Capítulo 1
Nota aclaratoria:
Esta es una obra de ficción histórica, por lo cual, algunos nombres, localizaciones y costumbres narradas, no son necesariamente reales, y solo son utilizadas con el propósito de contar una historia.
En la costa este del Caribe Colombiano, vivían los indios Chahiwas, una antigua comunidad, tranquila y amistosa que convivía con los criollos de Puerto Blanco. Ellos eran organizados, con sus propias leyes y costumbres, además de ser devotos cristianos y respetuosos con los habitantes de la ciudad portuaria, a quienes comercializaban sus productos, puestos que eran hábiles pescadores y agricultores.
A lo largo de los años, Puerto Blanco se convirtió en el puerto más importante del país, donde zarpaban y llegaban la mayor cantidad de embarcaciones desde Europa, lo que hizo que el vecino poblado de la comunidad indígena de los Chahiwas, fuese adosada a la ciudad, lo que desagradaba a los habitantes del puerto, puesto que a pesar de las numerosas virtudes de los Chahiwas, eran discriminados, al igual que a otros nativos o afrodescendientes, siendo una población desplazada en ámbitos sociales, ya que se les dio la imagen de decadentes, mezclados con pobreza e ignorancia. En varias oportunidades se trató de reubicarlos sin éxito, pues, con el paso de los años, la aldea adquirió una ubicación central dentro de la ciudad.
En la escuela de las hermanas Carmelitas de la Caridad, se les daban estudios de manera gratuita a niños de familias de escasos recursos, con el propósito de la alfabetización y evangelización, acudiendo a ellas, los hijos de los Chahiwas. Con el tiempo, la escuela creció debido a su alta demanda, puesto que ya no solo niños de familias modestas acudían a sus aulas, sino que de todas las clases sociales. Esto fue impulsado, en gran parte por la insistencia de la hija menor de los Fortunato, que deseaba asistir a esta escuela.
Los Fortunato, eran una familia a acaudalada proveniente desde España, prestigiosa e influyente de la burguesía del lugar. Eleonora Fortunato, aburrida de tomar clases privadas en los salones de la gran mansión de sus padres, les solicitó a ellos que le permitan asistir a la escuela que estaba cerca de casa, ya que miraba por los grandes ventanales, como los niños corrían felices por las mañanas en dirección al convento, a lo que ella también deseaba compartir con niños de su edad. Es así que Eleonora, al tener 7 años, comenzó a acudir a la escuela, haciendo que se le unirán hijos de otras familias acomodadas, puesto que las acciones de los Fortunato, formaban tendencia en sociedad.
En una mañana soleada de marzo de 1864, Loreta Fortunato, peinaba el cabello de su hija Eleonora, para acudir a la escuela ese día. Ella era una jovencita alegre y risueña, de bonitas facciones, cabello pelirrojo ondulado que había heredado de su madre y ojos color almendra, que le daban una mirada cautivadora y que ya había flechado a varios jovencitos. Ambas charlaban y reían emocionadas, por la fiesta que celebrarían esa noche los indios Chahiwas en su aldea y a la cual la familia Fortunato estaba invitada. Tanto madre como hija, eran amigas de los Chahiwas y participaban en las actividades que realizaban, pero a diferencias de ellas, para don Sebastián Fortunato, no le era agradable relacionarse con esa gente, puesto que afectaba su imagen y la de la compañía naviera que está a su cargo, además de escuchar los constantes reproches de su hijo Carlos, con respecto a dejar que su hermana acuda a una escuela llena de indios, lo que afectaría su imagen para conseguir un buen esposo. A pesar de esto, el señor Fortunato no impedía la amistad de su esposa e hija con los Chahiwas, ya que ambas eran felices y es injustificado quitarles esa alegría por solo los prejuicios sociales, además de ser la única amistad que poseía la señora Fortunato, puesto que ella privilegiaba la sencillez, que, a pesar de los años, jamás pudo acostumbrarse a la opulencia de una familia de alta sociedad, debido a su origen humilde.
Al estar lista, Eleonora sale por la puerta principal de la gran mansión, en compañía de dos criadas, quienes llevaban sombrillas que la cubrían del sol en su camino en dirección a la escuela. La joven odiaba ser escoltada por algún sirviente, ya que no podía hablar con sus amigos de camino a la escuela como antes lo hacía, pero desde que cumplió 11 años, el señor Fortunato había ordenado que siempre se le escolte cuando saliera de casa, debido a que su belleza era notoria y la hacía estar rodeada de muchachitos que gustaban de ella. Ahora, a sus 14 años, Eleonora odiaba su apariencia de mujer bonita, ya que provocaba envidia en las jovencitas que siempre murmuraba a sus espaldas, y le traía falsos amigos que buscaban en ella algo más que una amistad.
Al llegar a la escuela, Eleonora corre al interior para encontrarse con sus amigos, quienes le estaban esperando sonrientes. Isaac, Magdalena y Aarón, eran nativos pertenecientes a la tribu de los Chahiwas, y han sido amigos desde que Eleonora ingresó a la escuela. Ellos estaban vestidos con una camisa blanca, pantalones cortos de color azul marino, mientras que la jovencita más pequeña, vestía una falda larga de la misma tela azul.
—Tu padre envió una vaquilla y veinte pollos. Esta noche cenaremos sabroso —comenta Isaac, cuando Eleonora ingresa a la escuela.
—Prepararemos batatas asadas, yo ayudaré, además que haremos muchos juegos. Será divertido, bailaremos a la luz de la hoguera, y nos vestimos con nuestros trajes tradicionales —decía de manera ilusionada Magdalena, aferrándose del brazo de Eleonora, para arrastrarla por el pasillo.
— Ya veo que estás muy emocionada —ríe la pelirroja.
— No para de hablar de eso, mamá le hizo callar a noche, porque no dejaba de parlotear —comenta Aarón, curvando sus labios para no reír, mirando a Eleonora al caminar a su lado —¿Cómo estás hoy?
— Muy bien, gracias. También estoy emocionada por la fiesta.
La campana suena y los estudiantes ingresan a los salones, a lo que Magdalena se despide para acudir a su aula.
Magdalena tiene 11 años y es la hermana menor de Aarón, en cuanto a él e Isaac, tenían 14 años, la misma edad de Eleonora y con quien compartían clases.
Para Isaac y Aarón, era un privilegio poder estudiar a su edad, ya que por lo general, a los varones los retiraban a edades temprana de la escuela, con el propósito de ayudar económicamente a sus familias, pero el que continúen sus estudios, les ayudaría a tener mejores trabajos y con ello, mayores ingresos. Este era un gran sacrificio que hacía María, la madre de Aarón y Magdalena, ya que al ser viuda, necesitaba del ingreso que proveía el cabeza de la familia, pero que suplía, gracia a sus trabajos en telar, pues deseaba que sus hijos logren salir de la aldea y vivan en la ciudad, con la esperanza de un futuro mejor, sin discriminación.
Mientras Eleonora estaba sentada en su pupitre escuchando la lección de ese día, miraba cada tanto a Aarón que estaba en los asientos traseros debido a su altura, y que le devolvía una sonrisa amable cuando sus miradas se cruzaban. A Eleonora le gustaba desde que era niña, por ser caballeroso y protegerla de los juegos bruscos de los otros niños, además de ser alto, con grandes ojos negros y un cabello lacio oscuro, cortado a la perfección, dejándole unos cuantos mechones que cubrían su frente. Eleonora pensaba en ese momento que, ser bonita, no era tan malo después de todo, puesto que le gustaba coquetearle y ver las reacciones que provocaba en él.
La religiosa que impartía la clase se gira para escribir en el pizarrón, oportunidad que toma Eleonora para girar la cabeza y mirar a Aarón, quien escribía en su libreta lo que la profesora colocaba en la pizarra, pero eleva la vista al sentir la mirada de la joven que le observaba desde los pupitres delanteros, y que le sonreía de manera coqueta, jugando con un mechón de su cabello rojizo, frotando con él suavemente sus labios, mientras le miraba de forma penetrante con sus ojos color almendra, lo que le hacía verse tan bonita. Aarón lanza un suspiro, mordiendo su labio inferior por el nerviosismo, mirando en todas direcciones para asegurarse que nadie vea cómo su piel se había erizado, para volver a mirar a la pelirroja de adelante, regalándome una mirada cariñosa y una sonrisa juguetona.
—Tienes a ese chico ardiendo —susurra Isaac que estaba sentado al lado de Eleonora y miraba la escena —Si te gusta Aarón, díselo.
Eleonora se gira avergonzada y clava su mirada en el cuaderno que tenía en frente de ella.
—Solo estamos jugando.
—Pero solo juegas así con él. Yo creo que te gusta, es muy notorio. Si quieres, se lo puedo decir y ...
—¿Qué pasa ahí? —la religiosa que estaba impartiendo la clase apunta a Isaac —usted señor, salga del salón.
—Pero solo estaba preguntando algo —se justificaba Isaac.
—No me haga repetirlo.
El joven toma sus pertenencias y sale de la sala, ya que las monjas eran estrictas y lo mejor era no hacerlas enfadar, o el castigo podía llegar a ser físico por solo una pequeña desobediencia.
Eleonora pensaba lo que le había dicho Isaac, quizás lo mejor era dejar los juegos y pasar a la acción, pero de hacerlo, su relación de amistad terminaría, ya que Aarón, jamás se había mostrado cercano de manera romántica, quizás ella no le atraía de esa forma y eso le preocupaba. Lo mejor, era continuar con sus juegos coquetos, tal vez de esa manera, él podría dar el primer paso a una declaración que ella estaba ansiosa por escuchar.