Un último deseo [título provisional]

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Summary

Esta es la historia de mi muerte. Podría comenzar por un día soleado, con los pájaros cantando, quizás debería comenzar con su muerte. O tal vez debería hablar de cómo morí. Pero ninguna de esas historias era tan interesante como él. Hay muchas maneras de describirlo. Muchos nombres pegados a su piel, pero me enorgullece saber, que sólo yo pude ver ese otro lado. Y todo por lo que representaba. Lo que yo representaba.

Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

1: la primera muerte


Esta es la historia de cómo morí.

Podría comenzar por une día soleado, con los pájaros cantando, quizás debería comenzar con su muerte. O tal vez debería hablar de mi muerte.


Pero ninguna de esas historias era tan interesante como él.


Hay muchas maneras de describirlo.

Muchos nombres pegados a su piel, pero me enorgullece saber, que sólo yo pude ver ese otro lado.

Y todo por lo que representaba.

Lo que yo representaba.


El viento frío casi me arrancó la capucha. Mi pelo castaño revoloteó al viento libre y se enredó en mi naríz y pestañas. El frío me congelaba los huesos, vistiendo una capa sobre mis ropas de cuero parecía haber sido una de las peores decisiones de mi vida.

Traté de no encogerme cuando otra oleada de viento frío chocó contra nuestros cuerpos.


—Luna. Decide. — La de cabello azul me llamó con insistencia. La paciencia nunca había sido su virtud. Y parecía no entender mi situación.

Carol era una asesina. Ella no tenía miedo a la muerte. Sus orejas puntiagudas se asomaron cuando el viento recogió su cabello azul enmarañado en una trenza deshecha.


Frente a ella había una mujer, en el suelo, pálida y temblorosa. Había intentado matarme tan solo unos segundos atrás, pero ahora suplicaba por su vida. No quería ver aquello. Esa mujer grandullona se contorsionaba bajo la bota de Carol y suplicaba. La piel enrojecida por el frío y su mano destrozada tras haberle quitado una daga dirigida a mi pecho.


Hoy estaba sola. Nadie me llevaría al interior de la tienda para que no viera a esa mujer ser ejecutada. Nadie me diría que hacer o cómo evitarlo. Y lo peor, nadie me miraría bien si dejaba con vida a esa mujer.

Su muerte sería la primera que cargaría en mi corazón. Antes de verla muerta ya sentía ese peso sobre mis hombros. Una increíble culpabilidad se extendía densa y lentamente por mi cuerpo. Me quería disculpar, pedirle perdón y tratar de explicarle que yo no quería aquello.

Pero no podía hacerlo.


— Luna… — La voz de reproche de Nati sonaba casi cantarina. Estaba segura que la diversión pintaba su rostro.


Hija del General. Era la hija del general más sangriento y leal que jamás hubiera tenido el reino. Pero seguía siendo corrompida día a día con la negrura de cólera. No era la primera vez que intentaban asesinarme.

Pero era la primera vez que mi padre no estaba cerca.

Sabía que me consideraban una niña de papá y mamá, y me daba igual, por lo menos podía conservar algo de humanidad.

Carol suspiró y me extendió la mano con la daga que antes había arrebatado a golpes de la mujer. Una daga de puño dorado con gemas incrustadas brillaba reflejando la luz de la luna.

Mi mano tembló cuando la alargué, toqué el metal apenas antes de retirar la mano como si me hubiera quemado.

No podía hacer aquello.

El corazón martilleaba con tanta fuerza que me dolía el pecho, Carol gruñó y sentí todos los ojos clavados en mi.

Mis emociones crecían y se derrumban, todos podían sentirlo, había bajado los escudos.


— Carol te dará un final rápido e indoloro. — Mi voz salió tranquila, llevando ese tono dulce, tratando de imprimir toda la paz que pude.

La mujer se detuvo al instante, sus ojos cristalinos de lágrimas me miraron antes de que la de pelo azul hundiera la daga en su pecho. La sangre corrió con prisa, la mujer convulsionó, tardó apenas unos segundos en dejar de respirar, pero yo ya miraba hacia otro lado.

Lo siento


Los guerreros que habían presenciado otro intento de asesinato se retiraron nada más la mujer quedó sin vida. Nati corrió hacia el cuerpo sedienta de sangre fresca y caliente. Mi corazón palpitaba con fuerza y las ganas de llorar nunca llegarían. Hacía mucho tiempo que no lloraba, las lágrimas se habían quedado tan enterradas en mi ser que me preocupaba el día que pudiera sacarlas.

Carol chasqueó la lengua y su cara se retorció en asco cuando la pelinegra llegó hacia el cuerpo sin vida de la mujer. Yo no iba a mirar, solo miré una vez cuando Nati se alimentaba, y nunca podré borrar eso de mi mente.


— Utilizaste la voz. — Dijo, sus ojos azules me examinaron.

Podía ser una reprimenda, pero quise pensar que ella todavía sentía algo por las personas que morían a sus manos.

Hacía apenas 2 años había desarrollado “la voz” En realidad no teníamos un nombre en concreto para ello. Ese don lo tenían aquellas personas puras, de energía blanca, magia limpia y aspecto etéreo. Yo no era nada de aquello.


De alguna manera había conseguido ese don, siempre había sido castigada por mi voz suave y silenciosa, el día que descubrimos mi don quise restregárselo en la cara a todos, pero no lo hice. El destino era cruel. El destino había decidido darme semejante poder a mí, la hija de un general.

Podía calmar a las personas, hacer que sus muertes fueran más rápidas e indoloras, crear un espacio seguro en sus mentes durante momentos de dolor, aislar emociones y aumentar otras … Todo medianamente inútil en el mundo de mi padre.

Y tampoco era que mis padres esperaran que yo fuera como ellos, tampoco lo hicieron de mi hermano, desaparecido hacía meses. Por extraño y retorcido que fuera, mis padres querían que viviera una vida tranquila y en paz, cómoda. Todo lo que ellos nunca tuvieron.


— Quiero estar a solas un rato. — Le dije a Carol al tiempo que me encaminaba a mi tienda.


Carol no era mi amiga, pero por suerte tampoco una enemiga. Podía considerarse una guardiana a veces, y otras mi compañera.

Venía de aquellos pueblos al norte, su piel blanca y pecosa era dura para las temperaturas bajas, y sus ojos azules le dificultaba su trabajo en zonas del sur, donde el sol brillaba. Yo era del sur, y aquí me estaba congelando.

Por suerte no me quedaban más que unas semanas para volver al reino de Fos.


Carol se quedó atrás mientras atravesaba un par de tiendas hasta llegar a las telas blancas que formaban la mía. Acampados en un claro del bosque Noche un pelotón de hombres de mi padre me cuidaba las espaldas hasta que pudiera tener una reunión privada con la Reina de La Noche. Estábamos a un día de cruzar hasta palacio, y la Reina ya debía saber nuestra presencia.

Ojalá poder vivir para siempre como ella. Tener un poder más útil que el mío.

No conocía mucho de ella, solo los rumores de su poder y lo peligroso que era. Decían que su presencia hacía retumbar el lugar y todos los seres se arrodillaban a su paso.

Razón por la que mi padre no quería entrar en guerra.


Retiré una pesada tela que hacía de entrada y el calor del interior me besó la piel. Una pequeña fogata calentaba el ambiente en el centro. Habían varias pesadas alfombras rojas extendidas en el suelo, una cama fácil de montar y desmontar, que me ayudaba a mantener el frío del suelo a raya. La mayoría de soldados y guardias dormían en tiendas simples o sacos de dormir, pero bien podía ser por mi padre, o porque era del sur, mis tiendas siempre disponían de lo necesario para mantenerme caliente.

Las sombras se arremolinaron al fondo de la tienda y bailaron unos segundos sobre las llamas antes de desaparecer.



— Un aviso de la Reina.


Mi corazón dio un vuelco.

La sonrisa tonta que se extendió por el rostro de Nico merecía ser retratada a todo detalle. Rara vez veía algo así en el rostro del castaño. Era un chico joven que habían sacado de los calabozos unos años atrás.

Su piel pálida se pincelada en tonos miel cuando el sol salía. Su rostro rectangular era atractivo, el lado izquierdo de su cabeza rapado dejaba apreciar su mandíbula y oreja redondeada salpicada de pendientes plateados.

Originario de la Corte de la Noche, Nico había sido torturado y encarcelado durante años en el reino de Skotadi, nunca me había hablado del todo porqué y dado sus cicatrices y voz agridulce, no pensaba que fuera a contármelo nunca.


— ¿Has visto alguna vez a la reina? — Le pregunté al tiempo que me sentaba en la cama y alargaba las manos al fuego.

Nico negó con la cabeza y se cruzó de brazos. La imagen de su brazo y pecho tatuado vino a mi cabeza tan rápido que apenas pude ocultar mi sonrojo. Pensando cosas inútiles y tontas de niña hormonada conseguía recordar que no era tan importante, yo no lo era.


El de cabello castaño se acercó unos pasos y la negrura lo envolvió como el ser oscuro que era. Sus ojos negros brillaron unos segundos antes de dejar ir las sombras. Noté el frío del metal que caía sobre mi frente al segundo que me incorporé.

Una cadena de plata adornaba mi frente enganchada en mi cabello, tenía la forma de la luna y las estrellas, un adorno que había llegado a mi después de ser considerada mujer.

Un recordatorio constante de que era una mujer soltera en un reino repleto de matrimonios arreglados. Mis padres nunca me ataría, pero sabía que deseaban que yo me casara más pronto que tarde.


— ¿No llegaste a conocer a la Reina? Pensaba que era una mujer accesible. — Continué hablando.

Nico se rascó el cabello largo y caminó hacia donde yo estaba. Un gesto de cabeza y se sentó en la alfombra delante de mí. Sus pendientes brillando ante el fuego. La Reina de la Noche había sembrado un inmenso pánico a su alrededor, pero nadie podía negar que estaba atenta a sus súbditos y cualquiera podía pedir una conferencia con ella. No era que fuera a cumplir los deseos de todo el mundo, pero se encargaba de escuchar mucho más que cualquier rey vivo en la tierra.


— Cuando la Reina llegó yo ya era prisionero— Su mirada se perdió en mi cabello unos segundos. — Mi hermano debe de conocerla bien.


— No puedo creerme que vaya a conocer a tu hermano en pocas horas. ¿En serio sois iguales? — Pregunté tontamente para apartarle del pensamiento de los calabozos.

Una sonrisa divertida cruzó su rostro y soltó un suspiro más parecido a una risa.


— No somos exactamente iguales, pero sí. — Respondió Nico. Sus dedos recorrieron la parte delantera de la chaqueta negra y la abrió despacio descubriendo otra camiseta negra abajo. Una cadena plateada como sus pendientes y tan gruesa que debía pesar más de lo que aparentaba quedó al descubierto.


Un cosquilleo se extendió por mi columna cuando se la retiró del todo. Con un movimiento de cabeza retiró de nuevo su cabello al costado y su sonrisa desapareció en mis ojos.


— Nunca llegarás a hablarme de ese tatuaje ¿verdad? — Señalé mi brazo al tiempo que él se incorporaba.


— Nunca llegarás a confiar en mí ¿verdad? — Respondió inclinándose sobre mí. Su voz se colaba bajo mi piel.


Respiré con fuerza cuando su rostro quedó tan pegado que respirábamos el mismo aire. Negué despacio con la cabeza. Estaba claro que yo no confiaba en nadie, y él tampoco. Eso no cambiaba mi cariño por él. Su sonrisa se pegó a mis labios y cerré los ojos.

Sus ardientes labios tocaron los míos separándose un segundo después. Mi corazón golpeando con fuerza el pecho.


— Mi dulce Luna. — Dijo contra mis labios. — No tengo mayor venganza que haber robado tu cuerpo a escondidas, roto la promesa de una mujer pura.

Reí y le arrebaté otro beso. Sus manos cayeron a los costados de mi cuerpo al tiempo que me hacía hacia atrás en la cama. Casi me deshice en sus labios cuando su lengua me acarició lentamente y mi cuerpo tiritó. Mi corazón golpeaba con fuerza como la primera vez cuando mordió mi labio y metió su lengua en mi boca. En un largo beso casi me quejé cuando se alejó besando mi mandíbula hasta mi cuello.

Su respiración acelerada y sus ágiles movimientos me estaban llevando demasiado lejos. Retiró mi capa y acarició mi cabello hasta recogerlo a un costado y atacar mi garganta con un mordisco. Me retorcí bajo su cuerpo mientras sus manos ascendían por lugares que nadie había tocado jamás.

Mis manos subieron por sus hombros y acariciaron su cabello tan suave como satén.


— Nico. — Suspiré. — No podemos hacer esto. Yo no puedo.


Mis manos apretaron uno de sus hombros cuando dejó caer su peso sobre mí. Fuerte y duro chocó contra mi cuerpo caliente y casi lloriquee. Todavía era nueva en todo esto, y no deseaba que nadie supiera lo que hacía.

No es que realmente importara, pero la vergüenza me teñía la piel cada vez que me cruzaba con él. Mis padres podían enterarse muy pronto si no le detenía.


Mi cuerpo se estremeció cuando una fría mano tocó mi cintura por debajo de la ropa. Llevé mis manos a acurrucar el rostro del tatuado y tiré de él. Nico dejó un fugaz beso en mis labios y retiró su mano con una sonrisa.

Le acaricié su aterciopelada piel y suspiré. En otra vida podría haberle presentado a mis padres como futuro marido.

Sujetó una de mis manos en su rostro.


— Deja de pensar tanto. La mayoría de tus problemas los tienes aquí. — Levantó su mano contraria golpeando mi cabeza en un costado.


—¡Oye! – Me quejé soltándole.


Su relajada risa me calentó las venas. Se levantó rápidamente alejándose para recoger su chaqueta. Torpemente traté de incorporarme para verle salir.

Mi primer beso había sido él hacía unos meses atrás, y tan solo unos días más tarde había acabado en su cama. Todo un escándalo, pero ni siquiera yo podía explicarme cómo ocurrió.

Había vivido toda una vida oculta en el abrazo de mis padres, alejada de malas influencias y lejos de hombres. Tanto así que solía tener un tonto miedo a estar a solas en una habitación con cualquier hombre. La ansiedad que sentía por ello era bastante grande, y toda se esfumó cuando Nico cruzó la línea. Él había sido honesto, no quería un amorío, tampoco le atraía de una manera más lejana a una amigo o a un amante, así que la mayor responsabilidad caía en mi. Nunca ocultó que aquello le satisfacía por ser la hija del general, pero también me aseguró que era hermosa para ser su hija.

Quizás era la venganza a mi padre, pero había sido dulce.

Enferma, pecadora, sucia … Traidora.



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Un cielo azulado oscuro teñía la tarde gris. Carol estaba a mi lado, dos franjas rojas pintadas desde su frente hasta sus mejillas atravesando los párpados. Su piel tan pálida que parecía muerta tenía ahora un tono grisáceo. Se había cambiado a ropas de verano antes de que atravesaramos la frontera hacia la Corte de La Noche. Vestida con un vestido negro pegado a su fina y atlética figura, un cinturón de cuero negro recogía una única daga con empuñadura de plata. De sus dedos salían las puntiagudas uñas negras que tanto tiempo tardaba en afilar a diario, adornándolas con anillos metálicos que se contorsionaban desde su muñeca, subiendo por sus nudillos hasta las uñas. Sus zapatos eran de tacón puntiagudo, y su vestido caía por debajo de los hombros.

Se había recogido la mitad del cabello azulado enseñando con orgullo sus puntiagudas orejas repletas de adornos plateados.


Carol era esa clase de mujer que podía verse elegante y letal al mismo tiempo.


Estábamos a las afueras del castillo que se alzaba entre las montañas, construido en piedra, varias partes parecían haber sido cavadas dentro de la montaña, como si se tratara de una enorme escultura

Un escalofrío me recorrió la espalda cuando los muros del palacio temblaron. Las sombras se abrieron paso como niebla a nuestro alrededor subiendo por nuestros pies.

“No des indicios de miedo, ella no lo soporta” Me advirtió Nati antes de llegar.

Pero era más fácil decirlo que hacerlo, toda esa oscuridad que comenzaba a trepar por nosotros era una extensión de la mismísima Reina de La Noche, y con un solo pestañeo podría matarnos sin aviso. Su poder era como zumbidos vibrantes por todo el cuerpo y comprendía la necesidad de arrodillarse ante ella, era más que respeto una súplica de piedad.

Respiré profundo cuando el frío corrió por mis venas, aquel lugar era más aclimatado que Neráides, y no sabía si tenía algo que ver con la reina, pero era la primera vez que sentía frío. Un ambiente tan agradable que al estar al sol la piel se te calentaba y en la sombra con una capa fina no pasabas frío, pero ahora que las sombras se cernían sobre nosotros parecía que la temperatura había bajado varios grados.


Los enormes muros construidos en piedra se deslizaron como si tuvieran ruedas creando un estruendo por todo el lugar. Las piedras bajo mis pies saltaron y la ciudad entera tembló. Un hueco de varios metros de amplitud se abrió dándonos permiso para entrar.

La reina había aceptado nuestra visita, y a cada uno de nosotros.


Crucé una mirada con Nico que parecía más que emocionado de estar de vuelta y después miré a Nati que sacaba su lengua bípeda en molestia.

Carol no me esperó antes de dar los primeros pasos al interior. El pelotón se quedaría fuera de momento, sólo nosotros 4 teníamos el permiso de la reina. Tampoco es que nadie pudiera hacer nada si decidía matarnos.

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