivían en paz y armonía. La deidad creadora gobernaba este idílico lugar, al cual solo unos pocos elegidos podían llegar.